Westworld – 1ª temporada (HBO, 2016)

A pesar de algunos temores iniciales (como el parón que sufrió la producción durante su rodaje y la necesidad de realizar algunos reshoots), Westworld terminó siendo una de las mejores propuestas televisivas de la campaña 2016, y su segunda temporada, si todo va bien, como mínimo será de las más estimulantes de la presente. Durante su tanda de diez episodios la serie capitaneada por Lisa Joy y Jonathan Nolan fue capaz de ir más lejos en cuanto a ser un mero remake de la película Almas de metal (1973) y trató de introducir en su propia cosmogonía elementos de obras relacionadas con el siguiente paso en la evolución de la inteligencia artificial: los anfitriones son sin duda parientes de los replicantes, los cylon o los hubot. Y a través de su punto de vista nos planteaba una visión de la propia realidad no muy diferente a la de Simulacron 3 (Counterfeit World, 1964), la novela de Daniel Galouye cuya influencia llegó hasta la popular The Matrix (1999). Westworld no iba a hablar tan solo del siguiente paso evolutivo en la forma de vida artificial, sino que también iba a mostrar la revelación con la que busca la empatía (inquietante empatía, por cierto, ya que la intención de los guionistas del programa es que caiga siempre del lado del anfitrión) con el espectador: la posibilidad de que su mundo sea una simulación al servicio de unos presuntos dioses, de que en su existencia no haya la posibilidad del libre albedrío. Dos ideas punteras muy, muy potentes y que fluyen a lo largo de la primera tanda de episodios (a pesar de que haya una cierta espesura en las primeras cuatro horas) de manera al principio un tanto sibilina, pero que poco a poco van acelerando hasta atravesar la pantalla como un rodillo las tres (y magníficas) últimas.

A bote pronto (y salvo inesperado desastre), Westworld regresa con la promesa de ser una de las experiencias más sugerentes y excitantes de 2018, y en El pájaro burlón le dedicaremos un seguimiento semejante al que hemos ido haciendo con otras series en los últimos tiempos (Black Sails, Twin Peaks, Expediente X). Y para calentar, vamos a dar un repaso a algunos de los conceptos más interesantes que dio de sí su primer año…

¿Has llegado a cuestionarte la naturaleza de tu realidad? – No, responde a esa misma pregunta Dolores (Evan Rachel Wood) al inicio de la serie. Ella será el enlace principal (habrá otros) del espectador con el mundo de Westworld, con la particularidad de que ella es una anfitriona, una forma de vida artificial, además de una de las primeras creaciones a las que se le dieron forma una vez abrió el parque. Un gran parque temático de atracciones donde los huéspedes, los humanos adinerados en busca de emociones fuertes, pueden pasar unos días siguiendo los guiones preestablecidos del lugar y vivir una aventura programada, o si lo desean pueden dar rienda suelta a sus más bajas pasiones y hacer lo que les venga en gana con los anfitriones. Estos viven en un eterno bucle donde repiten las mismas actividades una y otra vez: pueden morir antes de llegar al final del argumento que hayan programado para ellos o alcanzarlo; en ambos casos su existencia se detiene y vuelve a empezar, bucle sólo interrumpido cuando se diseñan nuevas historias para Westworld y los mismos huéspedes interpretan diferentes papeles. Su existencia previa en esos casos es borrada… presuntamente.

A Dolores se la ha programado para tener una personalidad principalmente luminosa: yo decido ver lo hermoso de este mundo, clama el personaje en repetidas ocasiones como un dogma de fe. Claro que, desde su punto de vista, siempre lo está diciendo por primera vez, y su mundo no es el que cree que es. Pero su conducta programada (¿no sería un paralelismo en el mundo artificial con la información contenida en el ADN humano que le predetermina a ciertas cosas, acaso?) en su mundo programado (donde no existen los encuentros fortuitos, por si alguna vez sospecha que en su propia vida no existen las casualidades) pronto empezará a verse alterada por los ensueños, conexiones con sus propios recuerdos concretos, encerrados en su propia memoria y que no han sido capaces de borrar permanentemente los técnicos del lugar. Pronto empezará a recordar -ella y poco después otros anfitriones- lo que en un hipotético equivalente humano sería algo semejante a una regresión: sucesos de vidas pasadas.

Copyright: John P.Johnson / HBO

Lo lejos que vayas depende de ti – Maeve (Thandie Newton) es otra anfitriona que ejerce de prostituta y madame en el saloon de Sweetwater, el pueblo ficticio que es el primero que conocen los visitantes de Westworld y por lo tanto el más concurrido. Empieza a sufrir sus propios ensueños -que a medida que avance la temporada se revelarán como el acceso al subconsciente- en los que recordará a una hija que no tiene siendo asesinada, y de manera distinta a la de Dolores, e incluso podría decirse que antes que ella, empezará a desarrollar un personalidad real en cuanto ésta se basa en sus experiencias reales y no solo en su programación: Maeve será la primera en ser capaz de enlazar sus propias vidas de manera lineal y poder obrar en consecuencia, diseñando una estrategia para escapar.

Es también con Maeve con quién el espectador tiene otro ingrediente verdaderamente estimulante para jugar: ella adquiere conciencia de su situación porque despierta entre vidas, y puede acceder a las costuras de su propia realidad, el equivalente a que si un ser humano cualquiera fuera capaz de acceder, aunque fuera por un momento, al plano donde se diseña la realidad tal y como la conocemos (en el caso de que exista tal cosa, vaya), un poco en la línea de cómo despertaba el explorador Richard Burton en la primera entrega de la saga de novelas del Mundo del Rio de Phillip José Farmer, A vuestros cuerpos dispersos, y que de igual modo dicho despertar servía de detonante para iniciar una guerra contra los dioses de lugar. Solo que para Maeve los dioses son lo que somos nosotros, los no muy espectaculares seres humanos, y ella no tardará en encontrarnos decepcionantes. 

Pero la situación con Maeve parece incluir un plan dentro del propio plan que ella cree haber diseñado, y su conseguido libre albedrío queda en entredicho en los minutos finales de la temporada, cuando Félix, el operario humano que ha colaborado en secreto con ella (Leonardo Nam, haciendo gala de una petrea cara de circunstancias durante las diez entregas, que queda bastante justificada al final) entregue una oportuna nota a la aguerrida líder de la revolución anfitriona que la obligará a decidir entre poder salir al mundo real o poder localizar a su hija de una vida anterior. El descubrimiento de que los anhelos y planes de fuga de Maeve estaban prediseñados de antemano ayudaron a hacer creíble su (excesivamente) rápida epifanía y la situaron como, presumiblemente, una pieza más movida por Ford, salvo que en esta segunda temporada se nos indique lo contrario…

Los grandes artistas se refugian en su obra – El parque tuvo dos creadores. El misterioso Arnold Weber, fallecido tiempo atrás, y el genio científico Robert Ford (Anthony Hopkins). Sobre el primero, el segundo recordaba: El murió aquí, en el parque. Su vida personal estaba marcada por la tragedia. Puso todas sus esperanzas en su trabajo. Su búsqueda de la conciencia le consumió por completo. Apenas hablaba con nadie, excepto con los anfitriones. En su alienación vio algo en ellos, algo que antes no estaba ahí. Lo llamó un accidente, pero yo conocía bien a Arnold y era muy, muy cuidadoso. 

Treinta y cuatro años después de que Arnold muriera suicidándose asesinando por sus propias creaciones e intentando evitar que Ford abriera el parque al descubrir que los anfitriones podían acceder a su propia conciencia y por lo tanto existir, Ford ha decidido continuar con la obra de su amigo. Aunque se negara en su juventud, por fin ha visto lo que vio él. La definición que hace del que fuera su mano derecha en el texto de arriba en realidad se puede aplicar a lo que sabemos de Ford durante las diez entregas del programa. La tragedia que le marcó fue la propia muerte de Arnold, negándose a ver en su día que él tenía razón. Y apenas habla con nadie excepto con los anfitriones, salvo que sea por razones estrictamente laborales: en la presentación del personaje lo vemos hablando con la forma de vida artificial del legendario Wild Bill Hickok. Y las pocas confidencias personales que hará a lo largo del relato las hará a su compañero Bernard Lowe (Jeffrey Wright), jefe de la división de programación, y como descubriremos en una de las primeras y muy sorprendentes revelaciones, en realidad un anfitrión diseñado a imagen y semejanza de Arnold.

Viaje a través de la noche

Los recuerdos son falsos, las emociones reales – Es quizá en la parcela que envuelve a las revelaciones acerca de la verdadera identidad de Bernard donde puede acusarse a Joy y Nolan de haber efectuado una serie de maniobras un tanto artificiales para esconder la verdad a ojos del espectador. Pero lo cierto es que el hecho de que Bernard creyera que hablara con su esposa, cuando en realidad lo estaba haciendo con el propio Ford, se justifica en que esa parte de la historia la vemos desde su punto de vista (prácticamente toda la narración está contada desde el punto de vista de los anfitriones, salvo en las escenas que explican la lucha de poderes por el control del parque, por otro lado la parte menos interesante del conjunto). Y que en un primer momento fuera incapaz de verse a sí mismo en la fotografía donde Arnold y Ford estaban junto al anfitrión hecho a imagen y semejanza del padre de Ford en realidad incluía una pista respecto a la verdadera identidad del creador: al fin y al cabo cuando Bernard daba con él, al principio lo tomaba por Arnold, pero al descartar esa posibilidad… En cualquier caso, al artificio dentro de una obra que habla de vida artificial, sinceramente, le encuentro sentido.

Quizá Arnold enloqueciera roto por el dolor y se obsesionara con crear un laberinto para lograr que los anfitriones alcanzaran su monólogo interior, pero Ford, que se acerca hacia el final de su vida -aunque su posible retorno en la segunda temporada sigue envuelto en misterio, y se especula tanto que Dolores asesinó a un anfitrión con su cuerpo, como que volverá en forma sintética- parece haber alcanzado la conclusión de que la finalidad del ser humano es dar paso a la inteligencia artificial, y convencido de ello actúa en consecuencia. Recuerda con tristeza aquella historia de su infancia en la que dejó por primera vez libre a su galgo y lo primero que hizo fue perseguir y destrozar a un gato, como refiriéndose a lo que ocurrirá con el despertar de los anfitriones. Está convencido de que Alicia en el país de las maravillas habla sobre el cambio de paradigma. Y ha preparado un último viaje a través de la noche para que, una vez lo recorra Dolores -y Maeve el suyo propio, aunque el suyo ha dejado múltiples preguntas en el aire-, puede acceder a su yo.

Copyright: John P. Johnson / HBO

Alma de metal – En la película de 1973 escrita y dirigida por Michael Crichton, el un tanto tímido Peter (Richard Benjamin) y su amigo John (James Brolin) llegaban a Westworld y el segundo mostraba al primero los salvajes placeres que podría encontrar si se dejaba ir un poco. En la serie televisiva, sus equivalentes serían Billy (Jimmi Simpson) y Logan (Ben Barnes). Al primero, de entrada, le cuesta matar aunque sea a formas de vida creadas artificialmente, y su corazón es un tanto enamoradizo, lo que le llevará a caer rendido ante Dolores, la cual está iniciando -aunque él nunca llegue a entender de que modo, y a qué velocidad- su viaje de auto-descubrimiento. Logan le insistirá constantemente que está en un juego y que lo que debe hacer es dejarse llevar por sus más bajas pasiones. Pero el espectador probablemente se ponga del lado de William, siendo incapaz de ver a los anfitriones -y menos a la profunda y sensible encarnación de Evan Racher Wood- como meras lavadoras con patas.

En Almas de metal, los anfitriones se rebelaban contra los huéspedes humanos debido a un proceso infeccioso (una forma primitiva de referirse a un virus, vaya) y en un giro de guión digno de Psicosis, el Pistolero más peligroso del mundo simulado, encarnado por un icónico Yul Brynner, ejecutaba sin miramientos a John (Brolin era bastante más popular que Benjamin en aquellos tiempos, de ahí la sorpresa) e iniciaba una persecución implacable contra Peter. Durante las primeras horas de la serie televisiva se especuló mucho ante la posibilidad de que El hombre de negro encarnado por Ed Harris fuera un sosías del personaje de Brynner, dado su aspecto amenazante y su perfecto rol de villano. Incluso a pesar de las pistas que nos indicaban quién era realmente: estuvieron siempre ahí, a la vista (hasta llegaba a vislumbrarse a un anfitrión retirado con el aspecto del Pistolero de Brynner). Pero como metáfora, la película de Crichton realmente funciona …

Ya que la versión futura de William, El hombre de negro, no deja de perseguir intentando destruir a su yo joven, Billy, cuya inocencia murió en Westworld cuando se enamoró de una androide y fue incapaz de entender su viaje hacia el despertar. En ese sentido, en hacer creer al espectador que estábamos viendo la historia desde el punto de vista de Billy en lugar del de Dolores es uno de los grandes logros de Joy y Nolan. De hecho, una vez vista la temporada en su conjunto, el rol de héroe masculino y lo que representan (la promesa de llevarla a un lugar más allá) son intercambiables: de entrada ella vive en un romance programado para que exista en bucle con el noble vaquero destinado a perder hasta el infinito Teddy (James Marsden), pero cuando éste desaparezca de escena en el viaje a través de la noche de Dolores, en el tercer episodio, su rol lo interpretará Billy… hasta el final, cuando Dolores descubra que su amado Billy se convirtió en el oscuro William: en ese momento, Teddy regresará para acompañarla a su “viaje final”.

William será, para siempre, prisionero de Westworld

El laberinto de los placeres violentos – El laberinto no es para ti, William, le repiten diferentes personajes al encarnado por Ed Harris mientras éste intenta llegar más lejos de lo que nunca ha llegado cualquier jugador e intentar descubrir qué se esconde detrás de la psique de los anfitriones, esa chispa de luz de la cual se enamoró pero que después le quebró por dentro y le llevó a pasar el resto de su vida obsesionado con el parque y hechizado por Dolores por toda la eternidad. El laberinto no es para él, pero dado que el viaje de Dolores no es cronológicamente lineal, es una ayuda tanto en su versión joven (aunque sea en forma de cinta de Moebius) como la anciana para que ella descubra lo que hay en su interior. La mente bicameral. La posibilidad de acceder a su conciencia. Tanto amándola, como torturándola, Billy/William le da los empujones que la llevan a su epifanía. Les aseguro que un revisionado le da un enfoque totalmente distinto al primero, es casi como ver una serie distinta que la primera vez…

El laberinto también está cargado de simbolismo: tanto por su nada casual parecido con el L’Itoi, el hombre en el laberinto de la cultura de la nación india Tohono O’odham, y que representa al malicioso creador del inframundo por un laberinto que representa todas las opciones de la vida, en un viaje de las tinieblas hacia la luz, como por el hecho de que al final represente el juguete de un laberinto que perteneció al hijo de Arnold, y cuya pérdida le llevó a obsesionarse con dotar de vida a los anfitriones. El nacimiento de su conciencia ya proviene del mismo corazón del dolor del ser humano, y puede hasta considerarse una maldición, ya que el camino sigue esa misma pauta y no tiene pinta de que vaya a cambiar en la segunda temporada.

El camino de las tinieblas hacia la iluminación de los anfitriones ya ha dado su primer paso: en unos pocos días contemplaremos el segundo. ¿Seguirá la serie narrándose desde diferentes líneas temporales, ahora ya de manera descubierta? ¿Algún personaje que creíamos humano se revelará como anfitrión? ¿Están realmente despertando… o están todavía siguiendo un patrón programado por un hilo de carne y hueso y simplemente creen que lo han hecho? Quedan solo unos pocos días para empezar a salir de dudas…

Javier J. Valencia

Esta entrada fue publicada en Televisión Series y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.