El mundo conectado (Welt am Draht, Rainer Werner Fassbinder, 1973)

world_CAPHace apenas unas semanas hablábamos en estas mismas páginas (virtuales) de Simulacron 3 (Counterfeit World), la influyente novela de Daniel F. Galouye que planteaba la existencia de mundos simulados electrónicamente, y ahora nos toca hablar de la primera vez que dicho libro fue llevado a la pantalla, en este caso a la pequeña.

La cantidad de cuestiones filosóficas planteadas en el libro llamaron la atención del entonces -primeros años setenta- enfant terrible del cine alemán, Rainer Werner Fassbiender.  Junto a su habitual colaborador en aquellos tiempos, Fritz Müller Scherz, comenzaron a trabajar en el guión, pero pronto vieron que el grosor se les iba a ir de las manos e iba a pasar de las 90 páginas pensadas originalmente para un largometraje. Sin dejar que ello les detuviera, presentaron el proyecto a la cadena alemana WDR, que lo encontraron muy interesante –aunque tuvieron que enfrentarse con un desembolso de 15.000 marcos, una cifra bastante alta para la época, para adquirir los derechos-. En aquellos lejanos tiempos no era tan habitual presentar en televisión una película “partida en dos” –los primeros pasos del concepto de mini-serie-,  pero a los ejecutivos de la cadena les pareció atractivo para ver si con ese modelo se podía atrapar a una mayor audiencia.  Con un generoso presupuesto y un plan de rodaje de tres semanas, el polémico director comenzaría a trabajar en la que a la postre se convertiría en su única incursión en el campo de la ciencia ficción.

Argumentalmente hablando, la historia sigue de cerca los pasos de la novela de Galouye, incluyendo algunas variaciones, una de ellas –bastante lógica- de “germanizar” los nombres y las características de los personajes para el público de su país. El Profesor Vollmen, director de un revolucionario centro que está experimentando con un mundo virtual, aparece muerto, supuestamente por accidente, y su puesto es ocupado por su discípulo Fred Stiller (Klaus Löwistch). Günter  Lause, director de seguridad del centro, le confiesa que Vollmen se había mostrado frenético las semanas previas a su muerte a causa de un descubrimiento que había hecho que podría cambiar la percepción de la realidad del mundo. Pero Lause desaparece, y cuando Stiller intenta seguir su rastro, descubre para mal de su cordura que nadie de su entorno parezca haber conocido jamás su existencia…

A partir de ahí Stiller seguirá una investigación que le llevará a introducirse en el interior del mundo simulado y a ir acercándose poco a poco a lo que puede ser tanto una perversa locura como una luminosa epifanía, amén de enfrentarse a una conspiración política que quiere usar la realidad simulada para sus fines. Para mostrar un mundo del mañana, Fassbinder y Müller-Scherz se fueron a rodar a Paris: edificios cuadrados, zonas de construcción inacabadas y carentes de jardines  y centros comerciales darían un colorido muy particular a este universo que, visto cuatro décadas después, da una verdadera sensación de “futuro que nunca ocurrió”, pero que se estaba proyectando.  El entorno, asfixiante y enrarecido, se avanzó mucho tiempo por delante a las que serían las recreaciones de los mundos virtuales: personas que parecen congeladas, improvistas de emoción y que solo funcionan mediante la reacción envuelven constantemente al protagonista, un Klaus Löwistch que también ayudó lo suyo a darle un aire de inquietante ensoñación a asunto. Según Müller-Scherz era todo un experto “en alcohol y drogas”, y tenía su propio tempo y su propia manera de funcionar, -si bien el guionista se encargó de matizar que su actitud fue absolutamente profesional, sin descuidos ni despistes-.

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A medida que avanza el metraje el universo de la novela de Galouye se funde con el mundo del director germano, dando lugar a alucinadas escenas que no aparecían en la novela, algunas envueltas en una aureola de un extrañísimo humor negro, cuando el Dios omnipotente que persigue a Stiller le hace caer un bloque de cemento que esquiva por los pelos y que aplasta a una mujer que le estaba dando fuego en ese momento, para finalmente encenderse el cigarrillo aprovechando que el brazo de la mujer ha quedado tieso, e inerte y carente de empatía, al igual que el universo que le envuelve (distinto al del libro, pero manteniendo el parentesco). En un momento de su segunda entrega, una persecución terminará con Stiller en el interior de un club decadente, donde cantantes semejantes a Marlene Dietrich, camareros maquillados o enormes y musculados cocineros negros se cruzarán con el protagonista. Nada de esto tiene que ver con Simulacron 3, sino por el deseo expreso de Fassbinder de rodar en el club Alcázar de Paris, donde llegó a ser una presencia tan habitual que el propio Müller-Scherz recuerda que pasado un tiempo ya ni siquiera les obligaban a pagar.

Fassbinder tuvo otra idea original para su época –reutilizada en delante de forma habitual en el cine norteamericano por directores de David Lynch o Quentin Tarantino– de evocar el pasado de una manera diferente: utilizando un reparto de actores secundarios que fueran viejas glorias del cine alemán (Adrian Hoven, Ivan Desny. Elma Karlowa), o presencias referenciales (como Eddie Constantine, que interpretó a Lemmy Caution en numerosas ocasiones, incluyendo por supuesto Lemmy contra Alphaville de Jean-Luc Godard, la cual presentaba un austero futuro que sacaba partido de la arquitectura de la época, un poco al estilo de la presente mini-serie). Se cayó del reparto Hanna Schygulla, una presencia habitual en el cine del director por aquellos tiempos, por expreso deseo de la actriz que rechazó el papel de Eva Vollmer (la versión germana de la Jinx del libro), la mujer que conoce el secreto que envuelve al “mundo en el alambre” y que tanto podría amar apasionadamente a Stiller como conspirar en su contra. El rol fue a parar a la sugerente presencia de Mascha Rabben, actriz de lánguida belleza que tuvo una carrera bastante corta y que había debutado en el cine en el extravagante “western filosófico” de Roland Click Deadlock.

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El mundo conectado fue un incunable para coleccionista durante décadas al no existir edición en VHS de la misma durante los 80 y 90, hasta que apareció una versión por internet a principios de siglo que volvió a despertar el interés por la obra. En el 2010 por fin se presentó una versión magníficamente restaurada por la Rainier Werner Fassbinder Foundation en el Festival de Berlin, la cual es la incluida en la edición editada en DVD en nuestro país el mismo año por parte de Avalon. Un DVD de mucha calidad de aquellos que valen el precio que cuestan (ojalá se pudiera decir esto siempre), y que incluye extras como el documental  Fassbinders Welt am Draht – Blick voraus ins Heute (Juliane Lorenz, 2010), el cual he utilizado como referencia para varios detalles informativos en la concepción de este artículo y que merece ser visto por los seguidores tanto de El mundo conectado como de los interesados en su obra, dos cortometrajes de Fassbinder (Vagabundos, de 1966 y El pequeño caos de 1967) y una comparativa del metraje rodado en 1973 con el restaurado en 2010 (el clásico antes y después, donde se puede contemplar el espléndido trabajo realizado por la Fundación).

La novela de Galouye aún conocería una versión más en 1999, Nivel 13 (The Thirteen Floor, 1999), de Josef Rusnak, mucho más formal y asequible para el gran público y que conoció estreno en nuestro país en gran parte debido al gigantesco éxito de The Matrix, película muy influenciada por el libro original y con la que se podía emparentar para intentar compartir público. La película también se tomaba licencias respecto al libro y añadía nuevas tramas, y se dejaba ver sin problemas aunque quedaba dañada por el protagonismo de un actor principal bastante soseras como era Craig Berko (que acabaría dedicando prácticamente casi toda su carrera a la TV), bien acompañado eso si por Gretchen Moll, Vincent D’Onofrio y Armin Müller-Stahl.

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El mundo conectado fue una obra rompedora tanto por contenido –su gran carga filosófica respecto al verdadero significado de realidad-, por forma –dirección artística, fotografía, los maravillosos planos imposibles que envuelven la obra, no solo los clásicos juegos de espejos de Fassbinder, también travellings a un centímetro del suelo- y por repercusión –ciencia ficción de autor en horario de máxima audiencia, en un formato como el de miniserie, que no existía como tal por aquellos tiempos en la tv alemana-, felizmente recuperada para los seguidores de la obra de su director, de la ciencia ficción, de la historia de las series… del arte en general. Una obra única en el mundo de la ciencia ficción, tanto televisiva como cinematográfica.

“El mundo conectado” incluida en nuestro especial EL FUTURO QUE DEJAMOS ATRÁS – La ciencia ficción de los 70 en 50 películas

Javier J. Valencia

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