Rememorando a Laura Palmer (Especial Twin Peaks, 2ª parte): Cinco perspectivas (I)

Continúa nuestro particular homenaje a Twin Peaks (iniciado con el artículo Rememorando a Laura Palmer (Especial Twin Peaks, 1ª parte): Todo aquello en que creímos) celebrando el 25 aniversario de la “muerte” de Laura Palmer y que se irá alargando a lo largo del año (y quién sabe si más allá). Hemos preguntado a cuatro firmas especializadas que nos contestarán qué creen que significó TP en el mundo de la TV en el momento de su emisión (lo vivieran o no de primera mano), y a modo particular que significó para ellos (para bien o para mal). La idea, si es posible, será ir alargando este modelo en el futuro y que siempre vaya acompañado por la opinión de un pájaro burlón, encargándose de la primera entrega Óscar Sueiro. En este primer bloque –que dividiremos en dos entregas- han colaborado con nosotros (y quedamos agradecidos por ello hasta el infinito) los ínclitos Gerard Casau (RockDeLux, NumeroCero, Dirigido por, Time Out y un largo etc.), Iván Fanlo (Cine y otras drogas), Sergio Gaviño (CineFantastico) y José “Abetos Douglas” Martínez, el mayor coleccionista hispano en cuanto a Twin Peaks se refiere y apostaría que también uno de los mayores a nivel mundial (créanme, sé de lo que hablo). Den un sorbo a su café, dejen que suene la música de Badalamenti y vamos a ello…

TWIN PEAKS. Lo ridículo y lo sublime

Por Gerard Casau

“Volveré a verte dentro de 25 años”, le dijo Laura Palmer al Agente Especial Dale Cooper entre las cortinas de La Habitación Roja. Una promesa, una proyección hacia un futuro que se antojaba lejano pero que ha transcurrido en un suspiro. Así, nos reencontramos con Twin Peaks un cuarto de siglo después de que nos despidiéramos de ella, y surge la más incómoda de las dudas: ¿fingimos que nada ha cambiado en todo este tiempo, o asumimos las canas y las arrugas que han aparecido en su rostro (y en el nuestro)? Dicho de otra forma, ¿La admiración ciega y absoluta sigue siendo la mejor manera de acercarse a este objeto de culto, o quizás es momento de asumir que ya no somos los mismos, que nuestra mirada ha cambiado desde que vimos bailar a Michael J. Anderson por primera vez?

Los intentos de encumbrar Twin Peaks como “mejor serie de todos los tiempos” siempre han resultado problemáticos. Pese a la fascinación que todavía hoy ejerce en multitud de artistas (sirva de ejemplo Los canallas, filme de Claire Denis recién estrenado en las pantallas españolas, y que parece beber de su misma fuente de sordidez) y en los espectadores que la descubren por primera vez, el carácter abierto, incluso disperso, de la obra hace imposible abrazar por completo todas sus partes, especialmente cuando uno vuelve a ella para revisarla. Si despreciamos el aura de reverencia mítica que le ha dado el tiempo, si nos enfrentamos a ella como algo que puede seguir formando parte de nuestro presente, quizás dejemos de reírle las gracias a Dick Tremayne, nos asombremos por el pétreo (aunque no impenetrable) rostro de James Marshall (si bien es cierto que el talento de David Lynch nunca ha sido el de dirigir a grandes actores, sino el de escoger presencias “adecuadas” para cada personaje) o pidamos la hora ante subtramas como la de la viuda negra o la regresión confederada de Ben Horne, que de ser emitidas hoy provocarían ríos de mofa y bilis en las redes sociales… Son demasiadas las heridas que impiden considerar Twin Peaks un proyecto inmaculado pero, a su vez, es esta irregularidad la que mejor define el carácter de una serie en la que muchas veces resulta complicado discernir la genialidad del gazapo.

El mayor acierto y, a su vez, el talón de Aquiles del trabajo que emprendieron Lynch y Mark Frost fue su confianza en abrir los códigos de la serialidad a lo imprevisto, sembrando puntos de fuga en un relato que, de otra forma, quizás sería recordado como una intriga criminal salpicada por comentarios satíricos a propósito de los culebrones. La visión intuitiva de Lynch (a la que debemos elementos capitales para el relato, como La Habitación Roja y el maléfico Bob) hacen posible una serie de imágenes icónicas, memorables cuando el autor de Terciopelo azul se coloca tras la cámara, pero demasiado intransferibles para ser replicadas por los demás realizadores (véanse los chirriantes intentos de llenar la pantalla de elementos bizarros en el capítulo dirigido por Diane Keaton: la primera imitación de Twin Peaks tuvo lugar en el seno mismo de la serie). Asimismo, el relato nunca logró por completo su ambición de relegar el asesinato de Laura Palmer a un telón de fondo irresoluto y progresivamente olvidado, sobre el cual debían transcurrir las vidas de los habitantes del pueblo. Y eso es debido a que el fragmentario conocimiento que teníamos de Laura y de su cuerpo (ya fuera inerte y envuelto en plástico, prístino en la foto que la corona como reina del baile, o sonriente y jovial en una temblorosa instantánea de una grabación doméstica, congelada para siempre en el tiempo) constituía un enigma demasiado fascinante, y hacía intolerable la idea de dejarlo suspendido permanentemente… Para desgracia de sus creadores, ella fue siempre el centro del laberinto, y una vez se extirpó el misterio que la rodeaba, dejando al descubierto las miserias y los colmillos que rodeaban su muerte, el público decidió abandonar el avispero.

En el fondo, hay una perversa lógica en el hecho de que Twin Peaks sea una creación truncada, sin final ni cierre satisfactorio. Esa fue siempre la intención de Lynch y Frost, y cabe suponer que la serie nunca fue mejor que en sus primeros esbozos, aquellos que tuvieron lugar en la mente y en los sueños de sus autores. Y, pese a todo ¡Qué afortunados fuimos por haber tenido ocasión de adentrarnos junto a ellos en tan esplendoroso fracaso!

Oliver Atom, las Mamachicho y el asesino de Laura Palmer

Por Iván Fanlo

Cuando me ofrecieron colaborar en este especial sobre la famosa serie de David Lynch y Mark Frost no sabía muy bien cómo afrontarlo. Nunca he sido un gran fan del universo lynchiano y mantengo una relación amor/odio con el director.  Me encantan muchos de sus films, pero por algún motivo hay otros con los que me es imposible comulgar (No voy a citar ejemplos para que mi buen amigo Javier J. Valencia no me lapide a la quinta línea). Fuera manías personales, hay algo innegable para todo aquel que ahora supere la treintena, Twin Peaks marcó ya no sólo a una generación de televidentes sino que consiguió ser, a mi modo de ver, la primera gran serie en convertirse en todo un fenómeno mundial. Un éxito que sobrepasó los tubos catódicos de la televisión para implantarse en la cabeza de todos los espectadores, que observaban lo que pasaba en dicho pueblo montañoso como una de sus necesidades semanales.

Pero todo tiene un principio. En este caso nos tendríamos que remontar hasta 1989, cuando en España se concedieron las licencias para tres nuevas cadenas de televisión. Un cambio significativo dentro de todos los hogares. Hasta ese momento, el videoclub de la esquina y las viejas grabaciones en VHS eran la única forma de abrir el escaso abanico de posibilidades que ofrecían  los canales por aquel momento. Entre estas cadenas recién nacidas, la que realmente iba a renovar el concepto de entretenimiento televisivo en nuestro país fue Telecinco, la cadena amiga. La aparición de programas con toques de erotismo (¡Ay, que calor!), espacios de producción propia realmente divertidos y frescos (VIP, Tutti Frutti), aprovechar el éxito de shows extranjeros, adaptarlos y  transformarlos en programas de culto (Humor Amarillo, WWF) o una fuerte apuesta por las series en el prime-time, fueron muchas de las apuestas ganadoras que un revolucionario Valerio Lazarov, director de la cadena, trajo consigo desde Italia. Campeones y Sensación de vivir son claros ejemplos del éxito apabullante de las maniobras de Lazarov, sin olvidarnos del triunfo años más tarde de una serie de producción propia, Médico de familia. Pero, por si fuera poco, Telecinco estaba a punto de sacar el as en la manga definitivo. Todo comenzó con una simple y genial estrategia publicitaria y unas líneas en los periódicos que rezaban Laura Palmer ha sido asesinada.

Recuerdo que mi primer contacto con la serie no fue el episodio piloto, sino alguno más adelante. Por lo tanto, poder asimilar tal cantidad de personajes,  y encontrarle un sentido a sus actos y a lo que ocurría en pantalla, se convirtió en un ejercicio que me superaba pero que, a su vez, no me dejaba apartar la mirada. En los recreos de los colegios los niños de sexto de EGB habíamos pasado de hablar del próximo partido del New Team o de cuál era nuestra mamachicho preferida a ponernos en la piel de un extraño detective adicto a la tarta de cereza. Pero, ¿por qué una panda de mocosos onanistas compartía tal nivel de adicción a una serie con el resto de la población, fuera cual fuera su edad?

El concepto de serie que David Lynch parió iba más allá del simple procedimental. Todos queríamos saber quién había matado a la hija predilecta de Twin Peaks, por supuesto; pero la capacidad de la serie para evocar sensaciones e inquietar era tal, que nos sentíamos atraídos como abejas al panal. ¿Nuestra miel? Los secretos, las mentiras y las fobias de los personajes, apoyados en unas tremendas actuaciones. La música hipnótica de Angelo Badalamenti y la voz ensoñadora de Julee Cruise. Y por supuesto, el asombroso tándem creativo de Frost y Lynch, que aunque no consiguieran mantener el nivel en su segunda temporada, pudieron dar forma a un universo tan atrayente como único, del que nos permitían  rascar poco a poco en la superficie para ver que se escondía debajo.

A día de hoy, en plena fiebre televisiva donde las series han alcanzado un estatus creativo por encima del séptimo arte, ocupando el lugar predilecto de crítica y público, debe recordarse que este medio ya tuvo, hace la friolera de 25 años, una de sus obras clave.
Amigos y amigas, rescaten Twin Peaks. Y si yo no les he convencido, que lo haga el TP de Oro que ganó a mejor serie extranjera.

Continua en Rememorando a Laura Palmer (Rememorando a Laura Palmer (Especial Twin Peaks, 2ª parte): Cinco perspectivas (II) con las reflexiones de Sergio Gaviño, José “Abetos Douglas” Martínez y Óscar Sueiro…

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