Peaky Blinders (4ª temporada)

Una de la cualidades más destacadas de Peaky Blinders siempre ha sido esa admirable capacidad suya de reinventarse a sí misma sin perder sus esencias, sin romper el pacto firmado con su público, al que da exactamente lo que espera y al que, aun así, temporada tras temporada, consigue seguir sorprendiendo. Y si lo consigue es porque su creador (y guionista de todos sus capítulos), Steven Knight, sabe perfectamente lo que está contando, de dónde viene y dónde quiere llegar.

Para entenderlo, nada mejor que comparar Peaky Blinders con su joven hermana bastarda, Taboo (2017), una de las decepciones del año. Una serie igual de bien hecha (o incluso mejor) e interpretada de manera sobresaliente, pero que es incapaz de mantener el timón firme, y que termina enseñándonos el mapa de su historia antes de tiempo, perdida en artificios. Peaky no es así, porque sabe dónde va y porque sabe que tiene tiempo para contarlo.

El gran peligro de esto es el siguiente: aburrir. Y entonces volvemos a la casilla de salida. Para no aburrir, Peaky debe reinventarse constantemente. Algo parecido pasaba con otra serie, con más puntos en común con la que estamos hablando de lo que podría parecer a simple vista, que también parecía tener claro el camino: Sons of Anarchy. La comparación es lícita por varios motivos, más allá de las coincidencias argumentales (ambas son crónicas de criminales), porque comparten también el tipo de gasolina que alimenta a su audiencia: son series que van de molar. Pero mientras la primera se alargó en exceso y se hundió en la mediocridad a base de sorpresas que no conducían a nada, Peaky Blinders no.

Cuando Peaky Blinders se reinventa, lo hace hasta sus últimas consecuencias. Porque sabe que la única manera de mantenerse en movimiento es lanzarse al vacío (no como Taboo o Sons que se dedicaban a dar saltitos de funanbulista, alguno impresionante, la mayoría ridículos). Y si lo hace es porque sabe perfectamente a que distancia está el suelo.

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Se pueden tener dudas al principio de esta cuarta temporada. Todos somos humanos.

No es la primera vez que pasa. Tras el final de la segunda, con la desaparición del “malo” (un Sam Neill superlativo, perfecto contrapunto de la familia Shelby), la serie tuvo que reinventarse. Y nos costó entenderlo. Se hizo más grande. No sin problemas, claro. Mientras la trama rusa funcionaba (esos malos de tebeo que le sientan tan bien), la historia del cura (el nuevo “malo”) parecía artificial.

“Parecía” porque lo era. TODO en Peaky Blinders es artificial. Y lo es, porque DEBE serlo. Es el camino que se ha elegido.

Recordemos el principio de todo: Thomas Shelby entra a caballo en China Town para que una hechicera bendiga a su animal. Birmingham, años veinte. Suena Nick Cave. A partir de ahí sólo se puede caer.

Y Peaky Blinders lo hace con estilo. Como estiloso es el vestuario. Porque la ropa que llevan los Peaky televisivos se parece a la que llevaban esos mafiosos gitanos ingleses de entreguerras que imitan. Se parece pero no lo es; es una recreación cool. La Historia, los comunistas, las relaciones sociales y raciales, todo es reinterpretado. Parece real, pero no lo es. Es más bonito, más brillante, pero no pretende ser real, ni parecerlo.

Y sin embargo, esto no significa que Peaky Blinders no hable de cosas reales (todo lo reales que pueden ser las cosas dentro de una ficción), sino que en vez de lanzarse a un falso hiperrealismo (fango en el que se sumergen la mayoría de las propuestas británicas de época) decide hacerlo todo más molón. Porque, como ya hemos dicho, Peaky Blinders va de molar.

Mola la banda sonora, molan sus protagonistas (Polly, Thomas, etc), molan sus malos, molan sus sombreros y mola, sobre todas las cosas, Tom Hardy. Tom Hardy mola un montón.

Molan demasiado. Y cada vez tienen que molar más. Porque hay que seguir cayendo.

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La tercera temporada terminaba a lo grande. Con la muerte de la familia.

No puede ser. Ya está. La serie al final ha tocado fondo. No se puede recuperar de ese final.

Eso se puede pensar mientras se ven los primeros capítulos de la cuarta temporada. El “malo”, ese mafioso exagerado de Adrien Brody, resulta falso, salido de la nada, sin ser tan amenazador como los anteriores. Las relaciones familiares chirrían. Las peleas y reconciliaciones no son reales (tan artificiales como la peluca que luce Arthur durante estos primeros compases)…

…y de repente todo funciona. Porque Steven Knight sabe lo que está contando.

Es como un clic.

En este caso es la conversación entre Polly  y Luca en el salón de baile. Y a partir de allí la serie vuelve a ponerse en movimiento. Los resortes chirrían un poco. Pero toda la máquina funciona otra vez. Y todo termina en un suspiro. Con un órdago de sus creadores. O todo o nada.

Tom Shelby (el nunca lo suficientemente alabado Cillian Murphy) escalando socialmente, los comunistas agotando su revolución, e Inglaterra preparándose para adentrarse en una de las épocas más oscuras de la Historia. Los cimientos para que Peaky Blinders nos cuente eso están puestos. Lo hará con estilo. Todo será artificial, pero nos contará cosas que fueron reales.

“Pero ya que nos ponemos, ¿por qué no intentamos que molen más?” parecen decirnos.

***

Peaky regresará. Y tendrá que reinventarse otra vez. Se han ido varios de sus protagonistas. El foco se ha abierto. Ya no sólo es Birmingham (ese infierno de ladrillos y calderas), ahora es toda Inglaterra. La ambición de Thomas Shelby no conoce límites. Cada vez lo comprendemos mejor, el hombre que volvió de Francia en 1918 no era el que se fue, ahora es un fantasma, un ser que sólo existe porque se mueve (los minutos finales de la temporada lo explican, todo un ejemplo de brillante orfebrería narrativa).

Y sólo sabe moverse hacia arriba.

Nunca perdamos la fe en Peaky Blinders. Steven Knight nos está contando el ascenso de un hombre. Porque, aparte de molar, de eso va la serie: es la historia de cómo se puede caer hacia arriba.

A toda velocidad.

Daniel Lasmarías

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