El misterio de Hanging Rock (Picnic at Hanging Rock, Amazon, 2018)

Quizá ha tardado un poco más en caer en la tentación que el resto del mundo, pero la cultura audiovisual australiana parece haber abrazado con fuerza el concepto del remake. Si el año pasado era la alcoholizada pesadilla Wake in Fright (“Despertar en el inferno”) la que se convertía en una mini-serie adaptando la novela de Kenneth Cook que en 1971 fue llevada brillantemente a la gran pantalla por Ted Kotcheff, ahora le ha tocado el turno a Picnic en Hanging Rock, segunda adaptación de la extraordinaria novela de Joan Lindsay publicada en 1967 en su país de origen y que no vería la luz en nuestro país hasta el 2010, de la mano de la editorial Impedimenta. Esta ya había generado una versión para la pantalla grande, dirigida en 1975 y que a título personal diré que es una de las películas preferidas, y de la cual ya hablé en esta web hace algunos años.

Otra tentación, más perversa, en la que parecen haber caído los productores de la obra, es en intentar encontrar la manera de hacerla más accesible a los  espectadores más jóvenes: es por esto, y aunque no está exenta de algunos aciertos, que El misterio de Hanging Rock (como ha sido llamada en su pase por el Canal Cosmopolitan en España en tres partes con dos episodios cada uno del 24 de junio al 8 de julio de este 2018) supura en exceso ser una versión para millenials del libro de Lindsay –y de la película de Weir, de la que toma prestados sin ningún rubor no pocos aspectos estéticos-.

Todo empieza –vuelve a empezar- el fatídico 14 de febrero de 1900, día de San Valentín. La severa señorita Hester Appleyard (Natalie Dormer) accede a que las alumnas de la Escuela para jovencitas que dirige –donde las enseñan principalmente como ser distinguidas, educadas y cultas esposas cuando les llegue el momento, como mandaban los  agobiantes cánones de la época- se vayan a la ancestral y rocosa zona que da título a la obra a celebrar la jornada, excepto una de las más jóvenes, Sara Waybourne (Inez Curro), castigada por su rebelde comportamiento. Una vez allá, tras un extraño fenómeno que provoca que los relojes se detengan y una vaporosa sensación de adormilamiento posea tanto a profesoras como alumnas, tres de ellas que se habían separado del resto para explorar las rocas, encabezadas por la intrépida Miranda (Lily Sullivan), y una de las maestras que fue en su busca, la señorita McGraw (Anna McGahan) desaparecen sin dejar rastro. Comienza entonces una búsqueda frenética por parte de las autoridades por encontrarlas, a la que se suma el joven Michael Fitzhubert (Harrison Gilbertson), que había estado por la zona el día de la desaparición y que debido a ello es uno de los principales sospechosos de lo ocurrido por parte del sargento Bumpher (Jonny Pasvolsky). Pero obsesionado por la figura de Miranda, el muchacho seguirá empeñado en encontrarla incluso cuando la búsqueda oficial haya quedado detenida, y con la ayuda del encargado de las cuadras de su familia, Albert Crandall (James Hoare), -a su vez hermano de Sara, pero separado de ella muchos años atrás en el orfanato donde crecieron-, no cejará en su misión: encontrará a una de las chicas desaparecidas, Irma Leopold (Samara Weaving), la cual, amnésica, será incapaz de recordar nada de lo ocurrido en el momento en el que sus compañeras se desvanecieron…

El misterio de Hanging Rock justifica su conversión de relato de 300 páginas (o película de algo menos de 120 minutos) a una mini-serie de seis horas ampliando considerablemente el número de tramas y extendiendo las historias relativas a los personajes principales, amén de ofrecer diversos flashbacks sobre cómo era la vida en Appleyard previamente a la desaparición de las adolescentes. A decir verdad, todo aquello que tiene un mayor peso en el relato televisivo y que funciona de manera más fluida era lo que ya estaba en la novela: el efecto que tiene en Michael e Irma y en su posible relación la ausencia (que no presencia) de Miranda y el resultado liberador que tiene en, al menos, uno de ellos, la tortuosa existencia en la residencia de Sara sin la presencia de Miranda, que se había convertido en su protectora y en algo así como su hermana adoptiva, y especialmente en cómo afecta a la mente de Miss Appleyard, cuya conexión con la realidad empieza a desmoronarse poco a poco. Aunque le introducen un discutible pasado que la relaciona con los bajos fondos londinenses e implican que tuvo una turbia relación con un criminal, justificando sus problemas mentales y su iracunda personalidad debido a una niñez y juventud que se intuye verdaderamente horrible, Natalie Dormer brilla en cada una de sus escenas y logra sacar adelante a su personaje, ya que nos convence de que se trata de otra Appleyard, diferente a la original, y si aquella parecía mostrar que su odio a Sara y todo lo que representaba el personaje de Miranda (aquí verdaderamente un personaje, con pasado explícito e intenciones claras, alejadas del icono que era en la cinta de Weir) se debía a un cambio generacional relacionado incluso con el propio momento histórico de su tiempo, ahora parece esconder una suerte de envidia por disponer las jóvenes de acceso a una libertad que les permite evadirse de su sofocante entorno del cual ella siempre fue privada por culpa de una asfixiante y cruel masculinidad. Lo admito, cuando leí por primera vez que Dormer iba dar vida al personaje me imaginé a la Miranda de Anne Louise Lambert gritarme “¡miscasting!” desde lo alto del peñasco australiano, y nada más lejos de la realidad: La popular Margaery Tyrrell de Juego de tronos logra transmitir el estado de perturbación en el que se encuentra –siempre tensa, también antes de la desaparición de las jóvenes- y aprovecha su felina mirada para resultar verdaderamente inquietante por momentos en los que parece que por su cabeza esté sonando el chirriar de una tiza sobre una pizarra.

También es cierto que, al final, en la trama de Dormer las guionistas del programa -Beatrix Christian y Alice Addison- ven necesario incluir una explicación racional a lo que ella pensaba que le había ocurrido al grupo de muchachas que lo relaciona más con el género negro que con la atmósfera fantasmal de la historia original. Como he comentado al principio hay, parece, una necesidad por parte de la serie de resultar demasiado explicativa: las relaciones entre personajes pasan de lo intuido a lo blanco y en botella, como pueda ser un romance entre McGraw y Marion (Madeleine Madden), los intentos de Irma por seducir a Miranda o un magnetismo más evidente entre Michael y Albert. En la cinta de Weir ciertos conatos de atracción aparecían como un fugaz pensamiento prohibido por la cabeza de los protagonistas, pero en estos tiempos tan malos para la sutileza todo resulta mucho más subrayado. Porque precisamente Picnic en Hanging Rock tanto en su versión literaria como en largometraje hicieron un verdadero arte del como retener información, y la mini-serie ofrece un detallado sumario de quién-era-quién y quienes son después, incluyendo algunas tramas de puro relleno e incluso tanteando peligrosamente el terreno del soap opera en ocasiones (véase la un tanto cargante historia de fanatismo religioso de la Srta. Lumley -una correcta Yael Stone- y su hermano, el romance de la profesora de francés con el relojero local o prácticamente todas las apariciones del sargento Bumpher, cargado de frases lapidarias respecto a alcanzar sus objetivos para luego no dar una a derechas).

Con todas sus aristas, El misterio de Hanging Rock termina resultando atractiva porque han respetado el corazón de la manzana que es la novela de Joan Lindsay y han mantenido el efecto de narrar un cuento de fantasmas invertido, donde la ausencia termina resultando tan espeluznante o más que la presencia.

Javier J. Valencia

Esta entrada fue publicada en Televisión Series y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.