Halt and Catch Fire – Temporada final (2017)

Sentirte raro es la manera de saber que aún estás aquí.”

En el octavo episodio de su última temporada, la composición y construcción de planos en Halt and Catch Fire pincela en algunas de sus secuencias un voluntario y ligero desliz al vacío. En dichas escenas el encuadre parece haberse desplazado, provocando que el personaje o personajes en cuestión aparezcan en un extremo de la imagen, mientras a su alrededor lo que figura como elemento de más relevancia es el resto de la habitación, de la calle, del jardín. Donna está hablando con Cameron, y en el contraplano de esta segunda su figura aparece completamente a un costado. El protagonista en ese encuadre es el vacío. El vacío como centro de lo que nuestra vista capta. Los personajes dialogan y discuten, pero la composición de todo ello nos hace estar mirando directamente al vacío. Ese vacío en ese momento y en ese episodio representa claramente la desaparición de un personaje, pero también es el mismo vacío que ha rodeado a los protagonistas desde el inicio de la serie, desde que sus caminos se cruzaron, intentando huir de esa vacuidad para así hacerla desaparecer de los encuadres colindantes al resto de personas, clientes, interlocutores, usuarios… avatares.

Halt and Catch Fire nació como una serie que nos quería narrar los primeros años de la informática y de la internet en los ochenta; sus primeros pasos, y las tesituras y desventuras de un grupo de protagonistas que buscaban intentar subirse a ese tren que sabían les podía llevar directamente al futuro. Pero no, no era eso solamente. Esta serie sobre todo quería -y lo ha conseguido de forma excepcional- tejer un emotivo retrato del alma de un grupo de personas que persiguen con todo su corazón crear nuevas formas tecnológicas de comunicación entre sujetos, cuando precisamente ellas mismas son incapaces de saber relacionarse entre sí. Un maravilloso lienzo sobre la intelectualidad, emocionalidad y absurdidad humanas. A partes iguales. Un baile, a la vez, equilibrado y caótico, entre la cabeza y el corazón. Eso es y ha sido Halt and Catch Fire. Porque en el octavo episodio el vacío parece por error protagonizar el encuadre, pero no es ningún error. Ese vacío compone el encuadre; el vacío lo dibuja, lo teje y lo conforma. El vacío pincela la presencia más ausente, la que potencia toda creatividad innovadora, revolucionaria y, sobre todo, humana. Demasiado humana.

El fracaso. Ése es el verdadero protagonista de Halt and Catch Fire. Cameron, Donna, Gordon, Joe, siempre están a punto de conseguirlo. Siempre. Pero el futuro se les escapa una y otra vez. Un futuro envuelto en chips, microprocesadores, software y código fuente, pero tras dicho velo tecnológico lo que fundamenta su anhelo es la emoción humana más fundamental: la conexión con los demás. Halt and Catch Fire presenta la informática como lo que es: una forma de auto-expresión humana, y su ilimitada capacidad para ir más allá en su significación creativa. Ese espíritu utópico de la informática de los años ochenta y noventa es el que abraza la serie, y su choque frontal con nuestro actual modelo híper-masificado de redes y comunicaciones sociales tiene una validez y una riqueza descomunales. Halt and Catch Fire establece un excelente juego de espejos entre el mundo de los primeros ordenadores y el mundo de hoy en día. Espejos a veces cristalinos, a veces opacos, pero que nos tejen una dramática lírica sobre las reflexiones a las que podemos llegar cuando pensamos en lo que utópicamente podría ser, y lo que verdaderamente es en tiempo real.

Los ordenadores no son lo importante, los ordenadores son lo que nos lleva a lo importante.”

Halt and Catch Fire nacía en su primera temporada con una secuencia inicial en la que Joe MacMillan (Lee Pace) bajaba de su coche tras arrollar a un pequeño armadillo que cruzaba la calle. Con dicha acción, ya en esos primeros instantes se nos retrataba al personaje envuelto en un claro tono de implacable ferocidad. Tras ello, Joe se presentaba ante una clase de alumnos para hacerles preguntas acerca de la nueva era tecnológica en la que estaban empezando a vivir. Ante la estampida de innumerables cuestiones que les acaecían, una de las alumnas acababa interrumpiéndole para desafiarle con rebeldía. Esa alumna era Cameron (Mackenzie Davis). En los compases finales del último episodio de la serie, vemos a Joe bajarse de su coche, con el mismo gesto de implacabilidad, y dirigirse a un despacho, donde la cámara recorre una serie de recuerdos de lo que han significado para él estos años. Acto seguido, observamos cómo Joe entra en una clase con un pequeño grupo de alumnos, contemplándolos con rostro de ligera satisfacción. Y justo antes de que la serie termine, él les lanza -y nos lanza- una simple frase, la misma con la que empezó aquel interrogatorio a otros alumnos años atrás: “Dejadme empezar haciendo una pregunta“. Joe vuelve a su origen, pero no en el mismo nivel, no en el mismo plano. Algo ha cambiado claramente en su interior, pero en su espíritu se mantiene la misma lírica humana de constante disputa contra uno mismo en la máxima de cuestionarlo todo: una pregunta. Una pregunta al mundo. De forma incesante, interminable, sin ceder en el empeño de cuestionarlo todo; cuestionar incluso el propio cuestionar. Ése es y será siempre su modo de estar en el mundo. De vivir en el mundo. De sobrevivir a la vida.

He tenido una idea. Así dice Donna. Así se lo dice a Cameron. Y ambas se miran. Cameron medio sonríe, de nuevo, como hacía tiempo que no sonreía. El último episodio de la temporada pone muchas cartas sobre la mesa, entreteje varias reflexiones y emociones, así como también lanza diversos mensajes, pero uno de los que más claro queda y más impacto tiene en nosotros es el conseguido con el tándem Donna-Cameron. Ambas mujeres -con unas excelentes interpretaciones de Kerry Bishé y Mackenzie Davis respectivamente- conforman un conmovido diálogo a lo largo de la última temporada, y en su desenlace todo ello confluye en una inequívoca cuestión: han peleado, han soñado, han triunfado, fracasado y sobrevivido como han podido. Pero lo han hecho ellas. Halt and Catch Fire mostró desde su inicio el mundo masculino contra el que debían combatir las protagonistas, así como su evolución a lo largo de los años ochenta y noventa, y en el devenir de esa constante lucha la serie ha ido tejiendo un magnífico retrato sobre las enormes desigualdades entre hombres y mujeres en nuestras sociedades, y cómo a través del espíritu de constante batalla que encarna Donna esos muros pueden derribarse, a base eso sí de sufrimiento y sacrificios.

He tenido una idea. La idea no se nos cuenta. ¿Qué idea es? No importa. La idea es la suma de todas las ideas. Es todo. Y lo es porque Donna la ha tenido. Ella la ha tenido. Y ella decide contársela a Cameron, y juntas pensarán cuándo y cómo llevarla a cabo. Porque ellas están al volante de su vida, de su carrera, de sus emociones, de sus decisiones, de sus aciertos y errores. De sus tragedias. De sus triunfos. El futuro es de ellas. Y ellas deciden. Ése es el mensaje final de Halt and Catch Fire, dedicado a un futuro en el que ya vivimos, y el cual necesitamos que hondee el horizonte del porvenir a través sobre todo de los ojos de Donna y Cameron. Porque el verdadero futuro que vale la pena está en dicha mirada.

Xavier Torrents Valdeiglesias

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