Especial Joe Dante – 8ª parte: Eerie, Indiana (1991-1992)

Cuando empecé este monográfico sobre Joe Dante –hace ya más de una década– me propuse reseñar todos los trabajos del director de Gremlins. Todavía estoy en ello y parece que va para largo. No voy a presentar de nuevo al realizador aquí pero remito a los lectores burlones que lo deseen a visitar las entregas anteriores. Esto que están leyendo busca hacer la función de aproximación general a la serie Eerie, Indiana, pero tras la presentación de rigor se transformará en un pequeño análisis de los episodios específicamente dirigidos por Joe Dante –por otra parte, bastante representativos de lo que es la serie en su conjunto–.

No la pude ver en su momento y por una cosa o por otra siempre me dio cierta pereza afrontarla. Pero ese día llegó y gracias a la magia de internet pude disfrutar de los 19 episodios de la única temporada que existe. La verdad es que me lo pasé en grande. Todo se debe contextualizar en esta vida y Eerie, Indiana hay que tomarla como lo que es: una serie juvenil de principios de los 90, con una cierta vocación didáctica y con un amor infinito por el terror, la ciencia ficción y la fantasía en general. La propuesta no esconde su devoción por el genero y utiliza la cultura popular en general –sobre todo el cine– como referente. No es extraño, por ejemplo, que los padres del protagonista se pongan a hablar de Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, Steven Spielberg, 1977) si el episodio nos narra una visita extraterrestre a su localidad. Además, la serie no está exenta de grandes dosis de espíritu crítico y hasta subversivo –no podía ser de otro modo con Joe Dante de por medio– y contiene algunas pinceladas gamberras. Asimismo, los episodios duran 24 minutos, por lo que es difícil que se hagan largos.

Imagen promocional de Eerie, Indiana

Eerie, Indiana fue creada por Jose Rivera y Karl Schaefer. El primero venia de guionizar episodios para sitcoms familiares como Cosas de casa (Family Matters, 1989-1998) o Arnold (Diff’rent Strokes, 1978-1986). Tras su paso por Eerie, Indiana se encargaría de adaptar algunos relatos de R. L. Stine para su serie de terror para niños Pesadillas, de R. L. Stine (Goosebumps, 1995-1998). Pese a todo, sus guiones más conocidos llegarían a partir de los dosmiles de la mano del director Walter Salles y en forma de dramas para el gran público (Diarios de motocicleta, 2004, En la carretera, 2012). En cuanto a Karl Schaefer, casi siempre se ha movido en el terreno televisivo de género con producciones más o menos mainstream como La zona muerta (The Dead Zone, 2002-2007), Eureka (Ídem, 2006-2012), Entre fantasmas (Ghost Whisperer, 2005-2010) o el telefilme de Tobe Hooper Apartamento maldito (The Apartment Complex, 1999).

Por Eerie, Indiana pasaron varios directores y guionistas, la mayoría relacionados con el mundillo televisivo. Algunos de los escritores más interesantes fueron Michael R. Perry, que poco después firmaría varios episodios de La mirada del mal (American Gothic, 1995-1998) y Michael Cassutt, que venia de escribir algunos libretos para Max Headrom, el hombre de la pantalla (Max Headroom, 1987-1988). Entre los realizadores más destacados –cinematográficamente hablando– encontramos a Bob Balaban, responsable de la comedia negra y sangrienta Parents (Ídem, 1989) y de algunas comedias juveniles de escaso recorrido. Muchos lo conocerán realmente por su prolífico trabajo como actor secundario en películas como Encuentros en la tercera fase, Ghost World (Ídem, Terry Zwigoff, 2001) o El Gran Hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, Wes Anderson, 2014). También encontramos a Mark Goldblatt, brillante montador de Hollywood que saltó a la dirección con una buddy movie de zombies tan olvidada como reivindicable titulada Estamos muertos… ¿o qué? (Dead Heat, 1988) y responsable de la primera y medianamente aceptable versión cinematográfica de The Punisher (Ídem, 1989).

El director Joe Dante junto a un gremlin

Dentro de este conjunto de directores, el que más episodios dirigió fue Joe Dante –concretamente cinco–. Pero su papel destacado no termina ahí. El director, conocido por su faceta de experto e historiador del cine de género fue contratado también como consultor creativo, por lo que pudo asesorar y meter baza en los 19 episodios de la serie. Por aquel entonces Dante todavía medraba en el gran Hollywood. El realizador se codeaba con Spielberg y se encontraba inmerso en uno de los momentos más dulces de su carrera, antes de empezar su lento declive en el universo mainstream. Acababa de dirigir Gremlins 2: La nueva generación (Gremlins 2: The New Batch, 1990) y todavía estaban por llegar Matinee (Ídem, 1993) y Pequeños guerreros (Small Soldiers, 1998). Nadie como Dante para hacerse cargo en aquel momento de Eerie, Indiana, una serie con presupuesto holgado, rodada en 35 milímetros e inscrita abiertamente dentro del genero fantástico. Por si fuera poco se trataba de un producto orientado a niños y jóvenes, cargado de humor y emitido en horario de máxima audiencia (domingos por la noche en la NBC). Dante tenia sobrada experiencia en todos y cada uno de estos campos.

Como consultor creativo también disponía de cierta carta blanca en el apartado discursivo. Uno de los mensajes mas claros que podemos extraer al analizar la propuesta con perspectiva es que ser “convencional” y seguir la corriente es aburrido; algo que Joe Dante se ha encargado de repetirnos a lo largo de toda su filmografía. Como él mismo aseguró durante el rodaje ante la periodista Sue Martin de Los Angeles Times, “Esta serie tiene una sensibilidad muy similar a las películas que he hecho”. No nos engañemos, pocos directores aficionados al género le harían ascos a controlar y meterse de lleno en una serie con espíritu crítico y repleta de monstruos; alienígenas; fantasmas; inteligencias artificiales; viajeros del tiempo; dimensiones paralelas; objetos malditos; organizaciones secretas; poltergeist varios y hasta el mismísimo Elvis Presley vivito y coleando.

Joe Dante durante el rodaje de Eerie, Indiana

La serie nos cuenta la vida de un niño de New Jersey, Marshall Teller, que se ve impelido a mudarse de ciudad –y de estado– para empezar una nueva vida. Cambio de barrio, de amigos y de escuela en una edad complicada –un planteamiento tan clásico como efectivo para una historia centrada en la adolescencia y todo lo que ello conlleva–. Teller y su familia –padre, madre y hermana mayor– van a parar a Eerie, una ciudad pequeña y estadísticamente mucho más segura. Sin embargo, y como el número de sus habitantes ya pronostica –16.661–, se trata de una especie de punto mágico telúrico que atrae todo tipo de rarezas, magia y misterio. Rápidamente hará nuevos amigos, como Simon Holmes –su inseparable compañero de aventuras–, y conocerá a multitud de personajes de toda ralea y condición. Eerie, Indiana se encarga en cada episodio de recordarnos dicha premisa mostrándonos una pequeña introducción narrada por el propio protagonista antes de la alocada careta inicial: “Mi nombre es Marshall Teller, sabía que mi nueva ciudad iba a ser diferente de donde crecí, Nueva Jersey, pero esto es ridículo. Nadie me cree pero Eerie Indiana es el centro de las rarezas de todo el planeta. Elvis vive en mi ruta de reparto del periódico; Bigfoot se come mi cubo de la basura; incluso el mejor amigo del hombre es extraño. ¿Todavía no me crees? Ya lo harás.”

Marshall, el protagonista, es un niño aventurero, amable y sarcástico interpretado por Omri Katz. Katz conocía desde muy pequeño el medio televisivo gracias a su papel como John Ross Ewing en el culebrón Dallas (Ídem, 1978-1991) por lo que parece encontrarse como pez en el agua en la serie que nos ocupa. Cabe mencionar que tras su trabajo para Eerie indiana, Joe Dante volvió a confiar en él para uno de los papeles protagonistas de Matinee (Ídem, 1993). Su amigo e inseparable compañero de correrías es Simon Holmes, un niño más pequeño pero muy avispado interpretado por Justin Shenkarow. Se trata de un actor que ha dedicado mayoritariamente su carrera a doblar y poner voz a personajes de animación pero que algunos recordarán por su papel de Matthew Brock en Picket Fences (1992-1996). Los padres de Marshall, Marilyn Teller y Edgar Teller, son los muy televisivos Mary-Margaret Humes y Francis Guinan, habituales secundarios de reparto en centenares de series y telefilmes norteamericanos. Construyen unos padres responsables e inseridos en la sociedad pero un tanto idealistas y alocados, un contrapunto que funciona muy bien en los escasos minutos que protagonizan en cada episodio. Julie Condra es Sindy Teller, la hermana del protagonista que encarna a la perfección a la clásica y estereotipada “hermana mayor”. La actriz, conocida por Aquellos maravillosos años (The Wonder Years, 1988-1993) y Santa Bárbara (Ídem, 1984-1993) oscila entre la más absoluta indiferencia por las aventuras del hermano pequeño y la responsabilidad que implica su involuntario cargo familiar. Luego tenemos a Jason Marssden, que no aparece hasta el capitulo 13 pero llega para quedarse como el inclasificable Dash X (hablaré sobre él con más profundidad en la reseña del mencionado episodio). Por último mencionaré a los dos señores Radford: el Sr Radford y el Auténtico Sr. Radford. Este actor cambió a mitad de primera temporada con un divertido chiste de guión –que también quedará explicado durante la reseña del episodio numero 13–. El primero fue interpretado por el secundario asiduo de Dante, Archie Hahn (Pequeños guerreros, El chip prodigioso, Looney Tunes: De nuevo en acción, Gremlins 2: la nueva generación) y el segundo por el prolífico y longevo secundario mítico John Astin.

El núcleo protagonista de Eerie, Indiana

Eerie Indiana no fue un fracaso, pero tampoco consiguió las audiencias estratosféricas que hubiera requerido un proyecto de estas características para mantenerse en antena (rodaje en 35 mm, decorados y efectos especiales prácticamente nuevos para cada capitulo). Tampoco ayudó que se tratara de un producto tan nuevo, extraño y diferente a lo que se hacía en aquella época en cuanto series para niños. Como muy bien explica el especialista Douglas MacKrell en su canal de Youtube Secret Screening, a finales de los 80 y principios de los 90 nadie sabía muy bien como comercializar una serie “Tween”. La ficción televisiva tenía un gran vacío entre el niño todavía infantil y el adolescente que ya puede conducir. Las cadenas televisivas estaban habituadas a vender tanto series sobre jóvenes de más de 17 años que ya han tomado las riendas de sus vidas –pese a continuar atrapados dentro de la familia nuclear– como en vender series directamente infantiles para los más pequeños de la casa. Sin embargo, no sabían muy bien que hacer con una serie sobre adolescentes situados en una franja intermedia, niños o adolescentes entre los 10 y los 16 años y que por si fuera poco, se dedicaban a resolver oscuros misterios –lo que ahora podríamos llamar productos young adult– El nivel de desconcierto llegó a tal que se programaron, anunciaron y emitieron juntas dos propuestas tan dispares como Eerie, Indiana y La familia Tórkelson (The Torkelsons, 1991-1992) una serie estilo Disney que a nivel de público no casaba con la primera.

Eerie, Indiana no tardó en verse cancelada. Ese fue su castigo por haber llegado un poco antes de tiempo. El boom que representaría muy bien Las pesadillas de R.L. Stine al cabo de pocos años cambiaría todo el asunto y no tardarían en surgir canales, películas y series dedicadas a esta franja de edad hasta entonces incomprendida. Por supuesto, Eerie, Indiana fue repuesta en algunas de estas plataformas, alcanzando por fin su merecido éxito en Fox Kids –donde fue estrenada como una novedad–. Evidentemente ya era demasiado tarde para lograr una segunda temporada. Casi siete años después del estreno oficial les habían crecido los enanos.

Imagen promocional de Eerie, Indiana: The Other Dimension

Existe una especie de falso Spin-of en el que no se repiten los personajes pero sí la idea general. Debido al éxito que cosechó la reposición encubierta de la original en la Fox, la cadena se decidió a producir y presentar Eerie, Indiana: The Other Dimension en 1998. La cosa se saldó con 15 episodios; ya sin Joe Dante y parece ser –no he podido verla– que con una calidad muy inferior. Por descontado, el nuevo intento tampoco logró continuidad. Sin embargo, y simplemente como curiosidad, quiero destacar que Eerie, Indiana pervivió de alguna manera en otra serie puesto que apareció unas cuantas veces mencionada en la alocada y mítica Parker Lewis nunca pierde (Parker Lewis can’t lose, 1990-1993). Allí fue objeto de agresivas pero simpáticas burlas.

Vista ahora, Eerie, Indiana nos recuerda que una vez fuimos una versión de los adolescentes que protagonizan la serie; que nos dejamos maravillar o aterrorizar por el mundo que nos rodeaba y que muchos todavía hoy tratamos de interpretarlo a través de la ficción que tanto nos place. Además, la serie traza un divertido repaso por todos los monstruos y fenómenos extraños que pueblan nuestro imaginario colectivo –hombres lobo, fantasmas, extraterrestres, vampiros, maldiciones de todo tipo, casas encantadas, animales parlanchines, robots, la lista se hace interminable– por lo que todavía aguanta un visionado si se afronta con cariño.

Seria ingenuo pensar que Eerie, Indiana pueda atrapar a estas alturas a las nuevas generaciones de adolescentes más versados en sagas y películas como Divergente, Los juegos del hambre o incluso Harry Potter, pero seria todavía más ingenuo creer que la serie que nos ocupa es solamente un producto de entretenimiento infantiloide y vacío. La propuesta transmite un elevado nivel de respeto y confianza en el espectador hacia el que se dirige –solo hace falta googlear un poco para ver que quienes la pudieron ver siendo niños guardan un imborrable recuerdo–. Además, como ya he comentado y como veremos inmediatamente en el análisis de los episodios de Dante, contiene una gran carga subversiva camuflada de comedia y sátira. Un ataque tan directo a la sociedad de consumo como el que se puede ver por ejemplo en el sueño de Teller del episodio Zombies in P.J.s me parece sumamente interesante, necesario para fomentar el espíritu crítico y muy difícil de encontrar a día de hoy en un producto dirigido a esta franja de publico. Algunos la han querido ver como un Twin Peaks para niños –supongo que más por la época en la cual les tocó jugar que por la liga en que lo hicieron– pero en realidad es un intento –un revolucionario y magnífico intento– de ofrecer una serie de televisión de género a un segmento de la población que en aquellos momentos se encontraba un tanto huérfano de este tipo de entretenimiento.

A partir de aquí se reseñan los cinco capítulos de Eerie, Indiana dirigidos por Joe Dante sin tener en consideración los spoilers.

FOREVERWARE (Episodio 1, primera emisión 15 de septiembre de 1991)

Tras un misterioso prologo en un oscuro y polvoriento desván en el que vemos al protagonista anotando en su diario las impresiones que le produce su nuevo pueblo, el episodio da comienzo con la clásica presentación de personajes. Como vehículo para ello Dante utiliza la habitual escena del desayuno familiar. Entre el caos domestico matinal conoceremos a los padres de Marshall y a su hermana mayor y en cuatro pinceladas quedaran establecidos sus roles en la serie. Se trata de una familia amable y algo alocada que sin embargo está perfectamente insertada en la sociedad.

El conflicto que desencadenará la historia de este primer capitulo viene dado por tres inquietantes vecinos que enseguida se colarán en sus vidas: Betty Wilson y sus rollizos hijos gemelos, Bertram y Ernest. La mujer, ataviada con un vestido rosa con una irritante cofia a juego –calcado al que lucía Jackeline Kennedy el día del asesinato de su marido– representa la perfección de la madre y ama de casa americana. Sus hijos gemelos, con idéntico atuendo consistente en americana y corbata de lazo, son la repelencia personificada. En conjunto encarnan una versión exagerada y paródica del “American Way of Life” que todavía se encontraba muy presente a principios de los 90.

Betty se dedica a vender recipientes para el almacenamiento y la conservación de los alimentos. Lo que vulgarmente llamamos con su nombre de marca, Tupperware –aquí reconvertidos en Foreverware y que a partir de ahora voy a denominar simplemente túpers–. Dichos productos están fabricados con una fórmula secreta inventada por el marido fallecido de la extraña señora. Todos sabemos lo que implica tal negocio a nivel de reuniones vecinales. Se trata de un sistema supuestamente más cercano y que quiere diferenciarse del clásico puerta a puerta. Por consiguiente, tanto Betty como sus dos hijos tienen acceso a muchos hogares y por supuesto, gracias a su condición de vecinos de los Teller, esto se aplica a ellos con más ímpetu si cabe.

Marshall y Simon en el desván

Marshall y Simon no tardaran en sospechar de este peculiar trio de color de rosa y sus pesquisas les llevaran irremediablemente al descubrimiento de un oscuro secreto que se remonta a muchos años atrás. Resulta que tanto los gemelos como su madre se conservan jóvenes gracias a sus propios productos; concretamente unos túpers de gran tamaño que utilizan como camas selladas y que llevan retrasando su envejecimiento desde los años 60.

El mito de la vida eterna se ha tocado en multitud de ocasiones en el mundo de la ficción y aquí se utiliza como indisimulada critica a la sociedad conservadora y de consumo. Para empezar, el sistema de ventas de Betty Wilson se asemeja más a una secta peligrosa que a una franquicia de menaje para el hogar –la propia madre de Marshall protagoniza una escena clave cuando se percata de ello durante una de las mencionadas reuniones–. El miedo a envejecer, la obsesión por acumular, la abundancia innecesaria –ejemplificada por neveras llenas a rebosar y esas imágenes de supuesta perfección hogareña en la zona residencial americana– son machacadas sin piedad por Dante a partir del momento en que nuestros dos protagonistas empiezan a escarbar en la vida privada de los Wilson. Ese enorme refrigerador que Betty mantiene extremadamente ordenado y pulcro se contrapone al caos de los Teller, que guardan en el suyo irreconocibles alimentos caducados por puro descuido. Ese simpático caos no es casual y demuestra que en el hogar de los protagonistas nadie se encarga demasiado a fondo de las tareas domesticas. Y eso es así porque todos –hombres y sobre todo mujeres– llevan las riendas de sus vidas y negocios de una forma muy alejada del machismo que impera en la vida de la perfecta ama de casa Betty y sus insoportables gemelos. Tampoco es banal que Marshall mencione a la actriz clásica Donna Reed durante esta escena. Reed representaba a la tradicional ama de casa perfecta de la vida americana que querían mostrar muchas películas por aquel entonces.

Los túpers gigantes de Foreverware

El director utiliza una narrativa frenética y una estética muy camp –con planos aberrados, iluminaciones coloridas y chillonas–, parecida a la del episodio It’s a Good Life de En los límites de la realidad para retratar el mundo de Betty y los gemelos. Todo ello se mezcla con planos más institucionales, que nos recuerdan a las clásicas revistas y anuncios cursis sobre la perfecta vida americana conservadora. Todo este histrionismo se ve magníficamente apoyado por el trabajo de la actriz Louan Gideon que encarna a una señora de movimientos exagerados, picajosa y malvada pero en el fondo atrapada en los retrógrados 60 por una imagen que ella misma ha comprado y un modo de vida irreal que solo busca aparentar felicidad. En cuanto al apartado actoral también cabe destacar la participación de los gemelos Dan y Don Stanton, que muchos recordamos por su papel como científicos junto a Chritopher Lee en Gremlins 2 y que también se afanan en representar su sumiso y cómico papel.

Por último, un punto a destacar es el epilogo y su sentido de la maravilla –algo que la serie no deja nunca de lado–. En él volvemos a encontrar a Marshall en el desván del principio, pero esta vez acompañado de su ya inseparable amigo y socio Simon Holmes. Cuando archivan uno de los túpers en la estantería, descubrimos que en ella ya hay una gran colección de objetos misteriosos. Queda claro que ese lugar va a servir durante toda la serie, no solo como base o sede de los protagonistas, sino también como el misterioso almacén de los objetos extraños de Eerie, Indiana.

En resumen, Foreverware es un episodio chocante tanto por su temática –un tanto surrealista– como por su resolución, pero si se profundiza en su discurso descubrimos un verdadero cocktail molotov estallando contra la sociedad y lanzado desde un producto comercial y aparentemente inofensivo. Esta precursora de Pleasantville (Ídem, Gary Ross, 1998) es también un fantástico ejemplo de todo lo que Dante tenia todavía por decir en aquella época.

THE RETAINER (Episodio 2, primera emisión 22 de septiembre de 1991)

El desencadenante de la acción en este capitulo es un niño llamado Steve Konkalewski. Tras una visita al dentista, Dr. Eukanuba –guiño evidente a la marca de comida perruna–, el crío empieza a escuchar voces en su cabeza. Enseguida se lo cuenta a sus dos nuevos amigos, Marshall Teller y Simon Holmes, que gracias a unas sencillas investigaciones y algunas pruebas no tardaran en descubrir que los causantes del nuevo “poder” de Konkalewski son los aparatos de ortodoncia que le ha colocado el doctor. Todavía será más sorprendente cuando descubran que las voces que oye son las de los perros del pueblo. Eso les lleva a construir un aparato casero que les permite escuchar y grabar dichas voces. Poco a poco irán destapando una verdadera rebelión canina que tiene lugar en la perrera municipal de Eerie. Los perros no solamente destruyen propiedades del gobierno –como pueda ser la cámara de gas que los sacrifica– sinó que se dedican a eliminar fisicamente a sus enemigos –los humanos–, comérselos e incluso en un momento dado a utilizar los huesos de sus víctimas para sus fines. Los cabecillas de la guerrilla perruna son un enorme y sanguinario husky y un rabioso caniche francés que parecen estar dispuestos a todo con tal de liberarse del yugo opresor. Al final Steve Konkalewski también será engullido por la jauría y sus destrozados brackets terminarán engrosando la colección de objetos paranormales del polvoriento desván de los protagonistas.

El peligroso husky de The retainer

Tratándose de una serie infantil, este capitulo es muy chocante por su nivel de violencia, aunque esta suceda fuera de campo y sea claramente en tono de comedia. El episodio marca algunas de las pautas que se van a seguir en la serie en cuanto a lo paranormal. Los protagonistas empiezan a investigar extrañas conexiones entre el triángulo de las Bermudas y su pueblo y a su vez se empiezan a a interesar por los extraterrestres.

En cuanto al guión, me temo que es un simple divertimento inofensivo mas o menos terrorífico sin mas mensaje que la advertencia sobre el maltrato animal que se nos muestra a las claras. El trabajador de la perrera es casi un villano de dibujos animados magníficamente interpretado por el secundario habitual Lou Cutell y su terrorífica cámara de gas steampunk también es de tebeo. Asimismo hay que destacar el papel del mítico Vincent Schiavelli que encarna al mencionado Dr. Eukanuba, un dentista que ayudado por demenciales aparatos de tortura parece fabricado para infundir terror y crear más de un trauma infantil de por vida. A modo anecdótico cabe destacar que la líder caniche es Darla, una perrita que “actuó” en El silencio de los corderos o Batman vuelve y que protagonizó una divertida escena paródica en No matarás… al vecino (The Burbs, 1989), también de Joe Dante.

Pese a todo, incluso en el habitual apartado de referencias a la cultura pop, Dante parece encontrarse en horas bajas, limitándose a colar algunas imágenes de películas de animales parlantes en el televisor de los Teller. También en un momento dado Marshall se refiere a la serie Misterios sin resolver (Unsolved Mysteries, 1987-2010) y equipara aparecer en ella con ganar el premio Nobel. Hay que reconocer que este capitulo no es de lo mejor de la propuesta –se lo pueden saltar tranquilamente– pero es oficialmente el segundo y por lo tanto el primero de la serie regular tras el piloto. Por ello, nos indica el camino que se va a seguir el programa en cuanto a presupuesto y narrativa. Está bien dirigido por Dante y se hace medianamente entretenido aunque lo cierto es que contiene mucha paja y se nota que el director hace lo que puede con un guión que flojea bastante. Afortunadamente la cosa cambiaría para bien a partir de aquel momento.

THE LOSERS (Episodio 4, primera emisión 6 de octubre de 1991)

En la ya clásica escena del desayuno familiar descubrimos que Edgar Teller, el padre de Marshall, está un poco distraído desde hace unos días. Se olvida cosas, le sale todo del revés y sobre todo pierde objetos personales tan importantes como el maletín de trabajo. Eso conduce a enfados y discusiones con su mujer, Marilyn y a un ambiente familiar enrarecido. Marshall Teller también ha perdido la garra de plástico de un monstruo de juguete que está construyendo. Por todo ello decide pasar a la acción y junto a su inseparable Simon Holmes traza un plan de acción con vistas a descubrir que sucede con los objetos perdidos. La primera tentativa, que incluye un dólar olvidado voluntariamente y una simpática banda de moteros es un autentico fracaso. Para asegurarse el tanto, el protagonista decide arriesgarse y actuar como cebo humano. Para ello se introduce en un gran baúl de viaje que “dejan olvidado” en la estación de autobús de Eerie. Todo bajo la atenta vigilancia de Simon. A partir de ahí descubriremos un mundo secreto que habita en el subsuelo, una especie de empresa internacional que se dedica a acumular y catalogar los objetos olvidados o perdidos por los habitantes de todo el planeta.

Henry Gibson y Omri Katz en The Losers

La premisa de The Losers es muy original. Convierte el mero hecho de perder objetos –algo que a todos nos produce una cierta ansiedad– en un fenómeno paranormal. Esta curiosa oficina de objetos perdidos funciona como organización secreta que se esconde bajo tierra y en su delegación de Eerie solamente cuenta con dos trabajadores. Estos son, Al, un agente de campo un tanto huraño y Mr. Lodgepool, un funcionario anacrónico con visera de contable. El primero actúa en la superficie y se dedica a recolectar los objetos perdidos cuando nadie mira y el segundo cumple con las tareas de administración y archivo desde su base de operaciones subterránea. Este minucioso procedimiento secreto, que a priori parece absurdo, esconde una operación económica de gran envergadura. La idea es obligar a los consumidores a reponer continuamente sus objetos perdidos. Esta suerte de obsolescencia programada no es otra cosa que el capitalismo más salvaje hecho factoría. La oficina es muy creativa y se dedica también a abrir cajas de productos aleatoriamente y sustraer algunas piezas con el objetivo de que estos salgan a la venta sin estar completos. Cuando Marshall ve esto ultimo cae en la cuenta inmediatamente del porque no aparecía la garra de plástico de su monstruo de juguete. Esto en versión adulta vendría a ser la clásica tuerca que echamos en falta cuando construimos un mueble prefabricado nórdico. “¡No hay lugar para la compasión en este negocio!” exclama en una escena el señor Lodgepool ante un comentario crítico del bueno de Al.

Este episodio es especialmente rico en el apartado actoral. Mr. Lodgepool está interpretado por Henry Gibson, un secundario habitual (Nashville, Granujas a todo ritmo o las películas del mismo Joe Dante El chip prodigioso y No matarás al vecino) que con sus movimientos retraídos y sus divertidas expresiones de inseguridad y desconfianza encarna a la perfección al quisquilloso funcionario encargado de la oficina. Al, el mozo de carga, no es otro que uno de los actores fetiche de Dante, el ya mítico Dick Miller (AullidosGremlins, Terminator, Un cubo de sangre) ejerciendo como siempre de “viejo bedel cascarrabias”. The Losers también se prodiga en lo referente a homenajes y guiños, otra de las características del director que nos ocupa. En un momento dado, Simon Holmes lee un ejemplar de la revista de historietas de terror Eerie, hermana pequeña de las más conocidas Creepy y Vampirella de la editorial Warren. Tampoco pasará por alto a los más cinéfilos la vaina alienígena de La Invasión de los ultracuerpos (Invasion of the Body Snatchers, Philip Kaufman, 1978). Esta se encuentra almacenada en la oficina de objetos perdidos y Dante se encarga de encuadrarla en segundo plano en más de una ocasión.

Dick Miller en The Losers

En cuanto a la fotografía, la estética y la narrativa se aprecia más que nunca a Joe Dante. El regocijo con el que nos muestra la oficina es evidente, la retrata como algo casi orgánico gracias a la acumulación de cables, ordenadores imposibles, objetos estrambóticos, muebles antiguos y trastos varios. Dante siempre prefiere mostrarnos la parte misteriosa, el subsuelo, antes que la superficie monótona y en este episodio se recrea con maña en ello. Recursos como los primeros planos, los contrapicados, los haces de luz de diferentes colores, la neblina en el ambiente…etc son utilizados por el director para reforzar lo misterioso de la oficina. Salvando todas las distancias podríamos tratar ese insólito sótano burocrático y opresivo como un sosias infantil del Brazil de Terry Gilliam. Especialmente inspirado es el pasadizo secreto que lleva directamente a una de las lavadoras de la lavandería de Eerie y que explicaría de una vez por todas a donde van a parar los calcetines que siempre se nos pierden misteriosamente.

En esta historia se insiste mucho en lo que sucede a nuestro alrededor cuando no estamos mirando. El recolector de objetos perdidos Al (Dick Miller) es capaz de actuar a plena luz del día sin que nadie lo vea o siendo solamente percibido parcialmente por alguien que esté muy atento. Eso es algo inquietante y sin duda se explota con éxito. Por ultimo no hay que olvidar que se trata de una serie para niños, por lo tanto siempre nos encontraremos con una moraleja más o menos evidente. En esta ocasión versa sobre la perdida. Por supuesto y aunque a un niño o a un adulto le pueda doler mucho la perdida de un objeto, las personas y las relaciones que establecemos con ellas siempre son mas importantes que las cosas. Por eso se insiste tanto al principio del episodio en las discusiones familiares o la vida laboral del padre de Marshall, resultado de la perdida inicial del maletín. En esta misma linea el “malo” de la función, el señor Lodgepool, recibirá su castigo, será degradado y su cargo será intercambiado por el del más comprensivo Dick Miller. El clásico movimiento circular que podríamos llamar “prueba tu propia medicina”. Si a todo lo dicho le sumamos mucho humor, una evidente pero suave critica al capitalismo, unas pinceladas de ciberpunk –la fantástica oficina de objetos perdidos– y sobre todo unos personajes difíciles de olvidar, este episodio se convierte sin lugar a dudas en uno de los mejores de toda la serie.

HEART ON A CHAIN (Episodio 7, primera emisión 3 de noviembre de 1991)

Llega una niña nueva al pueblo, Melanie Monroe (Danielle Harris). Necesita urgentemente un transplante de corazón, por lo que no puede realizar esfuerzos ni sufrir sobresaltos. Tanto Marshall como Devon (Cory Danziger) –un amigo de este que nunca nos habían presentado– se quedan prendidos por ella. Nuestro protagonista pierde el apetito y se pasa el día abstraído con su nuevo sentimiento. Devon es un rebelde que se mueve por Eerie en monopatín hasta que acontece la tragedia y muere atropellado por el camión de la leche. Tras el entierro, Melanie recibe el tan ansiado trasplante y tras la inevitable recuperación empieza a comportarse de forma un tanto extraña. Entre otras cosas, se agencia un skate y se convierte en una rebelde. Empieza a soltar frases torturadas. Por supuesto el corazón que ha recibido es el de Devon y este se manifiesta a través del órgano trasplantado.

Los protagonistas de Heart on a Chain

Este episodio se aleja un tanto de los inmediatamente anteriores, que jugaban más al humor ridículo y el terror de palomitas –sin desmerecer ambos conceptos–, para entrar al trapo con una historia mucho mas dramática y conmovedora. Aparecen personajes nuevos como el amigo rebelde de Marshall, llamado Devon y por supuesto Melanie, la niña con problemas de salud. Devon es una suerte de rebelde sin causa, un James Dean esquematizado y estereotipado que repite frases como “vive rápido, muere joven”. Abro inciso para aclarar que esta frase que se suele atribuir a James Dean en realidad es de la estupenda película de cine negro Llamad a cualquier puerta (Knock on Any Door, Nicholas Ray, 1949). Sea como sea el niño es así y está muy enamorado de Melanie. Marshall también lo está, pero el conflicto no estalla por este hecho sinó por la trágica muerte por accidente de Devon. Debemos recordar que Melanie es nueva en la escuela y se acaba de mudar de ciudad por lo que Marshall se siente plenamente identificado con ella. A su vez le despierta un cierto instinto de protección a causa de los problemas cardíacos que no le permiten hacer vida normal.

El director tampoco se olvida en esta ocasión de sus queridos homenajes y hace aparecer a un doctor llamado Romero en evidente guiño a Gerorge A. Romero –otro que se pasó media vida rodando en cementerios–. También veremos una escena que empieza encuadrando una tela de araña mientras escuchamos una voz aguda que grita “¡ayúdame, ayúdame!”. Esto es una referencia evidente a la versión original de La mosca (The Fly, Kurt Neumann, 1958) y también un gag absurdo, alejado de la trama pero ciertamente bienvenido. Más adelante, Dante dispara un homenaje a Edgar Allan Poe al bautizar a la profesora de una subtrama como Annabel Lee. Annabel Lee es el titulo de un poema de Poe que nos habla sobre el amor más allá de la muerte. Por si fuera poco, la maestra tiene una fotografía del torturado escritor en su mesa. Por suerte, también hay lugar para un poco de humor en este episodio y Marshall mantendrá una larga charla sobre el amor con Elvis –no olvidemos que vive retirado en Eerie–. Por supuesto, los consejos del rey del rock no van más allá de “Cómprale un Cadillac” o “El amor romperá tu corazón”.

Marshall y Melanie en el cementerio

Junto a The Losers y Foreverware este es una de las mejores entregas dirigidas por Dante de la serie. Más allá de los habituales guiños del director, este capitulo tiene substancia. Nos habla del amor y de la muerte a partes iguales. Resulta introspectivo y nos enfrenta a la realidad de la desaparición física y el dolor por la perdida de un ser querido. Joe Dante nos dibuja a una Melanie que vive en una frontera difusa entre la vida y la muerte. Nos muestra cementerios y entierros pero los retrata de una manera bella, con movimientos de grúa pausados y glows que enmascaran la lente. La verdad es que el realizador consigue un episodio poético dentro de los límites y posibilidades de la serie. Una buena muestra de ello es el beso inicial/final entre Marshall y Melanie en el cementerio. El director se aplica a nivel cinematográfico y crea un prologo circular que a su vez es epílogo. También nos muestra el primer plano de la estatua de un querubín del cementerio vertiendo una lágrima. Tal vez cae en lo sensiblero pero no olvidemos que es un episodio alejado del resto, que trata temas duros y aborda sentimientos enfrentados como el amor, los celos y el sufrimiento. Necesita explicar muchísimas cosas en muy poco tiempo. Y todo ello dirigido a un publico muy joven. Sale con buena nota del asunto. Heart on a Chain es un capitulo bonito, sensible y triste; de los que se guardan en la memoria –sobre todo si tuviste la suerte de verlo de niño–.

THE HOLE IN THE HEAD GANG (Episodio 13, primera emisión 1 de marzo de 1992)

Este episodio va al grano. No contempla la habitual escena introductoria en casa de los Teller y directamente lanza a los protagonistas a la aventura. Un travelling nos muestra el viejo molino abandonado de Eerie mientras la voz en of de Marshall nos explica que todos los pueblos tienen su propia casa abandonada pero que en Eerie esa cifra asciende a 51 estructuras embrujadas. Acto seguido vemos a los dos niños protagonistas entrando en el Molino Hitchcock –así lo nombran– . Lo hacen saltándose todas las advertencias en forma de amenazadores carteles. Hay tantos que parece una atracción de feria. No falta la señal de “No trespassing” que ya apareciera en la escena inicial de la piscifactoría de Piraña (Piranha, Joe Dante, 1978)Para el realizador esa señal siempre está para saltársela. Aventurarse a lo prohibido, explorar más allá de los límites. Esta es la propuesta del director para The Hole in the Head Gang, una historia de fantasmas de corte clásico.

Simon y Marshall explorando el Molino Hitchcock

En el molino se encontrarán con supuestos fenómenos paranormales que les harán pasar un mal rato, pero no tardarán en averiguar que no son otra cosa que trucos y trampas instalados por su inesperado habitante, el joven okupa Dash X (Jason Marsden). Este capitulo es importante ya que nos presenta a este personaje por primera vez. Dash es un solitario extravagante y un tanto antisocial que ha tenido que buscarse la vida en Eerie. Sufre amnesia y ni siquiera sabe su nombre ni como llegó al pueblo. Se autodenomina Dash X por los tatuajes que lleva en las manos –un guión y una X– y sobrevive robando comida y utilizando el molino como refugio. Es alto y delgado, viste de negro y luce el pelo gris, peinado a lo Robert Smith. No deja de ser chocante que se lo saquen de la manga en el episodio numero 13 –existe un motivo que explicaré más abajo–. Pese a todo y aunque en un primer momento se mostrará esquivo y a la defensiva con nuestros protagonistas, no tardará en unirse a sus aventuras hasta el punto de convertirse en personaje fijo –y un poco antipático– hasta el final de la temporada.

En The Hole in the Head Gang hallaremos otro personaje fijo que es interesante aunque siempre queda en un segundo plano, escondido en subtramas menores. Me refiero al verdadero Sr. Radford, el dueño del colmado/bar del pueblo (una de las localizaciones habituales de la serie). Se le llama “verdadero” porqué es en este capitulo donde descubrimos que el anterior era meramente un impostor que administraba el mítico local mientras mantenía secuestrado al propietario. El verdadero, pues, recupera su lugar y decide no interponer denuncia alguna contra el suplantador al reconocer que durante su gestión las ventas se han incrementado. Esta solución para cambiar de actor es chistosa y muy resolutiva y la verdad es que el nuevo señor Radford es mucho más amable y simpático como personaje.

Claude Akins es el fantasma Grungy Bill

Pero volvamos a la trama principal del capitulo. Trasteando por el molino, los niños rompen unas tablas del suelo y encuentran un viejo revolver oxidado. Dash juega con el arma y se le dispara accidentalmente. Dante aprovecha para introducir un alegato contra las armas en boca de Simon “Tenemos una política estricta con las armas: ¡no nos gustan!”. De la humareda que expulsa el cañón del revolver aparece un cowboy fantasma. Se trata de Grungy Bill, un antiguo forajido ladrón de bancos interpretado por el prestigioso secundario Claude Akins (Rio Bravo, Código del hampa, Batalla por el planeta de los simios). Akins destaca por ser un habitual del western y aquí encarna de manera muy simpática a un atracador de bancos incompetente y frustrado que debe lograr un robo exitoso para que su alma descanse en paz. El personaje resulta divertido y la resolución del meollo –que incluye una tostadora– es demasiado extraña incluso para nuestros protagonistas –lo aseguran ellos mismos antes de los créditos finales–.

Como hemos visto, en este episodio se aprecian muchos cambios respecto a los anteriores. La serie se torna bastante más infantil, aparecen personajes nuevos y aumenta el nivel de humor general. Esto es así porque los programas contratados eran 13 y fue en este momento cuando la NBC decidió lanzar 6 más siempre que se respetaran las nuevas condiciones. Eso hace que el guión de este capitulo sea especialmente disperso y –repito– infantiloide. Con tantos altibajos es justo señalar que no estamos ante un episodio memorable. Sin embargo tiene varios puntos de interés, entre ellos que fue el ultimo dirigido por Dante y que sirvió para apuntalar y dejar definida la serie hasta el final.

Pese a todo, el episodio es entretenido. Por otro lado siempre lo podemos contemplar como un weird western, un genero muy poco extendido en el cual se mezcla lo paranormal con el cine del oeste, incluyendo en este caso los lugares más comunes de ambos mundos. Joe Dante no dirigió más entregas de Eerie, Indiana, pero como he apuntado al principio continuó hasta el final con su trabajo de consultor ejecutivo. The Hole in the Head Gang es en cierta manera un cierre muy representativo de una serie que resistió una temporada entera dando bandazos, se adelantó a su tiempo y consiguió el merecido éxito cuando ya era imposible rodar una continuación con los mismos actores.

Dani Morell.

Esta entrada fue publicada en Televisión Series y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.