Charlie Jade (IDC / Chum Television, 2005)

888-charlie-jade-1-seriePoco antes de que Neill Blomkamp nos enseñara su visión de Sudáfrica desde el prisma de la ciencia ficción, poco antes de que la serie Fringe acostumbrara a su público a la noción de las dimensiones alternativas y a viajar entre ellas, una teleserie prácticamente desconocida en nuestro país reunió ambos conceptos. Hablamos de Charlie Jade, una interesante co-producción televisiva entre Sudáfrica y Canadá que puede presumir, a pesar de su irregularidad, de tratarse de un producto realmente original y hasta un poco adelantado a su tiempo.

En ella, el personaje que da título a la serie, interpretado por Jeffrey Pierce (visto recientemente en los dos episodios finales de Justified) es un detective que vive en un universo paralelo , el Alphaverso. Este mundo está controlado por mega-corporaciones y la alta tecnología está a la orden del día, pero regido por un brutal sistema de clases que crea ciudadanos de tres categorías diferentes y además ha dilapidado todos sus recursos naturales. La compañía más fuerte de ese entorno, Vexcorp, ha abierto un portal a otra dimensión, el Gammaverso, un lugar idílico, lleno de bosques y playas, donde sus habitantes parecen ser conscientes del magnífico entorno que les rodea. El plan de la compañía liderada por la villana Essa Rumpkin (Michele Burgers) es directamente robarles su agua, pero un pequeño grupo del paradisíaco territorio, entre los cuales se encuentra Reena (Patricia MacKenzie, vista en Cosmopolis de David Cronenberg), pretenden volar por los aires la base de Vexcorp y evitarlo. Ignorando todo esto, Jade se dedica a perseguir a O1 Boxer (Michael Filipowich), hijo del creador de Vexcorp y presunto culpable de la muerte de una joven que apareció en la puerta del despacho de Jade clamando que procedía de un lugar muy diferente al mundo que conoce el detective… Su seguimiento le llevará hasta la base de Vexcorp donde se está realizando el trasvase del agua, y cuando la bomba de Reena haga explosión en su universo, repercutirá en el Alpha y ambos personajes despertarán en uno nuevo… el Betaverso, un mundo prácticamente idéntico al nuestro (con alguna que otra ligera diferencia y que se revela en el episodio final, que por cierto pareció un guiño homenajeando a un clásico de la ciencia ficción catódica de los 80, Max Headroom).

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El destino tratará con desigual fortuna a los dos protagonistas. Mientras Jade tendrá la suerte de conocer y aliarse con Carl Lubinsky (Tyrone Beskin), un periodista con un cierta actitud conspiranoica que está seguro que Vexcorp (la cual existe en los tres universos) oculta algo gordo, y poder retomar su carrera como detective mientras persigue la pista de Boxer buscando la manera de regresar a su casa junto con su amada Jasmine  (Marie Julie-Rivest) –la cual, para más inri, tiene a una doble en el Betaverso-, Reena solo conocerá una desgracia tras otra, siendo perseguida al ser la causante de la explosión y acabar en manos de un grupo terrorista que le lavará el cerebro y la usará para sus siniestros fines…

Uno de los mayores hándicaps que tuvo Charlie Jade fue que tras sus dos primeras y francamente interesantes horas, cayó rápidamente en la tentación de convertirse casi en una serie de episodios auto-conclusivos que presentaban al detective investigando algún caso tangencialmente relacionado con la trama principal prácticamente durante sus primeros nueve episodios, dejando que fueran las tramas secundarias protagonizadas por Reena, Boxer o Julius Galt (Danny Keogh) el líder de Vexcorp en el Betaverso las que hicieran avanzar realmente la narración. Estos episodios “sueltos” en los que Jade investigaba tal o cual caso servían para mostrar un cierto appeal local de la serie, aprovechando las localizaciones de Ciudad del Cabo e intentando mostrar –no muy sutilmente- los contrastes de la sociedad sudafricana (Jade investigaba desapariciones de líderes anti-apartheid o de jóvenes musulmanas en cuya desaparición había más de desesperación que de secuestro). Pero realmente la cosa empezaría  a funcionar a partir de la decena de episodios, cuando la ciencia ficción volviera a ser el motor de la serie y el universo (bueno, los tres), con un riquísimo background (la biblia de la serie fue desarrollada por el escritor de ciencia ficción Robert J. Sawyer, escritor de Factor de humanidad o Flashforward, recuerdos del futuro) comenzara a  desarrollar su potencial. En los episodios centrados en conocer el pasado de Charlie Jade descubriremos como era el sistema de castas del Alphaverso, en los de Reena las maravillas del Gammaverso y en la investigación de Charlie sobre Owen en los peligros actuales del corporativismo. De una manera más brillante –y delicada- la serie seguirá mostrando los conflictos de Sudáfrica. En cierto modo casi funcionan como dos series diferentes, una reflejando la otra, aunque a la primera le perjudica lo suyo la frustrante sensación para el espectador de que la trama avanza demasiado lentamente. Probablemente debido a ello los creadores del proyecto, el californiano pero afincado en Ciudad del Cabo Chris Roland y el canadiense Robert Wertheimer, cambiaron a los editores de los guiones durante la primera parte de la serie (David Cole, Guy Mullaly y Stephen Zoeller) por un equipo liderado por Alex Epstein que le dieron un mayor ritmo y comenzaron a verdaderamente a aprovechar el trabajo de Sawyer. Es en esta parte donde se nota con mucha fuerza la influencia que según Wertheimer más le marcó a la hora de desarrollar la serie, el libro The Culture of Make Believe, del activista pro-ambiental Derrick Jensen, un ensayo acerca de (entre otras cosas) el origen del sinsentido destructor del ser humano, enfocado desde el racismo y que también toca el tema de la imperante codicia de las grandes corporaciones y el absurdo de perseguir un objetivo final basado en un materialismo global a gran escala.

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Charlie Jade fue irregular e imperfecta, sin duda. Tuvo demasiados directores y no todos fueron precisamente brillantes, la trama avanzó a trompicones y algún que otro episodio fue bastante flojo, para que nos vamos a engañar. Pero tenía muchísimos elementos de interés, un gran planteamiento, un universo coherente con infinitas posibilidades (las cuales solo se desarrollan un poco, dejando con ganas de una temporada más al menos), y un puñado de buenos personajes, entre los que destaca 01 (pronúnciese Owen) Bower, que en un principio parece el rival de Jade pero que aguarda una sorpresa tras otra, y que resulta de lo más loco e impredecible, el ya mencionado Julius Galt, de impagable rostro curtido y que dotaba a su malvado personaje de una poco perceptible vis cómica, o la agente de policía “Blues” (Rolanda Marais), que se unirá a la cruzada de Jade y Lubinsky en los episodios finales. También la beneficiaba una destacable banda sonora electrónica del canadiense FM Le Sieur (compositor también de la serie de El ansia o la versión americana de Being Human). Y su look era distintivo y uno de sus mayores aciertos, sacando bastante partido a las luces y a las sombras que ofrecía Ciudad del Cabo, y que dotaba al Alphaverso en concreto de un aire a lo Blade Runner -bastante obvio en este caso- . Sus 20 episodios (21, contando uno especial que se rodó como episodio para refrescar la memoria de capítulos anteriores para el público canadiense), con todos sus peros, se terminan haciendo cortos, y sus revelaciones finales abrían muchas puertas que por desgracia quedaron inexploradas. Muchos elementos luego serían aprovechados en la (muy añorada por mi parte) célebre Fringe, como los misteriosos sujetos elegantes que habitan en un lugar desconocido “entre universos”, parientes bastante cercanos de los Observadores de aquella, el descubrimiento de que algunos personajes pueden viajar entre dimensiones por su propia voluntad, o incluso el cambio (en este caso musical) en la cabecera de un episodio u otro según en que universo sucedía. Se trató de una propuesta arriesgada, diferente y muy valiente, lo suficientemente humilde como para generar simpatía, lo suficientemente bien escrita e interpretada para dejar un buen recuerdo, y sobre todo, el regusto de haber presenciado una serie de ciencia ficción diferente a cualquier otra.

Javier J. Valencia

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