Top Chef 2014

Acaba de estrenarse la segunda temporada de Top Chef, un programa más para el saco de la cookingxplotation–no uséis mucho esta expresión, que me la acabo de inventar-, una nueva ola que viene pegando fuerte desde hace meses; Masterchef, Masterchef junior, el que nos ocupa y otros que desconozco.

Nunca he sentido especial interés por este tipo de propuestas, y además, apenas veo la televisión, pero ayer, mientras cenaba en casa de mis padres, estaba sintonizado, y como no tengo prejuicios, le di una oportunidad.

Es habitual renegar de la televisión para hacerse el interesante. Ya sabéis lo que dicen: “todo lo que dan en la tele es basura”. Pero eso lo dicen solo los que no han visto nada ni quieren verlo -esa pose-. Que uno no sea el target de un programa en concreto, no significa que sea malo, y hablar mal de algo que desconoces y no va contigo es banal.

Existe programación digna, e incluso de mucha calidad –este no es el caso-, y aunque haya cosas del formato que no me convenzan, Top Chef me pareció un show muy válido; es divulgativo y consigue transmitir emoción con algo aparentemente tan coñazo como la cocina –que me disculpen los aficionados, pero para el resto, es una obligación y no apetece-.

En primer lugar, tenemos el casting, importante elección para que todo tipo de audiencia se sienta identificada, o como mínimo, apoye al de su tierra. En segundo lugar, alguien carismático que lo capitanee todo: Alberto Chicote, que caerá mejor o peor, pero es un hombre transparente y apasionado. Y por último, las pruebas contrarreloj, el montaje y la música.

Estos tres elementos se combinan de forma eficaz para hacer de la cocina un espectáculo. Hay a quien querer y a quien odiar. En el bando de los abrazables: Víctor Rodrigo, que inspira su cocina en el graffitti, David García, que en el colegio se metían con él y ahora les va a demostrar que… ¿sabe cocinar? –menuda lección les vas a dar, eh. Ánimo!–; Marta Rosselló, maja y humilde, y Rebeca, que te da un cachete y te pone a andar. Y en el bando de los hostiables: Carlos Medina y Marc Jolí, que tienen ego de sobras para erradicar los problemas de autoestima de todos los habitantes del país, y de los hermanos Jerez, el impresentable que se jactaba de que no solo no ayudaría a su hermano sino que le pondría un pie en la cabeza para hundirlo –ya eliminaron a ambos, pero uno de los dos era majete-.

El resto de concursantes todavía no ha brillado en el sentido televisivo de “dar juego”, pero todo se andará. Por lo menos parece que saben cocinar, que en principio de eso va el programa, aunque ya sabemos que no del todo. Y es que la responsabilidad de la dirección, es que más allá de exhibir las habilidades culinarias, que nosotros en nuestras casas no podemos comprobar, tiene que fomentar la rivalidad y poner en situaciones límite a los participantes. Eso generará amores y odios que se trasladarán a los hogares de la audiencia y aupará o abucheará del mismo modo que hace cuando ve el fútbol. Ahí está la magia. Probablemente nadie recordará ni un plato, pero la hora de la cena –y una larga sobremesa– se verá gratamente amenizada.

Muy bien uno de los retos del primer día: hacer un plato apetecible con casquería. Ale, ahí tienes los sesos, el cerebro, los riñones, los hígados… ¡y sobre todo que parezca bonito! Un deleite para zombies.

Oscar Sueiro

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