La isla de las tentaciones (Cuatro, 2020)

Ahora que ha terminado el programa y el sector rancio de la crítica televisiva ha vertido su bilis sobre él, voy a intentar profundizar de una manera más objetiva y justa. Al menos con conocimiento de causa, pues he visto todos sus episodios, no como gran parte de ese cuerpo crítico que se alimenta de resúmenes y siempre con el prejuicio de la telebasura por delante. Ante ese concepto tan recurrido, normalmente he defendido la democracia del mando a distancia: si no te gusta, cambias de canal. Eso no quita que crea que no existe tal cosa y haya que tener un cuidado de los contenidos y su influencia en ciertas franjas de edad. Pero, con una buena educación, cualquier persona debería ser capaz de discriminar el pasatiempo nocivo.

Del mismo modo que no considero que haya nada que aprender de Sálvame y programas afines, que sí englobaría en el grupo de la telebasura –al margen de ciertas virtudes formales que hacen que tenga fieles seguidores-, considero que hay mucho de positivo que extraer de La isla de las tentaciones. Su éxito de audiencia ha sido récord en su canal, y rotundo en el público de entre 13 y 24 años. Esto ha hecho que se alcen voces apocalípticas al respecto de los efectos que pueda tener en ellos, dado el bajo nivel de los concursantes, y aduciendo que no son un buen ejemplo para que los adolescentes aprendan sobre las relaciones de pareja. Aparte de que es entretenimiento y no divulgación, discrepo en ambas apreciaciones y voy a intentar desarrollarlo.

Admito que yo también partí del prejuicio. Pensaba que la cantera de Mujeres, hombres y viceversa o Gran Hermano poco bueno auguraba, pero estaba enamorado del formato desde que Antena 3 emitiera Confianza Ciega en 2002, y me tiré a la piscina. En aquel momento –sin Instagram ni Twitter- ya fue tremendo, y a su favor, decir que el casting fue algo más variopinto, menos basado en el físico, y que el debate posterior era interesante, no un circo romano. De hecho, a pesar de vivir intensamente cada entrega de la isla, me he mantenido al margen de los debates y de lo que generaban paralelamente en redes sociales. A mí lo que me interesa es analizar los comportamientos humanos en las relaciones de pareja, no el escarnio público.

Tal como acabo de apuntar, el casting está, a primera vista, formado por habituales del gimnasio, de los quirófanos de aumento de pecho y de los platós de Tele5. En un principio, no tenía ninguna afinidad con ellos, pero su exposición total durante días y el devenir de los hechos deparaba varias sorpresas a favor de algunos. Y sí, son buenos ejemplos para nuestros jóvenes. Veamos por qué.

Partiendo de la base de que vivimos en un país al que le queda mucho por hacer en el campo de la igualdad entre hombres y mujeres, por no decir que es, generalmente, machista, admiré que Ismael y Cristofer reaccionasen tan bien en una situación extrema como es ver que tu pareja te es infiel delante de toda España. Sí, se hizo viral el momento: “Estefaaaníííaaaa!” de Cristofer, pero el enfado no pasó de ahí. Un arrebato más que comprensible. Lo que me alegró mucho es no escuchar clásicos españoles tales como: es una guarra, una zorra, etc. Más todavía cuando dábamos por hecho el perfil tan bajo de los concursantes –lección de humildad al espectador, pero sobre todo al crítico, que por tener inquietudes culturales se (nos) cree(mos) por encima-. Es más, en esas circunstancias televisadas y bajo presión, hasta hubiese entendido que saliesen a la palestra adjetivos de esa índole. Pero supieron estar por encima. Y la entereza de Ismael gala tras gala, su proceso de madurez y el orden y exposición de sus ideas están a la altura de muy pocos hombres. En un país que todavía tiene manadas, lanzar el mensaje, indirecto pero claro, de que las mujeres no son posesión de nadie es de un gran valor.

No es que haya que premiarlos por no insultarlas, es que el respeto y elegancia que mostraron durante su vivencia, sí son ejemplares para toda esa audiencia joven que se educa en el machismo por defecto, como nos hemos educado todos y todas.

También es positivo romper el mito del hombre infiel, del hombre duro, el que no llora… Muy a favor de tíos cachas llorando. Queremos más. Queremos a Chuck Norris gimoteando en el hombro de Mónica Naranjo –muy digna en su papel de presentadora, por cierto-. Es necesario suprimir estereotipos y distinciones por género. Tanto Ismael como Cristofer o Jose me han hecho volver a creer que no está todo perdido. Alex, el pobre, parecía un libro de autoayuda que no se creía ni él, pero su discurso era válido y se portó bien –su participación y la de Fiama, un tanto irrelevante. Dos niños-. Y Gonzalo… Gonzalo ha perdido a una gran mujer y todavía no sabe por qué. No es mal tipo, pero su egocentrismo e inmadurez quedaron expuestos ante los ojos de Susana, cada día más decepcionada, confirmando algo que en el fondo ya sabía.

Él creía que solo se trata de ser fiel, y seguro que se sentía un héroe por no caer rendido a los encantos de Katrina, pero el respeto es mucho más que eso. Para empezar, no decir en tu vídeo de presentación que tu novia te limita para pasarlo bien con tus amigos y que, para llevar un Pokemon, mejor se quede en casa. Para continuar, no cosificar continuamente a la mujer y basar todas tus bromas en sus atributos físicos. Amar a tu pareja es tenerla presente en todo momento, aunque ella no esté, como hacían sus compañeros, ni más ni menos. Insisto en que no es malo, incluso me dio lástima, pero esta lección debería servirle para aprender a respetar a la mujer y, después de eso, podrá respetar a su pareja cuando la tenga. Los amigotes le habrán reído las gracias durante muchos años, pero todavía está a tiempo de madurar. Por otro lado, Susana, su ahora expareja, mostró un comportamiento ejemplar, una inteligencia y una personalidad que él tenía amedrentadas. Solamente necesitaba tomar un poco de distancia para darse cuenta de que no podía hacer de canguro toda la vida. Ojalá también sirva de modelo para muchas mujeres amilanadas, sometidas por una relación que no las compensa. Esos pequeños/grandes empoderamientos, coger las riendas de tu vida.

También fue muy honesto el paso de Adelina (la novia de Jose) por el programa. Una pareja plenamente enamorada y considerada que aun así tuvo que limar asperezas. Ella, de intenciones tan puras, se molestaba al ver dudas en él. -¿Qué dudas vas a tener, alma cándida, con una mujer que te mira de esa manera?- Y es que el programa está para eso, para poner a prueba hasta la relación más férrea. O para afirmar que la confianza ciega no existe, como intentaba demostrar el show de Antena 3. En aquella ocasión recurrieron a falsos montajes para derrumbar esa aparente fe ciega, ya que en realidad nadie fue infiel. Pero a La isla de las tentaciones no le ha hecho falta, pues Andrea y Fani cayeron de pleno en la trampa.

Nada que reprochar a que se enamoren de otra persona –o lo que ellas entienden por amor-, pero como bien dijo Cristofer, no les guardaron ni el mínimo respeto. Ni respeto por sus parejas ni pudor ante las cámaras. Todo lo excusaban diciendo que ellas hacían lo que sentían y que no se arrepentían de nada. Esa falta de tacto, incluso de compasión, es por lo que el público las ha castigado en las redes. No se puede ser tan egoísta y encima tener el morro de enfadarse por verlos a ellos bailar con otra –sin arrimarse-. Ver para creer. Parece ser que sí había inteligencias muy desiguales en la isla.

Sobre el programa en sí mismo opino que es un formato estimulante, cómo no. Pone a prueba públicamente la integridad de sus concursantes, que además van voluntariamente y son conocedores de las reglas del juego. Y el espectador siempre juega a qué haría él en esa situación y comenta en persona o por redes a tiempo real. Seguramente todos iban a sacarse un dinero para pagar la boda. Ironías de la vida. No quiero dármelas de adivino, pero la primera semana ya vaticiné la única pareja que saldría de la mano, y acerté –aunque, tiempo después de la catástrofe, Cristofer y Fani hayan vuelto-.

Técnicamente está muy bien resuelto. No es nada fácil tener un elenco tan amplio de personajes y cubrirlos bien a todos. Además, gracias a que ya estaba grabado y no esperaban semejante éxito de audiencia, no pudieron dilatarlo sobre la marcha y todos los capítulos tenían grandes dosis de salseo. Como diría Esty (en Youtube “Soy una pringada”), ¡yo estaba living!

No se puede decir que engañen a nadie. Todos sabemos que harán lo posible para romper parejas. Lo que mucha gente subestima es el gran poder de manipulación que tiene el audiovisual y cómo los guionistas pueden empujar hacia un lado u otro el acontecer de las acciones. No está preparado, no se puede, no es ficción, pero sí inducido. En este sentido, me sorprendió (para bien) que cuando Fani empezó su aventura, en lugar de seguir poniéndole imágenes de su novio divirtiéndose –los únicos dos minutos al día que disfrutaba- y darle así una excusa para seguir siendo infiel, decidieron mostrarle el dolor de este. Fue muy potente televisivamente, y sí, sembraron el dilema en ella, pero se le pasaba enseguida cuando veía a Rubén. De verdad que, a pesar de todo, Fani era naif. Cuando su amante decidió irse de la isla sin ella, menudo bofetón de realidad se llevó la adúltera. Lo de Andrea ya ni merece la pena ser comentado. Además, sospecho que tiene un coeficiente limítrofe y no sería de buen gusto.

Volviendo al formato, que ya sabemos que funciona, sería positivo no hacer un casting tan físico y cosificador, no limitarlo solo a parejas heterosexuales, e incluso aceptar el transgénero, reflejando así, de una forma más real, el conjunto de la sociedad.

Óscar Sueiro

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