No iba a salir y me lié (Chimo Bayo y Emma Zafón, 2016)

noiba01La Ruta del Bakalao (aunque también se la conoció como Ruta Destroy) fue un fenómeno social y cultural muy significativo de la España de los años 90. Sin embargo faltan estudios serios sobre el tema o incluso obras de ficción (ya sea en cine o en literatura) que traten sus inmediaciones. Parece como si nos invadiera la vergüenza a la hora de rememorar la época, como si fuéramos incapaces de tratar sin ironía un tiempo donde el hedonismo sucio de las drogas de diseño, las discotecas poligoneras y la música electrónica sin matices marcó a la primera generación de españoles nacidos en libertad.

Esta novela, No iba a salir y me lié, se puede complementar con la reciente ¡Bacalao!: historia oral de la música de baile en Valencia (1980-1995) y se llena así un vacío tremendo sobre una época que definió (ya sea por adscribirse al movimiento o por posicionarse en contra) a toda una generación.

La Ruta del Bakalao eran un grupo de discotecas abiertas (o reabiertas) en la zona industrial valenciana a finales de los 80’s y principios de los 90’s. Allí llegó la música electrónica que en esos momentos se fabricaba en Bélgica, Alemania o Reino Unido. Música sin matices, donde un ritmo machacón y oscuro te empujaba a bailar. Junto a la música llegaron las drogas (speed para aguantar el ritmo, LSD para ver la música, éxtasis para no tener que parar o cocaína si tenías el dinero suficiente). Y los jóvenes de entonces se lanzaron a bailar toda la noche, todo el fin de semana. Las drogas te permitían una fiesta continua. Hasta Valencia se organizaban viajes desde toda España; las discotecas se multiplicaban como setas, primero hacia Cataluña y Aragón, luego en los polígonos de  algunas ciudades de la Meseta; se empezó a producir música en español. Y entonces llegó la televisión a mediados de la década: accidentes de tráfico, niños drogados… la polémica. La policía intervino: controles de tráfico y horarios de apertura. La Ruta murió. Agonizó, eso sí, hasta bien entrado el siglo XXI, resguardada en locales más pequeños, en zonas rurales (con un control policial menor), con un consumo de drogas más discreto (es la época dorada de la cocaína) y con una música con más matices (ya no era necesario drogarse para soportarla). Pero esa no era la ruta verdadera, no para gente como Chimo Bayo.

noiba02La ruta fue un fenómeno rural y proletario. Frente a la música Indie (urbana y elitista) las discotecas de extraradio atrajeron a la adolescencia rural (sin futuro) y de los barrios periféricos (sin futuro ni pasado) con una promesa irresistible: una fiesta sin fin.

No iba a salir y me lié (2016) de Chimo Bayo y Emma Zafón sabe de lo que habla. Se nota desde la primera página. La historia de dos perdedores que en pleno 2016 quieren recuperar su juventud, una juventud de la que no se acuerdan (las drogas), pero que saben que fue muy divertida. La novela es la historia de cómo se organiza una fiesta como las de los noventa. Y por lo tanto es una novela sobre las drogas.

No se trata aquí de hacer crítica literaria (la novela no está mal escrita, se nota que Emma Zafón es periodista y ha pulido el estilo directo y la oralidad del antiguo DJ, aunque aun así sobrevivan algunas frases de vergüenza ajena y expresiones fuera de lugar), sino de jugar al mismo juego que te plantea la obra. Si los noventa fueron así, ¿por qué nadie se atreve a contarlo? La novela se pone en una posición incómoda: tratar con la ironía justa a unos personajes y una época ridículos sin caer ni en la sátira ni el esperpento. Y lo consigue de una manera sorprendente: con un conocimiento exacto del ambiente y del paisaje que retrata. Puede que los protagonistas sean unos idiotas, pero son nuestros idiotas, son unos idiotas reconocibles.

La obra va moviéndose entre dos planos: el triste presente de unos personajes fracasados y el pasado (empañado siempre por las drogas y sus efectos), que se juntan en la parte final de la novela cuando, en la fiesta, los protagonistas parecen recuperar una felicidad artificial a través del consumo masivo de estupefacientes. La descripción de ambos ambientes es admirable y la obra abarca (ya sea en profundidad o solamente nombrándolos) muchas de las características de la ruta que parece que hemos olvidado.

Chimo Bayo

Chimo Bayo

Porque más allá de la música y de las drogas (y sí, hay mucha música y muchas drogas) aquí se habla de otras cosas: el carácter rural de la movida (los personajes se sienten extraños en la ciudad);  la apropiación cultural que la ruta sufrió a finales de los noventa por parte del movimiento skin; la tecnofobia de los antiguos ruteros (resulta curioso cómo aquellos bárbaros son los carcas actuales); el papel que tuvo la televisión en el fin del Bakalao; el carácter espontaneo de todo lo que pasó; la paradoja de cómo la primera generación a la que se le permitió ser libre se lanzó a los brazos del hedonismo y después a la más servil complacencia con el sistema; los efectos de la crisis y la corrupción en Valencia y la manera sutil con la que la novela hila estos dos fenómenos con el de la música bakala.

Chimo Bayo, todo un personaje, es uno de los iconos de esa época. DJ de éxito, cantante con un estilo tan inconfundible como ramplón, disfruta de las paridas que cuenta.  Sabe que no se puede vivir en el pasado, pero que puede hacer creer a la gente que ÉL es el pasado. De ahí cafradas como la de convertirse él (el autor) en un personaje de la novela. De ahí los constantes guiños a la gente que vivió la ruta (o que incluso vivió contra la ruta) y ahora son padres (más o menos) responsables a los que les cuesta disimular las consecuencias de uso de drogas durante su juventud.

A la pregunta de cómo defender el uso masivo de estupefacientes, la novela contesta: todo el mundo lo hacía. Eran los noventa. Cocaína indie, marihuana en el rock calimochero… “sí, odias mi música, pero no me eches en cara la droga. Porque lo hacíamos todos” parece decirte a cada paso.

noiba04¿Apología? Puede. Sin embargo, la novela también es sincera. No oculta el precio a pagar. Pero sus autores parecen defender la idea de que la vida es una mierda y nuestra juventud no volverá. ¿Por qué no drogarse mientras tanto?

Y eso es lo que esta novela es. Un grito kamikaze. Como fueron los noventa. Aquellos kamikazes dejaron los aviones, buscaron un curro de mierda (esa época en la que era más rentable meterse en una obra que estudiar una carrera), se casaron y cometieron los mismos errores que sus padres, e incluso contrataron una hipoteca. Pero mucho antes de eso, esos kamikazes parecieron dispuestos a estrellarse con sus aviones, puestos de speed y de tripis, bailando bakalao.

No iba a salir y me lié (un gran título, por cierto) no es la gran novela sobre los noventa. Tampoco lo pretende. Es un primer paso para hacer las paces con nuestro pasado.

Daniel Lasmarías

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