La voz del fuego (Voice of the Fire, Alan Moore, 1996, Roca Editorial, 2018)

“Ahora comprendo que siempre ha existido un solo fuego, que ardía antes de que empezara el mundo y no se apagará hasta que el mundo acabe”.

Alan Moore diseñó su propio universo y este se llamó Northampton. El escritor ama con todas sus fuerzas la ciudad que le vio nacer. Ha llegado a asegurar en más de una ocasión –y no sin cierta socarronería– que no solo la contempla como el centro de Inglaterra, sino como el centro del mundo entero. Moore despliega en La voz del fuego, su primera novela, toda su erudición y bagaje cultural para centrarse en cartografiar y documentar Northampton. Pero olvídense de la Northampton superficial que apenas vislumbraremos si algún día la visitamos como simples viajeros; la suya es una ciudad muy reflexionada, pisada, gastada y vivida. Me atrevería a decir que es su gran amor, y también su obsesión. La hoy extensa ciudad industrial británica, situada a 100 kilómetros de Londres, se nos muestra como si fuera directamente una creación más del autor. En La voz del fuego descubriremos una Northampton descodificada y reconstruida a través de los ojos y la mente chamánica del señor Moore.

Alan Moore

Sobre el afamado escritor he hablado otras veces en esta santa casa. No hace falta que me extienda demasiado en explicar como durante los primeros ochenta sobresalió su talento en el mundo del cómic británico –entre una generación ya de por sí sobresaliente– o como en poco tiempo revolucionó el mundo de los cómics para siempre. Sin embargo lo hizo, y tengo que repasarlo brevemente. Lo hizo con sus ingeniosos relatos de ciencia ficción, a veces cargados de ironía y crítica social, para la editorial underground 2000 AD, lo hizo con V de Vendetta en plena era Thatcher, en su Inglaterra natal, y lo hizo al desembarcar en Estados Unidos con su brillante y recordada etapa en La Cosa del Pantano. Pero el cómic que sin duda lo cambió todo –para bien y para mal– fue su colosal Watchmen. Años más tarde vendrían cosas tan maravillosas como La liga de los caballeros extraordinarios, From Hell y un porrón de títulos de mayor o menor envergadura, como podrían ser Promethea, Top 10, Nemo o Crossed+100. Moore lanza constantes comunicados y entrevistas en los que anuncia su abandono definitivo del mundo del cómic pero por el momento no se han trasladado a la realidad. Gracias a ello hemos podido seguir disfrutando de obras tan fascinantes como Providence, un cómic reciente en el cual desmenuza el universo de Lovecraft con un sistema parecido al del libro que tenemos entre manos.

Antes le he llamado chamán y es que como muchos de ustedes ya saben, Alan Moore también es mago. Es un gran estudioso de lo oculto en todas sus vertientes, pero lo suyo es verdaderamente la magia de la ficción y las ideas, Moore siempre ha defendido que la magia solo existe en nuestras cabezas, pero que lo que existe en nuestras cabezas puede terminar por convertirse en una novela, en un cómic, una película…etc. A partir de ahí ya existe algo tangible que ha surgido de la “nada”. La cosa se complica cuando esa “nada” no es tal, sino un conjunto de ideas que flotan en el inconsciente colectivo y que han sido “pescadas” de ahí por sus autores. Por lo tanto, y como el propio Moore nos recuerda hacia el final del libro, lo que leeremos en La voz del fuego no es mentira, es ficción. La Northampton de Moore está inventada y no lo está. Es real y a la vez imaginaria. Y por supuesto, está muy bien documentada.

En ciudad actual se pueden visitar asentamientos del neolítico, se han encontrado restos de la edad del hierro en las colinas cercanas y hay indicios de un pequeño poblado romano. Se sabe que hasta ahí también llegaron los vikingos, a sangre y fuego. Más tarde, muchos partieron a las cruzadas y unos pocos retornaron. Como en todas partes habitaron arquitectos y magos y ambas cosas a la vez. En Northapton también se quemaron brujas, también hubo rebeliones, también se oyó hablar de Cromwell y de Fawkes. Lamento decir que no soy ningún experto en dicha ciudad, solo he leído en diagonal la entrada de la Wikipedia. Pero ya me he encontrado pululando por ahí a muchos de los personajes y lugares que aparecen o se mencionan en la novela. Por consiguiente, y dejando de lado el realismo mágico que se infiltra en muchos de sus pasajes, todo lo que encontraremos en las paginas de La voz del fuego sucedió o podría haber sucedido.

Antiguo mapa de Northampton

Llevo un rato llamando al libro novela. También se puede entender como una recopilación de relatos. Pero estos están tan intrincados entre si, responden tanto a una unidad conceptual, que me inclino por denominarla novela. Aquí hay 12 relatos contados en primera persona y por consiguiente encontraremos 12 personajes con voz propia. Además, dichos relatos están ordenados cronológicamente a lo largo de 6000 años de historia, situando el primero 4000 años antes de Cristo y el último en el siglo XX; concretamente en 1995 –cuando se escribió la novela–. Moore nos habla de una Northampton unitaria que pervive en el tiempo, que se retroalimenta en su propia historia hasta llegar a nuestros días convertida en producto de su entorno y de su pasado. En La voz del fuego hallaremos una Northampton en cuatro dimensiones, una visión muy del agrado del autor, que ya dejó clara en el sintético pero imprescindible documental del Canal Arte, En la cabeza de Alan Moore:

“Dejé Boroughs, barrio de mi infancia, pero nunca he sentido que debía irme de Northampton. Porque todo lo que necesito y todo lo que quiero en términos de energía e inspiración, siempre lo he podido encontrar aquí. Si viajas por todo el mundo, puedes entender el mundo en un sentido horizontal, en el que eres consciente del presente y de como se manifiesta el presente en distintos lugares del mundo. Si te quedas en un solo sitio, obtienes una concepción en cuatro dimensiones del lugar en el que vives. Ves a toda esta gente, pero no en un momento puntual, sino que los ves con una cierta profundidad en sus narrativas”.

Para disfrutar de este mosaico en toda su grandeza es importante fijarse en que algunos de los hechos que le acontecen al protagonista de Puerco y ceniza, el relato de apertura, se transformarán en tradiciones, ritos y festejos en las siguientes historias y todavía aparecerán inseridos de una forma u otra en la sociedad miles de años mas tarde. Y eso sucede en todos y cada uno de ellos –atentos a los sueños y las visiones del resto de personajes–. Para recalcar todavía más este hilo conductor, el autor traza un vinculo entre las distintas historias a través del fuego, un elemento que pasa de mano en mano, de generación en generación y que en sus propias palabras “es en verdad un solo fuego decantado a través de los milenios”.

Portada de la reciente edición de Roca Editorial

Moore nos lo pone muy difícil nada más empezar. Las 50 primeras paginas corresponden al relato Puerco y ceniza y están escritas en la jerga de un ser inadaptado de la edad de piedra. No solo desordena los artículos, las conjunciones, los sustantivos y los verbos, sino que además cambia conceptos que hoy en día tenemos completamente asumidos como el del paso del tiempo, el día y la noche, la muerte… etc. Debemos hacer un pequeño esfuerzo inicial si queremos entrar en el libro y desentrañar los procesos mentales de un salvaje prehistórico tal como los entiende Alan Moore. Una vez conseguido, la inmersión será total y satisfactoria. Moore bromea sobre este experimental pistoletazo de salida en una entrevista concedida a Raúl Sastre en 2013, asegurando que lo escribió así “para mantener a la escoria alejada”.

Pero no teman. No todo el libro va a discurrir de esta guisa. En los siguientes relatos la cosa se suaviza. Es verdad que se mantiene durante todo el libro un evidente trabajo en cuanto a la construcción de los personajes y sus maneras de pensar, sus razonamientos llenos de miedo y superstición –sin ir más lejos, en el siguiente, Los campos de la quema, uno de mis favoritos, permanecen algunos términos y construcciones curiosas–, pero en cuanto a la forma, la lectura se hace más sencilla y agradable. Afortunadamente, en el plano puramente narrativo, el autor no nos exige el mismo nivel de esfuerzo durante todo el libro. Pero tampoco bajen la guardia alegremente, porque en el capitulo 10 (El sol luce pálido en el muro) deberán adentrarse en los recovecos de una mente enferma y la narrativa convencional volverá a saltar por los aires. No quiero ni pensar en el calvario que debió vivir la traductora de esta estupenda edición de Roca Editorial.

La mayoría de los relatos los podemos considerar terroríficos, incluso englobarlos a las claras dentro del género del terror que tanto nos gusta. Pero, ojo, aunque el libro esté poderosamente impregnado de rito, magia y creencias ultraterrenas, eso no hace que estemos ante una novela de terror sobrenatural en absoluto. No voy a enumerar aquí todos los relatos pero baste mencionar que los hay de muy diversa índole. En las tierras anegadas asistimos a la llegada de los primeros romanos dispersos, es casi un relato de ciencia ficción postapocalíptica, a juzgar por lo que le sucede en un primer momento al protagonista. En La Cabeza de Diocletianus conoceremos la caída del Imperio Romano a partir de un detalle nimio, un hecho pueril protagonizado por el ultimo mono del imperio, enviado al pre-Northampton para recaudar e investigar la falsificación de monedas. Este es otro de mis relatos favoritos y su resignado final me parece sencillamente delicioso. A medida que la religión cristiana avance posiciones los relatos se tornan mas cercanos, aunque llenos de perturbación, fervor, éxtasis, lujuria y martirio –estoy pensando en Santos de Noviembre–. Otros relatos, pese a lo macabro, contienen mucho sentido del humor, como el de las cabezas parlantes (Confesiones de una máscara) o el del juez lascivo que comparte carruaje con una madre y su hija. Erotismo, morbo y terror para un cuento en el que se menciona continuamente al alquimista John Dee. En algunos la fe se tambalea y tortura al protagonista, como es el caso del viejo cruzado templario de Renqueando a Jerusalén, otra breve historia con un final de impacto. Por supuesto también hay cantos a la libertad, pero ninguno tan bello como Compañeras de labor y sus dos brujas amantes que arden en la hoguera por la envidia y la cerrazón de sus asustados congéneres. Hasta me atrevería a decir que he visto el pulso de Jim Thompson en Viajo con ligueros, el negro relato ambientado en los años 30 y basado en el asesino real Alf Rouse.

Cubierta de la primera edición inglesa

Como siempre sucede con las obras del mago de Northampton, La voz del fuego es muchas cosas y hay que enfrentarse a ellas con la mente muy despierta. Narraciones en paralelo, giros inesperados, delgadas lineas entre la vigilia y el sueño… Se hace complicado trazar la línea entre géneros –y la linea entre ficción y realidad– que nos propone el creador de Watchmen. Y eso es así porqué el libro juega voluntariamente a borrar esas líneas.

Además, a Moore le interesan cosas como la psicogeografía y la arquitectura oculta, conceptos que encontraremos en abundancia en los relatos que conforman La voz del fuego. La iglesia de planta circular del ya mencionado Renqueando a Jerusalén y la de planta triangular del siguiente –que por cierto, se encuentran de verdad en Northampton–, el tatuaje del chamán en Los campos de la quema, que no es otra cosa que su propia aldea cartografiada en su piel. Arquitectura oculta. En La salida de incendios de Phipps, ese relato final que no es más que un necesario epilogo, el mismo Moore cita al arquitecto Nicholas Hawksmoor, que tanto influyó en su From Hell y sobre el cual existe una novela definitiva que escribió Peter Ackroyd y que aprovecho para reivindicar desde aquí.

También en este ultimo capitulo, el autor se “auto propone” como guía de su querida Northampton. A través de la deriva urbana, se nos descubre otra vez como un archivo andante; un compendio de historia y sabiduría popular. En él nos da pistas sobre el libro, nuevos ángulos de interpretación y también nos confirma algunas sospechas. Se hace evidente que entre los 12 personajes que aparecen en la novela, no podía faltar el mismísimo Alan Moore, pues también él es producto de Northampton. De hecho, podría ser que Northampton fuera él.

Al igual que hiciera Faulkner con el condado de Yoknapatawpha, que no era otra cosa que una minúscula zona de su Mississippi natal, Moore describe el todo a partir de la parte. De lo local a lo global. Su personalísima Northampton sirve para hablar del mundo entero o cuanto menos, sirve para reflexionar sobre el hombre que lo habita y su existencia; que no es poco. Viniendo del escritor que nos ocupa, esa existencia es fría, solitaria, dolorosa, dura, oscura y salvaje, y la naturaleza se muestra sin limites en toda su crudeza, hasta llegar a lo desagradable y lo escatológico ¿Pero acaso no es así la vida misma?

Existe un pequeño y olvidado cómic de Alan Moore titulado El amnios natal que despertó en mi recuerdos y sensaciones de primera infancia que ya tenia enterrados y olvidados. En La voz del fuego he encontrado algo igual o más profundo, camuflado de novela histórica; de ensayo sobre la soledad; de cuento de terror; de mito ancestral; de magia y ritual. No es una lectura fácil y no quiero ni pensar en como será enfrentarse a su siguiente novela, la a todas luces colosal Jerusalem. De momento me quedo atrapado en esta y me dejo acariciar por su fuego.

Dani Morell.

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