La sombra de Hawksmoor (Hawksmoor, Peter Ackroyd, 1985)

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“Construiré en ese lugar de mis recuerdos un laberinto en el que los muertos podrán recuperar su voz”.

Nicholas Dyer.

Imagínense a un arquitecto del siglo XVIII obsesionado con el iluminismo –y el satanismo– a quién han encargado la construcción de siete iglesias situadas en barrios populares de Londres. Imaginen a Nicholas Dyer –así se llama ese señor– recorriendo las callejuelas más corruptas de su brutal ciudad, pensando en las iglesias, en los símbolos ocultos y en los sacrificios que demandan las mismas (y que está perfectamente dispuesto a perpetrar). Ahora imagínense un detective de finales del siglo XX en la misma ciudad, obsesionado por unos misteriosos crímenes que le han encargado resolver. Se llama Hawksmoor y es un tipo solitario y perdido que va tras la pista de un asesino en serie que ataca en las mismas iglesias que construyó Dyer trescientos años atrás. Dos tiempos diferentes, una misma ciudad.

Solo empezar, la novela se sumerge en un mundo de oscuridad y hace crecer a Dyer, el único personaje del libro que tiene voz en primera persona –y esto tiene especial importancia–, por las tinieblas de la Gran Peste de Londres de 1666. Las descripciones del infierno en la tierra que se alza en la city para acompañar a sus agónicos habitantes en la fatal enfermedad son de una fuerza macabra. Se traza así uno de los orígenes –el de Dyer y el del Londres que conoceremos durante todo el libro– más despiadados que haya leído jamás. Dyer es plenamente consciente de su procedencia cuando afirma: “La mente humana recibe en la infancia –al igual que el cuerpo cuando es solo un embrión– impresiones que luego ya no podrán ser borradas, y fue precisamente en mi más tierna infancia cuando fui sometido a los límites más extremos a los que puede ser sometido un hombre. Incluso ahora giran todavía por los rincones de mi memoria muchos de aquellos pensamientos, pues fue en ese año terrible de la Peste cuando la enmohecida cortina del mundo se descorrió ante mí, como si fuera a mostrarme un cuadro, y cuando vi la verdadera cara del gran y terrible Dios”.

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En este camino hacia la oscuridad cobrará también especial relevancia Mirabilis, líder de un culto secreto surgido de la devastación. Tras él, vendrá su primer maestro constructor, Richard Creed, que será sustituido rápidamente por Sir Christopher Warren, arquitecto de más renombre que enseguida verá en Dyer mucho más que un simple aprendiz. Nos encontramos pues con que Dyer es un personaje absolutamente sumergido en su oficio y en el estudio de las artes oscuras y que tiene una visión brutal del mundo “Vi que el mundo entero no era más que una inmensa lista de muertos y que había tantos demonios paseando por las calles como hombres pervirtiéndose” asegura en un momento de éxtasis. Las creencias y pensamientos de este personaje se basan en extender el mal como única solución: “solo haciendo el mal podremos evitar la furia de los espíritus malignos”, asegura. Esos preceptos, que no son otros que los que Mirabilis le enseñó tras la plaga, son trasladados a las iglesias que construye y es su mayor deseo que perduren en el tiempo.

Y es que el Tiempo es uno de los engranajes que animan toda la narración. El Londres de ayer y el de hoy (1985 es el año de publicación de la obra) se mezclan de una manera muy sutil y poética, a veces con el simple eco de un grito o una conversación del pasado –imborrable la escena en la que un pordiosero que camina cerca del monumento de Stonehenge oye las voces de una discusión acaecida trescientos años atrás en aquel mismo lugar–. El Tiempo, que tiene múltiples capas y flashbacks a lo largo de todo el libro, es una verdadera inquietud para el escritor, que no se olvida de incluir en las diatribas de Dyer las pirámides egipcias, los monumentos fúnebres de todas las épocas, las tallas y piedras pretéritas y todo lo que suene a pasado e inmutabilidad. A su vez, utiliza el recurso temporal y espacial –las iglesias– de manera clave para establecer paralelismos entre los asesinatos de ayer y de hoy. El Londres del detective Hawksmoor está 300 años alejado del de Dyer, pero es una consecuencia innegable del mismo.

Magia y Londres van entrelazadas en nuestro imaginario colectivo. Se ha escrito mucho sobre ambas cosas en la literatura de la posmodernidad. Alan Moore nos viene enseguida a la cabeza porque fue uno de los que lo cambiaron todo en ese aspecto –y sí, estoy pensando en From Hell e incluso en WatchmenV de Vendetta–, pero antes estuvo Peter Ackroyd y La sombra de Hawksmoor. Ese Londres que atrapa lo bueno y lo malo en su perímetro demencial, el Londres de Guy Fawkes o el que vio nacer al Destripador y que jamás nos dejará saber quién fue en realidad (por más que propios y extraños se empeñen inútilmente en descubrirlo), es el marco gigantesco que encierra la historia que nos traemos entre manos. Asesinatos que geolocalizados dibujan símbolos arcanos en el mapa, arquitectura cabalística, secretos que se esconden tras las paredes de las callejuelas más estrechas, el sempiterno manicomio de Bedlam y sus torturados habitantes, autopsias escabrosas en hospitales sin luz ¡hasta hay un personaje que escribe amenazas con faltas de ortografía para camuflar su identidad! Me quedo con una descripción que Ackroyd pone en boca de Dyer: “Esta ciudad, capital del mundo de la aflicción, es también todavía, la capital de la oscuridad y la mazmorra en la que permanecen cautivos todos los deseos del hombre”.

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Y todo ello seria imposible de desligar de la magia, la magia inglesa –tomo prestado el concepto de Susanna Clarke– que aunque no se quiera está íntimamente en comunión con lo oscuro y lo ancestral. La fascinación por Stonehenge; por Merlin y los druidas; por los templos paganos del ayer sobre los que se alzan las iglesias del ahora. La sombra de Hawksmoor nos propone un viaje por la vieja y pérfida Albión, por la adoración a la serpiente, la toponimia antigua que encierra diablos reconvertidos al catolicismo. Sin olvidar la numerología. El número siete, mágico, ligado a la religión y a lo pagano, se repite. Pitágoras lo llamó el número perfecto –no en vano Dyer debe construir siete iglesias, no en vano suenan las campanas de las iglesias a las siete en punto en dos ocasiones–. Nada escapa de la pluma de Ackroyd que nos hace preguntarnos, como también se lo pregunta Hawksmoor en más de una ocasión, si la horda de sin techo y la degradación humana que se amontona en determinados lugares de la ciudad han decidido por sí mismos o ha sido la magia y la oscuridad quienes les han llamado a su seno.

Peter Ackroyd sabe a lo que juega situando la acción en dos Londres distintas, todo es dual en esta novela. Personajes y lugares que se repiten, resonancias del pasado que llegan al presente. Hasta ahora solamente he hablado del fascinante arquitecto del mal, Dyer, producto de su época y su desesperación; Pero no menos importante es Nicholas Hawksmoor, el detective del Londres actual que trata de resolver los crímenes que se suceden en las iglesias de su ciudad. Hawksmoor es un detective que se basa en la intuición mas que en los métodos científicos, un investigador que por momentos parece olvidarse de buscar pistas para dejarse llevar por la pura divagación. Es el ejemplo perfecto de la dualidad que comentaba más arriba. Curiosamente, Nicholas Hawksmoor existió en realidad y fue precisamente el arquitecto del siglo XVIII en el cual se inspira Ackroyd para construir a Nicholas Dyer, el arquitecto de su novela. En cambio decide otorgarle este nombre a su detective del siglo XX. Decide también que ambos tengan un ayudante llamado Walter, que ambos sean seres solitarios en medio del maremágnum del sinsentido.

Peter Ackroyd

Peter Ackroyd

Todas las pistas nos llevan al amor de Ackroyd por Londres, a su interés por convertir el microcosmos de la ciudad en un todo, al viejo anhelo filosófico de abarcar la totalidad del universo y dar explicación a todo cuanto nos rodea. Como asegura Dyer en un momento clave del libro: “Todas las cosas estaban siempre relacionadas y formaban parte de un todo, aunque este fuera tan grande que permaneciera inexplicado”.

Camuflada como novela negra, La sombra de Hawksmoor es en realidad una novela de ideas. Esconde tras de sí las reflexiones de un filosofo oscuro y brutal. Peter Ackroyd escribe muy bien, es un mago de la retórica que nos mete de lleno en las mentes especulares de Dyer y Hawksmoor, en sus caminos sin sentido, sin importarle el “daño” que nos pueda causar. Aparte de incluirlo en su top 100, Bowie decía que este era uno de los diez libros imprescindibles que debíamos leer en nuestra vida. Javier J. Valencia, que es el alma mater de esta sufrida web y un lector tan empedernido como un servidor, me obligó a leerlo. Y yo que lo agradezco, pero nadie me avisó que este libro abría las puertas del averno de par en par –el viejo Lucifer tiene un lugar especial en su biblioteca para esta novela alucinada–. Disculpen la blasfemia y disculpen el entusiasmo, pero me gusta escribir de lo que me gusta y La sombra de Hawksmoor me cautivó desde la primera letra.

Dani Morell

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