Las estatuas de agua (Le statue d’acqua, Fleur Jaeggy, 1980, Ed. Alpha Decay, 2015)

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Alpha Decay prosigue con la recuperación de los libros inéditos de la misteriosa escritora suiza (escribe en lengua italiana) Fleur Jaeggy, tras Vidas conjeturales y El dedo en la boca –el resto de su obra en castellano fue editado por Tusquets- con su tercera obra, que data de 1980. Una novela breve (110 páginas) plagada de frases cortas (y cortantes) que más que narrar literalmente actos y hechos, narra emociones y experiencias internas, e intenta dibujarlos con trazo lírico. Se intuye una obra personal, en el que se fusionan probables recuerdos y fantasías, quién sabe si provenientes de la infancia o de la representación onírica de ciertos traumas del pasado. Una manera de exorcizar demonios, diríamos.

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Comparada su obra por la propia editorial con la literatura del cansancio y el desapego a la vida que fue el “Lenz” de Georg Büchner (dixit), Jaeggy hacía gala ya en su tercer trabajo del profundo laconismo en el lenguaje y en la narración que años más tarde la popularizaría (una popularidad pequeña, extraña, casi de culto, pero que ha valido para que su obra se traduzca): La languidez con la que los personajes parecen arrastrarse como si fueran fantasmas, con apenas referencias al vitalismo, si acaso por contraste, y con subterfugios en forma de laberínticos pasillos que desembocan en micro-historias de desesperación; como el recuerdo que tiene Katrin de su amiga Eleanor, apenas tres páginas ni tan solo completas de texto que parecen obsesionadas en transformar una mañana soleada en una oscura tarde lluviosa, o el último y casi repugnante vistazo a Reginald, el padre de Beeklam, una vez este logró encontrarlo años después de su inexpresivo adiós.

Las estuatuas de agua es un libro que esconde tantos pequeños fragmentos magníficos como otras excesivamente indescifrables, como si la autora quisiera poner en ocasiones un velo entre el sueño y la razón y se esforzara por no dejar pasar al segundo. Pero es siempre cautivador, y dibuja con claras expresiones a unos seres humanos que viven la vida al compás de las estatuas de agua, con su ritmo pausado y con cierta distancia con la energía en movimiento. Una buena obra para conocer a una autora que reveló el año pasado (en una de las pocas entrevistas que ha concedido) su gusto por los autores místicos y que sus seguidores y conocedores a buen seguro disfrutarán con delectación.

Javier J. Valencia

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