El almuerzo desnudo – Bienvenidos a la Interzona – 1a parte (Naked Lunch, William S. Burroughs, 1959)

“Language is a virus.”

(William S. Burroughs)

PRIMER DISPARO:

MECANOESCRITOR INCLASIFICABLE.

BEATS, CUT-UPS Y SUEÑOS ALUCINÓGENOS EN TÁNGER.

escritor, ra. (Del lat. scriptor, -oris):

  1. m. y f. Persona que escribe.
  2. m. y f. Autor de obras escritas o impresas.
  3. m. y f. Persona que escribe al dictado.
  4. m. y f. ant. Persona que tiene el cargo de redactar la correspondencia de alguien.

William S. Burroughs (1914-1997) fue una de las figuras literarias más rompedoras, inclasificables, anárquicas y transgresoras que ha tenido el mundo de las letras en la época en la que le tocó vivir.

Es escritor, sí, eso es indiscutible, pero lo de ser narrador, entendido como tal, es más debatible, ya que su estilo, propio y característico, carece de cohesión y uniformidad, de tal modo que uno tiene la impresión de estar leyendo piezas inconexas escritas, tal vez, por el nihilista habitante de otro planeta diferente al nuestro, como si más que un novelista fuese un arquitecto improvisador de palabras, como si le bastase con derrochar yuxtaposición de ideas y metáforas sorprendentes y experimentales que descomponen la materia propia con la que está hecha el lenguaje que empleamos el resto de los mortales.

Deudor de un desprecio hacia el poder y el control, es el máximo exponente de la literatura sucia e indescifrable puesto que, en una primera lectura de cualquiera de sus obras, el texto deja una sensación demoledora en quien acaba de consumir el libro en cuestión. Y fue esa incomodidad, ese inconformismo llevado al límite de lo permisible por la sociedad, lo que hizo que, al igual que otros grandes escritores como James Joyce (con el que se asemeja también en el hecho de replantearse la base misma del lenguaje, el pilar fundamental en el que se basa la creación literaria) o Henry Miller, su obra sufriera un rechazo y una persecución casi inquisitorial, siendo tachado de obsceno, pornográfico e inmoral.

Y es que, en manos de Burroughs, la palabra es un artefacto peligroso.

“¿Y por qué nadie preguntó ¿qué es la palabra? ¿Por qué hablas contigo todo el tiempo?”

Pero él, a diferencia de otros, sí se formuló esa pregunta.

Burroughs sabía bien que un nuevo código del lenguaje sería lo único capaz de transmitir las imposibles ideas que bullían en su cabeza, a fin de provocar la reacción del lector con ellas. Eso, al menos es lo que él pensó, solamente sería posible escribiendo tan rápido como su mente fuera maquinando (como los surrealistas y su concepto de escritura automática). Para él, escribir no deja de ser un acto físico más. Él escribe igual que come, que corre, que experimenta con las drogas, que practica sexo. Es por eso que no sólo indagó en qué es la palabra, sino que construyó su propio idioma, su propia forma de (re)escribir a base de retazos, interrupciones, repeticiones, descolocaciones, invenciones sonoras, lo cual le acerca más a la poesía en prosa que a la narración convencional. Coge nuestro lenguaje, el que empleamos todos los días, el que yo utilizo para hacerles llegar estas palabras, y lo destroza, lo pisotea rompiéndolo en cientos de partes que luego recoloca a su antojo llevándolas hasta el extremo. Burroughs cual dios creador, trae así al mundo el concepto de Cut-Up.

Resulta innegable que esta caótica forma de trabajo (más bien la ausencia de ella), ajena a toda moda pasajera, fue lo que la denominada generación Beat tomó para sí como dogma (añadido, por supuesto, a su querencia hacia el orientalismo, el jazz o el be-bop). Si uno lee “El almuerzo desnudo”, advertirá, no sin cierta extrañeza, que está ante un texto deslavazado, cuya metodología consiste en cortar y pegar en orden aleatorio el texto redactado, dotando al conjunto final de un halo de extrañeza hasta cierto punto tan alienígena como mágico.

Interesado en la ciencia y en el ocultismo, apasionado de las armas, bisexual, viajero, amante de los parajes exóticos, mafioso, delincuente, adicto a la morfina, al mayún y a la heroína adulterada, obsesionado con el control mental y la telepatía, William Burroughs estuvo atrapado por la lectura desde pequeño y poco se podían imaginar sus padres, familia burguesa muy acomodada, que en su propio seno iba a gestarse un ser tan marginal y trasgresor como lo fue su propio hijo.

Esta pasión por la lectura será la que le lleve a escribir. En México, huido de la justicia por su condición de morfinómano y bajo el seudónimo de William Lee, redacta los minimalistas libros “Marica” y “Yonqui”, dos libros incómodos para un público, el norteamericano, cegado por su “American way of life”.

Hemos de reconocer que, además de la molestia que suscitan sus textos a los estamentos menos permisibles, sus obras encierran un atisbo de verdad innegable. En el fondo, subyace una visionaria y nada romántica idea del futuro que estaba por venir no muchos años después. Así, conceptos como “poder”, “alienación” y “control”, están vigentes y de máxima actualidad en nuestros días. La “Interzona” que configuró como un universo propio, en el que la imposibilidad de “vivir” o “pensar” está siempre patente, no es sino el triste reflejo de nuestra sociedad, pasmada y permisible, condescendiente y obediente. “Hablar es mentir y vivir es colaborar”, escribió para referirse a su presente y para profetizar su pasado y vaticinar nuestro futuro.

SEGUNDO DISPARO:

DESDE LAS CENIZAS DE LOS HIJOS DE LAS FLORES.

1.- Nunca des nada por nada.

2.- Nunca des más de lo que tienes que dar (tener al comprador siempre hambriento y hacerle esperar siempre).

3.- Recuperar siempre todo lo que sea posible.

Estos son, según cita el propio Burroughs en su introducción a “El almuerzo desnudo”, los tres principios básicos que se siguen en el negocio de las drogas. Y, desde luego, debemos tomar sus palabras como una verdad inamovible, puesto que si una serie como “The Wire” se ha erigido como el paradigma de la representación televisiva del mundo de la droga (además de ser una de las bases sobre las que se asentó la posterior producción televisiva) y la corrupción y miserias que esta acarrea, Burroughs debería ser uno de los pedestales sobre lo que es ser un yonqui.

Burroughs le debe prácticamente todo lo que es a la droga y al hecho de haber sido un yonqui. Sin duda fue una experiencia que le marcó y cambió de tal modo su ser que no podrían existir el uno sin lo otro. Y no digo esto porque considere que las drogas lo sumieron en un estado de conciencia trascendental tal que provocase que su mente se desarrollara hasta límites insospechados (como sí parece que le sucedía a Grant Morrison, por ejemplo), no, sino por lo experimentado “gracias” a ella pues, recordemos, sería el propio autor quien asegurara no recordar nada de aquella época salvo los retazos de pensamiento que anotaba en sus cuadernos.

Diría Thomas de Quincey: “Si un hombre que solo habla de bueyes se convirtiera en un consumidor de opio, lo más probable es que soñara con bueyes (a no ser que sea tan tonto que ni siquiera sueñe)”. Con esto, de Quincey quiere expresar que una sustancia estupefaciente no puede darte aquello que no tienes, aunque pueda llegar a potenciar aquello que está latente en tu mente. A este respecto, las palabras de Chris Starling lo ilustran a la perfección: “La creencia de que para tocar como Charlie Parker tienes que tener una adicción tan grande que tumbaría a un buey, es el error típico que cometieron muchos de sus acólitos. Lo que no entendían es que Bird tocaba brillantemente cuando estaba colocado porque era adicto a la heroína y era el único momento en que se sentía lo bastante bien como para tocar con normalidad, que en su caso significaba mejor que cualquier otro”.

Eso no quita para que Burroughs, una vez dejó atrás la intensa experiencia de la adicción (que, no debemos olvidar, hizo suya durante la II Guerra Mundial como consecuencia del consumo de morfina, que se prolongó hasta 1956, año en el que comienza su desintoxicación), conocedor como era de primera mano del horror, del infierno hecho sustancia que era todo aquello, viera el mundo de una manera diferente a como lo hacemos los demás.

Con la irrupción en la escena política estadounidense de Herny Anslinger, llegó una época de prohibicionismo en torno al mundo de las drogas. Si con anterioridad un alto porcentaje de la sociedad consumía sustancias estupefacientes adquiridas con relativa facilidad en los drugstores habilitados para tal fin (con, recordemos, las mujeres de clase media como principales compradoras), a partir de ese momento la figura del comprador de drogas cambio de forma radical. La ley se endureció pero, como contrarréplica, aparecieron los “dealers” clandestinos, lo que llevaba a que el producto perdiera pureza dada la falta de control de calidad. Así, los “enfermos” se vieron ante la extraña y paradójica situación de que los médicos que hasta entonces les habían recetado sin problema sus medicamentos, se negaran a seguir prescribiendo los mismos fármacos que antes.

En la aséptica, minimalista y marginal “Yonqui”, embargado por el espíritu de la tradición romántica de desapego hacia el mundo, por las ansias del éxodo de carácter físico y mental, Burroughs viaja en lo literario de todas las formas posibles por el mundo de la drogadicción, no escatimando detalle alguno en su descripción de la vida diaria de un adicto, de ese no-ser que tiene aferrado a su organismo un parásito que le domina y devora desde el interior. Para Burroughs, drogarse es inocular al cuerpo una dosis de muerte para que este se mantenga en permanente estado de emergencia.

Cuando se publicó “Yonqui” por primera vez en 1953, el autor pudo comprobar que el editor había plagado la novela de infinidad de notas al margen, tratando de lavar su imagen y dejar patente su elevada moralidad, incluso retrataba al autor con la siguiente frase en una nota introductoria: “un drogadicto que no se arrepiente ni se redime, un fugitivo que ha sido diagnosticado como paranoico esquizofrénico, que carece por completo de valores”. A Burroughs no le importó lo más mínimo. Lo único que quería era lanzar su mensaje al mundo y retratar como no lo había hecho nadie la vida de un adicto a la heroína.

El escritor diría: “La droga es el producto ideal. La mercancía final. No es necesario hablar de ventas. El cliente se arrastrará por una alcantarilla y rogará para comprar. El comerciante basura no vende su producto al consumidor, sino que vende al consumidor a su producto. Él no mejora y simplifica su mercancía, sino que degrada simplifica al cliente”.

“Yonqui” era el germen de zombificación del alma que desembocaría posteriormente en “El almuerzo desnudo”.

TERCER DISPARO:

JUICIO CONTRA LA PROPAGACIÓN DEL VIRUS.

“Siento que la pasma se me echa encima, los siento tomar posiciones ahí fuera, organizar a sus soplones del demonio, canturreando en torno a la cuchara y el cuentagotas que tiré en la estación de Washington Square”.

(Comienzo del libro)

La semilla de la que germinará posteriormente la hiperbólica novela “El almuerzo desnudo”, estuvo llena de fatalidad. El mismo Burroughs lo confirma con sus palabras: “He llegado a la terrible conclusión de que nunca hubiera sido escritor si no fuera por la muerte de Joan”.

Asentado en México, huido de la justicia, colocado por la morfina a todas horas, sería durante una fiesta con unos amigos en las que sufría delirios alucinógenos, mató a su mujer de un disparo mientras emulaba a Guillermo Tell con su pistola. El jurado dio por buena esa versión y le impuso una pequeña multa y una condena de 30 días en un calabozo.

“Vivo con una constante sensación de estar poseído y con la necesidad de escapar de ello, del control. La muerte de Joan me puso en contacto con ese invasor, el horrible espíritu, y me condenó a una lucha perpetua en la que no tengo ninguna oportunidad excepto escribir sobre mi huida”. De la depresión que le sobreviene por esta catástrofe fruto de sus adicciones y tras un viaje a Tánger que se prolongaría por cuatro años, surgiría la que es su obra más popular.

Se traslada a Tánger en 1954, donde se le conocía por el apelativo de “El Hombre Invisible”, ya que presentaba un aspecto consumido hasta niveles enfermizos. Allí entabla contacto con artistas como Tennessee Williams, Terry Southern o Jane y Paul Bowles.

Allí escribe gran cantidad de fragmentos inconexos que serán, ulteriormente, integrados a la novela que nos ocupa: “El almuerzo desnudo”, un libro que generó un escándalo tal desde que se publicó, que acabó en los tribunales de Los Angeles y de Boston, como veremos un poco más adelante.

De todos sus obras de esa época tan caótica, sin duda alguna me quedo con este, “El almuerzo desnudo”, ya que ha sabido plasmar ese universo esquizoide de la droga, onírico y enfermizo en lo mental, como nadie lo ha hecho. Partiendo de un ensayo introductorio sobre la adicción a los opiáceos que sirve como prólogo, la novela mezcla realidad y ensoñación alucinada, y la no-historia que contiene, delirante y desestructurada, podría resumirse, si ello es posible en esta novela, como una paranoica batalla entre el poder y los parias y desamparados.

El propio Burroughs, deja bien claras sus intenciones con frases como la que sigue: “No pretendo imponer relato, argumento, continuidad… En la medida en que consigo un registro directo de ciertas áreas del proceso psíquico, quizá desempeñe una función concreta… no pretendo entretener”.

Uno no puede negar que la lectura de este libro exige, incluso al lector más experimentado, un grado de concentración y esfuerzo intenso, máxime si nunca antes se ha leído algo de Burroughs. Yo les recomendaría leer “El almuerzo desnudo” después de haberse adentrado en el espasmódico universo de Burroughs con la lectura de los ya citados “Yonqui” y “Marica”, las otras dos partes que componen esta trilogía no oficial ni reconocida de la decadencia del ser humano y la paranoia de la mente.

A comienzos de 1963 un librero de Boston fue detenido y conducido a comisaría. Su delito: “vender una obra considerada como obscena y, por tanto, contraria a la ley”. Esa obra era “El almuerzo desnudo”, que tiene el “honor” de ser el último libro censurado en el mundo anglosajón.

El juicio no sólo salpicaba a Burroughs y a su obra, sino a iconos de la contracultura de la época como Allen Ginsberg o Norman Mailer, que decidieron intervenir por voluntad propia a favor de Burroughs.

Al respecto de este juicio, hay un libro que se erige como imprescindible para adentrarse en los resquicios de este esperpéntico proceso: “El exterminador hizo bien su trabajo”, publicado por La Felguera.

A continuación, les transcribo algunos fragmentos del juicio:

A

JUEZ HUDSON: Sr. Gingsberg, ¿admite que eeste libro es obsceno?

GINGSBERG: No, no lo creo.

JUEZ HUDSON: Bueno, ¿le sorprendería saber que el propio autor ha admitido que es obsceno y que debía ser necesariamente obsceno para poder transmitir sus pensamientos y obsesiones?

GINGSBERG: La frase a la que se refiere…

JUEZ HUDSON: Bien, está en la página XII de la introducción: “Puesto que El almuerzo desnudo trata de este problema de salud, es por necesidad brutal, obsceno y repugnante. La enfermedad suele tener detalles repugnantes no aptos para estómagos sensibles.

GINGSBERG: Si lo dijo, pero no creo que con ello pretendiera decir que es obsceno en el sentido legal del término, y ni siquiera obsceno a sus propios ojos a los de un lector, digamos, razonable. El libro trata cuestiones que son muy básicas y, al mismo tiempo, aterradoras.

B

EDWARD DE GRAZIA (abogado defensor): Sr. Ginsberg, ¿podría decirle al Juez Hudson si el libro “El almuerzo desnudo” ha tenido importancia o no, y si es así hasta qué punto, en su propia labor creativa?.

GINSBERG: Efectivamente, ha tenido una enorme importancia.

EDWARD DE GRAZIA : ¿Debido a su forma experimental o por alguna otra razón?.

GINSBERG: Ha tenido un gran efecto e influencia sobre mí durante los muchos años que he leído y releído este libro, y otros libros, del autor. Esta vez, con este libro, se trata de un enorme avance en la verdadera expresión de lo que realmente sucedía en su cabeza, sin barrera alguna. Se trata de una confesión completa, lo escribe todo para que cualquiera pueda verlo. Su autor ha encontrado cómo hacerlo de la forma más económica posible. Descubrió una especie de método tipo collage para colocar todos esos elementos en orden. Pero lo más importante, lo que más me ha conmovido, es el enorme valor que requiere hacer una confesión así. No esconde ni omite absolutamente nada.

C

  1. FAIRFIELD (fiscal adjunto de Los Angeles) : Señoría, antes de decir nada acerca de la ley ¿puedo llamar la atención del Tribunal sobre otro aspecto del libro?.

TRIBUNAL. Para eso es para lo que estamos aquí, señor, para que usted me proporcione toda la ayuda que pueda y para que el abogado de la defensa me ofrezca similar o distinta ayuda.

  1. FAIRFIELD : Antes de mencionar la ley, Señoría, quisiera señalar al Tribunal que las siguientes palabras se utilizan en el libro un total de 234 veces en 235 páginas. mejor deletrearlas que pronunciarlas ante el Tribunal…

TRIBUNAL: Siga con ello y dígalas. Probablemente las oímos como mínimo una vez por semana.

  1. FAIRFIELD: Joder, mierda, culo, coño, polla, cabrón, chupapollas. 234 veces en 235 páginas.

TRIBUNAL: ¿Quiere decir que aparecen exactamente el mismo número de veces?.

  1. FAIRFIELD: No, Señoría, ese es el número total de veces que aparecen todas esas palabras.

Finalmente, imperó la cordura y “El almuerzo desnudo” fue absuelto a pesar del “alto grado de lenguaje brutal”.

En la década de los 80, en la que todo era posible, Burroughs se convirtió en un icono mediático. Grabó discos con personalidades como Bowie, Zappa, Tom Waits, Kurt Cobain… pintó cuadros que fueron empleados por artistas como Sonic Youth para las portadas de sus discos, publicitó las zapatillas deportivas de una conocida empresa del sector, protagonizó cortometrajes, guionizó cortos animados y películas, fue endiosado por la generación punk y la electrónica más experimental…

De maldito y perseguido a ídolo de masas y admirado.

Así somos.

Afortunadamente, más allá de idolatrías pasajeras y modas caducas, parte de su mensaje aún permanece intacto y vigente, como demostró en su día David Cronenberg.

(Continúa en la 2a parte)

José Ángel de Dios

Esta entrada fue publicada en Novela y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.