La casa en los confines de la tierra (William Hope Hodgson, The House on the Borderland, 1908, Hermida Editores, 2015)

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Que extraño se le hace a uno pensar en la fecha de determinadas obras como ésta; para muchos, incluído el que esto escribe, el pasado es un mundo aparte que a veces parece tan alienígena como los descritos por su anónimo protagonista. Hay momentos de La casa en los confines de la tierra en los que uno casi se ve obligado a exclamar el reglamentario “esto es alucinante para su época”, pero tampoco desentona tanto en el año que vio nacer el Ford T o que dio origen a montones de teorías conspiranoicas en forma de la misteriosa explosión de Tunguska. Vamos, que el progreso y el misterio van juntos de la mano y en el caso de esta novela más aún, aunque en este caso hablemos más de una etapa de transición.

La casa…. aún tiene esos arrebatos de novela gótica como la mística del caserón abandonado o el amor perdido y largamente añorado por el protagonista, pero son todos una fachada que esconde la verdadera y horrorosa innovación en el interior de la historia; el miedo a lo incognoscible, lejano y cósmico que Lovecraft haría tan suyo unos años después.

Narrada como una historia dentro de otra, la novela empieza con el hallazgo de un diario escrito por el propietario de una antigua casa irlandesa con la que dos excursionistas se encuentran en una escapada al campo. La casa, flanqueada por un lago, tiene la clásica leyenda negra que muchos lugareños se saben y que utilizan como advertencia para que uno no se acerque allí. La narración de los hechos que llevaron a la desaparición del siempre anónimo protagonista nos presentan a éste como un recluso voluntario; un hombre cuyo pasado nunca se no sabemos en su totalidad y que vive con su anciana hermana y su fiel perro Pepper inmerso en sus libros y su estudio. Es en una de esas noches en las que se queda dormido en su silla cuando su espíritu viaja a un lugar al que él llama las Llanuras del Silencio, en donde descubre una enorme casa hecha de un material marmóreo que parece una réplica exacta de la suya, pero rodeada por inmensos seres monstruosos en las laderas del valle en el que se encuentra.

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Tras esta experiencia, el recluso va volviéndose cada vez más paranoico en lo que se refiere a su casa y con razón, ya que algunas de las criaturas de ese extraño lugar parecen haber cruzado a nuestro mundo y quieren entrar en ella por lo que, escopeta en mano, se dedica a irlas ahuyentando. Quizá la parte más difícil de digerir del libro sean todas las escenas de exploración de la casa tras el primer viaje y la reiteración del recluso en reforzar todas las posibles entradas de ésta frente al ataque de los monstruos con cabeza de cerdo que han llegado de más allá de las profundidades del barranco que había antes de la formación del lago. Y, ojo, esto lo dice alguien a quien le encantan las narraciones de exploración de lugares antiguos y lúgubres en la literatura.

Pero es en su último tercio cuando La casa… demuestra su condición de clásico innovador y remonta el ritmo con las escenas en las que el espíritu del recluso se encuentra atrapado en el edificio mientras el tiempo avanza cada vez más rápido y asistimos a la muerte del sol, las estrellas, la tierra y definitivamente, el sistema solar. Es aquí donde la narración de Hodgson se vuelve tan potente que hace que alucinemos junto a su protagonista y sintamos todo su terror y desasosiego ante la desaparición de la realidad tal y como la conocemos. Y pese a que el final está más o menos a la altura, esa parte es imposible de igualar. Estamos ante el que probablemente sea el abuelo del trip final de 2001: Una odisea en el espacio.

La edición de este clásico por parte de Hermida Editores no puede ser más acertada; la traducción de José Luís Piquero y las magníficas ilustraciones de Sebastián Cabrol se complementan a la perfección y las segundas son un apoyo magnífico para una historia con una potencia visual tan apabullante. Puede que El reino de la noche  fuera la obra de terror cósmico más ambiciosa de Hodgson, pero La casa… es una excelente ventana introductoria a ese mundo de imaginación desbocada por la que acabaría colándose el resto del siglo XX.

Víctor Castillo

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