Terror y erotismo en Missing Mile: El alma del vampiro + Trazos de sangre (Poppy Z. Brite)

Hay un lugar peculiar en el sureste de los Estados Unidos; su nombre es Missing Mile, en el estado de Carolina del Norte. Es un sitio pequeño pero con una intensa y vibrante escena musical llena de grupos que van de lo pseudo-gótico a los que fusionan varios estilos sureños como el blues y el southern rock. El local musical de moda, el Sacred Yew, se llena cada fin de semana de adolescentes arreglados a la última moda. El club está lleno de chicos guapos, pero también ha sido invadido por vampiros y ha acogido a víctimas de una casa encantada. Missing Mile es el producto de la mente de Poppy Z. Brite, una de las voces más interesantes de la literatura de terror de los noventa. Da la casualidad de que Dani Morell y Víctor Castillo viajaron a sus calles de manera casi simultánea hace unos meses, coincidiendo con la reedición de Trazos de sangre hecha por la gente de La Biblioteca de Cárfax. He aquí sus impresiones sobre las dos visitas a tan extraño lugar.

EL ALMA DEL VAMPIRO (LOST SOULS, 1992)

“El tiempo quizá transcurriese de una manera distinta en nueva Orleans. Allí quizá existiera una especie de tiempo del sueño, un tiempo que podía estirar un solo día o comprimir trescientos ochenta y tres años.”

Nada nació vampiro en un sucio bar de Nueva Orleans. Fue abandonado en la puerta del hogar de una pareja de clase media de Maryland por Christian, propietario del local y uno de los vampiros más antiguos de la ciudad. Rebautizado por sus padres adoptivos como Jason, irá descubriendo durante la adolescencia que no es un joven como los demás. Es un vampiro. Emprenderá entonces un viaje iniciático en busca de sus orígenes y su auténtica familia.

Poppy Z. Britte sabe de lo que habla. Y no me refiero a los vampiros, que haberlos, haylos –y muchos– en su novela. Me refiero a la rebeldía y la rabia juvenil, al no encajar en la sociedad, a las ganas de escandalizar y provocar al personal y sobre todo al amor incondicional por su ciudad natal, su queridísima Nueva Orleans. Sería muy osado por mi parte insinuar tintes autobiográficos en la novela que nos ocupa, pero algo hay de esa rebeldía juvenil, de esa reivindicación y afirmación personal del outsider y del incomprendido.

Antes de entrar en materia permítanme presentarles muy rápidamente al escritor. Nació en Nueva Orleans pero se trasladó desde muy pequeño a Bowling Green, Kentucky, luego pasó por Chapel Hill, Carolina del Norte y Athens, Georgia, antes de regresar –parece que definitivamente– a Nueva Orleans. No esconde su pasión por la literatura sureña y reivindica a Carson McCullers, Tennessee Williams, Flannery O’Connor, Harper Lee o William Faulkner siempre que tiene ocasión. Conoce bien el sur profundo, donde ambienta la mayoría de sus novelas, pero tiene una especial devoción por Nueva Orleans, ciudad con la que está muy implicado a nivel social, hasta el punto de haber sufrido alguna detención por su causa (en 2009 ocupó una iglesia histórica como protesta por su cierre y derribo). También durante las fatídicas jornadas del huracán Katrina se volcó en ayudar a la ciudad, negándose a abandonarla cuando las autoridades así lo requirieron.

Poppy Z. Brite es en la actualidad Billy Martin. Siempre ha hablado abiertamente de temas de género y transexualidad y se considera, desde que tiene uso de razón, como un hombre gay que nació en un cuerpo femenino. Prefiere ser referido con pronombres masculinos y no reniega de su nombre artístico, por lo tanto me referiré a él con ambos nombres indistintamente a partir de ahora.

Todo el mundo sabe que los vampiros de verdad son los de la vieja Europa, los que habitan en castillos solitarios y beben sangre en cáliz de plata. Pero puestos a cruzar el gran Atlántico para instalarse en el Nuevo Mundo, su sitio natural es Nueva Orleans –todo el sucio Sur de los Estados Unidos si mucho me apuran–. Y esto es así porqué NOLA tiene una extensa y atractiva relación con lo oculto. El impresionante cementerio Nº1 de St. Louis, la mansión de Madame Lalaurie y sus sanguinarias fechorías con esclavos de por medio, la leyenda del Conde vampiro de St. Germain, la gran sacerdotisa vudú Marie Laveau, y por supuesto los zombis. Todo esto lo sabe Anne Rice cuando sitúa a los vampiros aristócratas y ambiguos de su interminable saga en el French Quarter de Nueva Orleans, lo sabía George R. R. Martin cuando puso a sus bebedores de sangre a surcar el Mississippi a bordo de un fantasmal barco de vapor en “El sueño del Fevre” y por supuesto lo sabe Poppy Z. Brite con sus dos primeras novelas de terror. Así nos lo cuenta en El alma del vampiro:

“Nueva Orleans siempre había existido. Christian había vivido en otros lugares muy distantes que se encontraban más allá de mares sin sol, lugares más antiguos y oscuros e igual de extraños, llenos de fantasmas. Pero, ¿en qué otro lugar los espíritus de esclavos se lamentan todavía en la casa de la sádica Madame Lalaurie en Royal Street, […] ¿En qué otro lugar se podía ver a los cuervos aleteando sobre las ruinas medio desmoronadas del cementerio de St. Louis hasta posarse, manchas de tinta de ojos fatídicos, sobre una tumba señalada por centenares de X rojas; X trazadas con tinta carmesí ya medio borrada, X aún frescas y relucientes, X para las maldiciones vudú, X para invocar la ira de Marie Laveau, la reina del vudú que nunca había envejecido?”

Ya ven que me ha tocado hablarles de la primera, El alma del vampiro, pero en este país –que también nos ha tocado– resulta que tiene dos títulos, y también se la conoce por La música de los vampiros (con la siguiente novela, de la que les hablará más abajo el ínclito VCR, sucede exactamente lo mismo). Sea como sea, el titulo original de la que nos ocupa es Lost Souls y, metáforas aparte, responde al nombre de la banda de rock que integran algunos de los protagonistas. Por lo tanto, ambos títulos en español tienen su lógica –aunque mareen un poco al lector que pretenda hacerse con un ejemplar–.

El alma del vampiro (aka La música de los vampiros) deja las cosas claras desde el principio. La escena del parto vampírico de nuestro protagonista es tan dura como repulsiva. Nos prepara para la suciedad y la sangre que van a impregnar toda la historia. Los chupasangres de Poppy Z. Brite se alejan de lo tradicional, no son humanos transformados sino una especie aparte que ya nace vampira. Nacen desgarrando a su madre a dentelladas. Nacen matando. Son salvajes, caminan bajo la luz del sol y lucen dentaduras perfectamente humanas –excepto los más antiguos, como Christian–. Son amorales, son incestuosos, son pornográficos y viajan por el sur profundo en furgonetas desvencijadas provistas de mugrientos colchones a modo de cama. Ni ataúdes ni viejas tonterías fúnebres y elegantes. Nuestros vampiros se pueden comer una chocolatina de gasolinera entre víctima y víctima –y de hecho, lo hacen–.

Lo que Billy Martin extrae del sur y de Nueva Orleans no son el glamour afrancesado ni los fastos sino la suciedad y lo extraño. Sus personajes se alejan de los vampiros burgueses de Anne Rice para adentrarse en el terreno del road trip sureño y polvoriento. Hasta el vampiro más antiguo y clásico –Christian– regenta un bar de mala muerte donde los vampiros beben Chartreuse verde hasta reventar y follan, también hasta reventar, en un cuchitril situado en el piso de arriba. Ya ven el glamour. Claro que sus vampiros son homosexuales o ambiguos, claro que son extremadamente guapos, claro que tocan en una banda siniestra que ya apunta al Grunge, –¡son los 90!– pero todo eso se reviste de una mala leche impresionante, buscando el escándalo del sudor, del semen, de la sangre a borbotones y del realismo sucio. Hasta se menciona a mi idolatrado Hank Williams en la novela:

“La voz de Fantasma siempre le recordaba a Hank Williams antes de que las anfetaminas y el whisky acabaran con él, y cuando le oía cantar Steve tenía la impresión inexplicable de que su voz encerraba el palpitar de la sangre oscura y el rugido del Mississippi”

Si algo se le puede achacar a El alma del vampiro es que divaga un tanto. En ocasiones la trama brilla por su ausencia y el escritor se limita a acompañar a sus personajes. Se nota que los ama demasiado. Sin embargo, no se llega a perder el hilo en ningún momento y el viaje físico e interior de los protagonistas no deja de ser adictivo. Ya he apuntado al principio que el libro rezuma nihilismo y rabia –no en vano el protagonista se llama Nada–, y en ocasiones parece que no va a ninguna parte y a la vez pretende ir a todas. La egoísta y perversa libertad de acción de los vampiros se traslada al escritor de una forma alarmante.

En definitiva, y pese a sus muy perdonables “peros”, El alma del vampiro es una buena novela de vampiros que nos regala un interesante puñado de personajes –Nada, Zillah, Twig, Molochai, Christian, Steve y Fantasma– de los que siempre queremos saber más. Parece ser que el libro es una ampliación de un relato corto de Poppy Z. Brite titulado The Seed of Lost Souls donde ya aparecían Steve y Fantasma. A su vez, volveremos a encontrarnos con algunos de los personajes de El alma del vampiro en Trazos de sangre, que no es una secuela pero está en el mismo universo –pero esto os lo explicará mejor Victor a continuación–. Lo más importante del libro que tenemos entre manos es que está bien escrito, que nos traslada a Nueva Orleans y al sur profundo, que es una buena y sangrienta novela de terror con algunas escenas verdaderamente escalofriantes y sobre todo que sigue siendo muy divertido a día de hoy. El escritor se ha cansado de repetir por activa y por pasiva que no volverá a los vampiros, pero nunca se sabe. Los vampiros siempre vuelven.

TRAZOS DE SANGRE (DRAWING BLOOD, 1993)

En efecto, y como ha dicho mi compañero más arriba, Brite nunca se durmió en los laureles del sopor vampírico que inundó la cultura pop de finales de los ochenta y principios de los noventa. Eso podría haber sido lo fácil; convertirse en la nueva Ann Rice e inundar el mercado con más novelas de guapos chupasangres protagonizando milenarios culebrones entre ellos. En Trazos de sangre (también conocida como La llamada de la sangre en su edición anterior a cargo de la extinta Factoría de Ideas) nos volvemos a encontrar con algunos de los habitantes de Missing Mile. En particular, con Kinsey Hummingbird, un exmecánico reconvertido en propietario de un club nocturno local, el Sacred Yew y con músicos como R.J. y Terry, miembros de un grupo musical llamado Gumbo, que fusiona el blues con montones de estilos y que toma su nombre del clásico estofado sureño con caldo y arroz que puede contener todo tipo de ingredientes. De Steve y Fantasma sabemos bien poco; el creciente éxito de su grupo Lost Souls? les ha llevado a una gira por todo Estados Unidos.

Pero ninguno de ellos son los protagonistas de esta historia; Trazos de sangre narra la historia de amor de dos jóvenes que huyen de sus vidas anteriores encontrándose en Missing Mile. El primero, Trevor, es el hijo de un popular dibujante de cómic underground de los 60, Robert McGee, que una noche de 1972 decidió matar a su mujer y al hermano pequeño de Trevor, Didi, para después suicidarse colgándose de la cortina de la ducha. Trevor nunca comprendió por que su padre lo dejó con vida aquel día. Tras años viviendo en orfanatos, Trevor decide volver a su casa familiar en Missing Mile para obtener respuestas. El lugar está hecho un asco, ya que nadie ha querido comprar una casa donde tuvieron lugar esos asesinatos, pero Trevor se queda a vivir allí entre la suciedad esperando a que pase algo. El segundo, Zachary Bosch, es un joven hacker de diecinueve años que vive en el barrio francés de Nueva Orleans, subsistiendo a base de pequeños hurtos informáticos en cuentas bancarias. Hasta que un día, varios usuarios de un foro que frecuenta le advierten que el FBI se ha dado cuenta de sus actividades y que probablemente por culpa de un chivato acabe dando con sus huesos en la cárcel. Zach no tiene un gran plan de huida; simplemente se monta en su coche y conduce sin rumbo, dejando su piso -y una sustancial cantidad de dinero- a su amiga Eddy, una stripper a tiempo parcial que está obsesionada con el, pero a la cual le empieza a ser dolorosamente obvio que Zach no tiene los mismos sentimientos hacia ella.

Una vez que los dos protagonistas recaban en Missing Mile, Trevor recaba en el Sacred Yew y allí recibe ayuda por parte de Kinsey. Zach llega poco después y cuando conoce a Trevor después de llevarle comida y mantas a la casa, saltan chispas. Y no todas son buenas; Trevor está obsesionado con la casa y Zach se ve arrastrado a una espiral de folleteo non-stop entre la mugre para complacer a su nuevo enamorado, que pese a ser mayor que él está muy verde en esto del sexo. A parte de las cosas que uno pueda pillar retozando en una casa sucia, hay algo más ahí dentro. Trevor sufre alucinaciones; la bañera escupe sangre y semen por los grifos y parece sentir la presencia de su padre en la casa. Pero en vez de huir, Trevor quiere llegar al final de todo. Mientras, Zach parece estar encantado con sustituir al cantante de los Gumbo una noche en el Sacred Yew, ya que con ello ha descubierto que le apasiona cantar y ser el centro de atención en un concierto.

Y es que hay muchas referencias musicales en Trazos de sangre; el cómic que el padre de Trevor dibujaba se llamaba Birdland, en honor al malogrado músico de jazz Charlie Parker y está plagado de personajes yonkis y extraños seres como un saxofón parlante. Todo este mundo está de alguna manera aún atrapado en la casa, a la que Trevor también llama Birdland, y se desarrollan en un tremendo clímax que mezcla sexo y drogas psicotrópicas en un trip totalmente desenfrenado por un mundo fantasmal derivado del cómic underground más inquietante. No obstante, y en esencia, la novela es un romance intenso y desenfrenado en una casa encantada, una trama que se apodera con tanta fuerza de su desarrollo que queda poco espacio para la trama de Eddy intentando advertir a Zach de que el agente Cover, un tipo del FBI con cara de pocos amigos, va tras él para empapelarlo por todos sus crímenes informáticos. Y, para que negarlo, con un bonito final al que las novelas de terror por aquel entonces nos tenían poco acostumbrados.

Poco después, Brite volvería a Nueva Orleans con una oscura y muy violenta novela como fue El arte más íntimo (1996), pero ya habrá otro momento para hablar de ella y de otras cuyas páginas parecían sacadas del mismo averno.

Dani Morell y Víctor Castillo

Esta entrada fue publicada en Novela Terror y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.