Las casas de los rusos (Robert Aickman, Ediciones Atalanta, 2016)

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CARTOGRAFÍAS DEL INCONSCIENTE

“He aprendido que lo que se retiene dista bastante de lo que ocurre en realidad” (Ravissante, p.204)

Su autor no los definía como cuentos de terror: se refería a ellos como relatos extraños. Robert Aickman (1914-1981) fue uno de los escritores fantásticos británicos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, figura reivindicada por autores de la talla de Neil Gaiman (al que definía como “un mago”), Fritz Leiber (lo llamaba “el hombre del tiempo del subconsciente”) o Peter Straub (del que dijo que “en sus mejores momentos, fue el escritor de relatos de terror más profundo que ha dado el siglo”). Ediciones Atalanta prosigue con la recuperación de la obra de este autor tras su primera antología publicada en 2011, Cuentos de lo extraño, con una variada selección de relatos publicados originalmente entre 1968 y 1985.

La colección de cuentos da inicio con La tolvanera (“The Unsettled Dust”, publicado originalmente en SubRosa: Strange Tales, 1968), ejemplar para definir el estilo del autor, que usa elementos clásicos de la novela gótica (el caserón encantando, la presencia fantasmal) para usarlos como herramientas en pos de dibujar un trauma acaecido en el pasado que se ve reflejado de forma inexplicable en el presente. Un oficial del Fondo de Construcciones Históricas se ve obligado a trasladarse unos días en unos terrenos que han pasado a ser propiedad de dicha organización aunque sigue siendo ocupado y administrado por sus propietarias originales, las hermanas Agnes y Olive Brakespear, las cuales parecen llevarse bastante mal bajo una apariencia de falsa cortesía. Pero una aterradora visión nocturna llevará a preguntarse al protagonista que secretos se ocultan en el lugar -eternamente cubierto de polvo sin explicación aparente- y cuál es el verdadero motivo de la apatía que parece dominar a Olive. La decadencia física que asola el lugar oculta también decadencia emocional, algo que se irá desgranando página a página, causando una desasosegante sensación a falta de apenas unas pocas hojas para cerrarlo cuando parezca que va a quedarse corto, y sin embargo resuelto magistralmente en sus párrafos finales.

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Robert Aickman

El relato que da título a la selección, Las casas de los rusos (“The Houses of the Russians”, incluido en SubRosa: Strange Tales, 1968), es brillante tanto en la imponente creación de una atmósfera fantasmagórica como en la utilización de los recursos del popular cuento de fantasmas para evocar, de nuevo, un trauma del pasado, aunque este trauma pertenezca a una cultura en principio tan ajena a Aickman como es la rusa. Un anciano que ha sobrevivido de una manera casi imposible a un accidente (tanto, que nunca llegamos a saber cómo) cuenta una historia de sus días de juventud a sus compañeros de trabajo mientras se santigua de una forma un tanto extraña sosteniendo una medalla de color mate: como llegó esa moneda a sus manos sucedió muchos años atrás cuando por motivos laborales viajó a Unilinna, en Finlandia, y dando un paseo se perdió por una isla llena de casas abandonadas donde tuvo una serie de misteriosos encuentros con los asistentes a una fiesta. El aspecto sobrenatural en la historia es usado en el aspecto socio-cultural de una identidad muy concreta de un país y de una religión, pero a su vez converge un halo de esperanza en él. Sus páginas finales son terriblemente desalentadoras, la revelación de un misterio terrible.

Una delicia de corta extensión (apenas 20 páginas) resulta ser No más resistente que una flor (“No Stronger than a Flower”, incluído en SubRosa: Strange Tales, 1968), que habla de un matrimonio en el cual él, Curtis, resulta feliz en la monotonía y alejando a su mujer de la belleza -aparentemente física, pero que esconde mucho más- debido a un trauma (de nuevo…) de juventud. Ella, Nesta, un buen día hastiada de la vulgaridad de su existencia (y de su físico) decide someterse a un tratamiento de belleza que tendrá unas consecuencias avasalladoras en su relación. El relato destaca en cuanto a la creación de una intriga debido a la omisión de la información (el tratamiento a la que la somete la misteriosa Sra. DeMilo, las descripciones posteriores sobre su cambio, carentes de detalles informativos pero magnífico en cuanto a las sensaciones que provoca en Curtis) y juega a invertir los roles de manipulador y dependiente de una manera inquietante y perturbadora.

En edad de crecimiento (“Growing Boys”, de Tales of Love and Death, 1977) es uno de los relatos más controvertidos de Aickman, y a pesar de la división de opiniones que suele generar, a título personal es mi preferido de la selección. Imaginaos a una joven madre de dos gemelos preocupada por el crecimiento y el desarrollo de caracteres de sus hijos gemelos. Suponed que podéis introduciros en su mente mientras duerme. Probablemente sería algo muy parecido al cuento en cuestión: un mal sueño, no una pesadilla de aquellas que provocan sobresaltos y hacen despertar en sudor al que la sufre, sino una narración continúa, de tiempo lento, muy malrollera. La lógica de los sueños se apodera del estilo con más fuerza que en el previo, pero pariente, No más resistente que una flor, con el que guarda ciertos puntos en común -aparte de la constante y enroscada en cada línea sensación de extrañamiento, un cierto subtexto relativo a la liberación femenina y la representación del marido como un palurdo, un auténtico papanatas en este caso-. Los hijos de Millie están creciendo deprisa, demasiado deprisa, y sus gamberradas poco a poco van en aumento. Millie sabe que algo va realmente mal con sus criaturas, pero tan solo su tío Stephen -con el que tiene una relación que por momentos se antoja tan extraña como el tono de la historia, o quizá fueran imaginaciones mías- parece darse cuenta de la realidad, ya que su marido Phineas, uno de aquellos señoritos que quieren que todo se les de hecho, sigue el juego a las criaturas y cree que su esposa exagera. Cuando Millie decida visitar a una médium gitana para que le ofrezca respuestas (la médium bien podría ser la misma Sra. DeMilo de la historia previa) decidirá tomar las riendas de su propia vida. Cada diálogo está afinado a la perfección y con una constante sensación de que han sido recortados para dar la menor información posible: cada palabra está elegida con cuidado, y la trama es precisa, sin embargo logra dar la sensación de constante agobio y malestar: si realmente se tratara de un sueño de Millie, el lector querrá gritarle al libro para conseguir que abra los ojos. Una verdadera joya que pide a gritos una relectura.

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Cargado de simbolismo y con una enorme cantidad de sexualidad soterrada y fetichismo latente resulta Ravissante (incluído en SubRosa: Strange Tales, 1968), otro relato de terror encriptado, absolutamente sutil. Nada explosivo parece suceder en la superficie, bajo ella se desata un pequeño infierno en forma de posesión diabólica. La historia es la de un pintor sin éxito que conoce en Bruselas a la viuda -Madame A.-  de un pintor de la escuela simbolista fallecido recientemente y que, mientras examina sus cuadros, iniciará un relato de seducción y dominación que es pura magia negra: 38 páginas de desazón, donde los cuadros y las esculturas de la casa de Madame A. parecen ser las que hacen avanzar la historia, seguidas de unas visiones del personaje principal verdaderamente incómodas (todavía se me ponen los pelos como escarpias cuando pienso en esa criatura que parece un perro). Será en el propio relato cuando, refiriéndose a la obra del pintor Antoine Joseph Wiertz, Aickman encontrará un insólito hueco para la auto-definición -ignoro si de manera premeditada o inconsciente- : “me fascinaban los entierros prematuros y las inminentes decapitaciones de Wiertz, su visión lívida y sangrienta de lo que es ciertamente lívido y sangriento, aunque también aburrido y monótono, lo que Wiertz omite. La forma que tiene Wiertz de pintar la realidad me resulta la más adecuada para el carácter de la realidad.”

En Las manchas (“The Stains”, de Night Voices: Strange Stories, 1985) Stephen, el cual ha enviudado recientemente, decide irse a pasar unos días en un pueblo al norte de Londres donde su hermano es párroco de la localidad. Paseando por la montaña, conocerá a Nell, una joven de la que se enamorará perdidamente.  El relato elegido para cerrar el libro corresponde a la historia de amor más sugestiva y desconcertante que he leído en los últimos meses. Sin dejar de coquetear con el surrealismo como en las tres historias precedentes, en este caso las sensaciones que provoca Nell en Stephen pertenecen a nuestro mundo: será la aparición de diversas manchas a lo largo del relato (en la piel de los personajes principales, en las paredes, hay que fijarse detenidamente en el progreso que hacen: nada parece estar dejado al azar por Aickman) y en la amenazadora figura del padre de Nell las que nos den la sensación de que algo siniestro está acechando. La clave está en los líquenes.

En conclusión: de los seis relatos (aunque por extensión Las manchas se acerque a la novela corta) incluidos en Las casas de los rusos tres de ellos son soberbios y los otros tres notables con momentos de verdadera brillantez: no hay desperdicio ninguno y personalmente no tardaré en atacar la primera selección que editó Atalanta del autor. Pegas de la edición: el no incluir el año de publicación de cada relato, necesario siempre para poder ubicarlo con más precisión en un contexto concreto. Pero para echarles un cable en la reseña de cada relato les hemos incluido como habrán podido comprobar dicha fecha y libro de procedencia. El pájaro burlón, siempre tan servicial.

Les recomiendo leer a Robert Aickman. Lo considero un descubrimiento de aquellos que uno se sorprende que no haya tenido mayor fama o repercusión y su estilo resulta bastante al margen de lo que es habitual en el terror de la segunda mitad del siglo XX: Verdaderamente es el terror que habita en el subconsciente, el contar las historias como uno cree que sucedieron, no como realmente pasaron, y la fuerza de sus historias logra hacer mella en el lector días después de haberlo leído.

Javier J. Valencia

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