Joyland (Stephen King, 2013)

En lo que concierne al pasado, todo el mundo escribe ficción.”
Stephen King

Joyland cuenta la historia de un muchacho que en el verano de 1972 entra a trabajar en un parque de atracciones de Carolina del Norte. Tiene 21 años, le han roto el corazón y por las noches no puede dormir, así que se encierra en su habitación a escuchar discos de The Doors y a releer El Señor de los Anillos. Hay también videntes y el fantasma de una adolescente que no puede escapar de la casa del terror donde fue asesinada, aunque eso es lo de menos.

Sí, Stephen King se ha marcado una novela melancólica, donde lo fantástico queda en un segundo plano y lo que realmente importa es un joven que vive “el mejor y a la vez peor” verano de su vida. La voz de narrador, en primera persona, escribiendo desde el presente, como si de un anciano se tratase, potencia ese tono evocador e inquietantemente tierno. Porque debajo de las caricias hay siempre cuchillas de afeitar… y más en la novelas del prolífico autor de Maine.

Aquí lo sobrenatural funciona como telón de fondo de lo costumbrista. Es más, si hubiera que encasillar Joyland en un género éste no sería el fantástico sino el de “novela negra” o, más concretamente, “de detectives” (en el sentido clásico), sobre todo en su parte final, cuando el autor empieza a cerrar tramas y desvelar misterios -y a manejar el Deus Ex Machina como sólo él sabe hacerlo-.

Stephen King es perro viejo y aquí podemos asistir a un buen muestrario de sus trucos de costurera. Aún asombra ver su dominio del oficio, como cuando nos escamotea información o cuando nos la adelanta, (creando intriga alrededor no de las repuestas sino de las preguntas que nos esperan). Trucos viejos, pero que funcionan, que nos atan a un libro que tranquilamente se puede leer de un tirón.

Escrita para Hard Case Crime, editorial que busca recuperar el género hardboiled (intentando combinar su espíritu pulp con grandes firmas de autores de prestigio) y que publica directamente en bolsillo unos libros de hermosas portadas, Joyland es y no es una novela negra. Es una obra adulta sobre lo que significa crecer y madurar, es lo que quiera King, porque él ha cogido una historia sobre un asesinato y la ha convertido en una historia de un chico al que ha dejado su novia y que durante un verano intenta ver a un fantasma en un parque de atracciones porque piensa que eso “estaría guay”. Curiosamente, cuando se le ofrece la posibilidad a Stephen King de hacer una obra “de género” (como lo son todas las de la editorial), va y hace esto, una historia americana sobre lo que significa hacerse mayor.

Aunque hay tristeza (y melancolía) también hay alegría. Hay historias bonitas y discursos hermosos sobre “vender diversión”, sobre lo que significan los parques de atracciones, sobre la feria y los feriantes, sobre dar alegría a los niños, o trabajar duro, o ser joven… hay un King maduro que nos habla del pasado. Y hay también un asesino que mata a inocentes jovencitas, aunque eso sea lo de menos.

Con veintiún años, la vida es un mapa de carreteras. Es solo cuando cumples veinticinco o así que empiezas a sospechar que has estado mirando el mapa al revés, y no es hasta que alcanzas los cuarenta que estás completamente seguro de haberlo hecho. Por cierto, nada que ver la portada que le ha puesto Mondadori con la sublime hermosura de la original.

Daniel Lasmarías

También en la web: 22/11/1963 – Stephen King

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