Emociones baratas # 19- Ratas y maníacos- James Herbert, año uno.

Las ratasTal y como comentamos en el tercer episodio de Todo es Rock And Roll, España tuvo una buena relación con los autores de terror de los 70 y 80 más allá de Stephen King y Dean Koontz; se solían editar muchos títulos y por lo general se arriesgaba más en dar a conocer otras obras. Lamentablemente, han pasado ya muchos años desde aquella época y el terror parece no interesar al lector medio, por lo que muchos de esos autores se han quedado en el olvido y el fan más actual ni los conoce. Uno de los casos más sangrantes –coña ésta totalmente intencionada- es el de James Herbert.

James Herbert (1943-2013)

James Herbert (1943-2013)

Durante la totalidad de su carrera, Herbert fue considerado el homólogo británico a King y vendió millones de libros en su país natal, pero la única manera de que encontréis su obra en España -de la que se publicó una gran parte- es tirar de saldos en librerías de segunda mano. Hasta ahora; iniciativas tan loables como la de la gente de la biblioteca de Carfax, que ha reeditado su primera novela, Las ratas, hacen que no pierda la esperanza en lo referente a leer a los clásicos del pulp terrorífico y sangriento en nuestro idioma. Para celebrarlo como se merece, os dejo con sendos análisis de sus dos primeras obras, un torrente de mala hostia, sexo y violencia difícil de igualar.

Las ratas (The Rats, 1974, biblioteca de Carfax, 2017)

las-ratas

Los 100.000 ejemplares de la primera tirada de Las ratas se agotaron en solo tres semanas cuando salió al mercado en 1974. Herbert, por aquel entonces director artístico en una empresa de publicidad, creó sin casi proponérselo el (sucio) germen del subgénero splatter y los lectores parecieron enloquecer con éste. Nunca se había leído algo tan realista, crudo y visceral y el “boca-oreja” corrió como la pólvora. Ahora es difícil hacerse una idea de todo aquello, pero leer ésta novela es toda una experiencia de lo que suelo llamar el “kilómetro cero” de algo, que posteriormente generó montones de imitadores con mejor o peor fortuna -de hecho, ahora me doy cuenta de que Shaun Hutson es básicamente un Herbert sin talento, aunque eso no quita que me siga gustando- que lanzaron todo tipo de bichos rebotados a pobres ingleses que morirían bajo sus fauces y/o garras de las maneras más violentas posibles.

¿Hace falta que explique su argumento? Venga, va; en las zonas más jodidas del East End londinense aparecen unas ratas especialmente grandes; una variedad mutada de origen (por el momento) desconocido  y que comen carne humana sin ningún problema, atacando a mujeres, hombre, niños y animales por igual. Y ya. Un high concept simple del copón pero que en manos de Herbert se convierte en una novela de ritmo endiablado y que nunca mira hacia atrás.

Nuestro protagonista, Harris, un profesor de secundaria normal y corriente, empieza a sospechar que algo va mal cuando uno de sus alumnos es mordido por los susodichos roedores y muere a los pocos días de una terrible enfermedad. Como suele ser normal, al principio nadie se cree las advertencias de Harris y el bodycount de las ratas no para de aumentar. Para el tercer capítulo ya han matado a un bebé y un cachorrito, por lo que vemos que Herbert va totalmente en serio con esto de la violencia. Tampoco pierde el tiempo en materia de sexo; Harris echa miraditas a las descocadas alumnas de catorce años del instituto en el que trabaja -¡ah, los setenta!- y tenemos pasajes enteros dedicados a describir con pelos y señales sus escapadas turísticas y eróticas con su novia antes de que la crisis roedora empiece a engullir todo el East End y amenace incluso con extenderse hasta Londres.

El verdadero oficio de Herbert se encuentra en la naturalidad con la que aborda las descripciones de la vida cotidiana de sus personajes. La primera víctima de las ratas, por ejemplo, es un pobre indigente del cual acabamos sabiendo toda su vida y cómo ha llegado a esa situación, una historia muy triste que acaba por hacernos sentir mucha pena por él. Pero no hay tiempo para eso, la novela se mueve a toda velocidad y cada pocos capítulos la horda de ratas ataca con más fiereza a varios grupos de personas. El capítulo del ataque a los pasajeros del metro es especialmente aterrador y eficaz, con una hábil mezcla de los pensamientos propios de montones de personas diferentes y sus impredecibles reacciones ante una situación de horror.

También tenemos un cierto deje de crítica social personalizada en la figura del subsecretario del ministerio de sanidad, Foskins, que cree tener contenida la plaga con su método de gasear a las ratas pero cuya ineptitud se expondrá totalmente cuando los bichos resulten ser mucho más resistentes de lo que se imaginaba. El autor e historiador de terror literario Grady Hendrix describió ésta novela como el pub rock de las historias de horror, una respuesta airada, concisa y violenta a todo lo establecido anteriormente, es decir, al terror sutil y evocador que, en este caso, sería el equivalente al rock sinfónico. Estoy totalmente de acuerdo; Las ratas es una lectura indispensable para entender los últimos cuarenta años del género, ya que como he dicho más arriba, no sólo de King vive el hombre.

La niebla (The Fog, 1975, Planeta, 1978)

bm_7633_aj_m_3309

Precisamente fue el propio Stephen King quién dio a conocer a muchos tanto la obra anterior como ésta, publicada sólo un año después, en su ensayo Danza macabra (1981). Aunque no las consideraba “alta literatura” (no dudo de que a ninguno de los que leeis ésta sección eso os importe lo más mínimo) mantenía que le aterrorizaba tanto lo que estaba leyendo que le era imposible dejar el libro; quería saber hasta dónde era capaz de llegar Herbert. Pues bien, he de decir que a mí me ha pasado exactamente lo mismo.

La niebla es una obra aún más cruel y descabellada que su predecesora. Y es que su premisa habla por sí sola; un terremoto abre una grieta que se traga literalmente todo un pequeño pueblo de las afueras de Londres y de las profundidades de la tierra surge una extraña y compacta niebla con tintes amarillentos. Nuestro protagonista, el inspector de medio ambiente John Holman, sobrevive de milagro al incidente pero tras aspirar el citado puré de guisantes maligno su cordura desaparece. Por suerte parece recuperarse y desarrollar una cierta inmunidad a la niebla, por lo que cuando el agente químico -el cual se nos revela como una bacteria artificial creada por un ambicioso científico del ejército que, adivinad, se volvió tarumba y se suicidó por culpa de su experimento- empiece a crear el caos, Holman y un grupo de militares serán los encargados de recoger una muestra de ese “micoplasma” que convierte a la gente en maníacos, suicidas y/o violadores.

Eso, no obstante, depende de cómo sea uno, pero a veces son las tres cosas a la vez, por lo que la novela no escatima en tensas escenas en las que padres, madres, maridos, mujeres, profesores y alumnos ven subvertida su cotidianeidad por cosas como intentos de sodomía forzada, hachazos en la cabeza o suicidios en masa. De hecho, la novela contiene uno de los capítulos que más me han incomodado en una obra de terror; la tortura de dos profesores a cargo de un grupo de alumnos preadolescentes que tiene un oscuro subtexto de pederastia que me dejó con muy mal cuerpo. Y es que para alguien como servidor de ustedes, que suelta la carcajada ocasional con el Masterton de turno (del que por cierto, era gran amigo el propio Herbert, Dios los cría…) eso sobrepasó mi zona de confort.

De nuevo, el estilo natural y cotidiano de Herbert favorece enormemente estos momentos extremos en la vida de unos personajes corrientes que se ven abocados a un desastre humano de proporciones épicas; la célebre escena en la que una chica lesbiana quiere suicidarse lanzándose al mar tras haber sido abandonada por su novia para luego cambiar de opinión… y morir aplastada por los miles de habitantes del pueblo costero que se dirigen a suicidarse en masa al agua está urdida con una gran genialidad -que incluye, como no, jugosos flashbacks de sexo lésbico- que va más allá de su naturaleza pulp, provocando una gran empatía al lector.

¿Y qué decir del épico tercer acto? Holman intenta extraer una muestra del micoplasma para un antídoto en una ciudad de Londres inundada por la niebla y con toda su población enloquecida. Inmolaciones con público animando, orgías multitudinarias y conductores de autobús llenos de furia al volante son sólo algunas de las escenas que se quedan grabadas para siempre en la mente del lector. Todo esto tiene algo casi reminiscente de un serial del Doctor Quatermass, si Nigel Kneale fuera un psicópata pervertido. El propio Herbert reconoció sin tapujos ésta influencia en el prólogo de una de las reediciones de la obra.  

Todos tenemos, en definitiva, un origen; que se lo pregunten a Alejandro Magno y aquel Los chulos son pa cuidarlos o a los primeros discos glam de Pantera. El de Herbert fue furioso y sin concesiones; aunque con el tiempo fue suavizando su estilo y conquistó el mainstream, sus dos primeras obras quedan como el testimonio de lo que estaba por llegar; un terror en el que ya nadie iba a poder -o más bien querer-  apartar la mirada del resultado del hachazo.

Victor Castillo

Esta entrada fue publicada en Novela Terror y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.