Emociones baratas #17- ¡Qué asco das, Shaun Hutson!

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Shaun Hutson es una de esas personas para las que se inventaron los currículum a doble o triple página. El tipo ha hecho de todo; desde novelizaciones de películas como Terminator (1984) o historias sensacionalistas de abducciones ovni a novelas bélicas baratas de la 2ª Guerra Mundial, pasando, cómo no, por el terror, que es el género en dónde ha recibido motes tan grandilocuentes y provocadores de la sonrisa cómplice como “el padrino del gore” o el “Shakespeare de la sangre”. Y por si fuera poco, uno acaba ya juntando dos y dos viendo las pintas que lucía a finales de los 80.

Acojona, tronco, acojona.

Acojona, tronco, acojona.

Porque, efectivamente, Hutson es la versión en escritor de terror del jevi de tu barrio de extrarradio circa 1982. Por si os faltan datos para corroborar esta afirmación, añadid a esta sus insanas obsesiones con Iron Maiden -sus novelas primerizas tienen referencias a sus canciones e incluso ha llegado a compartir escenario con ellos- y el Liverpool FC y ya tenéis un retrato completo. Ésta entrega de emociones baratas está dedicada a dos de sus primeras novelas, una de las cuales dio origen a una conocida obra del cine de terror de derribo nacional, a ver si adivináis cual.

Slugs (1982, Tyrannosaurus Books, 2013)

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La premisa de esta novela tiene toda la pinta de ser la invención de un Hutson en plena búsqueda del rizar el rizo y ser aún más asqueroso que sus predecesores. Y es que sus influencias vienen directamente de La invasión de las ratas, la novela de 1975 del por aquel entonces primerizo James Herbert. Las dos tienen ese ambiente netamente inglés de pub antiguo y una visceralidad y violencia brutales y sin pizca de ironía para aligerar el asunto. Es decir, Hutson simplemente pensó en qué bicho daba aún más asco que una rata y se le ocurrió sustituirla por una babosa, y vaya si acertó.

Nos encontramos en una pequeña localidad cercana a Londres y en el sótano de una casa vieja en donde un grupo de babosas viven felices y contentas hasta que un desaprensivo lanza la basura cerca de allí y un poco de carne podrida cae en sus fauces. A partir de ese momento los bichos no tienen otra cosa en mente que pasarse a la dieta carnívora, devorando al inquilino de la ruinosa casa cuando vuelve con un pedo descomunal. Es aquí cuando conocemos a nuestro protagonista, Mike Brady, el inspector de sanidad local que al ir a dar una orden de desahucio al citado inquilino se encuentra con su asqueroso cadáver devorado e inicia una investigación por su cuenta al ver los rastros de baba, ya que nadie en su sano juicio aceptaría que unas babosas supongan un peligro para todo el pueblo. Y vaya si lo son, Hutson no escatima en detalles mortíferos; para empezar, miden palmo y medio y son sorprendentemente rápidas y a parte de tener unos colmillos enormes su baba transmite una enfermedad mortífera que te destroza por dentro.

Y a partir de aquí la novela va cogiendo un patrón de ritmo en sus cortísimos capítulos que o te gusta o te desespera; por un lado tenemos a Mike y su investigación, donde vemos algunos “avistamientos” por parte de los habitantes del pueblo (al carnicero le desaparece el género, un personaje come una lechuga contaminada con baba) y por otro los obvios capítulos de “carnaza”, en donde las babosas se despachan con dichos habitantes de las maneras más desagradables posibles como por ejemplo fastidiando polvos al meterse por varios orificios corporales o obligando a un jardinero aficionado a cortarse la mano con sus tijeras de podar para librarse de ellas. Todo esto no sin antes habernos presentado a las citadas víctimas tras párrafos y párrafos de trasfondo que a veces son tan de cartón-piedra que consiguen lo opuesto a lo que se proponen, que es que esas víctimas te importen lo más mínimo. Hutson no se para ni un momento para intentar disimular su fórmula repetitiva, lo que me hace creer que realmente le importa una mierda y por ello tiene mis dieses; ya que el conjunto tiene un je ne se quois nihilista que te hace seguir pasando páginas, y eso para mí ya es suficiente.

Pero ojo, como siempre esto es un arma de doble filo, ya que cuando muy avanzado el tercer acto de la novela el joven procurador de un museo (fanático de, como no, Iron Maiden) encuentra la solución para acabar con la invasión babosil la cosa está presentada de una manera tan deus ex machina que casi podemos ver a Hutson en su máquina de escribir exclamando “estoy cansado ya de esta mierda, voy a acabarla y a ver si puedo bajar al pub a ver el fútbol”. Y vive Dios que así termina todo, con un conveniente fleco argumental para si hubiera secuela (que la hubo, Breeding Ground, de 1985) y adiós muy buenas. Aunque no es ni de lejos perfecta, ni siquiera cien por cien buena ni satisfactoria, Slugs tiene personalidad. Tanta que, si aún no lo habéis adivinado, fue adaptada al cine en Slugs, muerte viscosa por Juan Piquer Simón, uno de nuestros artesanos de la serie B más recalcitrantes. A Hutson, claro, no le gusta. Y es que los jevis nunca están contentos con nada, primero la sustitución de Bruce Dickinson por Blaze Bailey y ahora esto.

Embriones (Spawn, 1983, Ediciones Forum, 1984)

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Embriones, la novela inmediatamente posterior a Slugs, es una propuesta bastante más original y loca, y aunque no está exenta de problemas de narración tiene momentos bastante memorables y el nivel de casquería óptimo para resultar bastante entretenida. Es más, para algunos lectores de la época la novela se tomó como una especie de fantasía antiabortista, pero creo que lo único que quería Hutson era remover estómagos, no conciencias.

El autor se atreve aquí a hilar dos tramas paralelas (que luego se convierten en tres) muy interesantes pero de una manera en la que parece no tener ni idea de cómo juntarlas en un momento dado. Por un lado tenemos al torturado Harold Pierce, un tipo que tras 35 años encerrado en un manicomio después de quemar involuntariamente la mitad de su cara, a su madre y a su hermano pequeño es dado de alta y consigue un trabajo de celador en el hospital de la localidad de Exham. Todo parece ir bien hasta que Harold empieza su turno en las calderas del crematorio del centro médico, en donde tiene que lanzar todo tipo de residuos médicos… entre los que se encuentran fetos abortados. Mientras, Paul Harvey, un convicto con varios asesinatos a su espalda escapa de una prisión cercana y se dirige a su ciudad natal, Exham, para matar a todo bicho viviente que se le cruce. La policía es alertada sobre esto y el inspector Randall inicia la búsqueda de Harvey. A esto hay que añadir un pequeño problema sin importancia; Pierce siente pena por los fetos que debe quemar y tras enterrar a tres cerca de una torre eléctrica, un rayo hace que los abortitos vuelvan a la vida con unos extraños poderes psíquicos que obligan al celador a que les consiga sangre a cualquier precio.

¡Uf!, menuda locura, ¿no? Pues esto es la punta del iceberg; por lo visto los fetos también son capaces de ejercer control psíquico sobre sus antiguas “madres” y lo utilizan para desangrar lentamente a una de ellas mientras se va por ahí a follar sin sentimiento de culpa alguno, la muy maldita. Entre eso y la cantidad de cuerpos aparentemente decapitados por Harvey, Randall aún tiene tiempo para ligar con Maggie, una doctora buenorra que ha dado prioridad a su carrera antes de tener hijos y que siente una gran compasión por Harold.

El ritmo de la novela es más natural que en Slugs y los capítulos cortos se alternan con más oficio; de hecho la casquería tarda en aparecer, ya que no siempre seguimos la trama de Harvey asesinando por ahí, de hecho Hutson acaba dando más importancia a Randall y Maggie y, como no, a Harold y sus fetos asesinos, por lo que la trama de slasher acaba de manera bastante abrupta para dejar paso a la confrontación y a un giro final que más o menos te lo ves venir, pero que te deja moderadamente satisfecho. Y pese a todo, éste no tuvo secuela.

En definitiva, entiendo el estatus de culto de Shaun Hutson. Aunque no tiene la personalidad o los tics  de un Masterton o un McCammon, estas novelas tienen su particular estilo, aunque sea a veces zafio y repetitivo al igual que el de muchos grupos de heavy metal de tercera -no diré nombres, que siempre se ofende alguien- de esos que sacan discos con grandilocuentes portadas de dragones y hechiceros y que luego son siempre más de lo mismo. Y eso tiene un encanto innegable, que perdura incluso después de las entradas y el corte de melenas. ¡Up the Hutsons!

Víctor Castillo

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