El señor de las muñecas y otros cuentos de terror (The Doll-Master and Other Tales of Terror, 2016, Alba, 2017)

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Si en algo se diferencia la colección de 6 relatos de terror de Joyce Carol Oates de otros títulos en el mercado con un título semejante (ya saben, cualquier “colección de cuentos escalofriantes” normal y corriente) es el enfoque cien por cien psicológico que la autora somete a todos y cada uno de ellos. No se trata de relatos que incluyan criaturas fantásticas o twists especialmente escabrosos: los monstruos proceden de lo cotidiano y lo reconocible y el punto álgido de todos y cada uno de los cuentos es allá donde te va llevando la autora: algo así como la angustia de contemplar un accidente de coche a cámara lenta, podríamos decir. Quizá por esos motivos  -un punto de vista tan original para un género que tiene tendencia a buscar el efecto de lo novedoso extremando sus propuesta mientras Carol Oates mantiene en alto la espada del menos es más- ha resultado a título personal una de las lecturas más satisfactorias de lo que llevamos de año.

El señor de las muñecas, el relato que da título al libro, resulta ejemplar como cuento introductorio ya que marca el estilo que tendrán el resto: narraciones marcadas por el punto de vista personal e intransferible de su personaje principal, el cual nos hace partícipes de su verdad, y poco a poco se van dejando ver fisuras en la trama que nos dan luz de otra verdad, más amplia y genérica, y que no tiene porqué coincidir con la del narrador. A raíz de un trauma infantil Robbie desarrolla una obsesión por coleccionar muñecas, a las que atesora como trofeos, y su manera de capturarlas viene aconsejada por la visita puntual de un amigo que le indica cuales serían adecuadas para su colección y algunos prácticos pasos para adquirirlas. Inquietante paseo por los recovecos de una mente perturbada, engancha desde la primera página.

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Los crímenes raciales también son vistos desde el punto de vista del causante de uno de ellos en Soldado. Brendan Schrank, un ciudadano del estado de New Jersey, ha matado a un joven muchacho negro y a lo largo de la historia conocemos sus motivos, de nuevo su propia verdad que le ha llevado a ello: pero lo verdaderamente terrorífico y tristemente real es la ola de apoyo que se produce en su nombre, personas que apoyan lo que ha hecho basándose en motivos religiosos o meramente clasistas y que por poco le consideran un héroe, mientras nosotros leemos la narración de alguien que es poco menos que un cazurro. Es interesante, y ofrecerá un tipo de terror muy diferente del clásico a los lectores habituales del género. Más visceral es, en algunos momentos, Accidente por arma de fuego, en el que Hanna, una mujer ahora en sus cuarenta y madre de dos hijos, rememora un angustioso episodio de su adolescencia en el que fue víctima de una home invasión por parte de un primo suyo mientras cuidaba de la casa de una de sus profesoras. Es el marcado recuerdo, muy vivo, de la protagonista, y ciertos aspectos emocionales maravillosamente retratados –como el sincero afecto, mezclado con algo de pavor, que le provocaba su problemático primo- los que que explican ciertos comportamientos en situaciones de máxima tensión y que en ocasiones resultan incomprensibles en la fría recapitulación periodística de los hechos. En como el corazón envía pautas de comportamiento a la cabeza -aunque no siempre sea lo deseable- y en la manera de como lo refleja en el papel es donde la prosa de la autora brilla con más maestría.

Pero los dos relatos más redondos del conjuntos son los dos siguientes: por un lado, en Ecuatorial conocemos a Audrey, una mujer emocionalmente algo trastornada por la sospecha de que su marido le es infiel e incluso por la posibilidad de que esté planeando su asesinato durante unas vacaciones de la pareja en las islas Galápagos. A medida que conocemos “su” historia iremos sufriendo los propios vaivenes internos del personaje, que se mueve entre la tristeza y los sentimientos de despecho hacia su marido y por otro lado por los intentos de recuperarle y ganarse su amistad y respeto. Y así por ciertos fragmentos creeremos que realmente Audrey tiene un problema y no necesariamente por culpa de su pareja –que de todos modos está siempre lejos de la simpatía del lector- y en otros realmente sufriremos por ella y nos darán ganas de gritarle ¡por el amor de Dios, sal de ahí corriendo! La duda se mantendrá hasta el final, donde descubriremos si realmente hay un pequeño William Wilson dentro de ella y por si el contrario Ecuatorial es un (tremendo) homenaje encubierto a Patricia Highsmith.

Joyce Carol Oates

Joyce Carol Oates

Mamaíta probablemente sea el relato que más hace sufrir de El señor de las muñecas. En este caso la “realidad” a la cual es bastante ajena la protagonista, la atribulada adolescente Violet, la cual vive en su mundo de los 13 años, cree que odia a su madre y cuando se hace amiga de una compañera de clase que vive en una casa en las afueras con su padre y un montón de chavales de diferentes edades, creerá que ha encontrado su lugar en el mundo. Pero claro, por la zona ha habido desapariciones de niños y de mascotas en los últimos meses y la protagonista será incapaz de ver más allá de su propia perspectiva y de saber donde se está metiendo realmente. Probablemente el más terrorífico, y no solo psicológicamente hablando en este caso, de la compilación. Una aterradora mamaíta que provocará una gran añoranza por la verdadera…

El relato que cierra la selección es Misterios S.A., sencillo homenaje a las novelas de misterio en el cual un comprador de librerías especializadas en libros de intriga encuentra en Seabrook el local de su sueños, y pone en marcha su sistema, particularmente siniestro, para lograrlo. Y que por lo que sabremos le ha funcionado en el pasado. Pero tal vez en esta ocasión el lugar tenga su propio sistema de defensa… Posee un ligero coqueteo con el fantástico –muy sutil- y es una lectura muy simpática, pero rebaja el tono respecto a los anteriores y no posee tanta intensidad. Pero es una manera muy elegante de despedirse.

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Joyce Carol Oates lleva sonando como posible ganadora del Nobel en los últimos cinco o seis años y aunque probablemente El señor de las muñecas no sea el trabajo más representativo de su obra, si que confirma los motivos por los cuales ha sido una finalista nominada y probablemente volverá a serlo. Por otro lado, es una manera de atraer a un cierto tipo de lector quizá no tan habituado a su obra sutilmente macabra y encantadora: deja con ganas de más y de repetir.

Javier J. Valencia

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