Cero (The Cipher, Kathe Koja, 1991, La biblioteca de Carfax, 2018)

Nicholas y Nakota encuentran un agujero en el suelo del trastero del edificio de apartamentos del primero. El hoyo es poseedor de un misterioso poder, tanto físico –altera las formas de los objetos que se coloquen a su alrededor- como psíquico, y los atrae a ambos ante él una y otra vez. El comportamiento de Nakota, obsesivo y absorbente, la llevará a tomarse cada vez más riesgos frente al Ojo Negro (que es como lo bautizan), y para su eternamente enamorado Nicholas dichas acciones tendrán consecuencias funestas…

Cuenta Grady Handrix en su seminal Paperbacks from Hell (Quirk, 2017) que cuando en 1991 apareció la nueva editorial dedicada al mercado del terror literario estadounidense Abyss, su editora Jeanne Cavelos estaba un poco harta de imitadores de Stephen King y narraciones de psycho-killers al uso que seguían la estela de Hannibal Lecter y sucedáneos: Abyss iba a ser el hogar de nuevas y genuinas voces del horror, escritores y escritoras “punk rock” que tenían algo más que decir aparte de “los asesinos en serie son aterradores”. El primer libro que editaron fue Cero y no tardó en convertirse en un pequeño clásico en el género, el cual estaba a punto de ver como su periodo de mayor popularidad se desvanecía. Por un lado captaba el zeitgeist y ciertas obsesiones de su época, los primeros años noventa, la angustia de la generación x, su anomia social y su prácticamente ausente perspectiva de futuro. Pero a la vez le daba un punto de vista novedoso y se alejaba de las visiones más habituales de dicha generación, y en lugar de ciudades lluviosas y música grunge, Cero se situaba en una indeterminada localidad industrial de EEUU (dada la procedencia de Koja, me atrevería a señalar Detroit), en un ambiente art punk donde se cruzan las más deprimentes salas de arte y los peores locales de mala muerte con escenarios que sirven tan bien para definir el espacio interno de sus protagonistas como desordenados apartamentos donde el vómito en el suelo es una visión común o el asfixiante trastero donde está ubicado el hoyo. Cero huele a cenicero hasta arriba de colillas mojado de cerveza, y emana la desagradable sensación de que en las paredes del edificio donde sucede la trama hay una infecta humedad que corroe los huesos (se nos deja bien claro que la delgadez de Nakota roza lo enfermizo), y cuanto uno más avanza en la lectura, más se da cuenta de que ese especio físico que proyectan sus personajes principales ya debía ser así mucho antes de que el Ojo Negro apareciera en sus vidas.

Portada de la edición original norteamericana.

Otro aspecto destacable es que, y hay que darle la razón a Cavelos, Cero iba a desligarse de algunos de los tópicos que el género había ido aglutinando durante los años 80, y aquí el enfoque iba a estar mucho más centrado en la descripción psicológica de sus protagonistas que en presentar amenazas de otro mundo. El Ojo Negro es inquietante en mayor medida en como repercute a su alrededor que en lo poco que llegamos a saber de él, lo cual no quita que tenga algunos momentos verdaderamente sobrecogedores, como la grabación en video que hacen de su interior y que ejercerá una influencia casi vampírica en aquellos que lo ven. Tiene momentos de horror físico que por momentos evocan a Clive Barker o incluso al cine de David Cronenberg de aquellos tiempos (Cero bien podría ser, desde un cierto punto de vista, un relato que narra el proceso de elaboración de la Nueva Carne), pero quién espere criaturas de otro mundo apareciendo de pronto del agujero o sustos detrás de cada esquina, deben pasar de largo ya que este no es su libro: aquí el terror lo provoca la angustia, el desasosiego y una absoluta y total falta de esperanza en el porvenir que provoca que en ocasiones la lectura se haga con el corazón en un puño. Y sin embargo Nakota y Jonathan resultan tan creíbles, tan insoportables, histéricos, mezquinos (sobre todo ella), patéticos, pusilánimes, tristes (sobre todo él) y desesperantes (en esto son tal para cual) que es imposible no querer saber más de como avanza su historia, que en el fondo es la historia de su relación, y que es posible que de una manera desdibujada y tremenda evoque, el algún breve destello de la memoria, un recuerdo al lector de alguna relación dolorosa…

Quizá la única pega que se le podría achacar a la novela es un lenguaje un tanto sobrecargado en ocasiones, que parece incluso mirar de reojo a Burroughs o a Ballard. Pero, siguiendo con la analogía musical, también es debido a la insolencia del primer disco, de la guitarra que suena más estridente de lo que debería como una manera de hacer una entrada al menos espectacular. Cero lo fue, sin duda, y es una suerte que podamos disfrutar en castellano de él por vez primera gracias al buen hacer de La Biblioteca de Carfax.

Kathe Koja nació en 1960 y debutó en el mercado literario con la novela aquí comentada. Fue una de las escritores más importantes de la literatura de terror de los años 90 (en el mercado anglosajón, me refiero, aquí ya sabemos que fue a partir de esa época en la que ya poco nos llegó al margen de Stephen King… como bien nos explicará el sr. Víctor Castillo en Páginas desde el averno, que verá la luz en unos mesecitos de nada a través de Dilatando Mentes) gracias, aparte de Cero, a títulos como Bad Brains (1992, editado en España por Ediciones B en 1994 con el título de Cerebros asesinos), Strange Angels (1994) o Kink (1996). A raíz del éxito de Straydog en el 2002 (editada por Ediciones SM en el 2005 con el título de Perro callejero) se centra durante la siguiente década en literatura de corte Young Adult. Volvió a la literatura enfocada para adultos, pero alejada ya del terror, en el 2010 con la novela histórica-romántica-de espionaje Under the Poppy (2010), a la que debido a su éxito seguiría una secuela en el 2014, The Mercury Waltz.

Javier J. Valencia

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