Shibumi (Trevanian, 1979)

1. El enigma Trevanian

“Únicamente se sabe que escribe en ingles. Nada más. Las elucubraciones sobre Trevanian se basan en ciertos indicios. Se ha dicho que se trataba de un conocido científico, de un ex agente secreto, de un experto diplomático, de un funcionario internacional, de un famoso alpinista, de un solvente crítico de arte, de un refinado “gourment” y algunas cosas más. Trevanian hace constantes fintas para que continuemos ignorándolo todo de su identidad real y de su aspecto físico.”

Esta es la descripción que aparece del autor en la novela El Main publicada por Noguer en 1977. Y así fue como se conocía al misterioso autor durante aquella década, en la cual las novelas de espionaje fueron best-sellers como nunca volverían a serlo y las librerías se plagaban de títulos escritos por John Le Carré, Frederick Forsyth, Eric Ambler, Dominique Lapierre junto a Larry Collins o Robert Ludlum. El enigmático escritor en realidad solo llegó a escribir tres novelas de esta clase con su particular e innegable estilo (Sanción en el Eiger, su secuela La sanción de Loo y el título que nos ocupa, editadas las tres por Roca en formato bolsillo), pero tuvieron tal éxito y cautivaron a tal cantidad de lectores que para siempre su nombre –este nombre, pues su autor dispondría de otros- quedó asociado al género. No obstante, sus trabajos eran de una pasta diferente a la del resto, una extrañísima fusión de ironía, cinismo, romanticismo, parodia y crítica, y uno termina a veces por pensar que terminaron compartiendo estanterías con las novelas de los autores anteriormente mencionados no solo por su temática si no por que realmente para el librero debía de ser un verdadero reto encontrar el lugar exacto donde ubicarlas.

Bajo la máscara se encontraba Rodney Whitaker (Grenville, New York, 1931-2005), el cual a lo largo de su vida fue, entre otras cosas, responsable del Departamento de radio, Tv y cine de la Universidad de Texas, soldado de la marina norteamericana durante la guerra de Corea y escritor de obras teatrales y de libros sobre el lenguaje cinematográfico, además de sus populares novelas. Se le consideraba solitario e idealista, y según se comenta en algunos apuntes biográficos tenía un punto de totalitarismo intelectual que después trasladaría de manera exagerada en algunas de sus creaciones, como los protagonistas de ambas Sanciones o el inolvidable Nicholai Hel de Shibumi. Desilusionado con el gobierno de EEUU se auto-exilió junto con su mujer y sus hijos en el país vasco-francés, donde residió hasta el año 2000, en el cual perdió su vivienda a causa de un incendio y se trasladó a Somerset, Inglaterra, donde pasaría los últimos años de su vida. Aparte de Trevanian utilizó seudónimos como el de Nicholas Seare –para novelas de corte medieval-aventurero en todo de comedia, 1339 or So: Being an Apology for a Pedlar (1975) y Rude Tales and Glorious (1983), ambas inéditas en España-, Beñat LeCagot (de igual nombre que uno de los personajes principales de Shibumi y del cual aseguraba Whitaker únicamente que era su traductor, con el que escribió varios artículos y relatos en Playboy) o Edoard Moran. Estuvo acreditado como co-guionista de la única adaptación al cine de su obra, Licencia para matar (The Eiger Sanction, 1975), de Clint Eastwood, junto a Walter Murphy (escritor de las novelas de acción Destroyer, seguramente no el más adecuado para trabajar sobre el material de Whitaker) aunque nunca estuvo satisfecho con el resultado final del filme al que catalogó de “insípido” (1). Bajo su nombre más popular también publicó El Main (1975), una excelente novela policíaca situada en un barrio marginal de Montreal en el cual un policía desahuciado y autoritario debe investigar el asesinato de un joven inmigrante italiano, y el thriller psicológico con tintes autobiográficos Un verano con Katya (1983, ambas editadas por Roca en el 2012).

El misterio en torno a su identidad fue la comidilla de más de una y más de dos reuniones entre amantes de la literatura entre los 70 y los 80. Robert Ludlum fue la dirección en la cual se apuntó más a menudo, pero Vladimir Nabokov, Guillermo Cabrera Infante o Norman Mailer también fueron sospechosos habituales, amén de creerse por otro lado que realmente bajo ese nombre se ocultaba una coalición de diferentes escritores. La intriga en torno a su identidad trajo en su lugar la aparición de buscafortunas y oportunistas que intentaron sacar alguna popularidad aprovechando su nombre, como una alucinante historia que cuenta Carlos Boyero en este artículo de El País, la cual deja con ganas de saber mucho más. En realidad Whitaker ya había dado pistas, algunas imposibles de detectar por aquellos que no fueran cercanos a él (una de las amantes pasajeras de Hemlock en Sanción en el Eiger tiene un marido definido por ella como un tipo bastante gris y rico llamado Rodney), otras tan evidentes y a la vista que nadie las advirtió (como firmar el guión de Licencia para matar con su nombre real).

En 1998, tras la publicación de Incident at Twenty-Mile, un western que no tuvo la repercusión comercial de sus obras más populares y que de momento (ojalá que no se eternice esta situación) prosigue inédito en España, el semanario Newsweek hace pública la identidad del autor. No tenía intención de escribir material nuevo –en ese momento, por que volvería a la carga con The CrazyLadies of Pearl Street, 2005) y era un buen momento para mostrar su rostro. Su fama ya no era la de antaño y podría salir a la calle sin ser molestado. Aún verían la luz (en Estados Unidos) recopilaciones de sus artículos e historias cortas como Hot Night in the City (2000) o la novela ubicada durante la Revolución Francesa Street of the Four Winds y que vio la luz posteriormente a su fallecimiento.

2. Este loco y triste mundo

“Silencio elocuente. Elegante simplicidad. Brevedad articulada. Sosiego espiritual sin pasividad. Comprensión sin conocimiento. Modestia sin recato. Autoridad sin dominio. El ser sin la angustia de la conversión. Estado del ser que no se adquiere, se descubre. Simplicidad a la que se llega después del conocimiento.”

Hay obras que a uno le atraen sin saber explicar por qué. Por su portada, por su título, por el nombre de su autor, cantante o director. Lo cierto es que, paseando un día por una librería una portada me llamó muy, muy de lejos. Me encantaría mentir y decir que fue Shibumi y que lo nuestro fue amor a primera vista… pero a decir verdad, fue Satori, de Don Winslow. Pero el resultado acabó siendo el mismo, la contraportada del libro ya indicaba que era un derivado de la original, así que la solté, agarré el de Trevanian, y tras echar un vistazo a su argumento supe que sería mi siguiente captura. Puede engañarme la memoria, pero creo que pretendía que fuera Warlock de Oakley Hall. Lo había olvidado hasta ahora, tendré que ir a buscarlo un día de estos…

A grandes rasgos, leyendo la frase promocional de El maestro nos regala el libro de culto de la novela de espías, me esperaba algo mucho más convencional. Pero ya las primeras páginas, la presentación de los “villanos” de la historia, tan mezquinos como patanes, Diamond al frente de la organización Madre financiada entre otros por la OPEP, Starr y la chapucerísima carnicería que monta la CIA en el aeropuerto de Roma, el misterio que organizan en torno al personaje principal… ya me dieron una sensación de agradable extrañeza y desconcierto. Y finalmente me enamoré perdidamente de la historia cuando se centra en la juventud del personaje principal, narrada en pasado, a medida que los agentes secretos –que merecerían una mini-serie de cómic escrita por Garth Ennis, como asegura Victor Castillo-van desmenuzando  su historia gracias a su ordenador inteligente FatBoy, muchos años antes de Internet.

Nicholai Hél es un apátrida. Es hijo de un soldado alemán al que nunca llegó a conocer y una aristócrata rusa, superviviente nata, y termina siendo criado en Shangai por un general japonés que le enseña no solo a jugar al gô si no todos los principios filosóficos que contiene y la manera de adaptarlos a la vida. Pero la segunda gran guerra se cruza en su existencia, desmontando toda la estructura de una vida moderadamente apacible que ha llegado a construir, llevándose todo aquello que un día amó y convirtiéndole en prisionero –por motivos que vale la pena descubrir leyendo el libro- de la CIA durante muchos años, donde aprovechará para mejorar sus innatos talentos y convertirse en el asesino más peligroso de la Tierra.

Hel, en tiempo presente (mediados de los años 70), se verá obligado a salir de su apacible retiro dedicado a la espeleología en el País Vasco cuando la hija de un antiguo asociado suyo reclame su ayuda y se vea empujado a defenderla debido a su particular código moral. Comienza entonces una partida de gô en vivo contra la organización Madre, y por el camino, habrá venganzas personales, la aparición de insólitos espías y topos, diferentes maneras de practicar el arte del asesinato y las artes amatorias (en ambas cosas Hel tiene un especial talento), discursos filosóficos, novelas dentro de la novela, collejas a los tópicos de conducta de cada país –nadie se libra de la soberbia mordacidad de Hel, ni los estadounidenses, japoneses, franceses, rusos, irlandeses ni españoles, quizá los vascos, a los que trata con aprecio pero cierta condescendencia-, espeleología, humor negro y muerte. En ocasiones Hel más que un personaje es casi un concepto utilizado por su autor para reírse y humillar todos los tópicos del mundo de la era de la Guerra Fría. Sus enemigos no son geniales planificadores, son torpes y mezquinos. No hay héroes, todos los involucrados en el juego son capaces de las mayores atrocidades, por lo que un anti-héroe como Hél es recibido con agrado por el lector a pesar de su profesión. Pero en otro momentos es un personaje perfectamente bien descrito con una filosofía de vida clara y precisa. No se trata del clásico asesino a sueldo capaz de matar a cualquiera, siente aprecio por la vida humana y solo se implica en los participantes en la partida de la guerra invisible, pero nunca besará ninguna bandera y se reirá de todas. Solo siente un distante aprecio por el modo de vida japonés perdido después de la II Guerra Mundial, donde las cuestiones de honor estaban por encima de las mercantiles.

Pero Shibumi también es una parodia. Ojo, no es una comedia -salvo en ocasiones puntuales-, pero si toma los conceptos de la estructura habitual del género y les da la vuelta. Puede emocionar, hacer reír y estremecer y todo en espacio de pocas páginas. Puede contarte una breve historia en tono ligero sobre el por qué de la moda de dar una patada a un Volvo en medio de una intensa trama de espionaje. Puede narrar la actuación de Hel eliminando contrincantes en el aeropuerto de Heathrow a modo de gag de comedia británica tipo El show de Benny Hill usando en off su técnica naked killer que le permite convertir en arma cualquier objeto (2) para terminar el capítulo helando la sangre por la actitud del MI6 (sus colaboradores en ese incidente concreto) hacia sus propios hombres. Parodia, sí, pero en el fondo queda un poso que deja el autor de amargura y tristeza en torno a todo lo que está pasando. El mundo está loco, puede parecernos irónicamente divertido pero en el fondo vislumbramos que lo que está pasando es en realidad un puñetero drama, y Hel, con su arrogancia llevada al paroxismo (es tan sobrado que hace parecer a James Bond un modesto funcionario) es el último hombre cuerdo en una guerrilla oculta totalmente asquerosa entre naciones podridas por la codicia.

Trevanian lleva más lejos el estilo de Sanción en el Eiger, los arquetipos ya estaban allí, pero ahora los elabora mucho más. Hel es una versión mucho más compleja de lo que ya era –y lo era mucho- Jonathan Hemlock, compartiendo con aquel oficio y pasión por el arte, pero añadiendo a nuestro protagonista de un pasado y unas motivaciones que apenas se pasaban por encima en la biografía de Hemlock. El carácter histriónico de Ben Bowman lo hereda el entrañable y genial Beñat LeCagot, uno de los pocos verdaderos amigos de Hel, vasco hasta la médula, cargado de sabiduría popular y una carencia de humildad totalmente histérica que hace perfecto contrapunto con sosiego espiritual de su compadre, pero le añade muchísimas más capas. Dragon en Eiger y Diamond en Shibumi, el alpinismo y la espeleología… el germen está allí, pero aquí se le han dado muchas más vueltas al cocido. No me malinterpreten, Eiger es un libro estupendo, pero Shimubi alcanza la genialidad.

Puede resultar incomprensible en nuestros tiempos a los lectores que no sepan situar en su contexto la narración y que no capten la ironía implícita en cada una de sus páginas, pero en su dia resultó un best seller –tal vez el concepto de lectura popular era muy diferente, y eso que fue ayer mismo -a nivel mundial y atrapó a lectores de distinta condición, no generó ningún rechazo como se podría haber previsto entre los seguidores de la novela de espías más clásica –más bien todo lo contrario- y significó la cota más alta de popularidad de su autor. Nunca volvería a escribir sobre el personaje a pesar de las peticiones, una decisión magnífica y que dota de sentido como unidad al relato (tampoco debe ser del todo comprendido ahora que se hacen secuelas hasta de las mascotas de cereales, que diría Alan Moore, y que a la mínima que un autor tiene éxito con cualquier novela escribe continuaciones de la misma hasta exprimir tanto el producto que solo quede un churro aplastado), pero en el año 2011 Hel volvía a la vida de la mano de Don Winslow…

Continúa en Satori

Javier J. Valencia

(1) En varias ediciones de Shibumi pueden encontrarse notas al pie de página en las cuales el autor ridiculiza la película Licencia para matar.

 (2) El libro carece de escenas de acción y el autor explica los motivos en una de sus notas a pie de página, una decisión consciente e irreverente, pero genial. Una novela que llama a gritos a los amantes de la acción y se la quita. Un libro de acción sin acción.

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