Emociones baratas # 2- Gaijin, y a mucha honra!

KIAI_031.Miss Fantasma[Clark.Carrados][1977]

La obsesión occidental por la cultura asiática vivió uno de sus puntos álgidos durante los años 70, cuando los occidentalitos de a pie conocieron a Bruce Lee, las novelas de James Clavell, Sonny Chiba o las películas guarras japonesas. Toda esa miasma de influencias fue absorbida por la cultura de las novelas de evasión -que, recordemos, llevaba advirtiendo sobre el “peligro amarillo” desde los tiempos de Sax Rohmer- y regurgitada en la forma del protagonista occidental entrenado en artes asiáticas, principalmente las de hostias, que para eso estamos aquí. A continuación tenéis dos ejemplos de historias de héroes marciales gaijin (es decir, demonio extranjero) parecidas pero que no pueden ser más diferentes en su gestación y resultado. Preparad los ladrillos y las barras de hielo.

Kiai de amor y de muerte (¡Kiai! # 1, Lou Carrigan, 1976, Bruguera)

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A todos los que tenemos los dedos negros de hojear libros en mercadillos nos suena el nombre de Lou Carrigan, uno de los incontables seudónimos del escritor catalán Antonio Miguel de los Ángeles Custodios Vera Ramírez. (uf!) Curtido en centenares de novelas de a duro del oeste, terror y ciencia ficción, Carrigan, como buen currante, se pasó a la moda de las hostias en cuanto Bruguera vio la oportunidad de sacar dinero de ahí. El primero de los bolsilibros dedicados al tema, Kiai de amor y de muerte, nos narra las aventuras del budoka Pedro Alarcón, un vividor que estaba perdido en fiestas de alta sociedad gastando dinero hasta que su antiguo sensei, líder de una sociedad secreta de bienhechores, los Kuro Arashi, lo reclama para una misión. Ésta consiste en proteger a un empresario, Olaf Strom, que está siendo extorsionado por un grupo mafioso que pretende usar su fábrica de perfumes para crear un gas letal con el que matar a los habitantes de un pueblo costero francés en el que quieren edificar. ¿Leyó Jesús Gil ésta novela en su juventud?

La verdad es que esta rocambolesca trama es absolutamente deudora de su época, digna de cualquier Bruceploitation -aquellas películas protagonizadas por Bruce Li, Bruce Le, Bruce Leung y similares- y a esto hay que añadir el romance de Pedro con la hija de Olaf, la amargada (normal, está paralítica y llena de cicatrices) Ulla, una relación que consiste en darle el coñazo constantemente a la chica con diatribas filosóficas orientales con el sano objetivo de que se arregle sus heridas mentales para asumir que puede arreglar las otras con cirugía. Probablemente ese sea el principal defecto de ésta novela; Pedro es un brasas de campeonato, así como muchos otros de los personajes con los que se relaciona. A los clásicos diálogos expositivos que son habituales a este tipo de ficción de la época -después de todo, hay que llegar a un número de páginas y entregar con rapidez- hay que añadir montones de discursos sobre los objetivos de uno en la vida, el enfoque de la voluntad, el desdeñar las pertenencias materiales y así hasta el paroxismo. ¿Pero aquí no iba a haber hostias? Casi dos terceras partes de la novela están llenas de esto, puntualizadas con alguna escena de acción aquí o allí.

Y se nota que Carrigan se hizo los deberes en cuanto a documentación; hay montones de notas sobre el significado de términos japoneses y sobre todo el tema del Ki y sus usos pero dónde realmente se anima la cosa es en el tercer acto, cuando el grupo de villanos secuestran a Ulla y Pedro llevándolos a una remota casa en los alpes italianos. Allí Pedro es usado como gallo de pelea por el villano de la función, un ricachón alemán experto en sumo, Fritz Fiedrick (apodado Fifí, amenazador, verdad?) que le hace luchar con sus secuaces para que lo ablanden y así acabar con el. Carrigan narra unas peleas muy macarras y violentas que pese a todo están salpicadas con terminología a cascoporro; que si un ura ken por allí, un atemi  por allá… que le dan mucho disfrute al lector que haya llegado hasta allí, ya que a lo mejor muchos habrán desistido en alguno de los interminables momentos en los que Alarcón San Dan abre su cansina bocaza para aleccionar a todo bicho viviente. Advertidos estáis.

Blade of Dishonor – Omnibus Edition (Thomas Pluck, 2013, Goombah Gumbo Press)

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La siguiente advertencia, no obstante, va totalmente en sentido opuesto. Si os gusta el cine de acción de los 80, las historias de samuráis, los tebeos de hazañas bélicas y alguna cosa más que se me escapa, por favor, leed esta novela. Blade of Dishonor fue serializada en Kindle en tres partes por su autor, Thomas Pluck, durante 2013 y compilada en este omnibus poco después. Pluck es un informático de Nueva Jersey y prolífico escritor de relatos cortos con unos gustos que lo emparentan con los grandes del pulp masculino de los 70; crítico culinario de antros de bocatas, luchador de artes marciales mixtas, practicante de halterofilia y flipado de los coches; si nos guiamos por las clásicas biografías de gente como Don Pendleton, solo le falta haber estado en el ejército o ser asesor militar de algo.  

Quien sí fue militar muy a su pesar es el protagonista de esta historia, Reeves, un antiguo luchador de artes marciales mixtas que se metió en problemas judiciales y accedió a  unirse a los marines en Irak para acortar su pena. Tras años de ausencia, vuelve al pequeño pueblo de Minnesota que le vio nacer para encontrarse con que su industria automovilística se ha ido a pique y unos sombríos empresarios japoneses quieren comprarlo para hacer un complejo industrial y turístico. Su antiguo entrenador de artes marciales vive como un indigente en la calle y su abuelo Butch, un veterano de la 2ª guerra mundial subsiste como puede en su tienda de empeños y antigüedades militares. Con este panorama, Reeves acaba volviéndose a meter en líos al enrollarse con una sexy y macarra conductora de ambulancias, Tara, exnovia de un antiguo rival del instituto reconvertido en sheriff malcarado. Y como no, Reeves lo soluciona todo a hostias muy bien dadas. Después de que los japoneses le de por robar una antigua espada que Butch guardaba como recuerdo de sus días en el pacífico, Reeves y Tara acaban uniéndose a Mikio, un aparente secuaz de los japoneses que se descubre como infiltrado de un grupo rival, en una loca road movie que les lleva de Minnesota a San Francisco y luego a Tokyo donde Reeves es utilizado como gladiador en combates a muerte para deleite de ricachones aburridos. La segunda y tercera parte de la novela está hábilmente salpicada con capítulos flashback en los que vemos las aventuras de un joven Butch como soldado de élite de la brigada de los demonios negros, asesinando objetivos tras las líneas enemigas y descubriendo cómo se hizo con la espada honjo masamune, motor de toda la historia y que está en medio de una guerra entre descendientes de samuráis afines al Emperador y fanáticos de la familia Tokugawa y el shogunato reconvertidos en la actualidad en grupos de extrema derecha.

La promoción de la novela dice que es “mitad Kurosawa, mitad Tarantino”. A ver, las influencias están ahí, pero Blade of Dishonor es un cocido con muchos ingredientes; desde las películas de la Cannon (Michael Dudikoff hubiera sido Reeves en 1985, ahora sería Scott Adkins, creo que salimos ganando) al cine de yakuza pasando incluso por algunos ramalazos costumbristas muy a lo Fargo en la parte de Minnesota. Lo importante es que Pluck consigue unir todos los temas de manera natural y sin que chirríen, y lo más importante, sin tener que hacer referencias constantes a sus influencias y guiños al lector. Esto es una novela de aventuras, hostias, viajes y algo de romance con un objetivo claro y diáfano; hacérnoslo pasar bien. Pluck escribe las escenas de acción de manera emocionante y concisa, pero no se deja arrastrar por la simplicidad e incluye hábilmente montones de elementos culturales japoneses que enriquecen la trama. Y lo más importante; puede que Reeves, Butch, Tara y Mikio sean personajes arquetípicos y con muchos clichés, pero es capaz de escribirlos de una manera que tienen “alma” y todo lo que les sucede te importa. Y en definitiva, con eso a mí me basta, ya que es todo lo que debería ser el pulp moderno; usar lo antiguo y conocido como base de algo nuevo y excitante.

Víctor Castillo

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