Cementerio para lunáticos (A Graveyard for Lunatics, Ray Bradbury, 1990)

Si tuviera que ponerle un nombre propio a eso que llamamos sentido de la maravilla elegiría el de Ray Bradbury. Eso es así desde que leí Crónicas marcianas con quince años de edad. Eso es así desde que devoré Fahrenheit 451 y El carnaval de las tinieblas poco después. Bradbury fue un monstruo de las letras, un poeta y un visionario. Si quieren pruebas de esto último lean el relato corto El ruido de un trueno. De la película es mejor que se olviden. El cuento habla del efecto mariposa y la teoría del caos explicados en clave de ciencia ficción. Con el pequeño detalle de estar escrito 17 años antes de que el meteorólogo y matemático Edward Lorenz formulara dicha teoría y la bautizara inspirándose en el relato. Y es que las 15 paginas que integran aquel cuento, a parte de estar escritas con maestría, sentaron las bases de casi todo cuanto se escribiría posteriormente sobre viajes en el tiempo. Esa anticipación la podemos aplicar a la ciencia ficción en general, al terror, a la fantasía, al sentido de la maravilla. Bradbury marcó el camino.

Ahora olviden por un momento a Bradbury porque voy a hablar de otro Ray. El Ray que jugaba con monstruos y dinosaurios y se ganaba la vida con ello. El inigualable Ray Harryhausen, maestro de la animación stop-motion y los efectos especiales. Empezó su carrera a las ordenes de Willis O’Brien en El gran gorila (Mighty Joe Young, Ernst B. Schoedsack, 1949), teniendo la suerte de ver cumplido así su sueño de colaborar con el animador de su idolatrada King Kong (ídem, Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack, 1933). Harryhausen se empeñó en trabajar en solitario en su taller durante largas jornadas, dando vida, fotograma a fotograma, a multitud de criaturas mitológicas e inventando todo tipo de artilugios mecánicos y cinematográficos. De manera autodidacta superó, película tras película, el nivel técnico y visual de sus creaciones. Harryhausen logró algo que muy pocos consiguen. Un técnico especializado en efectos visuales se situó, por aclamación popular, por encima del director, por encima de los actores y por encima de los guiones de los filmes en los cuales trabajaba. Por eso sus películas se consideran “películas de Ray Harryhausen” –así, a secas–.

Bradbury en el documental The Harryhausen Chronicles (Richard Schickel, 1998)

Ambos Rays eran amigos. Los mejores. En la universidad sellaron un pacto. Prometieron hacerse mayores pero no adultos. Se quedarían en los 19 y los dinosaurios serian su pasión. Todo el mundo sabe que esas promesas se olvidan y se rompen. Se las lleva el viento cuando la realidad se impone. La vida adulta; las obligaciones; la responsabilidad; Bla, bla, bla ¡Maldita sea! Nos olvidamos de lo que fuimos, de la magia de los dinosaurios, de las naves extraterrestres, de las princesas de Simbad y del Nautilus del Capitán Nemo. Pero los dos rays eran de otro mundo. No se dejaron engañar y vencieron. Jugaron con dinosaurios hasta el final. Sus vidas son la prueba. Esta novela –escrita en el otoño de su carrera– es la prueba.

En Cementerio para lunáticos los tenemos a ambos de protagonistas. No es broma. El narrador y personaje principal no tiene nombre, pero es Ray Bradbury. Roy Holdstrom, su mejor amigo y socio de correrías, tiene el nombre cambiado pero es Ray Harryhausen. Ambos se verán inmersos en un secreto que acecha desde las sombras del pasado y que afecta directamente a su peculiar lugar de trabajo, los estudios cinematográficos Maximus Films. El misterio implica la inesperada aparición del cadáver del antiguo director de la empresa, fallecido 20 años atrás. Todo parece estar relacionado con el cementerio Green Glades de Hollywood, situado al lado de los platós cinematográficos –como si se tratara de una mera extensión de estos–. Tal disposición geográfica nos traslada a los auténticos estudios Paramount y a su cementerio colindante, el Hollywood Forever.

La cinéfila trama le servirá al escritor para introducir personajes como el ya mencionado mago de los FX Ray Harryhausen, pero también a toda una retahíla de caracteres igual de impagables. La construcción de los mismos es uno de los platos fuertes de la novela. Encontramos al director Fritz Lang –aquí rebautizado como Fritz Wong–, realizador megalómano exagerado hasta la parodia. También adquiere especial protagonismo la ex-actriz Constance Rattigan que vendría a ser una sosias de la Gloria Swanson de El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, Billy Wilder, 1950). No hay que olvidar al fan loco Clarence y sus inseparables álbumes de autógrafos, un ser escurridizo e introvertido capaz de vivir literalmente en las colas de aficionados que se forman delante de los grandes estudios. Otros secundarios excelentemente trazados son Doc Phillips, el clásico y decadente cirujano plástico de las no menos decadentes estrellas; el maquillador Stanislau Groc, embalsamador de Lenin y exiliado de la Unión Soviética o la montadora Maggie Botwin, que en su tiempo libre se dedica a salvar obras maestras y escenas eliminadas que conserva y atesora en los recovecos ignorados de los grandes estudios. Por último, el estereotipado detective afincado en Venice, Elmo Crumley, que ayuda a nuestro protagonista a intentar desentrañar el misterio que le persigue.

Portada de la edición de Minotauro (actualmente descatalogada)

Precisamente, la inclusión de este detective privado en la trama hace que –pese a ser totalmente disfrutable de manera independiente– la novela se englobe dentro de la llamada trilogía Crumley Mysteries de la que Cementerio para lunáticos seria la segunda entrega. Respectivamente, la primera y la tercera de la serie son La muerte es un asunto solitario (Death is a Lonely Business, 1985) y Matemos todos a Constance (Let´s All Kill Constance, 2004). En las tres nos encontramos al “narrador sin nombre”, que no es otro que una especie de alter ego del mismo Ray Bradbury. Todas ellas están dedicadas a los grandes escritores clásicos de novela negra y hardboiled: Chandler, Hammett, James M. Cain y Ross Macdonald.

No se dejen engañar por estos nombres, a parte del background y el homenaje implícito al género pulp la novela que nos ocupa poco tiene que ver con el estilo de los autores. Es verdad que Cementerio para lunáticos juega a ser novela negra, o novela de misterio. Es verdad que utiliza algunos de los resortes del género. Pero lo hace como excusa, como plataforma de lanzamiento para algo mucho más loco y simpático, aunque no exento de amargura y cinismo. Además, sin ser exactamente una historia de género fantástico, la noche de Halloween también cobra un protagonismo especial en el libro. No en vano es un tema que apasionaba a Bradbury como ya dejó claro con El árbol de las brujas (The Halloween Tree, 1972), su fascinante canto a la víspera de Todos los Santos. Si algo se acerca a este tenebroso carrusel de sorpresas, a este juego de muñecas rusas, es Fredric Brown con aquella maravilla que tituló La noche a través del espejo (Night of the Jabberwock, 1950). Pero Bradbury despliega todavía más lirismo, más realismo mágico y –perdonen que me reitere– más amargura y cinismo.

Bradbury tenia motivos para mirar hacia los grandes estudios con un cierto desencanto y perpetrar una pequeña pero cariñosa venganza en forma de novela. Cuando el escritor tenia 14 años era un fan irredento del Hollywood clásico, un recolector de autógrafos y fotografías de los astros conocido en los grandes estudios. Esa fascinación le llevó a ser guionista para la Metro Goldwyn Mayer, la Warner Bross y la Universal. Escribió la narración y la voz en of que leyó Orson Welles en Rey de reyes de Nicholas Ray; adaptó la novela de Herman Melville Moby Dick para la película de John Huston de 1956 y participó en algunos guiones de modestas películas de serie B de ciencia ficción de los 50. Entre estas últimas, Llegó del más allá (It Came From Outer Space, Jack Arnold, 1953) y El monstruo de los tiempos remotos (The Beast from 20,000 Fathoms, Eugène Lourié, 1953). Ninguna de las dos es para tirar cohetes, pero en la segunda pudo colaborar mano a mano con su amigo Ray Harryhausen en la creación del Rhedosaurus, un precursor del famoso Godzilla japonés.

La estupenda portada de Toni Benages para la reciente edición en catalán de Males Herbes

Vemos por lo tanto que su critica hacia los fastos de Hollywood esta fundada en la experiencia. Es absolutamente mordaz y sin embargo contiene mucho amor. En el fondo, el escritor nos habla de los sueños de infancia, de las esperanzas truncadas y de los seres solitarios que se arrastran por Hollywood. Rescata a los inocentes de entre esa inmensa maraña mayoritaria de egoísmo y oropel. Ejemplo claro de ello es la ya mencionada Maggie Botwin, la montadora que también es archivera en esas románticas catacumbas llenas de películas perdidas. También en un rol menor aparece un borrachuzo cura irlandés que intentó ser guionista; otro alter ego del protagonista y a la vez un alter ego del escritor. Eso me lleva a especular con que Bradbury no se encuentra solamente en el “narrador sin nombre” sino también en pequeñas dosis dentro de los demás personajes. Sin ir más lejos el del cazador de autógrafos Clarence, un tipo obsesivo entregado por completo a su pasión pero también extraño y celoso, que vive en el ascetismo y casi en la clandestinidad, con miedo a que le roben sus tesoros de mitómano.

Ese es el Hollywood que Bradbury disecciona. Esos estudios repletos de secretos, de magia, de historias truncadas, de deshechos humanos, de alcohol y de sueños perdidos. Estudios que respiran historia y vida propia. Almacenes y platós olvidados, llenos de maravillas. Cementerios de elefantes de los años dorados. Ostentosos espejos de pared que son ventanas y pasadizos secretos a mundos tenebrosos que preferimos esconder detrás de las cortinas del escenario. Todos sabemos –y Ray Bradbury el primero– que la industria de Hollywood es pura fachada. Y sin embargo la abrazamos plenamente conscientes de sus cálidas mentiras y deseando que nos encandile una vez más.

Parte de la colección de autógrafos que atesoraba Ray Bradbury

Mentiría si les dijera que estamos ante una de las novelas de primera fila del escritor. No obstante, Bradbury es un monstruo pardo con esto de las letras y si entramos en su juego y nos dejamos llevar por las locuras voluntarias de su trama la disfrutaremos sobremanera. En Cementerio para lunáticos hay socarronas referencias a la religión de cartón-piedra de Cecil B. DeMille, a los excesivos restaurantes y fiestas de los famosos, a su glamour y su impostura. Es también una visión personal del gran Los Angeles; la particular “historia de dos ciudades” del autor –ese es precisamente el subtitulo de la obra–. En Los Angeles no hay lugar para los cuentos de fantasmas. Excepto en Hollywood. Allí se pueden pasear los espectros, escondidos en los platós perdidos y los decorados de antaño.

En Cementerio para lunáticos hay personajes que viven endiosados por el frágil éxito del espectáculo y también personajes torturados que habitan en los decorados de Notre Dame emulando al Quasimodo de Victor Hugo. Hay crueles monstruos antidiluvianos que se van a dormir cuando apagan los focos de las maquetas que los protegen. Hay grandes astros que se alimentan de ego mientras generan dinero a espuertas. ¡Qué no serán capaces de hacer los grandes magnates para conservar en pie su endeble fabrica de sueños! Bradbury agarra ese altísimo castillo de arena que les otorga poder y tesoros y lo llena de personajes entrañables, de aventura, de humor, de misterio y de ironía. A su vez lo convierte en una gran y extrañísima historia. Su personal, divertida y onírica versión de El fantasma de la ópera. 

Dani Morell.

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