Por el tiempo (Up the Line, Robert Silverberg, 1969)

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Si exceptuamos unos apuntes casi de pasada en 15 viajes en el tiempo que debes leer y Masters of Science Fiction, en El pájaro burlón todavía no habíamos dedicado un articulo entero al afamado escritor de ciencia ficción Robert Silverberg. Sin embargo es uno de los grandes. Uno de los que más se ha esforzado en normalizar y elevar el género a nivel literario y uno de los más prolíficos, entretenidos y reivindicables autores de ciencia ficción de las últimas décadas. Es ya un clásico por derecho propio y sin ser uno de mis favoritos, y resultando algo irregular en ocasiones, miro hacia atrás y descubro que sin impaciencias, y aceptando lo que caía en mis manos casi por casualidad, he leído y disfrutado un puñado considerable de sus novelas y relatos.

Hoy no hablaré de ninguna de sus obras cumbre, ni de sus títulos más populares (El hombre en laberinto, Regreso a Belzagor, La torre de cristal, Muero por dentro, El libro de los cráneos, Tiempo de cambios, Alas nocturnas o La saga de Majipur, todas ellas muy notables), sino de una novela corta de 1969 y relativamente poco conocida por estos pagos llamada Por el tiempo. En su momento quedó finalista de los cacareados Premios Hugo y Premios Nebula, (al final fueron a parar a la muy superior La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. LeGuin). En España solo ha conocido una versión, por parte de la jugosa colección Futurópolis de Miraguano Ediciones y espero que nadie se ofenda si comento que tiene una de las peores portadas que he visto jamás en un libro de ciencia ficción.

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Pero ya nos han dicho muchísimas veces que no hay que dejarse engañar por la portada, así que al tajo. Por el tiempo se sitúa en un hipotético 2059 en el que existe el viaje temporal. Nos cuenta la historia de Jud Elliot, un joven doctorado en historia bizantina que sin embargo ejerce como asesor legal en un bufete de abogados. Como no encuentra satisfacción en su futuro más inmediato decide probar suerte en el mundo del turismo temporal. En este servicio, básicamente, encontramos dos figuras: el guía temporal, que como su nombre indica se encarga de guiar a los acaudalados turistas en sus viajes al pasado, y el agente de la patrulla temporal, que se encarga de perseguir la delincuencia temporal y corregir las paradojas que se derivan de la misma. Nuestro protagonista se especializa en lo primero, debiendo asistir a una elaborada instrucción teórica y practica que le permitirá acceder al codiciado puesto de guía. Cuando confraterniza con sus compañeros de trabajo descubre que en el mundo del turismo temporal existe mucho corporativismo entre guías y policías. Pero cada cual por su lado, pues la rivalidad entre ambos grupos es total. Ni que decir tiene que Jud Elliot no tardará en descubrir y sufrir las paradojas temporales en su propia piel.

Silverberg hace girar la novela en torno al viaje temporal y sus clásicas paradojas, pero pasa de puntillas sobre los aspectos técnicos de la máquina –un mero arnés con botones y clavijas que se coloca bajo la ropa– y aprovecha para explayarse y hablar sobre todo de la historia de Bizancio, uno de los temas que le han apasionado siempre. Es cierto que acompañando a Jud durante su aprendizaje nos relata brevemente algunos episodios históricos de Louisiana o del medievo europeo –especialmente escabroso el momento en que viaja a los años prohibidos de la Peste Negra–, pero donde realmente más se recrea es en la era bizantina de la historia de Roma. El grueso de la trama sucede ahí y no por casualidad, pues el escritor es un gran aficionado a la historia del imperio romano. Las descripciones y los hechos históricos parecen perfectamente documentados y salvo en un capítulo concreto, entretienen, ayudan al discurrir de la novela y hasta pueden resultar didácticos.

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Robert Silverberg

Otra de las cosas que más llaman la atención del libro –a parte de la vertiente especulativa que llegará más abajo–, es la apabullante cantidad de sexo que aparece en el mismo. La sociedad del futuro imaginada por Silverberg es absolutamente promiscua y desprejuiciada; al igual que en el remoto pasado bizantino, descrito por el autor casi como una orgía perpetua. Si tenemos en cuenta la brevedad de la novela, el tanto por ciento de contenido sexual es muy elevado y Silverberg se recrea explícitamente en ello. Hoy en día una novela de ciencia ficción tan impregnada de sexo nos resulta incluso chocante, pero no debemos olvidar que está escrita a finales de los 60 del siglo XX, en plena eclosión del amor libre y la revolución sexual. Además, este aspecto no es totalmente gratuito ya que el “sexo transtemporal” también juega un importante papel en el apartado de las paradojas y le sirve al escritor para rizar el rizo en cuanto a ellas. Si nos acercamos a Todos vosotros zombis, de Robert A. Heinlein, considerado por muchos como uno de los mejores relatos sobre paradojas derivadas del viaje en el tiempo –y que a buen seguro tuvo en mente Silverberg a la hora de escribir la novela que tenemos entre manos–, descubriremos que este es precisamente el tema sobre el cual giran muchas de las especulaciones conocidas sobre paradojas temporales. Ni que decir tiene que los viajeros temporales de Silverberg están obligados a tomar precauciones que les impidan procrear en el pasado.

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Por el tiempo se olvida por momentos de ser una novela para convertirse en una especie de tratado sobre el viaje temporal y las paradojas a las cuales se enfrentaría el viajero del mismo. Para construir su relato Silverberg decide utilizar lo que él llama “Paradoja del desplazamiento transitorio”. A saber: cada viajero temporal posee su propia base temporal o punto desde el cual partió y en el caso de que este mate a su propio abuelo en el pasado aprovechando uno de sus viajes, desaparecerá en el instante mismo de regresar a su base temporal. Lo interesante de esta propuesta es que, si bien dejaría de existir en el momento que regresara al lugar del cual partió, si decidiera no volver jamás a su base el viajero seguiria vivo mientras permaneciera en esa época pretérita o se moviera adelante y atrás por su linea temporal sin rebasar el punto desde el cual partió (ahí es donde intervendria la Patrulla Temporal). Y eso implica también una “paradoja acumulativa”, pues en determinados e importantes hechos históricos se amontonarán los turistas temporales. En resumen: si un guia temporal viaja 10 veces al asesinato de Kennedy para mostrarlo a 10 grupos diferentes de clientes, habrá 10 grupos con el guía repetido a la misma vez en Dallas en el momento que la bala alcanza al presidente en su descapotable. Evidentemente los guías tienen absolutamente prohibido establecer contacto consigo mismos o con los diferentes grupos que ellos conducen. No puedo explicar mucho más sin hacer spoilers, pero baste dejar constancia que estas son solo algunas de las muchísimas paradojas –algunas irreparables– que se exponen en este libro.

A Por el tiempo se le puede achacar una estructura un tanto episódica. Por momentos da la sensación de avanzar a bandazos, saltando de una anécdota a otra a modo de simple vehículo a disposición del autor para desarrollar sus tesis sobre la paradoja temporal (y su afición por el imperio Romano de Oriente) sin decidirse a proponer la aventura que el lector espera. No teman, no por ello deja de resultar interesante y –aunque más tarde que pronto– la historia termina por despegar del todo. Como ya habrán adivinado, Por el tiempo está cargada de humor y entretenimiento –aunque a veces toque temas que pueden resultar un tanto incómodos–. Juega continuamente con el lector y le obliga a estrujarse el cerebro con las hipótesis que plantea –hasta el punto de tener que releer algunos pasajes especialmente rebuscados para asimilar determinados conceptos–. Sin embargo, los capítulos son muy cortos y de fácil lectura y mantienen constantemente el interés del lector en el hilo general de tan curiosa historia.

Dani Morell

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