La estrella de Salomón (Svezdá Solomona, Aleksandr I. Kuprín, 1917, Alba Editorial, 2015)

kuprin01El hombre sencillo no conspira, no anhela, no envidia ni recela, no se obsesiona por lo que no tiene. Pero quizás, solamente quizás en un breve instante, desea. Puede que sea un deseo ínfimo, pequeño, algo fugaz y sin importancia, pero ello abre la veda a todo un torrente de deseos reprimidos, de ira contenida, de rebeldía espiritual. No os fiéis nunca de un hombre sencillo, su reprimida ambición puede mover y destruir montañas. Alba Editorial ha acertado excelentemente al publicar La estrella de Salomón, esta novela corta del autor ruso Aleksandr Kuprín (1870-1938) cuya carrera como escritor tuvo la mala suerte de coincidir con la de Chéjov, Tolstói y Gorki, así como con la larga sombra que ya había dejado Dostoyevski. Por ese motivo aplaudimos la elección de Alba Editorial de publicar esta novela de Kuprín, ya que puede descubrir para los lectores a un autor poco conocido.

Con una infancia y juventud en escuelas militares, Kuprín dedicó parte de su vida laboral al ámbito militar, para luego finalmente instalarse en San Petersburgo en un puesto administrativo. Desde muy joven empezó a escribir relatos y novelas, donde sus temas más recurrentes siempre fueron los de retratar lo lacónico de la duda y desesperanza moral del ser humano, entretejido con los límites a los que podemos llegar de apatía ante el mundo que nos rodea y ante el sufrimiento de los demás. Kuprín fue un cronista de la cada vez más incipiente deshumanización de la sociedad de finales del XIX y principios del XX. Y por ese motivo el gran acierto de esta historia de La estrella de Salomón es la de crear un personaje protagonista bondadoso, paciente, humilde y generoso: Iván Stepánovich Tsviet es un buen hombre, con un modesto puesto de administrativo que tiene que compaginar con un trabajo como sustituto en el coro de la parroquia para poder pagar sus deudas. Vive en una diminuta buhardilla, no fuma, no bebe, ni tiene ningún exceso o vicio de ningún tipo. El primer episodio de la novela nos muestra a este personaje tan ejemplar para cualquier ciudadano medio, del cual como lectores no nos imaginamos que pueda desencadenar ningún tipo de trama dramática. Pero sí que es así, puesto que por un instante se nos revela cómo Iván tiene únicamente un pequeño deseo: el de poder ascender en su puesto de trabajo y así poder abandonar el fastidioso trabajo en el coro.

kuprin02Fausto de Goethe es el tótem de las alegorías de pactos con el Diablo, y por supuesto a partir del segundo episodio de La estrella de Salomón éste nos viene a la mente rápidamente. Sin embargo, aparte de numerosas diferencias, hay una fundamental entre las dos obras literarias: Fausto es el desencadenante principal de su pacto con Mefistófeles al estar ya caído en el abismo de la búsqueda incesante del conocimiento de lo mágico como aquello que define el deseo de lo imposible por parte del ser humano. Es en su propia obsesión donde Fausto crea el sendero para la venida del Diablo, y es él mismo quien le abre la puerta. Iván Tsviet en La estrella de Salomón no está obsesionado por su deseo, no es un individuo ofuscado y hundido en su desesperante anhelo. Es un trabajador humilde, que no alza la voz, y que podría pasar todos los días de su vida sin protestar, sin rebelarse, sin pensar en sus sueños. Y aun y así, una mañana se despierta y en su cuarto hay un hombre llamado Mefodi Isáievich Tóffel, un agente de negocios que le comunica que ha recibido una herencia familiar, una antigua mansión de un tío suyo. A diferencia de cómo sucede en la obra de Goethe, aquí el Diablo es más sibilino, más juguetón, es él mismo quién escoge a este modesto y sencillo individuo y le va empujando poco a poco hacia su terreno. Fausto escoge al Diablo, en La estrella de Salomón es el Diablo quien escoge a Tsviet.

Con ese punto de partida, la novela ya conecta con el lector de una forma muy especial, y es que Tsviet es un personaje con el que claramente cualquier lector puede identificarse fácilmente, por lo que compartir el viaje con él acaba siendo un transcurso emocional que nos afecta y nos emociona de una forma muy cercana. La tragedia de Fausto es la tragedia de la búsqueda ciega de lo absoluto y de la plenitud vital, la tragedia de Tsviet es la de cómo una pequeña chispa de deseo y anhelo puede convertirse en una incombustible llama que arrasa todo cuanto entra en contacto con él. Y si el propio protagonista Tsviet ya es un ancla que nos hace muy próximo el relato durante su lectura, otro elemento que también lo consigue es el tono realista de la novela, imbuido de un gran naturalismo. El mito de Fausto es una alegoría fantástica, imbuida de un halo de lo sobrenatural, mientras que esta novela de Kuprín, así como toda su obra, se basa en una literatura de retrato realista, donde las descripciones de elementos mágicos están hechas con un trabajado grado de verosimilitud y naturalismo. La diferencia que se nos establece como lectores es que, todo y siendo ambas obras dos alegorías sobre el mismo tema, Fausto es una historia que ocurre en un mundo distinto al nuestro, mientras que La estrella de Salomón ocurre en nuestro mundo, aquí y ahora.

Aleksandr I. Kuprín

Aleksandr I. Kuprín

La edición de Alba Editorial está hecha con detalle, sencillez y exquisitez –tal y como si el mismo Iván Tsviet la hubiese editado–, el formato es cómodo y bien cuidado, así como su maquetación e impresión están realizadas para ofrecer una lectura cómoda y amena. Porque eso es lo que creó Kuprín con esta novela: una lectura interesante pero liviana, espiritualmente intensa pero con continuos guiños irónicos al lector que provocan la sonrisa cómplice; una lectura sobre una de las alegorías más fundamentales de la cultura humana, pero escrita con un estilo tan cercano y placentero que perfectamente podemos definirla como una agradable lectura de fin de semana. Fausto siempre se nos aparece como un tótem ante al que hay detenerse y contemplar, La estrella de Salomón es más bien un banco que nos invita a sentarnos y reflexionar sobre la parábola de la experiencia de Tsviet centrada principalmente en la capacidad del ser humano por discernir y decidir entre el bien y el mal. Pero no un bien y un mal totémicos y absolutos, sino el bien y el mal que viven de forma inherente en nosotros; a Mefistófeles siempre le invitamos nosotros a entrar en casa, él simplemente se busca las formas más originales para llamar a nuestra puerta.

Xavier Torrents Valdeiglesias

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