Ciudadano de la galaxia (Citizen of the Galaxy, Robert A. Heinlein, 1957)

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Queda feo, pero empezaré esta reseña quitándole algo de protagonismo a Robert A. Heinlein. Cuando me dio por devorar libros de ciencia ficción, los primeros que cayeron a mis manos fueron los de Isaac Asimov. La saga de la Fundación, El fin de la eternidad, Los propios dioses o La serie de los robots, todas nos llevan a lo mismo. Asimov era un autor equilibrado que transmitía humanismo y desplegaba en cada una de sus obras una concepción progresista y pacifista muy cercana al gusto europeo. Luego llegó el terremoto Heinlein a mis estanterías. El tipo hacía apología del individualismo, del militarismo y estaba cargado de prejuicios. Ya no me sentía tan identificado con su manera de pensar, pero me gustaba mucho –muchísimo más– como escritor. Un buen puñado de sus mejores obras todavía arrastran polémica pero aun y así, es responsable de algunas de las mejores historias que ha dado la ciencia ficción en el siglo XX. Forastero en tierra extraña, La luna es una cruel amante, Tropas del espacio, Amos de títeres, Estrella doble, Tiempo para amar o Puerta al verano son algunas de sus imprescindibles –por no mencionar la monumental antología de relatos y novelas cortas Historia del futuro, enmarcados dentro de su particular universo–. Robert A. Heinlein e Isaac Asimov jamás ocultaron sus diferencias e incluso tuvieron sus rifirrafes en público; también los dos fueron nombrados Grand Master por la Science Fiction & Fantasy Writers of America. Pero Heinlein lo consiguió mucho antes.

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Robert Anson Heinlein

Leer a Robert A. Heinlein es peligroso. No se anda con remilgos. A su vez fue uno de los grandes, nos guste o no. Su ideología libertariana, cercana a las tesis de Ayn Rand y que no debemos confundir con lo que entendemos en el continente europeo por ideología libertaria (en este artículo sobre El manantial lo desarrollo un poco más) le hizo propagar sus ideas individualistas, capitalistas y extremas, pero a su vez respetando al cien por cien la libertad del hombre y la igualdad entre razas, llegando a parecer a veces un radical de izquierdas para su época –sin ir más lejos, Forastero en tierra extraña fue uno de los libros de cabecera de buena parte del movimiento Hippie de los Estados Unidos–.

Como ven era un señor complicado, de convicciones firmes, que sin embargo también nos legó un buen puñado de obras más ligeras y juveniles, repletas de aventuras, sentido de la maravilla y buen humor. Buenos ejemplos de ellas serian la absolutamente reivindicable La bestia estelar –con la que disfruté a los 15 años y también a los 35– o la entretenida e hipervitaminada Consigue un traje espacial, viajarás –menudo titulo para una novela–. La que hoy reseño aquí es de estas segundas.

Las novelas juveniles de Heinlein

Las novelas juveniles de Heinlein

Thorby es un niño enclenque y asustado que desconoce su verdadero origen y es vendido como esclavo en el Imperio de los Nueve Mundos. Su nuevo amo, el mendigo lisiado Baslim, tampoco es lo que aparenta y poco a poco se descubrirá como un agente dedicado a combatir el esclavismo en aquel sector de la galaxia. Con el tiempo, Thorby aprenderá a moverse entre los peligros y las luchas de poder que dominan el universo conocido y se lanzará a una aventura que le llevará hasta la Tierra y le hará crecer como persona y buscar su lugar como ciudadano.

En esta ágil novela encontramos al Heinlein más juvenil y diáfano, dedicado por entero a construir la clásica historia de aprendizaje, crecimiento personal y aventuras. Asistiremos a la evolución del protagonista y lo veremos pasar de niño esclavo y anorreado a adulto orgulloso y consciente de su papel en el mundo. Thorby por lo tanto es un personaje arquetipo, con un perfil muy “dickensiano” que nos permite seguir e incluso ansiar el reconocimiento de su identidad como “ciudadano de la galaxia”. Los personajes son ya muy heinlenianos, con un carácter marcado y pretensiones didácticas o pedagógicas, pero nos resultan simpáticos en todo momento.

La figura del mendigo lisiado Baslim es clave y quedará grabada en nuestra memoria. El escritor construye un mentor muy solido que guiará al protagonista durante buena parte de la aventura y –siempre otorgando libertad absoluta– le dará las herramientas necesarias para despertar a la consciencia. Eso sí, Heinlein es Heinlein y como he dicho antes él también tiene tics didácticos llevados a su terreno, por lo que hacia el final de la novela no podrá evitar ridiculizar el pacifismo a través de ciertos personajes excesivamente melindrosos, llegando incluso a mencionar a Gandhi para mal y ensalzando los aspectos más beligerantes del coronel Baslim.

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Sin embargo, Ciudadano de la galaxia es puro entretenimiento, tiene mucho ritmo y atrapa al lector tanto por la trama –clásica pero bien llevada– como por el despliegue de ocurrencias del escritor. Es de esas novelas en las que no encontraremos demasiadas explicaciones previas, como si ya tuviéramos que conocer el universo que se nos muestra y asistiéramos a un episodio más de la saga. Por cierto, una de las naves que se mencionan en el libro lleva por nombre Firefly –no se si significa algo pero tenía que decirlo–. Debemos imaginar una galaxia colonizada por humanos y extraterrestres de diferente pelaje que conviven de forma más o menos pacífica comerciando entre sí y respetando las leyes y tradiciones sociales de cada uno. Heinlein dedica bastantes fragmentos a describir las insólitas y exóticas costumbres de algunas de estas razas y enseñando a nuestro protagonista a comprenderlas. También encontramos esclavistas y corsarios, conocidos y combatidos en diferentes puntos lejanos y negados por los habitantes de la madre Tierra, en general elitistas, pagados de si mismos e incapaces de ver la dura realidad de la galaxia con la cual está más que familiarizado nuestro protagonista.

Por todo ello, este es un libro clave para comprender a Robert A. Heinlein. Forma parte de su etapa de novelas juveniles de encargo y a su vez es una novela frontera: una de las últimas que escribió en este periodo, muy entretenida y que ya apunta a las grandes obsesiones futuras del autor.

Dani Morell.

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