El desafío del profesor Challenger (Primera parte)

“Entonces, mirando hacia atrás, caminamos largamente, por última vez, aquella extraña tierra que me temo sería muy pronto vulgarizada, presa de cazadores y buscadores de minas, pero que para todos nosotros era el país de los sueños, de la fascinación y la aventura novelesca. Un país donde nos habíamos arriesgado mucho, habíamos sufrido mucho y aprendido otro tanto. Nuestro País, como siempre lo llamaremos con afecto”

Diario de Ed Malone en El mundo perdido. Sir Arthur Conan Doyle.

El huraño pero entrañable profesor Challenger, que protagonizó varias y fabulosas aventuras salidas de la pluma de Arthur Conan Doyle, también vio cómo sus peripecias paracientíficas escapaban de las páginas escritas y eran adaptadas de una u otra manera a diferentes formatos artísticos. Principalmente a la gran pantalla, pero también al mundo de la ilustración y el cómic. En menor medida, por supuesto, que la creación más famosa de Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes.

Sir Arthur Conan Doyle

Por algo cuenta la leyenda, que su primo (si aceptamos la especulación consanguínea de Baring-Gould, una de las voces más autorizadas en el análisis de la obra de Conan Doyle) Sherlock Holmes es el personaje literario que más adaptaciones al cine ha conocido a lo largo de la historia. Casi todas sus aventuras llamadas “canónicas” han sido filmadas con mayor o menor suerte. Nuestro profesor Challenger también ha saboreado el éxito cinematográfico –pero en contadas ocasiones–, y por el momento tan sólo directamente a través de una de sus peripecias, acaso la más famosa: la sensacional novela de aventuras El mundo perdido (The Lost World, 1912).

El libro nos relata como el indómito profesor Challenger, temido por casi todos y amado solo por sus allegados, decide emprender un peligroso viaje a una zona aislada del Amazonas en la cual aseguran haber visto dinosaurios y otras especies teóricamente extinguidas. Para ello contará con aventureros de prestigio y reporteros escépticos. Por descontado la zona existe, se trata de una meseta casi impracticable, repleta de criaturas prehistóricas y otras sorpresas y de la cual será muy difícil escapar. La expedición decide bautizar la zona como “Tierra de Mapple White” en homenaje al descubridor de la misma.

Este singular y apasionante relato, imprescindible novela de aventuras clásica, ha propiciado hasta la fecha siete reescrituras para la pantalla (ya sea cinematográfica o televisiva) basadas directamente en la novela original. Sin embargo, es de menester recordar que películas fundamentales para la historia del cine como King Kong o la saga de ciencia-ficción británica protagonizada por el profesor Quatermass beben directamente del personaje y los parajes de ficción creados por el irreemplazable escritor victoriano. Pese a su indudable interés, no vamos a extendernos en ellas en este artículo, que pretende limitarse a enumerar las adaptaciones directamente basadas en la obra de Conan Doyle.

FILMANDO DINOSAURIOS: LAS ADAPTACIONES CINEMATOGRÁFICAS DE EL MUNDO PERDIDO

La adaptación oficial: El mundo perdido (The Lost World, 1925)

El guionista y director Harry O. Hoyt fue el encargado de trasladar al celuloide la conocida novela por primera vez. La película conserva el mérito de ser considerada todavía (también por el que esto firma) la mejor de las múltiples adaptaciones. Rodada a lo largo de 1924 y estrenada en 1925, la película sufrió las consecuencias de su propio éxito al desaparecer parte de su metraje por causas comerciales: parece ser que se alcanzó un acuerdo para realizar y añadir una banda de sonido a la cinta y se retiraron todas las copias mudas en circulación. Obviamente, el negativo original (de 104 minutos) debía conservarse, pero acabó desapareciendo no se sabe si por descomposición del celuloide o directamente fue también destruido por error.

La copia más conocida actualmente es una versión de unos 50 minutos montada inicialmente para proyectar en las escuelas. Parece ser que la original, que contaba con una introducción del propio Doyle, fue parcialmente restaurada a partir de una copia en muy mal estado encontrada hace unos pocos años en la República Checa. A día de hoy existe, por lo tanto, una versión de 94 minutos bastante fiel a la original (representa una restauración del 90 %) y que fue presentada en 2001 en Estados Unidos.

La película, una pequeña joya de la ciencia-ficción y la aventura clásica, cargada de sentido de la maravilla, contó entre sus filas con un sólido equipo. La guionista, Marion Fairfax, ya había estado implicada con el personaje más popular de Conan Doyle al adaptar tres años antes la famosa obra teatral de William Gillete en la película Sherlock Holmes (Sherlock Holmes, 1923), con John Barrymore encarnando al detective (hoy desaparecida).

El mundo perdido fue protagonizada por dos de los actores norteamericanos de más renombre en aquellos tiempos, Bessie Lowe y Lewis Stone, y tuvo la participación de un más que acertado Wallace Beery (Long John Silver en La isla del tesoro de Victor Fleming) para el papel de Challenger. Beery supo construir su personaje con el toque exacto de exaltación y arrojo del profesor, esa especie de obcecación ilógica por lograr una meta, no desprovista de cierto encanto romántico y capaz de inspirar posturas contradictorias en el espectador.

La adaptación, pese a resultar bastante fiel (nos falta ver la copia restaurada) incluye variaciones supeditadas a la comercialidad, como la inclusión de una mujer como uno de los personajes protagonistas, algo que sentó un precedente para todas las versiones posteriores y que suponemos contó con el visto bueno del autor. También al final, igual que sucediera con el simio gigante pocos años más tarde en la mencionada King Kong, los dinosaurios (concretamente un brontosauro) asolan Londres en aras de la espectacularidad. Si bien estos pasajes son inexistentes en la novela original, es de suponer que Doyle también estuvo de acuerdo con los mismos y quedan como un guiño simpático y un emocionante final de traca.

Es imposible hablar de esta película sin aludir a los verdaderos protagonistas de la función, los dinosaurios. Por lo tanto es imposible repasar esta adaptación sin dedicar unas líneas a Willis O’Brien, el que posteriormente fuera maestro de Ray Harryhausen, y creador de los magníficos dinosaurios animados utilizando la técnica de stop motion (animación fotograma a fotograma). O’Brien, que ya llevaba a sus espaldas cinco importantes cortometrajes (posteriormente se encargaría del famoso documental The Animal World, 1956) plagados de dinosaurios, y realizados en colaboración con su ayudante Marcel Delgado. Con posterioridad utilizó esta técnica en el clásico imperecedero King Kong, inspirado parcialmente por la novela que nos ocupa, y película que le consagraría de manera casi definitiva como mago de esta técnica (todavía estaba por llegar Ray Harryhausen).

Como anécdota cabe destacar que Willis O’Brien planificó una continuación e la exitosa película que debía titularse “Atlantis”, pero por desgracia el proyecto cayó en el cajón de las buenas ideas y nunca se llegó a producir.

La aventura en Technicolor: El mundo perdido (The Lost World, 1960)

Durante aproximadamente cuarenta años, y si omitimos todas las producciones que sin indicarlo se inspiraban en la novela, nuestro buen profesor quedó en el olvido cinematográfico. Tuvimos que esperar hasta 1960 para poder disfrutar de una nueva versión de la fantástica aventura de Maple White, aunque esta vez las cosas no salieron tan bien como cabria esperar con tan sólida base.

Irwin Allen, famoso como productor a raíz de sus series televisivas de ciencia-ficción tales como Viaje al fondo del mar, El túnel del tiempo o algunas de las más exitosas producciones del cine de catástrofes de los setenta, se encargó de rodar la película, esta vez sonora y ya en color.

Para el papel de Challenger se eligió a Claude Rains (El hombre invisible, 1933), caracterizado con una frondosa pelambrera pelirroja para la ocasión; el actor salió como buenamente pudo del asunto, logrando una interpretación convincente pero discreta, un tanto descafeinada. Summerlee, convertido en un escéptico gruñón, fue encarnado con más pena que gloria por el actor cómico Richard Haydn. El gran Lord John Roxton estuvo a cargo del siempre correcto Michael Rennie (Klaatu en Ultimátum a la Tierra), y David Hedison, un habitual colaborador de Allen conocido, entre otros, por su papel protagonista en La mosca (The Fly, 1958) fue Ed Malone. Para el personaje femenino, inventado y habitual en todas las adaptaciones hasta la fecha, se eligió el nombre de Jennifer Holmes –en un evidente y poco original homenaje al escritor–, siendo interpretado por Jill St. John.

Pese al correcto y curioso reparto, la película chirría por todos lados, en parte por culpa de su mediocre director y en parte por los problemas de producción que relataremos más adelante.

Una de las primeras decepciones del film sucede como consecuencia de su afán por modernizar el texto: la aventura transcurre en los sesenta, despojándola de parte de su encanto original, evidentemente victoriano. Ver al profesor Challenger llegando en un flamante Boeing de la TWA o desplazándose por la bulliciosa Londres de los sesenta descoloca un tanto, pero con gran esfuerzo podemos llegar a hacer la vista gorda. Sin embargo, y por si esto fuera poco, Allen convierte su película en una especie de aventura infantil, pero despojada de la personalidad que pudieran llegar a tener productos similares de la factoría Disney por aquella época y abocada directamente a la comedia barata. Inenarrable, por ejemplo, la escena en que Summerle cae presa de una ridícula planta carnívora prehistórica, ante las risas de toda la tropa.

Pero si el espectador ha sido capaz de abstraerse de estos pequeños inconvenientes arriba referidos, la risa -o el llanto- ya serán mayúsculos cuando vea aparecer los esperados dinosaurios. Auténticos caimanes, iguanas y demás reptiles variados, ridículamente provistos de cuernos y crestas a modo de disfraz, pululan frente a las cámaras absolutamente ajenos a todo cuanto les rodea. El nivel ya baja del todo cuando se debaten en encarnizadas luchas entre ellos, a todas luces provocadas con alguna artimaña infame por los  técnicos del estudio.

Parece ser que O’Brien, el creador de las animaciones de la versión de 1912, y que en esta ocasión también firma el apartado de efectos especiales, poco tuvo que ver realmente con el resultado final. Se conoce que en realidad llevaba tiempo tras el mismo como proyecto personal, con la idea de realizar las animaciones fotograma a fotograma, algo que inexplicablemente los productores no consideraron necesario.

Continúen en El desafío del profesor Challenger (Segunda parte)

Dani Morell

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