The Box – Los dos Richards

The Twilight Zone (1) es probablemente la mayor fuente de influencia de las historias de ciencia ficción cinematográfica de las últimas cinco décadas. A nivel televisivo significa el principio de muchas cosas, cumple una fantasía de los años 50 de muchos lectores de relatos de ciencia ficción de ver sus relatos preferidos a la pantalla (algo con lo que nosotros hemos nacido y hasta cierto punto no nos sorprende), y sigue cumpliendo con esa función hoy en día, puesto que esos relatos, o los guiones que se escribieron directamente para el programa de televisión, son inmortales y su vigencia es inmutable.

Pero esto ha presentado un problema es muchas ocasiones, y es también quizá el punto donde más flojea la, por otra parte, interesantísima propuesta del también siempre interesantísimo Richard Kelly: la traslación a la pantalla grande de una historia corta, el llenar la historia con nuevos elementos que no estaban en la mente original de su autor. Es el handicap de los que padecen lo que podríamos llamar el sindrome del twilightzonero. La serie tuvo muchísimos guionistas diferentes, pero tres de ellos forman el triunvirato invencible de los episodios más inolvidables del grueso total de horas que forman sus 5 temporadas (originales) (2). Su creador, Rod Serling, escritor de un enorme número de episodios, a los cuales de dotaba una gran carga nostálgica y con un punto moral y ético muy interesante. Charles Beaumont, poseedor de un turbio pasado personal, cuyas historias eran las más sórdidas, las más aterradoras y las más angustiosas. Aunque este último adjetivo quizá debería compartirlo con el tercero, pero desde luego no menos importante: Richard Matheson.

Nacido en Allendale, New Jersey, en 1926, Matheson llamó la atención de crítica especializada y público prácticamente desde la publicación de su primer relato, hoy considerado un clásico en su género, Nacido de hombre y mujer (3), en el cual ya jugaba con algo que se consideraría en una norma en sus obras más célebres, Soy Leyenda, La casa infernal o En algún lugar del tiempo, la alteración del punto (o puntos) de vista común hacia otro excepcional, algo que para que funcione no tiene que ser advertido por el lector hasta que el escritor, como un ilusionista, saque de su chistera el conejo y “aumente” la perspectiva de los personajes y la visibilidad de los lectores. Entraría en el staff de guionistas del equipo de Serling desde su primera temporada y a lo largo de la serie se emitirían hasta 16 capítulos con su firma, entre ellos clásicos como Pesadilla a 20.000 pies de altura, el célebre episodio del gremlin en el avión que aterrorizaba a un jovencísimo William Shatner (4), Little Lost Girl, en el cual una niña se perdía en “la cuarta dimensión” y que se nota fue una influencia capital en el guión de Poltergeist (5), Nick of Time, también protagonizado por Shatner , en el cual una pareja recibía mensajes de una máquina con rostro de payaso que “leía el futuro” a cambio de una moneda de 25 centavos y empezaba a manejar sus vidas (6), o The Invaders, en el que Agnes Moorehead era asediada en su granja por una invasión de diminutos extraterrestres y cuyo giro final es uno de los más celebres de la serie.

Escribió Button, Button en 1970 para ser publicado en la revista Playboy, pero por desgracia la serie ya no estaba en antena y su relación con el siguiente proyecto televisivo de Serling, la también muy destacable Galería Nocturna (Night Gallery) sería mucho más ocasional. Ya conocen su argumento: Un extraño individuo ofrece a un joven matrimonio una caja y una oferta. En la caja hay un botón, la oferta: si el botón es pulsado recibirán una considerable suma de dinero, pero a cambio morirá una persona a la cual ellos no conocen (7). En el relato original, su irónico giro final mostraba la muerte del marido: la mujer es la que pulsa el botón y la explicación del sórdido personaje es que “nunca llegó a conocerle realmente”.

Pero Button, Button si terminó entrando en la mitología del universo de The Twilight Zone al ser adaptado para uno de sus episodios dentro de la versión de 1986. Altamente irregular, solo en muy pocas ocasiones se consiguió en ella rememorar el tono de la serie original. La calidad del producto fue muy desigual, pero es que en ella no se encontraba un espíritu impulsor tan fuerte como el de Serling ni un elenco fijo de escritores de la calidad de la original. Solo se recurrió a un relato de Matheson en esta ocasión, probablemente por que el autor de Jersey no quedó nada contento con el resultado final de la adaptación, ya que firmó con el pseudónimo que utiliza para estas ocasiones, Logan Swanson, y se le fueron las ganas de repetir. De todos modos, si incluía un nuevo elemento muy interesante, un cambio en el final del relato original que también ha sido utilizado por Kelly (aunque el desenlace sea completamente distinto). En él, la mujer pulsaba el botón, recibían el dinero… y el extraño les anunciaba que ahora reprogramarían la máquina y le harían la oferta a otra pareja… una que ellos no conocen, evidenciando la posibilidad de que pasaran a ser las futuras víctimas de la caja.

Ahora el material ha caído en manos de Richard Kelly, y reconozco que mi curiosidad sobre que podía hacer con este material fue en aumento a medida que se acercaba la fecha del estreno. Y la verdad es que tenía mis dudas, por que la combinación de los dos Richards, Matheson y Kelly, me resultaba un tanto difícil de asimilar. Pero aunque sus “dos mundos” no terminen de congeniar del todo y de que no le haya salido un trabajo del empaque de Donnie Darko ni un espectáculo tan inclasificable pero estimulante como Southland Tales, por lo que a mi respecta el director ha salido de la prueba manteniendo su interés intacto, no lo ha aumentando pero no lo ha disminuido (espero que en otras webs de género como la nuestra se piense de modo semejante, porque la crítica generalista no ha sido muy tolerante, aunque sin llegar a los extremos lapidarios de su obra anterior) siguen muchas de las constantes de su obra, mantiene su fidelidad al género y sigue dispersando su imaginario particular, con el que se puede conectar tan fácilmente como no se puede, de una escena a otra.

Richard Kelly no vive en la realidad presente, sino que dibuja una imagen basada en la plástica de los filmes juveniles de los años 80 para mostrar esa década en Donnie Darko, se imagina un futuro cercano, cercano (tanto, que ya es pasado) con estética pop y colores muy vivos para dibujar la ciudad de juguete que era Los Angeles en Southland Tales. En esta ocasión lo ha ambientado en los 70, y un poco como ha hecho Ti West en la reciente The House f the Devil (si bien en este caso planteando el metraje como si fuera un título para la pequeña pantalla, con las distintas reglas que ello conlleva) ha aprovechado al máximo los elementos estéticos (los colores de los papeles pintados en la pared, la banda sonora, las constantes señales de la época en la que sucede la historia según los programas de televisión que ven los personajes), recargadísimos, para remarcarlo: tan ambicioso es Kelly que es importante dejar claro que desde el punto de vista del film, su final (diferente tanto al relato de Matheson como a la versión televisiva de los ochenta) aun tiene repercusiones en la historia de la humanidad hoy en día. Y además aprovecha para llevarnos “de viaje estético” por aquellos tiempos, por la ciencia ficción “de entonces”, es fácil recordar Encuentros en la tercera fase, por citar un ejemplo especialmente célebre, en algunos fragmentos de la obra.Pero, independientemente de sus saltos temporales, la realidad de Kelly siempre es la misma. Se podrían situar sus tres obras en una línea temporal de un mismo universo (cuyo final lo marcaría Southland Tales) y encajarían perfectamente.

Este universo sufre la esquizofrenia plástica, los personajes son capaces siempre de trasladar su angustia y su alterado estado mental al entorno que les rodea. En The Box eso no es solo significativo en escenas clave del film, ya sea la de la biblioteca o en la fiesta de la celebración nupcial, sino en los detalles: en esa radio que no para nunca de soltar teorías sobre los viajes espaciales o las posibilidades de que haya vida extraterrestre y que parece ser lo único que escucha el protagonista. Los interludios entre el empleado del caballero que entrega la caja y el directivo de la NASA, colando en medio de la trama principal disertaciones cósmicas, incluso encuadres alucinantes, y no me refiero a los que más uso hacen los efectos especiales, un tanto gratuitos y new age (el desenlace de la escena de la biblioteca, la teoría sobre el purgatorio y el momento de la cama y el agua), sino pequeños momentos donde se encuadra el “despacho” del extraño caballero encarnado por Frank Langella, con su mesa, sus teléfonos, ese sonido insoportable, los guardias vigilando… Tiene talento para sumergir a –algunos- espectadores en intensas sensaciones de extrañamiento. Y eso es mucho, es muchísimo, por que la cantidad de directores que lo intentan y caen en el más completo ridículo supera con mucho a los que tienen éxito. Es uno de los retos más buscados del cine actual, pero encontrar los elementos para provocar esa reacción, y saber usarlos, es difícil. Al César lo que es del César, Kelly es excelente en ello. Pero eso no implica que en esta ocasión su trabajo haya salido del todo redondo, ese ingrediente es importante y para espectadores como el que suscribe siempre un agradable plus, pero no el todo.

Y volvemos al tema inicial. El riesgo que se corre cuando se intenta “desarrollar” una historia corta donde importa más el concepto, donde las posibilidades de explorar tramas son pocas, casi nulas. Lógicamente lo que se hace es explorar el background, pero esto es peligroso por que puede terminar siendo más importante que la historia que se adapta, que en principio debería ser lo principal (a la cabeza me viene el episodio El baile de los muertos de la serie Masters of Horror, donde Tobe Hopper se enfrentaba a otro relato de Matheson, uno especialmente magistral, con resultados bastante decepcionantes). Kelly se esfuerza por engullir Button, Button dentro de su universo personal, ponerlo a sus pies y al servicio de su historia, que no se llama como el relato, se llama The Box y es otra cosa y tiene otras ambiciones. Pero en lo que a planteamientos se refiere a Matheson no le gana nadie, y este es uno muy fuerte y muy poderoso, demasiado, como para dejarnos llevar por el background y la historia que desarrolla Kelly luego. Éste insiste en explicarnos que la humanidad está siendo juzgada por fuerzas superiores… pero a la humanidad ya la estaban juzgando Matheson, Serling, Beaumont y muchos otros, y si uno se acerca a sus biografías descubrirá que de divinos tenían más bien poco.

Sí tiene éxito en añadir las tablas, el empate, en la historia, un elemento bastante bien parido y que ayuda a establecer que la cadena de acontecimientos que se suceden en bucle son tanto por un lado, por la mezquindad del ser humano, en el primer caso, como por su capacidad de amar, en el segundo, ambos intrínsecos y que impiden que el dictamen final del juicio sea claro y conciso, para alegría del personaje de Langella, Arlington Steward, al cual se le “escapan” en algún momento “pistas” para ayudar a los protagonistas. Y aunque no deje vislumbrar apenas ninguna emoción, y de entrada parezca un refrito del arquetipo de diabólico personaje que encarnaba, por ejemplo, Max Von Sydow en La Tienda, a medida que se le conoce se establece que no es un demonio ni un ser superior, simplemente ha sido tocado por ellos, y aunque sea justo eso no implica que llevarse por delante a la raza humana, a la cual sigue perteneciendo, de alguna manera, le haga mucha gracia. De ahí la decepción que le confiesa a Cameron Díaz cuando le dice que tenía esperanza en que ellos, concretamente, no pulsarían el botón, más cuando ella le ha confesado a él que sintió amor al ver su rostro desfigurado (excelente el trabajo de maquillaje en el rostro del actor inglés por parte del equipo de Louis Lazzara: admito que no podía dejar de mirar ese trozo de cara que le falta), y va entendiendo que están efectuando un verdadero trabajo de conciencia, purgándose. Porque desde el momento en el que se pulsa el botón, se desata el infierno, y el millón de dólares deja de tener ninguna importancia, cuando durante todo el primer segmento del film parece la clave del meollo.

El ser humano según Richard Matheson es incapaz de sentir empatía por el sufrimiento de otra persona si no le es conocida o cercana. Y Kelly lo recalca mucho, es muy diferente la empatía a la conciencia. No es que a la pareja encarnada por James Mardsen y Cameron Díaz (muy correctos ambos) parezca provocarles un inmenso dolor ser la causa de la muerte de otra persona mientras debaten si pulsar el botón o no, y no es peor ella que él por hacerlo (y en esto la película se muestra muy correcta, puesto que apenas se hace hincapié en este asunto y el personaje de Mardsen no se lo echa en cara ni al final, por mucho sufrimiento que le cause, la decisión fue de los dos) ya que a él no es que le preocupe la muerte ajena, sino su propia conciencia, y aunque no sea un motivo tan ruin como dejar morir a alguien por un millón de dólares, desde luego tampoco refleja el ser humano como algo muy brillante que digamos, más bien como un ser cuya motivación radica siempre en su propio bienestar, sea económico o espiritual. Y Kelly enlaza el final con la potenciación de todo aquello del ser humano que sí es luminoso: si se siente empatía con el ser cercano, su sufrimiento puede llegar a ser inaguantable para uno mismo, y la redención es posible, aunque nos lleve a la muerte. Y más importante aun, incluso intuyendo que lo que hay detrás de la muerte es incluso mejor que lo que hay aquí, lo doloroso del viaje es la pérdida, dejar a los seres queridos atrás. Ahí radica su valor, Kelly introduce su contrapunto a Matheson muy eficazmente y le da de un significado enorme a la importancia pulsar el botón. Solo conociendo el dolor de la pérdida se puede comprender el daño causado al provocarla.

Notas:

(1) Conocidas en nuestro país como por La dimensión desconocida o En los límites de la realidad.

(2) La serie original, a la cual estoy haciendo referencia, se emitió en los Estados Unidos entre 1959 y 1964. Existieron dos versiones que intentaron resucitar el espíritu original de la serie en 1986 y 2002, cuyos resultados no convencieron. Hasta cierto punto es normal, The Twilight Zone en todas sus connotaciones, pertenece a un momento y a un contexto difícilmente aplicable hoy en día.

(3) Editado en España dentro de la antología de relatos de Matheson El tercero a partir del Sol por Editorial Edhasa, Colección Nebular, en 1977, aun encontrable en tiendas de saldos y páginas web.

(4) Y que conoció un remake en 1984 dirigido por George Miller en el filme de episodios En los límites de la realidad, otro interesante pero insatisfactorio intento de resucitar la serie para la gran pantalla perpetrado por Steven Spielberg, aquejado del mismo síndrome de Kelly y que se sentiría más cómodo en un programa de características parecidas pero barnizado más de acuerdo con su manera de entender ya no solo el cine, sino la moral y la ética: Cuentos asombrosos (Amazing Stories).

(5) Curiosamente, ambos episodios también conocieron versiones en forma de comedia animada en Los Simpsons, en sus celebraciones anuales de Halloween The Treehouse of Horror.

(6) Nick of Time, emitido en 1960, desde luego es una de las influencias más directas de Button, Button.

(7) A modo de señalar el implacable paso del tiempo… y de la subida del dinero: en el relato original, la oferta era de 50.000 dólares, en el episodio de Twilight Zone de 1986, 200.000, en la película de Kelly, un millón.

Javier J. Valencia

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