Pioneros de la ciencia ficción rusa. Volumen II (Aleksandr P. Ivanov, Ignati N. Potápenko, Aleksandr A. Bogdánov, Vivian A. Itin, Alekséi M. Vólkov, Alba Editorial, 2015)

pioneroscifirusa02CAPGracias a la buena acogida del primer volumen de Pioneros de la ciencia ficción rusa, la editorial Alba, dentro de su colección Rara avis, publicó recientemente una segunda recopilación de relatos como continuación directa de aquella. En esta ocasión encontramos seis narraciones seleccionadas y traducidas por Alberto Pérez Vivas, que también se encarga de introducir cada relato aportando imprescindible información sobre el autor y su contexto. Además, están ordenadas cronológicamente, abarcando el periodo de 1909 a 1929 y por consiguiente, se sitúan directamente en los años inmediatamente anteriores y posteriores a la gran revolución de octubre de 1917. Ni que decir tiene que tamaño acontecimiento incide de diversas maneras en los relatos y en sus escritores. La ciencia ficción rusa, en estos primeros años, estaba muy influenciada por las utopías futuristas y progresistas de H. G. Wells y por los propios movimientos revolucionarios que sacudían al país. La inocencia, el optimismo y hasta diría que el candor intelectual que se adivinan en estos pioneros está lejos de la crítica mordaz que desplegarían poco después los autores más reconocidos de la ciencia ficción rusa, tales como Yevgueni Zamiatin, los hermanos Strugatsky o Stanislaw Lem. También hay que decir que tampoco su país y su revolución habían caído todavía en las garras de la burocratización y el totalitarismo que se conocerían años después. Por desgracia, y como veremos más adelante, muchos de los escritores que aparecen en este libro se toparon con la cruda realidad cuando sobrevino la locura estalinista (y algunos no vivieron para contarlo). Ello no invalida la fuerza de sus relatos, la mirada hacia el futuro teñida de inocencia y optimismo y el sentido de la maravilla que disfrutaremos en la mayoría de las historias que componen el presente volumen; pero sí que los ancla profundamente en una determinada época y su contexto. Ellos abrieron el camino y asentaron las bases por las que luego transitarían algunas de las figuras más importantes, no ya de la ciencia ficción rusa, sino de toda la literatura universal.

El primer relato, El estereoscopio. Historia crepuscular, de Aleksanr P. Ivanov, es de los mejores de la antología en cuanto a ambientación y atmósfera. El escritor, un matemático experto en arte que trabajó como asesor científico del Museo Ruso de San Petersburgo y del que solo se conoce otra obra narrativa, se vuelca en contarnos una historia que discurre entre la ciencia ficción fantástica y el cuento terrorífico al más puro estilo Twilight Zone (no en vano su propio titulo hace referencia a los súmierechnie rasskazi, cuentos crepusculares rusos de misterio que se narraban de forma oral). El protagonista nos relata, en primera persona, su insólita experiencia tras adquirir un estereoscopio que le fascina en una casa de subastas. Con dicho artilugio (una especie de prismáticos que permitían ver fotografías con efecto tridimensional si previamente habían sido tomadas con una cámara igualmente estereoscopica) consigue cruzar un umbral desconocido y situarse físicamente en el interior de la imagen. El objeto, del cual jamás descubriremos su procedencia más allá de la casa de subastas ni el porqué de su misterioso poder, muestra una única vista fija –la sala olímpica con la escultura de Zeus del museo Hermitage–, y permite a su portador entrar en dicho lugar, o tal vez sería mejor decir a una versión apagada y crepuscular de dicho lugar. Poco a poco, nuestro guía irá descubriendo que le es posible salir de esa estancia y pasearse por el resto del museo y hasta investigar el mundo exterior. El estereoscopio es un relato de exploración en el que se pone especial empeño en el apartado descriptivo, en los tonos apagados y monocromáticos de esa dimensión paralela estática, extraña y silenciosa que nos muestra con gran lujo de detalles. La sensación de amenaza indefinida es continua y desasosegante pero a su vez transmite al lector el magnetismo casi enfermizo que siente el protagonista y que le obliga a visitar con nosotros ese particular mundo una y otra vez. En cierta manera se trata también de un viaje al pasado, pues toda fotografía es una puerta al pasado, pero en este caso se trata de un ayer mortecino e inmóvil, repleto de duplicados humanos sin vida. Un relato muy bello y una gran elección para abrir la antología que tenemos entre manos.

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Ignati Nikoláievich Potapenko

En la sombra de los tiempos. Una historia ocurrida en el año 2912, de Ignati Nikoláievich Potapenko, es el segundo relato del libro. Se publicó en 1912 y como su mismo titulo nos indica, se trata de un cuento de anticipación. En él se especula sobre un mañana lejano (nada menos que mil años hacia el futuro) en el cual los trasplantes de órganos están a la orden del día y se pueden realizar con pasmosa facilidad. Se nos describe una sociedad utópica con infinidad de aparatos eléctricos que hacen la vida más confortable –se llega a describir un teléfono móvil–, medios de transporte revolucionarios y aeródromos en todos los edificios. Hasta existen soles eléctricos capaces de proporcionar más horas de luz de manera artificial para aumentar la productividad. También el hombre ha evolucionado hasta convertirse en un ser de menos estatura, completamente calvo, sin dientes y muchísimo más longevo. En este orden de cosas, nos encontramos con Chernchaille, un multimillonario norteamericano que se dedica a la filantropía a nivel planetario y que necesita un transplante de corazón de manera urgente. Y como todo sistema es falible, por más utópico que este pueda parecer –y más si arrastra una gran maquinaria burocrática detrás, como es el caso–, su corazón será intercambiado con el de un frío político ruso. Y ya tenemos la critica social servida, un tanto simplona pero muy entrañable y con un tono de humor general que la hacen simpática y llevadera. En resumidas cuentas, En la sombra de los tiempos es un curioso relato que por un lado explota la vertiente científica, sobre todo en el apartado de la anticipación, y por otro se transforma en una pura fábula social que nos propone un autentico ejercicio de suspensión de la realidad –sorprende la utilización del órgano cardiaco como depositario de la ética y la moral humanas– y que sin embargo, funciona perfectamente si la sabemos situar en su universo particular.

La Fiesta de la inmortalidad, de Aleksandr A. Bogdánov, nos describe un futuro utópico tras los primeros mil años de inmortalidad. Lo más interesante es que nos la cuenta el propio descubridor de la inmunidad fisiológica, un físico llamado Fride que gracias a su ilimitado tiempo se ha dedicado a cultivar casi todas las artes y disciplinas culturales. Estamos ante un relato con trasfondo filosófico en una sociedad que ya no tiene que sufrir por la escasez de agua o alimentos ni por ninguno de los condicionantes de la vida que todos conocemos. Por supuesto, la maquinaria y el confort se ha desarrollado hasta cotas inauditas y el ser humano puede dedicarse a aspiraciones más elevadas. Por supuesto, todo lo aparentemente bueno tiene su contrapartida (y no quiero contar más para no hacer ningún spoiler). La historia de su escritor, Aleksandr A. Bogdánov, también es harto curiosa y alcanza su máximo apogeo y su propia destrucción durante la era soviética. Tuvo una estrecha relación con Lenin durante su etapa como teórico y activista marxista para separarse más adelante de su persona y del partido por divergencias políticas. Escribió La estrella roja, una reconocida novela de ciencia ficción política que traslada la utopía socialista al planeta Marte y trabajó como medico y científico en diversos campos. Al igual que el protagonista de La Fiesta de la Inmortalidad, buscó incansablemente la longevidad y el rejuvenecimiento –evidentemente sin lograr ningún éxito–. Sus expeditivos métodos, que incluían transfusiones de sangre continuadas, terminaron con su existencia en 1928, cuando experimentaba con su propio cuerpo mientras dirigía el Instituto de Supervivencia (creado en Moscú con el visto bueno de Stalin). Una autentica vida de ciencia ficción (rusa).

Aleksandr A. Bogdánov

Aleksandr A. Bogdánov

El país de Gonguri tiene algo que trasciende. Tal vez se haga un poco largo a causa de su torrente de información continua y sus extensas descripciones, pero a su vez nos propone un viaje onírico por territorios utópicos e inexplorados de una fuerza incontestable. Dos presos políticos mantienen una conversación en la celda de una abarrotada cárcel, están acusados de bolchevismo y parece que los van a ejecutar. No sabemos mucho más de ellos ni de su pasado, ya que el relato se centra en lo descriptivo, en ese país de Gonguri situado mil años después de una hipotética revolución todavía por llegar y que trae de cabeza a uno de los dos convictos (y que parece basarse en el socialismo romántico que profesaba el autor de la historia). En el relato hay poquísima acción y cuando esta hace su aparición se precipita para quedar rápidamente relegada a un segundo plano. Muy curiosa e interesante historia, como la vida de su escritor, Vivian A. Itin, que colaboró y desempeñó cargos políticos y culturales con entusiasmo durante los primeros años de la revolución de Lenin para terminar ejecutado por Stalin en 1938, acusado de espionaje.

Los dos últimos relatos vienen firmados por el desconocido Aleksei M. Vólkov, un escritor del que nada se sabe excepto las fechas de publicación de estos dos cuentos (1928 y 1929) en las revista sovieticas Mir Prikliucheni (El mundo de las aventuras) y Vsiemirni Sliedopit (Explorador mundial) respectivamente. El primero, Extraños, es lo más parecido a Encuentros en la tercera fase que se puedan imaginar –teniendo presente que fue escrito cincuenta años antes que la apabullante película de Steven Spielberg–. Las descripciones de los avanzados extraterrestres, sus naves y los mismos contactos, en los cuales los humanos protagonistas son meros testigos de los hechos durante casi todo el relato, son sorprendentemente parecidas al fenómeno ovni que se desataría unas décadas más tarde y que conocería su máximo apogeo en los años 70 y 80 del siglo XX. Con el segundo relato, Bairo-Tun, el autor va un poco más allá y nos narra la relación que se establece entre un par de rusos (un cazador y un naturalista) y un simpático científico marciano con forma de pulpo. Su nave, una especie de olla redonda y metálica que se posa sobre el océano, recuerda poderosamente a los ingenios mecánicos descritos por H. G. Wells y el tono general del relato nos traslada por momentos a las películas de serie B de los años 50. Muy entretenidos ambos, y además, se adelantaron varias décadas en su propio campo. Dos autenticas “rara avis”. Una manera dinámica, sorprendente y divertida de cerrar esta compilación.

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La impresión que nos llevamos tras leer estos relatos tempranos de ciencia ficción es que los escritores rusos desbordaban imaginación, optimismo y muchas ganas de construir alternativas que fueran capaces de mejorar la sociedad que les había tocado vivir. Además, lo hicieron partiendo de una forma de concebir el mundo y la cultura totalmente diferenciada a la de sus homólogos anglosajones y europeos. Con algunas excepciones, quedaban todavía lejos las asfixiantes distopías, las profundas exposiciones filosóficas y las oscuras civilizaciones que nos legarían las mejores obras de la ciencia ficción rusa  y sus escritores algunos años más tarde, pero no cabe duda de que estos abrieron el camino y algo –o mucho– de todo ello, se adivina en relatos como Pais de Gonguri o La Fiesta de la Inmortalidad –y en diferente medida en El estereoscopio, Extraños y Bairo-Tun. Como ya sucedía con el primer libro, Pioneros de la ciencia ficción rusa. Volumen II, es una propuesta excelente para adentrarse en la ciencia ficción de ese país y gustará tanto a conocedores de la misma y sus grandes obras como a profanos en la materia que quieran disfrutar de un puñado de buenos relatos e ir un poco más allá de los clichés a los que nos tiene acostumbrados el género.

Dani Morell

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