Emociones baratas #14- Mastertoncalipsis

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Cómo molan las historias sobre el fin del mundo, ¿verdad? La ficción apocalíptica nunca pasa de moda, ya que siempre hay alguna probable amenaza en el horizonte con la que destruir la civilización; desde las que fueron realmente serias como el desastre de Chernobyl a cosas ridículas como el efecto 2000. ¿Y qué pasa si juntamos la tensión y el suspense de la literatura catastrófica con la mala leche de uno de los musos de esta sección, el escocés Graham Masterton? He aquí dos ejemplos de sus incursiones en el género.

Plague (1977, Star)

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Escrita un año antes que Apocalipsis de Stephen King, Plague parece ser, irónicamente, casi una respuesta a la enorme y épica novela del autor de Maine, siendo un libro considerablemente más pequeño (404 páginas en su edición de bolsillo) y con un tema similar; el de un virus que destruye a la raza humana. No obstante, es ahí dónde acaban las similitudes. Recordad que estamos ante el Masterton de la primera época, casi recién salido de Manitú y eso quiere decir que tiene un ritmo absolutamente frenético sin andarse por las ramas y un enfoque muy claro en lo que quiere contar.

El doctor Leonard Petrie es un simpático divorciado que ejerce su oficio especializándose en las dolencias de los ricos de la tercera edad de Miami. Se lleva mal con su ex mujer y no acaba de conectar con su hija, la pequeña Priscilla, pero tiene una novia cañón y juega de puta madre al golf, por lo que no le va tan mal. Pero su vida da un giro cuando un hombre se presenta en su puerta una mañana, pidiéndole que visite a su hijo, que parece sufrir de una extraña gripe. Cuando lo lleva a que su amigo, el doctor Anton Selmer, lo reconozca, el chico muere entre terribles diarreas. Tras un análisis Selmer descubre que lo que padecía el chico es una especie de versión mutada del bacilo de la peste. Y es que varias personas llevan quejándose un tiempo de que en las playas de Miami han avistado restos fecales, algo a lo que las autoridades sanitarias de la ciudad están haciendo oídos sordos.

Como buena novela de catástrofes que se digne de llevar ese nombre, la acción de Plague se divide entre varios frentes, aunque Petrie sea casi el protagonista tenemos varias tramas paralelas como las de un líder sindical de trabajadores sanitarios que inicia una huelga cuando se le niega paga extra a sus trabajadores en pleno contagio, la de un biólogo, Ivor Gantz, enzarzado en un pleito con un competidor por ver quién inventó la técnica para irradiar bacilos (que luego, obviamente, será clave para encontrar una cura) y que tiene una perturbadora relación con su hijastra, la sexy Esmeralda, que protagoniza casi todas las escenas de cama “marca Masterton” de la novela. Tenemos incluso a un actor gay retirado desde los años 40 que es utilizado por una rama de ultraderechistas republicanos como portavoz del odio en plena amenaza vírica, obligándole (bajo pena de torturar a su novio) a demonizar a negros e indigentes en declaraciones públicas que, obviamente, provocan aún más caos en las calles.

Quizá lo único menos realista de la novela (Masterton y realismo no suelen ir nunca de la mano) sea la rapidísima propagación del virus, que en tres horas después del contacto te deja frito entre vómitos y diarrea, pero juega en favor de la historia, ya que provoca la trepidante huida de Petrie, su hija y su novia de Miami, cuando el gobierno se dedica a cercar la ciudad, la guardia nacional tira a matar y la única solución es quemar todo. Es en esta parte en la que vemos el ensañamiento característico del autor: venganzas entre vecinos, violaciones, asesinatos a sangre fría y la toma de duras decisiones para la supervivencia. Otras novelas catastróficas de la época como El martillo de Lucifer eran capaces de añadir al caos imperante cierta pátina de resignado humanismo, pero a Masterton eso no le interesa, lo que quiere mostrarnos es lo bajo que podemos caer cuando el mundo arde. Aunque el fondo de la novela es de amenaza global, todo el tema del avance del virus se resuelve casi siempre en comunicados de radio y televisión, centrando la acción en las miserias personales de los protagonistas. La parte final, un punto en donde el autor suele flojear en otras obras, está aquí muy bien orquestada, con todos los supervivientes hacinados en el 16º piso de la torre de lujo en donde vive Ivor Gantz, intentando por todos los medios evitar que la masa de enfermos enloquecidos entre en el edificio y trabajando contrarreloj para completar una fórmula para la cura mientras esperan un rescate que no parece llegar nunca. Y si os dan cosilla las ratas, mejor que ni lo leáis, porque esto es un festival del mordisco infeccioso.

Y como muchas veces hace, Masterton consigue en una sola página, en el último diálogo, darnos un mazazo en la cara que deja de bajón absoluto. Aprende, Robin Cook.

Famine (Sphere Books, 1981)

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No contento con devastar una vez los Estados Unidos, Masterton volvió a la carga cuatro años después para matar de hambre a todo el país en una novela que como siempre mezcla géneros a lo loco pese a venderse como el típico libro de terror de la época; no hay más que ver algunas de sus portadas. Famine no empieza de una manera tan alocada como su predecesora, pero su primera mitad más pausada se compensa con un épico segundo acto en donde vemos todas las terribles consecuencias de los errores cometidos por los personajes al inicio. Como siempre, tenemos varios frentes abiertos pero el protagonista de la historia es Ed Hardesty, un rico granjero de Kansas que heredó todas las posesiones de su padre, pero que se vió obligado a tomar el control de sus fincas tras la muerte del heredero real, su hermano mayor. Por si fuera poco su mujer, la despampanante ex modelo Season Hardesty, parece no llevar bien lo de la vida en el campo y para aclararse la cabeza se va a Los Ángeles con la hija de ambos. Y encima lo hace en la semana que Ed sufre la mayor pérdida en la historia de la granja Hardesty, ya que una extraña plaga empieza a diezmar sus campos de trigo. Por lo visto, otros granjeros en los Estados Unidos están padeciendo casos similares, pero el gobierno parece extrañamente callado.

Es aquí cuando entra en escena el orondo y desagradable senador Shearson Jones, que escuchando las quejas de Ed planea crear un fondo de recaudación para los granjeros afectados de Kansas poniendo a nuestro protagonista como portavoz de éste. Pero el avieso plan de Jones solo tiene un objetivo: enriquecerse a costa de la crisis agraria. Alrededor del senador gravitan toda clase de aprovechados entre los que sobresale su nueva amante, la misteriosa -y tetona, como le gusta al autor- pelirroja Della McIntyre, una periodista que se encarga de convencer y seducir a todo bicho viviente para la causa, pero que parece ocultar muchos secretos. A medida que pasan los días, varios doctores descubren que las cosechas afectadas han sido rociadas deliberadamente con un virus genéticamente alterado en base a una arma bacteriológica usada en Vietnam, pero Shearson se encarga de paralizar el antídoto resultante para recaudar más dinero -llegando incluso a ordenar el  asesinato de uno de los responsables- y el caos se desata tras las declaraciones en directo de Ed, que saltándose el guión desvela todo el pufo al pueblo americano.

A partir de aquí, en su segunda parte la novela va alternando entre el “modo catástrofe” y la trama de Ed, Della y Shearson. Las dos narraciones son muy disfrutables pero si me tengo que quedar con una es con la descripción del colapso social que hace Masterton; saqueos, asesinatos, violaciones (siempre hay un ángel del infierno rebotado cuando lo necesitas) y desesperación narradas con muy buen pulso y con escenas como la de un padre que asesina a sus hijas para evitarles morir de hambre que sinceramente me han helado la sangre.  Y para rizar el rizo el plan de destruir las cosechas no era el único; alrededor del país se descubren cajas con isótopos radioactivos introducidas en reservas de grano que llevan tiempo contaminando la comida por lo que miles de personas mueren de botulismo al consumir alimentos en mal estado.

Masterton se permite incluso algo de crítica contra la sociedad estadounidense, engordada y acostumbrada a tener abundancia siempre, personificada obviamente en el personaje de Shearson, el más afectado por la falta de comida. Y aunque tenemos algunos momentos de acción que, paradójicamente, frenan un poco el ritmo de lectura, sabe llegar a un final muy satisfactorio, violento y enloquecido en el que montones de personajes mueren y el destino de los supervivientes es de todo menos claro. Quizá su estructura de dos partes ayude a que tal mezcla de géneros se lleve bien. En la primera, por cierto, los personajes follan un montón; el matrimonio protagonista se pone los cuernos a base de bien y Della se revela como una obsesa sexual que se hace a quién sea para sus fines, por lo que tenemos escenas subiditas de tono para dar y tomar. Toda esta estructura me hace pensar que a lo mejor el autor la escribió pensando en que sería adaptada como miniserie televisiva. Seguramente hay un universo paralelo en el que eso pasó. Ojalá la ciencia cuántica avance lo suficiente en pocos años, porque en cuanto se pueda viajar entre realidades, esa es la primera a la que voy a ir.

Víctor Castillo

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