Las estrellas mi destino (Alfred Bester, 1956) + EPB Podcast #23- Jaunteo hacia ninguna parte- “Las estrellas mi destino” y el cine

“–Pasas de largo –dijo, con una furia que crecía lentamente en su interior–. Me abandonas para que me pudra como un perro. Me abandonas a mi muerte, Vorga… Vorga-T:1339. Saldré de aquí. Te seguiré, Vorga. Te encontraré, Vorga. Me las pagarás. Haré que te pudras. Te mataré, Vorga. Te mataré, maldita”

El conde de Montecristo se va al espacio, y además está muy loco. Bueno, no es exactamente el conde de Montecristo pero quiere venganza. Vive para la venganza. El protagonista de Las estrellas mi destino es Gully Foyle, un tipo rudo, solitario y básico. Es un superviviente nato, educado en los bajos fondos del siglo XXV y con un título de ayudante de mecánico de clase 3. Lleva 170 días a la deriva en el espacio, sobreviviendo en la nave Nomad, un carguero espacial naufragado. Su vida es un verdadero infierno, malvive en un armario para herramientas, se abastece con tanques de aire que debe salir a buscar arriesgando el pellejo y su estado febril no le permite jauntear.

Un momento ¿que es eso del Jaunteo? El Jaunteo es la capacidad de teletransportarse uno mismo gracias a la fuerza de voluntad. Eso hace que la acción tanto pueda acontecer en un asteroide artificial como saltar de golpe hasta las escaleras de la Plaza de España en Roma. Los códigos y normas de jaunteo están muy bien especificados en la novela. Se describen plataformas grandes que evitan las explosiones de jaunteo –dos personas apareciendo a la vez en el mismo sitio–, existen cursos para perfeccionar la habilidad y hasta los suicidas utilizan los terroríficos “jaunteos infernales”. No voy a destripar aquí más conceptos que ya encontrarán en la novela. Acepten la premisa, en Las estrellas mi destino la humanidad del siglo XXV ha alcanzado ese talento casi de manera natural. Y eso es importante en la trama.

Pero volvamos a nuestro intratable protagonista y su desbocada sed de venganza. La culpa de todo la tiene el Vorga, una lujosa nave de uso privado que pasaba por ahí. Foyle solicita el debido auxilio y es completamente ignorado. Empieza entonces la aventura demente y obsesiva del protagonista, que en un primer momento personifica y vuelca todas sus iras en la nave para poco a poco ir desentrañando la trama.

Portada de la reciente edición de Gigamesh

Bester juega a la repetición como ya hiciera con la famosa frase que encuñó para Green Lantern y que todavía hoy pervive –esa que empieza “En el día más brillante, en la noche más oscura…”–. También Gully Foyle tiene su mantra que le ayuda a subsistir: “Gully Foyle es mi nombre, y la Tierra mi nación. El espacio profundo es mi hogar, y la muerte mi destino”. Estamos ante un libro relativamente corto pero muy bien planificado. Esa repetición o voluntad de cerrar los círculos que el mismo crea también se aplica a la trama, con personajes recurrentes y subtramas aparentemente olvidadas que vuelven inesperadamente para concluir con precisión. Aunque a nivel narrativo es mayoritariamente formal, el escritor incluyen algunos interesantes caligramas –sobre todo hacia la conclusión de la historia– que ya anticipan al Bester más experimental de finales de los 70 y principios de los 80 (Computer Connection o Los impostores).

Eso nos lleva a preguntarnos quien era Alfred Bester. La referencia a Green Lantern nos da algunas pistas. Bester fue un enorme escritor de ciencia ficción, pero él mismo se encargó de señalar en diferentes ocasiones que le interesaban muchas otras cosas y que no se consideraba un fan estricto de dicho género. Empezó a finales de los años 30 del siglo pasado, publicando relatos de ciencia ficción en Wonder Stories y la Astounding Science Fiction de John W. Campbell. Durante los 40 compaginó eso con su trabajo para la DC Comics. Escribió para Superman y Green Lantern, creó al villano Solomon Grundy y el ya famoso juramento que he citado parcialmente más arriba. También hizo seriales para la radio, guionizando Nick Carter, La Sombra, Charlie Chan, Nero Wolfe o Radio Mystery Theatre de la CBS. Pero su contribución más epatante llegaría durante los años 50. Alfred Bester es recordado por dos obras cumbres de la ciencia ficción, la que nos ocupa y El hombre demolido (The Demolished Man, 1953) que le granjeó el codiciado premio Hugo a la mejor novela de ciencia ficción.

Las estrellas mi destino es una obra que resulta adictiva desde la primera página. Debo reconocer que me pareció más seria y grave la primera vez que la leí, hace casi veinte años. Ahora he encontrado mucho humor y mala leche sin desmerecer para nada su contenido dramático –que como verán, lo hay a raudales–. En el universo de la novela encontramos una humanidad en expansión, con satélites exteriores, planetas originales formados a partir de basura tecnológica espacial y cárceles de pesadilla. Todo ello enmarcado en un capitalismo de megacorporaciones extremo, desalmado y por muchos criticable, que debe hacer las delicias de escritores actuales como Richard Morgan (Carbono Alterado, Leyes de mercado).

Las primeras ediciones inglesas aparecieron con el título “Tigre! Tigre!”

Gully Foyle es un ser primario que no se detiene ante nada, es capaz de las acciones más reprobables –nadie ha dicho que nos tenga que caer bien– y por supuesto también recibe los más inimaginables castigos, que parece solventar sin desanimo. Es portador de un fantástico tatuaje ritual que recuerda a un tigre –de ahí que alguna edición de la novela se encuentre con el titulo de Tigre! Tigre!–, da con sus huesos en la más horrible cárcel que uno pueda imaginar, donde al igual que Montecristo aprende a culturizarse y refinar sus modales gracias a la ayuda de una presidiaria que ya mencionaré más abajo.

Me gustaría hablarles del increíble planeta donde le hacen el tatuaje y del porqué le aparece y desaparece de su rostro; del no más increíble “pueblo científico” que le acoge en un primer momento, de la colección de freaks y personajes insólitos que se deslizan por la novela o de las modificaciones tecnológicas que se instala el protagonista en su propio cuerpo. Pero no quiero hacer spoilers. Baste con decir que la acumulación de agudeza y ocurrencias que desarrolla Bester en Las estrellas mi destino es impresionante y casi comparable a la que despliega William Gibson en Neuromante. Pero no estamos solo ante eso –que ya es mucho–, Foyle no es solo un vehículo fabricado por Bester para saltar de aventura en aventura como en una antigua novela pulp publicada por entregas, aquí existen tramas y secretos industriales –el Macguffin del PirE, una temible arma de destrucción masiva–, incógnitas por resolver y personajes que de alguna manera no paran de crecer.

Eso me lleva a las cuatro importantes mujeres de la historia –las cuatro importantes mujeres de Gully Foyle–. Estas son: Moira, la hija del cabecilla del ya mencionado Pueblo Científico y aparentemente la más anecdótica; Robin Wednesbury, telépata unidireccional que se une a la causa de Foyle por motivos personales; Jizz McQueen, guerrillera presidiaria y por supuesto Olivia Presteign, hija del magnate Presteign, albina, ciega al espectro visible pero capaz de “ver” infrarrojos y ondas de radio. Todas las mujeres de Las estrellas mi destino, independientemente del escalafón social que ocupen en tan opresivo universo, son rebeldes o luchan por alguna causa concreta, ya sea colectiva o personal.

La espectacular portada del ilustrador japonés Noriyoshi Ohrai

En lo que va de reseña ya han salido nombres como el de Gibson o Morgan, que escribieron sus obras mas aclamadas casi 30 años más tarde. Hablamos de Cyberpunk antes del cyberpunk. Piensen por un momento que esto fue escrito en 1956 ¡Tiene 60 años! eso hace que estemos hablando de una clara precursora del subgénero, repleta de anticipación y conceptos avanzados. Además es también muy chocante en el aspecto moral. Droga, prostitución y mucha violencia sociopática. Gully Foyle engaña, traiciona, roba y viola –eso es algo que me pasó por alto la primera vez que leí la novela pero que esta vez me ha impresionado, incomodado y desconcertado a partes iguales–. Si a eso le añadimos que Gully Foyle es casi un genocida –y que no le importa lo más mínimo serlo– vemos que no estamos ante una novela con conceptos no aptos para todos los estómagos. Olviden completamente el pensar en el protagonista como un héroe, el propio Bester se encarga de borrar esa impresión de un manotazo.

En resumen, estamos ante una obra muy dinámica, con muchísima acción y en la que no hay un solo minuto de respiro. Aquí se puede escapar de un bombardeo termonuclear a gran escala para acto seguido tener que lidiar en un asalto con tropas de élite –¡Y qué me dicen de la escena del tren!–. Ya hemos dicho que Foyle es vengativo, pero eso no es más que una huida hacia adelante. En el fondo huye de si mismo y de la incomprensión que le produce el mundo desquiciado en el que sobrevive. El feroz tatuaje de su rostro es también un símbolo, nos recuerda que es verdaderamente un salvaje. Cada vez que el dibujo ilumina su rostro, la gente reacciona con pavor, como si su portador encarnara al mismísimo dios de la guerra y la venganza. Aunque no lo parezca a causa de la facilidad y rapidez de su lectura, esta novela tiene espacio para estas y otras reflexiones, es completa en muchos aspectos y muy chocante en lineas generales. Bester tiene otros libros de nivel y muy interesantes, sobre todo El hombre Demolido y Carrera de ratas, pero en ese año de 1956 la inspiración hizo presa de él y se permitió escribir una de las mejores novelas de ciencia ficción de todos los tiempos.

Dani Morell

Y como todas esas grandes novelas, no se ha dejado de hablar jamás de su futura adaptación al cine. Como complemento de éste texto os dejamos un podcast en dónde Víctor Castillo comenta todos los proyectos que quisieron llevar al cine la novela y fracasaron en el intento, quedándose en el clásico development hell. 50 minutos de malentendidos, desarrollos malditos y pseudoproductores cutres con ideas locas. Y con un tema de Slough Feg. Disfruten del audio.

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