Gestarescala (Philip K. Dick, Galactic Pot-Healer, 1969, Cátedra, 2016)

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Ninguna estructura, ni siquiera las artificiales, disfruta del proceso de la entropía. Es el destino último de todo, y todo se resiste a ello.

Joe Fernwright es un alfarero que vive en un mundo que no los necesita. En una distopía totalitaria futurista (la República Comunal de los Ciudadanos de Norteamérica) donde ya no hay necesidad de tal servicio. Sufriendo una crisis existencial que le obliga a plantearse una y otra vez su lugar en la sociedad, Joe mata el tiempo practicando El Juego vía satélite con ciudadanos de todo el globo, que consiste en adivinar el título de películas o novelas según la traducción que han recibido en Japón y que al ser traducidas de nuevo al inglés son construidos de diferente forma. Pero un buen día recibe una oferta para viajar a otro planeta, Sirius V (el Planeta del Labrador), y colaborar en la recuperación de una Catedral enterrada en el fondo del océano, donde podrá usar de nuevo su talento. El mensaje ha sido enviado por un ser llamado el Glimmung, una criatura de poderes cósmicos desde el punto de vista humano, pero con limitaciones desde el suyo propio, y que necesitará de una coalición de seres de otras galaxias para lograr hacer emerger Gestarescala desde las profundidades marinas.

Philip K. Dick

Philip K. Dick

Gestarescala” es la novela en la que estuve más cerca de abrazar la locura. Los arquetipos están fuera de control (…). El libro es desesperado y aterrador, y se aleja a cada página más y más de la realidad.” Estas declaraciones del propio autor aparecidas en The Exegesis of Philip K. Dick y recogidas por Julián Díez en la muy completa y muy trabajada introducción sirven para definir la obra, un Dark Horse del escritor (había permanecido inédito en España hasta la presente publicación y solo se podía encontrar en castellano en una edición argentina fechada de 1975) y sin embargo, dentro de la categoría de lo que serían sus “caras-B”, una de las más populares.

Mientras que se le pueden aducir a la narración descripciones como descontrolada (realmente en ocasiones la historia parece que va a salto de mata, sobre todo a partir del momento en el cual el personaje pone los pies en el planeta del Labrador) o de calidad desigual (no tiene ni una página carente de interés, sin embargo ciertos segmentos pueden hacerse especialmente farragosos, para después convertirse durante 15 páginas en un caudal muy fluido), lo que no se puede poner en duda es que la imaginación desbordante se pone al volante de la narración desde la primera letra impresa. Como traduce el Juego la novela (y la película) Como un torrente: “Mastico un flujo imparable de agua que causa inundaciones”. La cantidad de información, ya sea meramente descriptiva o de forma alegórica, es atronadora. Y el tono esquizoide que suelen tener algunos otros trabajos de K. Dick está presente hasta el punto de resultar a veces asfixiante, otras ciertamente inquietante (la parábola de Amarita y Borel le otorga de un aroma pagano a la parcela religiosa del relato), pero manteniendo intacta su carácter de intrigante fascinación.

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Gestarescala puede ser dividida en dos partes, diferenciadas por el entorno que rodea al protagonista. La primera puede ubicarse en un hábitat más habitual de la ciencia ficción “clásica”: pero solo hasta cierto punto, claro está. La presentación de un planeta Tierra acomodado pero sometido a un régimen totalitario; aquellas sociedades que de tan perfectas, todo el mundo queda fuera de juego en ellas (Julián Díez, en la introducción del libro, pág.51). Todavía no hay del todo una extrapolación del subconsciente de Joe, y si lo hay lo es de una manera mucho más ordenada que en la posterior y parece ir a juego con los agobiantes estamentos sociales que impiden al protagonista realizarse, ya no solo en su trabajo, si no en sus relaciones humanas (prueba es la clásica exmujer en la obra de K. Dick, enquistada en su mente para limitar siempre la audacia de las ideas de Joe) y que le obligan a recurrir al Juego incluso cuando dé muestras de cansancio de ello (y siendo también una de las partes más cansinas de esta primera parte, si bien el trabajo de traducción del mismo es particularmente brillante, menuda odisea).

Pero es en la segunda parte, la que sucede en el Planeta del Labrador, donde al lector le hará falta hacer buen uso de su intuición para navegar por una historia por la que, por momentos, parece estar poseída por el espíritu del surrealismo y que realmente parece estar mostrando la lucha interna de Joe por prevalecer incluso cuando de nuevo se vea obligado a formar parte de un colectivo, tal y como lo fue en la Tierra y de lo que estaba huyendo: pero es en este viaje donde descubrirá los motivos reales de dicha negación. Bueno, al menos eso parecen sus últimas páginas, cuando emerjan las inquietudes de su presunto yo verderadero. Pero, impregnado durante todo el trayecto de un humor negro en ocasiones verdaderamente divertido, la memorable frase final del libro nos obligará a replantearnos el sentido de su hazaña o si realmente ha valido la pena.

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Mitad drama teológico, mitad comedia esquizofrénica. Gestarescala es un título verdaderamente interesante en el catálogo de K. Dick, más allá de su obvio valor para completistas, en ocasiones difícil de digerir y que necesita su tiempo para ser interpretada, y a cambio de falta de solidez ofrece un compendio de ideas brillantes. En el universo del subconsciente, lejanos mundos ocultan catedrales que necesitan ser restauradas en el fondo del mar…  La edición de Cátedra ha sido trabajada con cuidado y erudición, tanto en la introducción (un completo ensayo sobre la obra el escritor de más de cien páginas por parte del experto Julián Díez) como en la traducción.

Javier J. Valencia

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