Fahrenheit 451 (Ray Bradbury, 1953)

Para quien no lo sepa, una distopía es lo contrario de una utopía. Un futuro indeseable. Y dentro de la ciencia ficción, las distopías tienen un lugar preeminente.  Mucho antes de las edulcoradas distopías juveniles, como la saga de Los Juegos del Hambre, que tan de moda están ahora; o del comic de Alan Moore, V de Vendettaque sí, está muy bien, lo reconozco, las distopías tuvieron su momento glorioso, quizás fruto de los tiempos que tocó vivir a sus autores. Hablar de Fahrenheit 451 es hablar de uno de los tres componentes de lo que algunos consideran las tres mejores novelas distópicas de la historia, junto con 1984 de George Orwell, y Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley.  Esta novela tuvo su adaptación cinematográfica  con el mismo título en 1966, dirigida por François Truffaut, aunque también sufrió todo tipo de reencarnaciones,  adaptaciones teatrales y radiofónicas –una incluso para la BBC- y diferentes ediciones, con y sin censura. En 1992 en algunas escuelas norteamericanas se entregaba una versión “arreglada”, y en 2006 un padre pidió al colegio de su hija que retirasen la novela del plan de lectura, porque no la consideraba apropiada por sus palabras vulgares y el hecho de que en ella se describiese la quema de una biblia. Fue en Texas, por supuesto.

La novela ganó muchos premios, siendo quizás el más prestigioso el American Academy of Arts and Letters, o un “Retro” Hugo, en 1954.

Bradbury nunca se consideró a sí mismo un escritor de ciencia ficción, lo cual es irónico porque ayudó a cimentar la ciencia ficción como un género sólido. Es imposible leer Fahrenheit sin pararse a pensar de vez en cuando en la fascinante capacidad del autor para prever el futuro, y aunque la ciencia no es la protagonista, forma parte del marco característico de la novela, como el sabueso robot del departamento de bomberos.

Conozcamos un poco al autor norteamericano, que nació en 1920 y falleció en 2012. No llegó a ir a la universidad, pero se puso la meta desde joven de escribir al menos 1000 palabras al día, algo que cumplió a juzgar por las toneladas de papel que llenó. Escribía para ganarse la vida, y la primera edición, serializada, se publicó en la revista Playboy, lo cual sin duda era una buena excusa para comprarla. Bradbury llegó a dirigir palabras muy feas a Michael Moore cuando tituló su documental  Fahrenheit 9/11; era algo tecnófobo –no le gustaban los e-readers, ni los aviones ni aprendió nunca a conducir, a pesar de vivir en Los Angeles- y hay un  asteroide con su nombre, el 9766 Bradbury. Pero al margen de estas anécdotas, Bradbury fue un visionario.

En la novela que nos ocupa, seguimos a Montag, un bombero que hace su trabajo –quemar libros- sin hacerse preguntas y viviendo feliz. Por cierto, el título hace referencia a la temperatura a la que arde el papel. Hace unos días, en Avilés, se celebró el que quizás sea el festival literario de literatura de género más importante a nivel nacional, llamado “Celsius 232”, que es la conversión de esa misma temperatura a grados centígrados.

En la novela, el estado no quiere libros, porque los libros hacen a la gente pensar. Y pensar hace a la gente infeliz. Hasta que un día se cruza con una nueva vecina, la adolescente Clarisse. Clarisse es el desencadenante de la novela, que con su espontaneidad y sus preguntas hace que Montag comience a dudar. Y hasta ahí puedo contar. A través del protagonista asistimos a un mundo conformista, feliz en su ignorancia, y al derrumbe de todo lo que Montag cree.

Hagamos un ejercicio. Recordemos cuándo se publicó la novela, y pensemos en si sigue vigente. En la ella la gente solo se preocupa por tener la mayor pantalla de televisión posible, que normalmente ocupa una de las cuatro paredes del salón. Los ciudadanos conducen a gran velocidad, siempre a unos 150 km por hora, y lo hacen muchas veces sin un motivo, por unas carreteras con vallas publicitarias cada vez más grandes. La mujer de Montag se pasa las noches conectada a unos auriculares escuchando música, y los días viendo teleseries –si os suena, e incluso os ofende lo que estoy insinuando, vais por buen camino-. Montag y ella viven existencia paralelas, cada uno en su propio mundo. Los bebés deben acudir casi desde el nacimiento a guarderías, para ser adoctrinados por el estado, mientras los padres trabajan o consumen ocio precocinado. Las casas no tienen porches, porque sentarse a ver pasar la vida permite pensar. Todo es rápido, de consumo sencillo, pensado para que los ciudadanos sean felices sin necesidad de tener ideas propias. Escrita en 1953, repito. Era el inicio de la era McCarthy, donde el miedo al comunismo y la Guerra Fría hacia que el estado cuestionase y censurase para “proteger” a sus ciudadanos. Bradbury temía que la quema de libros fuese el paso natural siguiente, como ya pasó en Alejandría, y durante la época nazi. Pero el tema principal de la novela no es la censura, aunque lo pueda parecer. Es el conformismo. La capacidad de la población de hacer lo que se le dice que haga, sin cuestionarse nada, sin pensar por sí mismos, enganchados a aparatos de ocio dominados por el estado, que excretan sus creaciones e impiden que sus ciudadanos tengan libre albedrío. Una jaula creada con la indiferencia de la sociedad.

A nivel de estilo, el autor tiene ciertos momentos líricos. Se escribió hace más de sesenta años, y eso hace que tenga abundantes frases largas, plagadas de adverbios y subordinadas, con monólogos largos que pueden llegar a hacerse pesados y descripciones que ralentizan el ritmo. Hoy en día, cualquiera que acuda a un curso de escritura, taller literario, o conozca el mundillo editorial sabrá que son cosas que no se recomiendan a los autores nóveles. Porque la literatura actual debe ser sencilla, con frases cortas, pocos adjetivos, para que cualquiera la pueda entender y disfrutar, y no necesita de mensaje alguno. Hay quien dirá que es porque los gustos han cambiado, pero mi cinismo natural me hace ver otro síntoma de una sociedad que quiere todo cada vez más fácil y masticado, que Bradbury anticipó. Espero equivocarme.

Lo recomiendo, porque es un libro breve, pero que se puede seguir digiriendo incluso cerrado sobre una mesita.

Carlos Díaz

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