Emociones baratas # 4- El verdadero Garth Marenghi

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Si recordáis uno de mis primeros textos en esta casa, dedicado a la fabulosa Garth Marenghi’s Darkplaceen el comenté que una de las principales influencias en la creación de su protagonista era Stephen King. Cuan equivocado estaba, amigos. Si bien es cierto que el habitante más famoso de Maine tiene algo que ver con el personaje que interpretó Matthew Holness, hace unos meses di realmente con la Ecuación Marenghi. Es decir, acabé constatando que un 80% de ese personaje está inspirado por un solo escritor. ¡Y menudo escritor, por la gloria de mi madre! Guy N. Smith es toda una leyenda en el submundo del terror pulp británico con centenares de novelas a sus espaldas, siete de las cuales van sobre cangrejos gigantes asesinos.

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Guy N. Smith

Con esas credenciales, y sabiendo que éste amante de las armas, la caza y el fumar en pipa (lo que se conoce como un HOMBRE DE VERDAD) está viviendo una segunda edad de oro gracias a la recuperación de su catálogo en formato e-book, ¿cómo podía resistirme a su llamada? “Pero, Victor -preguntaréis- ¿y en quién está basado el 20% restante del personaje?” También hay espacio para él, no os preocupéis. Antes, vayamos con el asqueroso primer plato.

The Slime Beast (Guy N. Smith, 1976, New English Library, 2010, Edición digital)

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Si hay algo que no se le puede achacar a Smith es falta de sinceridad o concreción en su propuesta. La novela va de un monstruo baboso, y punto. En sus escuetas 110 páginas Smith va directamente al grano; encontramos a los protagonistas en plena acción, llegando a un terreno pantanoso a las afueras del pueblo de Sutton en busca del mítico tesoro del Rey Juan I de Inglaterra. La expedición está liderada por el profesor Lowson, su joven ayudante Gavin y su también joven -y apetecible- sobrina Liz. No tardarán en encontrar algo muy diferente a lo que esperaban; un ser escamoso cubierto de cieno, enterrado en el pantano junto a unos objetos metálicos de origen desconocido y… ¡que aún respira!

Todo lo que sigue a esto es casi una demostración de clichés de serie B de manual. A saber: el profesor, en vez de avisar a las autoridades pertinentes deja al bicho que, recordemos, está vivo, ya que quiere estudiarlo y llevarse toda la gloria de su descubrimiento. El ser -al que a las pocas páginas ya llaman Slime Beast como si supieran su nombre de siempre- destroza a un ornitólogo local que estaba a malas con Lowson y la policía empieza a sospechar del doctor. Es eso, o hay un maníaco suelto que mata y va dejando por ahí un cieno que se evapora para confundir a la pasma. Os juro que esa es una de las hipótesis de la pareja de polis que investiga el asunto, con ese nivel nos estamos jugando los cuartos. Los lugareños, que tampoco son unos lumbreras, convierten una de sus reuniones en el pub local en un estallido de masa enfurecida contra el doctor, pero este es defendido por un furtivo local que parece saber lo que se cuece. A todo esto, Liz y Gavin, que se conocen sólo de hace dos días, han ido amenizando su estancia con unos muy detallados polvos en los que la chica pasa de ser una virgen recatada a disfrutar tanto con la pericia sexual de Gavin que quiere tener un hijo suyo.

La bestia acaba con algunos lugareños más, incluído el furtivo que era aparentemente amistoso -hasta que intenta violar a Liz cuando está inconsciente, ergo se lo tiene bien merecido- y la novela deja de lado a los aparentes protagonistas para centrarse en la defensa del pueblo por parte de sus habitantes. El dueño del pub se erige casi como maestro de ceremonias, ya que la presencia de la tele y más policía hace que se frote las manos pensando en las ganancias que va a sacar, al menos hasta que la bestia le revienta la cara de un puñetazo. El monstruo se las promete muy felices pero Gavin ya ha descubierto su punto débil, el fuego (¡oh, originalidad!) y no tardará en librar al pueblo de éste, quedándonos sin saber si venía del espacio, era el guardián del tesoro del rey Juan I o que se yo.

Smith escribe de una manera peculiar; sus descripciones son de lo más florido y camp que he leído en mi vida. Eso para mí es bueno, pero a veces la sobreexposición cansa. De hecho, perdí la cuenta de las veces en las que leí cosas del tipo “the foul smell made him retch and vomit”. Cierto, en esta novela hay mucha pota para enfatizar lo asqueroso que es el monstruo, las líneas de diálogo de los pueblerinos bordean lo subnormal y claro está, el doctor Lowson fuma en pipa. Me da a mí que será una cosa que se repetirá en muchas novelas de este señor. En definitiva, ese abandono de la lógica narrativa, los personajes bidimensionales, las metáforas de terror de baratillo y la facilidad de gatillo de los protagonistas hacen que pueda confirmar que sí, Smith es Garth Marenghi. Su fama es tal en las islas británicas que tiene su propia convención (celebrada, ojo, en su casa) y una base de fans absolutamente leal. The Slime Beast cumple la “ley del círculo” a la perfección; es tan mala que al final es buena. Y como el cine realmente abyecto, es mejor consumir la obra de Smith muy de vez en cuando, como si fuera un menú ultracalórico de 1 euro de esos de vuestro burguer favorito.

Manitú (The Manitou, Graham Masterton, 1976, Círculo de lectores, 1978)

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Sigamos pues con la analogía de comida rápida para describir a autores de terror, ¿por qué no? Masterton (el 20% restante de la Ecuación Marenghi, recuerden) es como un buen menú de un Foster’s Hollywood o cualquier cadena de restaurantes locos de costillas y nachos. Es decir, acabas igual de cerdo que con Smith, pero te da la impresión de que ahí había más “chicha” y un cierto prestigio. No nos engañemos, Masterton es un máquina del best seller rápido -amén de su carrera en el mundo de los manuales de sexo-, pero lo interesante del tema es que este escocés escribe bien, o al menos lo hace de una manera que engancha y te hace pasar por alto sus numerosas incongruencias. Carlos Díaz ya habló de él hace un tiempo, por si queréis tirar de hemeroteca. Es una verdadera lástima que este autor sea tan poco conocido en nuestro país, ya que en las islas británicas lleva desde los 70 cosechando un razonable éxito que no obstante nunca le ha hecho llegar del todo al mainstream, quedándose entre esos “maestros del horror” que sólo conocen los que consumen ficción terrorífica a lo loco como servidor de ustedes. Y si todavía no se creen lo de su parecido con Marenghi, he aquí una foto que les aclarará de dónde sale la estética del personaje.

Garth Marenghi. Graham Masterton. Authors. Dreamwavers.

Garth Marenghi. Graham Masterton. Authors. Dreamweavers.

Manitú, su primera novela, se le pasa al lector como un suspiro. En sus escasas 200 y pico páginas, Masterton teje una divertidísima historia de posesión demoníaca muy al gusto de la ficción de terror “seria” de la época al estilo de El exorcista de William Peter Blatty. En la premisa, no obstante, es en donde acaban las similitudes. La novela empieza con dos cirujanos asombrados ante la dolencia de una de sus pacientes, la joven Karen Tandy, que tiene un extraño tumor en la nuca. Tras usar rayos x en él, los doctores ven que lo que le está creciendo ahí… es un feto. Es ahí cuando entra en escena nuestro protagonista, el cínico vidente y tarotista charlatán, Harry Erskine -cuya molonidad es tal que protagonizó seis novelas más del autor- que tiene a Karen como clienta y que empieza a notar cosas raras relacionadas con un navío holandés del siglo XVII que parece obsesionar tanto a esta como a una de las abuelas ricas a las que suele desplumar.

Detrás de todo el asunto del tumor se halla el brujo nativo americano Misquamacus, que ha transmitido su manitú -es decir, espíritu- a Karen y pretende revivir en los 70 para vengarse del hombre blanco. Esta loca premisa es aceptada con demasiada facilidad por todos los personajes en el momento en que empiezan a pasar cosas raras, y esa es parte de la gracia de Manitú. Mientras que en la -por otro lado maravillosa- Salem’s Lot Stephen King se encarga de tener a sus personajes intentando racionalizar el hecho de que su pueblo está infestado de vampiros, Masterton no deja que la incredulidad moderna de sus personajes entorpezca una historia trepidante y rápida. Pim, pam, ahora llaman a Singing Rock, un hombre medicina moderno con traje y gafas de pasta para que saque a Misquamacus de dentro de Karem. Pum, ahora mueren unos personajes que ayudaron en la trama pero son accesorios. Zas, ahora resulta que Misquamacus está paticorto por culpa de la radiación de los rayos x. Y sigue y sigue… no hay descanso que valga en una historia que en economía de recursos es casi punk. Hay drama, violencia, casquería y un afán subyacente por parte de Masterton de estar gritando entre líneas “¡mirad lo bien que me he documentado sobre los nativos americanos para esto!” Y lo de nativo americano lo digo yo, ojo, la novela es un desfile de estereotipos que ahora ofenden al más pintado; todos son “pielrojas”, el plan inicial de los protagonistas es sobornar al primer indio que se les ponga a tiro, e incluso llegan a plantear el “pasar” el manitú de Misquamacus a un negro marginal o a un yonki. Los 70, amigos.

El clímax de Manitú es tan divertido y convulso que os lo arruinaría explicándolo aquí; llega a unos tintes épicos cuasi-lovecraftianos de aúpa y deja bien satisfecho. La pena de todo esto es que Manitú apareció en nuestro país un poco a rebufo de su adaptación cinematográfica llamada, no os lo perdáis, Regreso desde la quinta dimensión (William Girdler, 1978) una adaptación con Tony Curtis haciendo de Harry Erskine -igual de cínico, pero más viejo-  bastante formulaica y que sigue la trama principal del libro, pero a la que le falta la mala leche de éste. Y de ahí en adelante poco más se ha sabido de Masterton en España, dejando de lado la recopilación de Valdemar cuyo artículo está enlazado más arriba y una de sus obras de los 90, La pesadilla, que es tan absolutamente loca que se merece un puesto en la siguiente edición de Emociones baratas. Mi “GrahamMastertobsesión” acaba solo de comenzar. Tened mucho miedo.

Víctor Castillo

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