El tiempo es el que es (Anaïs Schaaff, Javier Pascual, Plaza & Janés, 2016)

originalEs curioso leer sobre el final de temporada de El ministerio del tiempo y comprobar como algunos autores de esos textos ven como algo excepcional no solo el hecho de que una serie así haya podido salir adelante y agradar al público -cosa que, añado, si lo es- sino el que ésta haya extendido sus tramas más allá de la televisión en cosas como los audios de Tiempo de valientes o la novela que nos ocupa. No se vosotros, pero servidor ve el tema del transmedia, ese término que ha venido a sustituir al caduco multimedia, como algo natural, que en mayor o menor medida hemos ido viendo en este país en los últimos años y que debería ser un síntoma de una ficción “saludable”, es decir, que sea capaz de mantenerse en el tiempo más allá del momento en que su primera encarnación televisiva haya desaparecido. En Reino Unido, por ejemplo, series como Doctor Who  o Los 7 de Blake  han mantenido a base de novelas y audiodramas a sus seguidores en momentos de vacas flacas.

Como cada final de temporada de una serie no masiva -y más en este país, en el que por lo visto en la ficción hay que contentar a todo el mundo y si no lo ven ciento y la madre la serie es un fracaso- ya se empiezan a oír voces acerca de la cancelación del Ministerio del tiempo. Si hay un buen momento en el que sumergirnos en esta novela, es ahora, tanto como para alargar la experiencia de la serie como para quitarnos el “mono” de la falta de ésta.

El tiempo es el que es funciona simultáneamente como una trilogía de “episodios perdidos” y  una muestra de guiones no filmados. El propio Javier Olivares nos aclara todo lo referente a la génesis y desarrollo de estas historias en el prólogo. Y estad atentos, ya que estas tienen lugar entre los capítulos 19 y 20 de la serie (“Tiempo de lo oculto” y “Hasta que el tiempo nos separe”, respectivamente) y si no habéis visto aún los anteriores os vais a comer varios spoilers en barrena, cosa que me pasó por ir de confiado. Dejando esto de lado, vamos al meollo en tres partes.

En “El conde del tiempo”, la aparición en una fotografía de un mensaje dejado en un códice del siglo VIII pidiendo ayuda lleva a la patrulla a rescatar a un antiguo miembro del ministerio, Elías Sotoca, que fue uno de los participantes en la rebelión interna de Leiva, siendo incluso de una postura aún más radical que este. Salvador desconfía del mensaje de auxilio, pero al final envía al grupo a uno de sus destinos más alejados del presente. La historia juega con un elemento que hemos visto bastante en la serie; la de los personajes históricos cuya existencia se pone en duda, siendo imposible discernir si su origen es inventado o basado en una persona real. Está claro que las intenciones de Sotoca no son las más benevolentes y la patrulla se verá metida en un lío cuando la puerta que iban a usar de vuelta al presente es destruída. Salvador tendrá que recurrir a la información que Lola Mendieta (muy mal de salud después de contraer un cáncer al usar la tecnología de viaje temporal de la empresa Darrow) posee sobre puertas secretas, la cual no le entregará, claro, sin un precio. Esta es la historia con la premisa más simple pero es la que pone en marcha el arco argumental de Lola, que es el que une las tres historias en un todo coherente.

Después del buen tiempo, la tempestad se inicia con la patrulla haciendo un “transbordo” temporal en el año 1603 para volver al presente en otra puerta. El problema es que la desinformación les hace creer que han llegado a Cartagena, cuando están en… Cartagena de Indias, es decir, en la actual Colombia. Deberán embarcar en el San Andrés un navío comercial, para volver a España. En el transcurso de las primeras horas sin zarpar, al capitán le roban el cofre con la paga de los marineros y decide no moverse de Cartagena hasta que el culpable aparezca. A partir de ahí la historia se convierte en un divertido whodunit con Amelia como una improvisada Jessica Fletcher buscando al culpable. La investigación les hará chocar con uno de los personajes más controvertidos de la España del siglo XVII y cuyo futuro es tan oscuro que incluso la patrulla llega a plantearse el proporcionarle ayuda.

Finalmente, la acción de Tiempo de espías se sitúa en la estación internacional de Canfranc durante 1943, una época convulsa en donde conocerán a una joven Lola Mendieta, que por aquel entonces era espía de la resistencia francesa. La patrulla, acompañada esta vez por Ernesto, deberá cumplir una misión crucial para la consecución del “Día D” y abandonar a Lola y Ernesto a su suerte cuando los nazis los capturan. Quizá esta sea la mejor de las tres historias; cuenta con un muy buen ritmo de acciones paralelas, la trama de espionaje está muy bien hilada y  cierra el arco argumental de Lola hasta cierto punto, ya que desconozco si las consecuencias del “favor” que le concede Salvador llegarán a tener impacto en la serie, en el caso de que (crucemos los dedos) tengamos tercera temporada.

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En resumen, El tiempo es el que es cumple en todos los aspectos que deberían caracterizar a una buena novela de franquicia; en ella vemos más cantidad de trasfondo de los personajes (se nos habla del entrenamiento militar de Alonso en el siglo XXI, por ejemplo), los diálogos son los habituales de la serie, las tramas son respetuosas con el cánon y logra transmitir la sensación de que es “un capítulo más”. No está exenta, claro, de algunos fallos; principalmente debidos al cambio de formato de guión a novela, ya que a veces podemos verle los “mimbres” a la novelización entre diálogos, y por momentos estos toman el control de escenas dejando las descripciones en un segundo plano. Sin embargo, es todo lo entretenida que cabe esperar. Y si finalmente tenemos que conformarnos con dos temporadas, sería una muy digna manera de continuar las aventuras de Alonso, Amelia y Julián. Mejor esto que la nada más absoluta de la televisión nacional.

Víctor Castillo

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