Los aires roturados (Mes vols, Jean Mermoz, 1937, Ed, Macadán, 2014)

portadaroturadosCAPDurante la infancia de la aviación a principios del siglo XX esta solía ser considerada uno de los pocos reductos del idealismo y el pensamiento romántico del siglo anterior. Al menos en teoría, ya que la brutalidad de la primera guerra mundial destruyó las vidas y mentes de muchos de los jóvenes que fueron a la guerra como si aquello fuera una gesta heroica que los convertiría en hombres de golpe.

Jean Mermoz (1901-1936) no luchó en aquella “gran guerra” pero si creció con las noticias de las gestas de los aviadores que lucharon en ella. Tal era su pasión que al graduarse en 1919 tenía clara su vocación de piloto y a mediados de los años 20 estaba trabajando en la compañía aeropostal Latécoerè, donde conoció a su gran amigo; el célebre escritor Antoine de Saint-Exupéry. Todo  esto y mucho más es lo que nos narra en Los aires roturados, un libro ya clásico en la literatura francesa que la editorial Macadán editó a finales del pasado 2014.

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Jean Mermoz (1901-1936)

En esta narración en forma de diario (incompleto debido a su muerte en el atlántico sur) el piloto habla de sus épicas travesías a lo largo del atlántico para establecer una línea comercial con América del sur que fueron realizadas para la compañía aeropostal francesa.  Igual de francesa es esa tendencia al idealismo apasionado con el que están construidas muchas de las entradas del libro, ya que aún sin dejar de lado los fríos datos técnicos, Mermoz era por encima de todo temerario, muy testarudo e incluso, me perdonaréis, un poco gañán. Prueba de esto son los tremendos accidentes que fue sufriendo a lo largo de su carrera, quedándose aislado en los Andes o siendo capturado por un grupo de tuaregs, o sus supremos encabezonamientos para hacer volar un hidroavión en un lago con problemas de viento en contra. Sesiones maratonianas de arranque, motores destrozados arreglados con viejas telas, filtrajes de aceite en parabrisas y cabina en medio del océano o rescates in extremis por algún crucero que casualmente pasaba por allí eran su pan de cada día.

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Pero con la normalización de los servicios aeropostales y el aumento del tráfico transatlántico llega la profesionalización, algo que Mermoz veía como necesario pero que a la larga acabaría convirtiendo a aquellos temerarios como él en simples trabajadores rutinarios. No obstante, Mermoz se resistió a ciertos cambios y postulaba que la mayor seguridad en una travesía de ese tipo la proporcionaba la velocidad. Vamos, que mejor llegar a toda leche a tu destino que quedarse por el camino por una avería. Incluso se opuso a una práctica que se empezaba a llevar en la época, los vuelos mixtos de correo y pasajeros, cosa que tenía una pinta la mar de peligrosa por la manera en la que narra sus desventuras con sus rudimentarios aparatos de vuelo. La simplificación de estos y el poco apoyo del gobierno francés a su construcción fueron con toda probabilidad las causas de su muerte. El final del libro está lleno de alusiones a como los nuevos aviones de la compañía estaban hechos con muy poco oficio y fallaban más que una escopeta de feria.

En definitiva, Los aires roturados es una ventana a la mentalidad de alguien de aquellos primeros años del siglo pasado; una persona con ideas claras sobre la evolución de su joven profesión pero que a la vez nos contagia de ese ferviente futurismo de los años 20 y 30, una época en la que la civilización aún no había domado los lugares más remotos del globo y muchas cosas aún estaban por descubrir. Es una obra que a veces se pierde en demasiados datos técnicos pero que consigue transmitir el arrojo y la tozudez de gente como Mermoz, que se sabían pioneros en lo suyo y cuyo trabajo contribuyó al progreso y los avances tecnológicos y eso, por muy “plomo” francés que sea uno, hay que reconocerlo.

Victor Castillo

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