Lawrence de Arabia y las Hijas del Trueno – Cartas, 1822-1935 (T. E. Lawrence, Macadán Libros, 2015)

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“Nadie tenia la menor idea de que el soldado Ross de la Real Fuerza Aérea era el hombre mundialmente conocido que unió a las tribus salvajes de Arabia, creo dos reinos en Oriente y fue el único hombre blanco que recibió el título de Principe de la Meca. Algunas veces, al anochecer, contaba a los soldados asombrosas historias de Oriente, sobre tribus salvajes, románticas batallas, momentos difíciles y marchas maravillosas por las arenas del desierto…”

Este es el encabezamiento de la noticia aparecida en el Daily Express del miércoles 27 de diciembre de 1922 que abre la primera parte del libro Lawrence de Arabia y las Hijas del Trueno. Thomas Edward Lawrence, conocido mundialmente como Lawrence de Arabia, tenia en ese momento 34 años y se escondía bajo el seudónimo de John Hume Ross en los cuarteles de la Real Fuerza Aerea (RAF). Había renunciado a todas sus condecoraciones y al grado de teniente coronel. El último gran héroe de Inglaterra pasaba las horas barriendo los suelos de los barracones en los que había decidido refugiarse. Ya había escrito su extensa obra, Los siete pilares de la sabiduría, dónde relataba sus vivencias militares y personales alrededor de la Primera Guerra mundial y estaba enfrascado –cuando sus obligaciones militares se lo permitían– en sus múltiples revisiones y condensaciones. Asimismo, a lo largo de su meteórica carrera, había conocido a infinidad de soldados de todos los rangos, escritores, editores y personalidades de la época con los que se carteaba asiduamente.

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Lawrence de Arabia y las Hijas del Trueno es una antología de estas cartas escritas por Lawrence que pone especial interés en su pasión por el motor –sobre todo por el motociclismo, pero también por la aviación y la navegación–. El libro contiene 85 misivas que se estructuran en tres partes para conformar un cierto hilo narrativo. Gracias a ello asistiremos a los diferentes destinos militares de Lawrence una vez destapado de su anonimato por la prensa, descubriremos la idealización de su querida RAF –y su ansiado retorno a la misma– y conoceremos las diferentes motocicletas que poseyó –una de ellas obsequiada por el escritor George Bernard Shaw–. También le seguiremos en su destino a la India, apartado por el propio ejército en un intento por alejar el foco de atención continua que generaba. La selección abarca desde el mencionado 1922, poco después de que la prensa le descubra como soldado raso, hasta 1935, poco antes de su fatal accidente de moto cerca del refugio que atesoraba en Dorset (una pequeña casa de campo que acondicionó con esmero durante este periodo). Para reforzar el tema central de la recopilación se incluyen también dos interesantes piezas literarias escritas por el propio Lawrence: el relato corto La carretera y el poema futurista Profesión de fe.

Lawrence tenía pocas amistades que compartieran su pasión por las motos y las cartas nos hablan también de otros aspectos de la vida. A la vez que vamos encontrando, aquí y allí, unas pocas líneas que nos hablan de sus máquinas, también asistimos a su día a día, a sus reflexiones y sus convicciones. El equilibrio se mantiene en todo momento y gracias a ello se construye ante nuestros ojos la compleja personalidad de T. E. Lawrence a través de la correspondencia privada de este con sus amigos y conocidos. Evidentemente, entre los destinatarios hay algunas excepciones que confirman la regla, como atestiguan las cartas que dirige a George Brough, fabricante de las motocicletas Brough Superior. Estas eran las motos predilectas de Lawrence y llegó a poseer hasta siete de ellas a lo largo de su vida. Boanerges, la Hija del Trueno es como bautizó a la primera, una Brough Superior Mark I. En estas cartas Lawrence alaba las construcciones de Brough y detalla algunos aspectos técnicos de sus creaciones y las velocidades que consigue con las mismas. También con una de estas motocicletas encontraría su final, en un accidente que daría mucho que hablar en su momento.

lawrence_01Confieso que, al igual que comenta el escritor experto en motociclismo y gran estudioso de Lawrence de Arabia Steve Wilson en la interesante introducción del libro, mi primer acercamiento a la figura de T. E. Lawrence se debía casi exclusivamente a la imprescindible película de David Lean. La escena que abre y cierra dicha epopeya cinematográfica es precisamente la de su mortal accidente en moto, suceso penoso que sin embargo engrandeció todavía más el mito creado sobre su persona. Gracias a esta selección epistolar podremos acercarnos un poco más a la vida y los quehaceres diarios de este rebelde y a su a menudo torturada, reservada y complicada existencia interior. Además, lo podremos hacer directamente de su puño y letra, casi como si de una autobiografía resumida se tratara. En diversas ocasiones incluso nos asomaremos un poco al abismo:

“Cuando ya no puedo más y me sorprendo vagando sin control, arranco la moto y me lanzo a toda velocidad por estos caminos intransitables durante horas y horas. Mis nervios están destrozados y nada, salvo exponerme voluntariamente al peligro, logra devolverles la vida”.

Las cartas más extensas, a la par que interesantes, son las que dirige a escritores y editores como George Bernard Shaw, Robert Graves o Edward Garnett. En ellas se muestra en extremo humilde, a menudo torturado y jamás vacilante a la hora de pedir consejo. “No soy la gran figura que usted cree” le dice en una ocasión a Bernard Shaw; “Esta vez he tocado fondo, o barro. El ejército es inimaginable: más salvajemente animal de lo que nunca creí que pudieran ser los ingleses. Los odio y odio esta vida, pro estoy seguro de que es una buena medicina para mi” le suelta en una ocasión a Garnett con su habitual punto de masoquismo. A menudo expresa la satisfacción que le producen las motos y el uso que hace de ellas para huir, “para hacer que los barracones del ejército le resulten menos opresivos”. Hacia el final del libro le comenta al escritor Robert Graves: “Sin embargo, como decía, yo entré en la RAF para formar parte de un mecanismo: para no ser un líder, sino una pieza más de un engranaje. La palabra que lo explica todo, me parece, es máquina”. Es una carta que me parece fundamental en esta selección. Es una de las más extensas que encontramos en el libro y en ella habla profusamente de las lanchas que tanto le habían interesado durante los últimos años y se fustiga como aspirante a artista y escritor. Aquí habla en varias ocasiones de la vida y la muerte –a tres meses de su deceso– y se muestra contrario al rodaje de una película sobre su aventura arábiga (proyecto que barajaba en aquel momento el director Alexander Korda). También se despoja por enésima vez de las medallas de héroe solitario del Oriente Próximo. Pero, de nuevo, donde más se emociona, donde se muestra más intenso, es cuando exalta la figura del mecánico como pieza de progreso que conquista y hace avanzar al mundo. Se reafirma en los logros colectivos y no en los individuales y expresa su amor incondicional por el motor y por las gentes anónimas que lo hacen funcionar y lo comprenden del mismo modo que él.

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Por todo lo apuntado, esta antología es una manera diferente pero muy interesante de acercarse a la compleja existencia de T. E. Lawrence tras sus años como soldado de fortuna. Su pasión por las motos –y por el mundo del motor en general–, las inquietudes y reflexiones de un alma torturada, su intento por huir de la fama y del mito que él mismo había construido y el refugio que encontró en el anonimato que le proporcionó el ejército quedan sobradamente expresadas en esta acertada selección de cartas. Por todo lo dicho y por el simple placer de leer la correspondencia privada de una figura tan fascinante como esta, Lawrence de Arabia y las Hijas del Trueno gustará tanto a fanáticos del motor como a todo aquel interesado en una de las personalidades más complejas y extraordinarias del siglo XX.

Dani Morell

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