La imagen desgarrada. El dolor en el cine fantástico contemporáneo (Juan Andrés Pedrero Santos, El Transbordador, 2018)

Los que hemos seguido la carrera como divulgador del cine fantástico de Juan Andrés Pedrero Santos desde el principio, desde aquel personalísimo pero poco significativo Terror Cinema (Calamar Ediciones, 2008) que fue su primer libro, podemos comprobar con interés cuán importante es este volumen dentro de su bibliografía. Anticipo desde ya que no es su mejor obra, pero es sin lugar a dudas el más complejo de los libros que ha escrito hasta ahora. Todos sus anteriores trabajos serían rigurosamente englobables en los subgéneros de la biografía artística o el estudio de un género fílmico, pero este La imagen desgarrada. El dolor en el cine fantástico contemporáneo se plantea como otro tipo de reto más ambicioso: el de los ensayos sobre cine que tratan de desarrollar un discurso propio, una interpretación sustentada en las claves que nos ofrecen las películas, pero orientada a tratar de comprender, o siquiera describir, cuestiones más transcendentales como, qué sé yo, nuestro tiempo, el mundo en el que vivimos, o el ser humano. No en vano Juan Andrés señala como referencias (e influencias, qué duda cabe) obras de colegas como Antonio José Navarro con su El imperio del miedo. El cine de terror contemporáneo post 11-S (Editorial Valdemar, 2016) o Luis Pérez Ochando con Todos los jóvenes van a morir. Ideología y rito en el slasher film (Editorial Micromegas, 2016), ambos magníficos libros, que no se limitaron a presentar una cronología comentada de las películas, sino que confeccionan un diagnóstico acerca de nuestra sociedad a partir de los vasos comunicantes estéticos, éticos e intelectuales que se pueden establecer entre las constantes y subtextos cinematográficas.

En esa línea, el ambicioso tema que ha inspirado a Pedrero Santos para atreverse a tal empresa, es el dolor y su representación, y más concretamente en el marco referencial del cine fantástico. El dolor no se puede explicar, su comprensión es imposible si no es desde su padecimiento. Sin embargo, las artes lo han representado de mil formas desde sus albores, desde mil puntos de vista diferentes, como no podía ser de otro modo en una cuestión tan inaprensible: desde la mera representación naturalista del hecho hiriente y del dolor como respuesta mecánica del cuerpo a una falla sistémica (quizás provocada a través de una terrorífica agresión violenta); la huida del dolor como leitmotiv existencial y motor de las acciones de los personajes; o lo contrario: el fenómeno del sadismo y sus múltiples posibilidades narrativas; o el del dolor como vehículo de transcendencia y epifanía, como en el caso de los mártires…  En realidad, aquí empiezan los problemas de Juan Andrés y de su libro, porque la temática es tan amplia, y sus posibilidades son tan poliédricas, polisémicas y dispersas, que podemos percibir, como primera impresión ante la obra, que ha mordido más de lo que es capaz de digerir.

Si en la portada de este libro hubiésemos encontrado un fotograma de Hellraiser (1986, de Clive Barker) o de Hostel (2005, de Eli Roth) está claro que estaríamos ante libros distintos, quizás sobre los límites de lo admisible en materia de terror orgánico, o sobre el mal llamado “tortureporn” y sus posibles lecturas socio-psicológicas. Pero el autor no ha querido discriminar ninguna acepción de dolor de las que da la RAE, y su enfoque quiere hablar de toda forma de sufrimiento, sea físico, mental o incluso emocional. Le valen los que sangran y los que lloran, los enfermos y los torturados, los que agonizan y los que disfrutan, ¡incluso los vivos y los muertos! Su enfoque acierta en su multidisciplinaridad, en sus referencias a otras artes o a la historia de las ideas. De Descartes a Merleau-Ponty pasando por Kant y Nietzsche, de Velazquez a Pollock pasando por Caravagio o Munch, su universo intelectual es interesante. Pero falla en lo que habría sido más importante: aportar un orden, un cuerpo de mensaje. El libro se lee con facilidad, de hecho se devora. Pero a su término queda en la mente la pregunta: ¡pero Juan Andrés, ¿qué era exactamente lo que querías decir?!

La respuesta a la anterior pregunta no queda clara. Que en el cine fantástico, y más todavía en el contexto del cine de terror, cuyo propio ser ontológico es la búsqueda de la inquietud en el espectador, siempre abundaron los ejemplos de amenazas de terribles dolores, está claro. Es más: el dolor en sí nos da miedo a la inmensa mayoría de personas. Que los espectadores de este género hemos visto a innumerables personajes pasándolo muy mal, tanto por dolores en ciernes como consumados, reales e imaginarios, físicos y espirituales… es lógico. Al final, lo que queda es un repaso a muchísimos ejemplos, tan diferentes entre sí como los propios dolores y las maneras de sobrellevarlos. Y un repaso a ejemplos, es decir, un catálogo (cronológico o por tipologías) de películas era precisamente lo que se supone que no queríamos, o así lo habíamos intuido al principio.

No obstante, el intento, loabilísimo, queda; y el enfoque, como primera aproximación al tema, tiene también sus aspectos interesantes, centrados siempre en lo particular, en lo parcial, a falta de esa teoría general que he echado de menos. Y claro, Pedrero Santos cuando habla de películas sabe bien de lo que habla, por lo que tampoco debe interpretarse que el libro es desechable. Sus comentarios cinéfilos son sugestivos, cultos y muy acertados. En definitiva, viendo por donde iban los tiros, y aunque no haya su plenitud, considerando lo bien escrito que está y que repasa decenas de películas de una manera intachable, se agradece esta obra que, como poco se sale de lo trillado.

Javier Ludeña

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