El Ejército Negro. Un bestiario oculto de América (Servando Rocha, 2015, La Felguera Editores)

dragonsCAP“Esto es el oeste. Cuando la leyenda se convierte en hecho, publica la leyenda” le suelta el periodista Maxwell Scott (Carleton Young), al senador Ransom Stoddard (James Stewart) en el magistral western crepuscular de John Ford El hombre que mató a Liberty Valance.

Los forajidos del salvaje oeste se marcharon tal como llegaron, como una sombra en una nube de polvo, pero ya se sabe que después del crepúsculo viene el amanecer, todo vuelve, y los cowboys americanos no iban a ser menos. Esta vez aparecieron cabalgando en oscuras motocicletas, potentes artefactos de la casa Harley Davidson que se convirtieron en los corceles del siglo XX. Y todavía están entre nosotros. Los Estados Unidos de América se han construido a golpe de mito, bordeando entre la realidad y la leyenda. Hasta los vecinos de la pequeña y apacible localidad de Hollister, que en 1947 tuvieron que lidiar con los disturbios y las tropelías de los primeros motoristas salvajes de la historia, le quitaban pocos años después hierro al asunto con una sonrisa en el rostro. Y por eso, hoy en día, Hollister se ha convertido en una ciudad orgullosa de proclamarse “la cuna del motorista americano”: América es un país que mastica a sus demonios y los regurgita convertidos en héroes; Hollister se erigió en leyenda cuando seguramente solo fue una vía de escape, una fiesta que se le fue de las manos a una juventud traumatizada por la Segunda Guerra Mundial. Aquellos chicos conocieron el infierno en primera persona y volvieron para contarlo. El problema es que nadie les dijo como hacerlo. Los castillos de naipes que la sociedad había construido a su alrededor se desmoronaron, y así empezó todo, creció y se convirtió en mitología: “Cuando la leyenda se convierte en hecho, publica la leyenda”.

Una de las fotografias clásicas –un tanto amañada– de los disturbios de Hollister (Barney Petersen, 1947)

Una de las fotografias clásicas de los disturbios de Hollister (Barney Petersen, 1947)

El Ejército Negro, del escritor Servando Rocha y su inclasificable y atractiva editorial, La Felguera, nos habla de los Dragones de la Bahía del Este y de la conjunción de historias “no oficiales” que los configuraron. Los East Bay Dragons son una de las más míticas y longevas bandas de motoristas negros de los Estados Unidos, y su historia va íntimamente ligada a la de su nación, a la crónica oculta y silenciada de América. Todos conocemos y hemos oído hablar de los moteros, hemos visto películas sobre gente que nace para ser salvaje y nos hemos incomodado con la simple mención de los Ángeles del Infierno. Son la white trash motorizada, exprimiendo la vida a tope, rebeldes con o sin causa, persiguiendo la libertad por las carreteras sin conocer demasiado bien su significado. Y esto es, ciertamente, una parte de la historia clandestina de América, pero todavía lo es más la existencia de clubs de motoristas formados íntegramente por negros desde casi los albores del siglo XX. Doblemente perseguidos; igual de libres y salvajes. O todavía más.

Con semejante premisa, Servando Rocha, establece un meridiano paralelismo entre estos nuevos guerreros negros y la historia más oculta de la tierra que los alumbró. Nos habla con pasión de los conjurados, de los primeros esclavos rebeldes que se alzaron en armas contra los esclavistas, de los cowboys y forajidos negros que, como Nat Love, vivieron al margen de toda ley pero que también cabalgaron al lado de sus homólogos blancos, al lado del Billy el Niño y el Jesse James de turno. El Salvaje Oeste formaba parte del ADN de los moteros, pero a su vez eran algo completamente nuevo y atractivo para miles de jóvenes. Como dejó escrito el controvertido escritor y periodista gonzo Hunter S. Thompson –que dedicó varios artículos y un libro de cabecera al fenómeno (Hell’s Angels: The Strange and Terrible Saga of the Outlaw Motorcycle Gangs) y que es, en justa medida, continuamente citado en el libro de Rocha–: “En algunos sentidos, daban la sensación de ser una especie de anacronismo híbrido, algo así como la resaca de la época del salvaje oeste. Pero en otro sentido era tan nuevo como la televisión”.

Nat Love (Tennessee, 1854 – Los Angeles, 1921)

Nat Love (Tennessee, 1854 – Los Angeles, 1921)

Y para explicar esta atracción, esta fascinación por la rebeldía que sintieron tantos en un determinado momento, el autor nos propone un detallado viaje de exploración por múltiples sendas entrecruzadas. Nos habla de los beatniks y de su cuna, San Francisco. De todo lo que significó la ciudad como puerto cultural eternamente abierto y cambiante. A finales de los 50, los Dragones se movían por sus calles como peces en el agua, alternaban con aquellos jóvenes y hasta se identificaban con sus ideas y su manera de ver el mundo. El propio Tobie, presidente del club, reconoce sus correrías por el famoso barrio de North Beach del San Francisco de aquellos años. Y si bien es cierto que aquella generación, con sus poetas, sus aullidos, sus fiestas y su jerga abrieron el camino, también lo es que la gran explosión llegó realmente en los 60. Las clásicas bandas juveniles se convirtieron en tribus urbanas, aparecieron los hippies, las drogas alucinógenas y el amor libre. Todos se nutrian de todos. El Haight-Ashbury de San Francisco se llenó de color y de música, de todo tipo de grupos, grupitos y sectas, de adoradores del diablo, de ocultistas y astrólogos, de manifestantes por la paz y de radicales de izquierda. Cuando la fiesta terminó se levantaron las alfombras y se descubrió la oscuridad: los zombis colgados de LSD, Charles Manson o los asesinos del tristemente celebre Festival de Altamont también estaban ahí, y también en gran medida, habían bebido de aquel largo verano californiano que tocaba a su fin.

Pero la cosa no empieza ni termina ahí, y para entender a los Dragones, sobre todo, hay que conocer a las primeras bandas de motoristas: los miticos Boozefighters y el no menos mítico Wino Willie Forkner y sus desmanes tras volver de la Segunda Guerra Mundial. Él fundó una de las primeras alianzas de desarrapados montados en motocicletas de esta nueva hornada, y como nos cuenta Rocha, “Todos ellos eran inestables, camorristas, bebedores y temerarios. Animales enjaulados, gente habituada a devolver el golpe por medio de violentos ataques sin un objetivo claro”. Y llegados a este punto, también hay que entrar al trapo con los Angeles del Infierno, los verdaderos amos del cotarro motero. El libro se detiene en perfilar a su incontestable líder y re-fundador Sonny Barger, también de Oakland, y la curiosa amistad –con reservas– que siempre mantuvo con Tobie Gene Levingston, el presidente de los East Bay Dragons. Barger creció devorando los libros de Zane Grey y Louis L’Amour –otra vez el Salvaje Oeste– y enseguida tuvo claro que de mayor quería ser un forajido. Dedicó su vida a ello y lo logró. Para ello convirtió a los Angeles del Infierno –hasta ese momento un club desperdigado y en decadencia– en una autentica milicia organizada a partir de códigos cerrados y comportamientos mafiosos. Entró en guerra abierta con los demás clubs e impuso su voluntad sin compasión. Con él, también llegaron la estética y la simbología nazi, los negocios dudosos y la inestabilidad.

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El libro tampoco se olvida del cine y la cultura popular. No dedica un capitulo especifico a ello, pero inunda las paginas de imágenes, fotogramas y carteles de películas relacionadas con el tema, a la par que repasa las mas importantes. Hollywood también se aplicó en construir la leyenda. El ejército motorizado le daba carnaza a la novela popular y sensacionalista, a las revistas masculinas y por supuesto, también al cine. A su vez, los motoristas –forajidos o no–, se dejaron influenciar por lo que veían en las pantallas. Stanley Kramer llegó a contactar con Forkner, de los Boozefighters, para que le asesorara durante la producción de Salvaje, la mítica película de Laslo Benedek con Marlon Brando de protagonista –aunque este declinó la oferta, alegando que ya habían acarreado suficiente mala prensa con los disturbios de Hollister–. La prensa acusaba al cine de influenciar a los jóvenes y viceversa. Más adelante, las películas de moteros se convertirían casi en subgénero y aparecerían películas como Easy Rider, Motorcycle Gang, The Wild Angels o Black Angels (precisamente sobre motoristas negros). En Hells Angels on Wheels, de Richard Rush, Jack Nicholson comparte cartel con el autentico Sonny Barger de los Angeles del Infierno. La realidad se mezcla con la ficción. “Cuando la leyenda se convierte en hecho, publica la leyenda”.

Y sería imposible construir la crónica de esta banda al margen sin dedicar varios capítulos paralelos al Black Power, el surgimiento de los Black Panthers y todo lo que ello significó para la comunidad negra. Por supuesto, los East Bay Dragons no permanecieron al margen. Al igual que la mayoría de sus conciudadanos de Oakland, vieron en aquellos chicos del barrio con estética agresiva una explosión de orgullo y reafirmación. Tras la muerte de Martin Luther King ya no estaba tan claro aquello de poner la otra mejilla. Ahora los negros salían en primera plana, vestían chupa de cuero y boina militar y mostraban sin ningún pudor todo tipo de armas de fuego. Las cosas estaban cambiando. Los Dragones no se integraron en el Partido de los Panteras Negras (BPP), pero apoyaron en muchas ocasiones a sus líderes y se convirtió algo habitual verlos aparecer con sus motos en los mítines y actos de solidaridad con los represaliados del partido. Al final de la aventura llegó el FBI, las drogas, y las operaciones de contrainsurgencia que terminaron con aquel sueño utópico de la misma forma que lo hicieron con el Che en Bolivia, Allende en Chile o Bishop en la Granada. Pero el camino ya estaba abierto, los Dragones ya formaban parte consciente de aquella hermandad que no quería construir la historia sino reconstruirla, hacerla suya y desenterrar lo que se les había escondido y quitado como pueblo.

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Pero todo esto solo es la punta del iceberg de un libro de más de cuatrocientas páginas de información. En El Ejército negro entraremos en la sede de los Dragones y escucharemos de primera mano la filosofía en crudo de Tobie Gene Levingstone, líder del cotarro desde hace cincuenta años. También nos acercaremos a la figura de su vicepresidente, Ali Rasheed, y a la de muchos otros integrantes de la banda. Conoceremos sus motivaciones, su incansable lucha por mantener la posición de respeto en ese hervidero llamado Oakland y los altibajos de su existencia como club motorizado –sin olvidar las inevitables relaciones y rifirafes con los demás clubs negros o multiraciales como los Chosen Few, los Defiant Ones o los Wheels of Soul–. Viajaremos con esta hermandad negra hasta los días de sus primeras incursiones en territorio hostil, celebraremos sus alianzas, asistiremos a sus fiestas, observaremos sus combates y lloraremos en sus entierros.

Como hemos visto, este Bestiario oculto de América es bastante más que un libro sobre los Dragones de la Bahía del Este: es un compendio de muchas historias, de muchos hilos ocultos que hay que juntar, ordenar o simplemente tirar de ellos para situar a estos ángeles negros en su debido contexto. Una obra densa, con muchas ramificaciones, y tan intensa que por momentos amenaza con estallar en nuestras manos como una bomba de relojería. Cuando menos te lo esperas, desde sus paginas plagadas de imagenes enfebrecidas, te asalta la Dalia Negra, Kenneth Anger y su Scorpio Rising o el mismísimo terror de los Tongs. El escritor y editor Servando Rocha, arqueólogo de la contracultura donde los haya, se ha metido de lleno en el corazón de la leyenda y en las entrañas de la bestia. Ha viajado hasta Oakland y ha convivido con los Dragones de la Bahía del Este, ha sabido desenterrar su leyenda oculta y arrancarla de las esquinas de la historia para, con un entusiasmo desatado y contagioso, presentárnosla en forma de flamante libro.

Dani Morell

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