De bólidos y hombres (Cars at Speed, Robert Daley,1961, Ed. Macadán, 2014)

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Solo aquellos que no se mueven son los que no mueren; pero, ¿no es que están ya muertos en realidad?
Jean Behra.

Aunque en nuestro país Robert Daley es más conocido como autor de novelas policiacas, como El príncipe de la ciudad, La noche cae sobre Manhattan, Manhattan Sur (todas llevadas al cine, por Sidney Lumet las dos primeras y Michael Cimino la tercera), o bélicas como Los limpios de corazón, entre 1958 y 1964 trabajó como corresponsal de notícias deportivas para New York Times, donde vivió de primera mano los últimos estertores de la Edad de Oro de los Grandes Premios de automovilismo. Una era irrepetible, antes de la irrupción del ultra-profesionalismo que cambiaría las reglas de todo y que generaría la Fórmula Uno tal y como la conocemos hoy en día, verdaderamente un Gran circo, pero no una gran aventura como lo fue durante la primera mitad del siglo XX.

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Durante ese periodo Daley dio forma Cars at Speed, que Macadán ha titulado De bólidos y hombres –el libro había sido editado por Editorial Bruguera en 1962 con el título Volantes de la muerte, aunque la edición actual corresponde a la versión corregida y ampliada por el mismo autor y que fue reeditada en 1989 en su país de origen–, un libro dedicado a contar, con verdadera pasión, la historia de los circuitos de la época –desde la Mille Miglia a LeMans, pasando por Monza, Montecarlo o la Targa Florio–, los pilotos que protagonizaron las mayores gestas –a día de hoy sigo sin comprender como a pesar de su innegable talento siguen apuntándose fieles a la religión de un personaje tan desagradable como Diego Armando Maradona, independientemente de su talento, sin embargo, cuenten con una reverencia por mi parte a cada monumento erigido a nombre del noble campeón Juan Manuel Fangio–, también los más estrepitosos fracasos –como el protagonizado por Pierre Levegh en 1952 en su ambición por vencer en LeMans en solitario, o la historia entre dramática y cómica, de la escudería británica BRM–.

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El automovilista argentino Juan Manuel Fangio

También encontraremos los dramas más terribles –la desastrosa Madrid-Burdeos de 1903, la tragedia de LeMans en 1955 de nuevo con Levegh como triste protagonista y que terminó con 83 muertos–. Todo ello contado con un muy ameno estilo que es un cruce entre  el artículo periodístico deportivo y la fantasía histórica (o una version dramatizada de hechos reales).

Yo no creo en los promedios. Un piloto crea sus oportunidades para vivir o morir
Phil Hill

E incluso más allá de eso, De bólidos y hombres es una ventana abierta a una cierta visión del mundo que se tenía en el siglo pasado, y su evolución durante un periodo que abarcó dos guerras mundiales. En algunos casos, como suele ocurrir con los eventos deportivos de gran magnitud, se nota el uso interesado por parte de las clases políticas de los mismos (véase el desastre que causó un  Juan Domingo Perón con aires de mesías en el GP de Argentina de 1952, o el uso simbólico que hacía Hitler de la casa Mercedes como de una estruendosa maquinaria capaz de vencer a todos los demás previamente al comienzo de la II Guerra Mundial); y como los pilotos reaccionaban de la única manera que sabían: corriendo, en ocasiones con irónicas risotadas del destino (efectivamente, la casa Mercedes vencería en el GP de Alemania de 1938… pero pilotando el bólido el inglés Dick Seaman, para posterior rabieta del Führer).

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Tragedia de LeMans de 1955

También esa ventana permite entender a los participantes de un deporte que se jugaban la vida a cada carrera y como menciona Daley en cierto punto del libro, hoy se quedarían asombrados ante la baja tasa de mortalidad que existe en los circuitos. Pero eran unos días de tensiones y conflictos donde la muerte mostraba sus dientes con una frecuencia que a día de hoy no comprenderíamos. El piloto está eternamente luchando contra fuerzas que él mismo ha creado, pero que no llega a entender del todo y apenas puede controlar. Termina siendo difícil no emocionarse –y el estilo de Daley, bastante dado a ensalzar los aspectos más emocionales del relato, ayuda bastante a ello– ante el trágico final de Alfonso de Portago que, usando una licencia poética, podría decirse que llegó a “presagiar” su propia y terrible muerte –terminó partido en dos– a 50 km de la línea de meta de la Mille Migia.

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El automovilista español Alfonso de Portago

La emoción también nos acompaña mientras asistimos a las desgracias que persiguieron a Rudi Caracciola a lo largo de su carrera –según Daley tuvo que haber sido el mejor, pero su arisco carácter lo alejó demasiado de los periodistas encargados en entronizar a unos y olvidar a otros–, o durante el momento en el cual Robert Benois en el GP de Francia de 1925 se bajó durante la vuelta de honor tras haber vencido en la carrera en la curva donde horas antes se había matado el legendario Antonio Ascari para rendirle sentido homenaje –siendo la Gestapo y no ninguna curva maldita o una mancha de aceite quién acabaría con la vida de Benoist tras torturarle por colaborar con la Resistencia francesa pocos años después, en una de las bastantes intromisiones de los contextos reales e históricos en un libro que en ocasiones parece una heroica y fabulosa fantasía–.

Me gusta sentir miedo. Después de sentirlo muchas veces uno se convierte en adicto, y va en su busca. 
Alfonso de Portago

Destacar la estupenda edición española por parte de Macadán –editorial ubicada en Granada especializada en literatura sobre el mundo del motor–, que incluye en cada uno de los capítulos los diseños de cada uno de los circuitos sobre los que trata, y unas magníficas ilustraciones de Héctor Cademartori (dibujante argentino especializado en ilustraciones automovilísticas), además de una correctísima traducción y un más que correcto diseño de edición.

Ilustración de Héctor Cademartori

Ilustración de Héctor Cademartori

Uno puede entrar en De bólidos y hombres sin saber la diferencia entre el pedal del freno y el del embrague. No va de eso. No es necesario conocer absolutamente nada del mundo del motor ni de las carreras de coches; simplemente vale con tener cierta curiosidad para entender el fervor que provoca el motor en ciertas personas, el éxtasis que encuentran los pilotos en apretar a fondo el acelerador a la hora de tomar una curva cerrada  aunque pueda  costarles las vida, y el especial vínculo que existe entre los corredores y los seguidores de este deporte, capaces de poner también sus vidas en juego para sentir el vértigo del demonio de la velocidad. Y difícilmente, gracias a la pasión que logra transmitir Daley en cada una de sus páginas, no saldrán conversos. Devotos a los hitos, a las tragedias, al hervor de la sangre mezclada con el rugido del motor, de las Historias de la Edad de Oro de los Grandes Premios.

Javier J. Valencia

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