NIPPONEXPLOITATION (2) – The Man Who Stole the Sun (Taiyô wo nusunda otoko, Kazuhiko Hasegawa, 1979)

¿Cuántas veces hemos fantaseado con hacerle un corte de mangas a los poderosos y poder exigirles lo que queramos? “Si tuviera poder e influencia se iban a enterar” es una frase que hemos escuchado cientos de veces en las clásicas conversaciones de “arreglar el mundo”. Pero si de repente tuviéramos ese poder, ¿sabríamos usarlo o nos quedaríamos sin saber por dónde empezar?

Un anodino profesor de ciencias de instituto, Makoto Kido (Kenji Sawada), está dispuesto a llevar a cabo ese chantaje a gran escala. Lleva un tiempo proyectando robar plutonio de una central nuclear cercana y fabricar con él una bomba atómica casera. Pero el destino quiere que Makoto se vea envuelto en el secuestro del autobús donde viajan sus alumnos por un loco fuertemente armado que quiere asesinar al Emperador de Japón. Tras colaborar con el inspector de policía Yamashita (Bunta Sugawara) en esa crisis, Makoto se convierte en un héroe para la prensa y para sus alumnos, lo que lejos de apartarlo de su proyecto le hace retomarlo con aún más ganas.

Cuando finalmente logra construir dos bombas, una falsa y otra real, contacta con Yamashita para que sea quien lleve las negociaciones con él, enmascarado tras un modulador de voz en su teléfono. Para empezar, pide que las retransmisiones de partidos de béisbol no sean interrumpidos por los noticiarios, a lo que el gobierno accede… y ya no sabe qué más hacer con su nueva arma. Makoto acabará contactando con la DJ radiofónica “Zero” Sawai (Kimiko Ikegami) para que sugiera opciones de chantaje a sus oyentes y la chica pasará de no creerlo a ser su admiradora número uno, inmiscuyéndose en su vida de manera irreversible, al igual que los síntomas de envenenamiento por radiación que empiezan a hacer mella en el profesor.

The Man who Stole the Sun hace malabares con el thriller terrorista, la comedia negra y el cine de acción en dos horas y media sin ninguna concesión y casi diría sin más mensaje social que el que nosotros le queramos aplicar. Quizá su problema sea esa duración tan extensa que por un lado nos permite pasar por todos esos géneros pero que a veces nos descoloca ligeramente, con momentos que se mueven entre lo realista y lo casi cartoon. Aunque reconozco que en ningún momento pude quitar los ojos de la pantalla por la intranquilidad y la locura que ésta me transmitió, con algunas escenas muy inquietantes.

Nunca sabemos cuál es el motivo por el que Makoto construye la bomba más allá de que tiene los conocimientos y materiales para hacerlo. No obstante, nos cae bien y queremos ver si sus planes llegan a buen puerto. Tampoco Yamashita es un cabrón sin alma al que se nos haga odiar, más bien es un tipo cabal que quiere saber por qué Makoto hace todo eso y cual es su objetivo. También somos capaces de empatizar con Zero, ya que ve en Makoto alguien con la capacidad de realizar sus sueños, aunque nunca cuestione sus métodos. Parte de todo esto se debe a las excelentes interpretaciones de los tres actores, energéticas pero sin entrar en el histrionismo y la auto parodia.

A parte de los castillos filosófico-sociales que yo me pueda montar en mi cabeza (cosa que imagino es el objetivo del director, que lamentablemente solo hizo dos películas contando esta), The Man who Stole the Sun es un film sorprendente y peculiar, que, aunque suene a cliché, no deja indiferente ni da nada masticadito, prefiriendo que cada uno, valga la redundancia, se monte su película en su interior. Y pese a su temática, fue un éxito de taquilla y se llevó montones de (merecidos) premios en su país de origen, ese lugar en el que víctimas de bombardeos atómicos se quejan de propuestas mucho más inofensivas como Apocalipsis 1999 mientras que dejan pasar inadvertidas fantasías terroristas como esta. Esquizofrenia cultural a tope.

Victor Castillo

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