Festival de cine fantástico de Sitges, te quiero.

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A pocos días de empezar la edición de 2015, cualquier fanático que se precie ya no puede pensar en otra cosa. Son muchos años asistiendo religiosamente, es una tradición.

A pesar de llevar más de una década acreditándome y cubriendo el Festival para diversos medios, siempre aparece la incertidumbre de si este año, me concederán la acreditación o no. Y cada año se oye un murmullo de “el departamento de prensa se ha puesto muy exigente, esta vez no se la dan a cualquiera”. Pero oiga, ¡yo no soy un cualquiera! ¡Yo quiero a este Festival como si fuera mi hijo!

Ya está hecho,  estoy acreditado. La ilusión que tengo sólo se la pueden imaginar los habituales, los que malviven durante diez días, los que se alimentan de bocadillos de la carpa del Bocapá, cuyo precio es inversamente proporcional a su calidad. Allí donde te comen las moscas mientras te escaldas la lengua bebiendo un café a sant hilari (de un trago) porque tienes cinco minutos antes de entrar a la siguiente película, y la cola de la improvisada cafetería ya ha consumido cuatro de esos cinco minutos.

Mis compañeros y yo, soldados del Festival, ya hemos programado día a día todas las películas que queremos ver y nos salen cerca de ochenta. Como eso es humanamente imposible, lo dejaremos en sesenta y pico, como cada año. Recuerdo que tras la última edición, un aficionado se vanagloriaba en Twitter de haber sido quién más pelis había visto, 52, si mal no recuerdo. Y yo, que sólo pude ir siete días había visto cincuenta y cuatro, y mi amigo Javier J. Valencia, estando los diez días vio sesenta y cuatro. Y el récord absoluto lo tiene Javier Ludeña, con más de setenta proyecciones y unos veinte micro-infartos por sobredosis de Red Bull.

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Hay muchos que están en las maratones nocturnas, pero no suelen ser los mismos que al día siguiente están en el pase de prensa del Auditori a las 8:30h. Ahí estamos nosotros, hechos polvo, pero estamos. Eso sí, casi deseando que una de las pelis sea mala para poder echar una cabezadita, aunque tenemos una norma; si te duermes más de media hora ya no puedes contarla como vista. Rota esa barrera, más vale aprovechar y dormirla enterita.

¿Y las caminatas desde el Melià hasta el centro del pueblo y viceversa? Vaya sudadas si que es ese día hace sol. O vaya coñazo si llueve. De un tiempo a esta parte, nos programamos intentando minimizar estos desplazamientos, porque si al sueño le sumamos cansancio, los ronquidos están asegurados. Y hablando de ronquidos… ¿Soy yo o el que ronca mucho cada año siempre es el mismo? Ya resulta entrañable el señor gutural.

En algunas ocasiones hasta hay tiempo para comer o cenar sentados y tomar algo en el Bar del Prado o el del Retiro, cuyos camareros podrían ser los protagonistas de la secuela de Calvaire. Nosotros siempre hemos sido más de El Prado y su terraza, ¡qué recuerdos! Alguna noche surge saltarse unas proyecciones para juntarse con amigos que han venido de otros puntos de la geografía española: Madrid, Galicia, Zaragoza, Valencia, etc. Adoro las sesiones de birras con mis congéneres freaks. Puedes hacer bromas aludiendo films que nadie ha visto y ellos las pillarán. Siempre hay risas.

Y tanta otra gente que no conoces, pero llevas viendo su cara durante años y él la tuya también. A veces hasta saludas tímidamente por camaradería.

A los que tenemos la suerte de quedarnos en un hotelucho allí esos días, nos fastidian mucho los fines de semana, cuando Sitges se abarrota de gente, muchos por el Festival, pero muchos otros no. Casi no se puede caminar por las calles, hay que hacer cola para casi todo y los repasos gayers de la calle del Pecat (Pecado) son casi hirientes, aunque por otro lado, es el día del año que más nos miran…

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Frankfurts, hamburguesas, bocadillos y bazofia de todo tipo. Cuando llevas días alimentándote de tralla, necesitas una ensalada de la casa. La necesitas. Pero lo peor, lo más dañino, es la falta de sueño. Los primeros días aguantamos durmiendo tres horas, pero llega un punto en el que la sala de cine pasa a ser un viaje alucinógeno dónde no sabes si lo que has hablado lo has pensado o lo has dicho en voz alta, dónde ves visiones en las que tu colega te ofrece su cabeza en una bandeja, etc. Y sí, son todo casos reales. Hay gente que ha fallecido por falta de sueño –no en el Festival, claro, pero me viene bien para dramatizar y enfatizar nuestra hazaña-.

Seguro que a estas alturas de la lectura muchos os sentís identificados. Lo voy a ir dejando ya. Recordad llevar algo para resguardaros del frío en el Auditori, que por las mañanas a primera hora ponen el aire acondicionado para los cuatro gatos que somos, y luego nos resfriamos. Bueno, entre el aire, la mala alimentación, la falta de sueño y la consecuente bajada de defensas, un día o dos de casi gripe no me lo quita nadie. Una gripe que acepto porque me la he buscado. Una gripe amiga.

Muchos ya me conocéis. Esto soy yo –enseguida entenderéis porque esto y no este-:

¡Nos vemos en Sitges!

Oscar Sueiro “El coleccionista ebrio”

 

 

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