King Kong: deseo, libido y libertad

Sigmund Freud en La interpretación de los sueños hace una metáfora muy interesante relacionada con los deseos reprimidos del hombre: “Estos deseos de nuestro inconsciente, siempre en actividad, y por decirlo así, inmortales, son deseos que nos recuerdan a aquellos titanes de la leyenda sobre los cuales pesan desde tiempo inmemorial inmensas montañas que fueron arrojadas sobre ellos por los dioses vencedores y que aún tiemblan de tiempo en tiempo, sacudidas por las convulsiones de sus miembros”(1). Los dioses olímpicos entierran en las profundidades aquello que saben que puede amenazar su estabilidad, y asimismo todo individuo en su conciencia, sin saberlo, reprime el deseo y lo sepulta en el inconsciente de igual forma que a los antiguos dioses titanes. Este deseo, también visto como un titán, es King Kong. Kong es aquello que los hombres arrastran hacia su mundo y acaban por matar por ser demasiado peligroso para ellos, demasiado libre.

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La belleza mata a la bestia, la civilización destruye el deseo libre. Kong persigue a Ann Darrow, rompe y atraviesa la gran puerta del muro que le ha separado siempre del resto del mundo. Jean Ferry en un escrito de Le Minotaure de 1934(2) advierte que podría considerarse absurdo el hecho de que este monstruo sólo en ese momento de su existencia consiga destruir aquello que le aparta de la civilización. No obstante, tal y como él mismo señala, más que un elemento absurdo esto es un factor que, sumado a muchos otros, permiten ver King Kong como la realización de un sueño de libido liberada: “no recurro a reminiscencias muy complicadas cuando pido que se recuerden los innumerables sueños construidos sobre este tema. Os persigue un animal o un peligro monstruoso, y al principio no podéis huir; durante mucho tiempo consistió en un buey. A menudo también en una fiera cualquiera. Vuelvo a encontrar todos estos elementos en King Kong, y ésta es una de las razones por las cuales el film me afecta tan profundamente”(3). De esta manera la historia nos muestra dos mundos totalmente diferentes, pues al ser un mito que funciona como espejo puesto ante la sociedad, su estructura es de variación simétrica entre el mundo perdido de Skull Island y el mundo de Manhattan. Y el vínculo que se establece entre estos dos mundos es psicoanalítico: el mundo salvaje y primigenio de Skull Island es el mundo de la libido liberada, mientras que el mundo civilizado de Nueva York es el de los deseos domesticados, el mundo represor. Es así como se puede entender la aventura del film como un viaje a la captura del deseo esencial del ser humano y su consecuente destrucción.

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King Kong del 1933 (Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack) comienza haciendo mención al famoso proverbio árabe: “y la bestia contempló el rostro de la bella y su mano no mató; y desde aquel día fue como si hubiera muerto”. La belleza mata a la bestia, por tanto, la belleza destruye el deseo. La belleza, en tanto que civilizada, funciona como instrumento represor que combate y entierra el deseo y pulsión sexual. Lo inconsciente y la consciencia no pueden mezclarse, y el deseo no puede ser liberado. Kong cruza la frontera al apoderarse del objeto deseado y pervertir así el propio mundo de la libido liberada, provocando de la misma forma la futura perversión del mundo civilizado del dominio. Asimismo, como si de un caballo de Troya se tratase, Ann Darrow penetra dentro de la muralla de la libido liberada para destruirla, encandila a la bestia y apaga su furia, corrompiendo la esencia del mundo incivilizado, de la oscura jungla de la inconsciencia; pero sobre todo consigue hacer lo más importante, que es atraer más tarde al monstruo hacia el exterior. Ann es lo único que consigue que Kong derribe la puerta infranqueable que le ha separado desde siempre del otro mundo. Al tirarla abajo, al cruzar el gran muro, está cruzando la línea que divide lo irracional de lo racional, lo inconsciente de lo consciente. Ya no hay vuelta atrás. A partir de ese instante el gran Kong está condenado a ser reprimido, acallado y aniquilado; puede que tarde más tiempo o menos, pero sin ninguna duda acabará por ser sometido al poder imparable de la civilización racional.

Estábamos aislados de la comprensión de todo aquello que nos rodeaba, pasábamos deslizándonos como fantasmas, asombrados y secretamente aterrados, como lo estarían hombres cuerdos ante un brote de entusiasmo en un manicomio. No podíamos comprender porque estábamos demasiado lejos, y no podíamos recordar porque estábamos viajando en la noche de los primeros tiempos, de aquellos tiempos que se han ido, dejando apenas una señal y ningún recuerdo”(4). Es en el King Kong del 2005 (Peter Jackson) donde se hace referencia a este fragmento de El corazón de las tinieblas de Conrad. Lo salvaje, lo desconocido, lo primigenio y esencial es lo que caracteriza no sólo a Kong sino a todo el mundo de Skull Island. El mismo sentimiento que refleja el fragmento es el que siente la expedición que se adentra en las profundidades de esa jungla primordial. El miedo y temor ante sus peligros es el de introducirse en lo profundo de la psique humana para hallar nuestra verdad. Una verdad que tiene su esencia en ese monstruo gigantesco que ruge desde la profundidad de la noche irracional del hombre, demostrando que nuestra esencia es esa: el puro caos. Por eso es comprensible la empatía que todo espectador puede sentir hacia el monstruoso Kong, en mayor o en menor grado, pues éste representa la esencia de lo salvaje, de lo libre, de lo puro aún no tocado por la mano del hombre; la esencia del deseo, de la relación amorosa, y en definitiva de la condición humana.

Xavier Torrents Valdeiglesias

(1) FREUD, Sigmund, La interpretación de los sueños (3), Alianza Editorial, Madrid, 1966.
(2) FERRY, Jean, A propósito de King Kong.
(3) FERRY, Jean, A propósito de King Kong.
(4) CONRAD, Joseph, El corazón de las tinieblas, Alianza Editorial, Madrid, 2003.

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