Emociones baratas # 6- ¡Que Masterton ni que niño muerto!

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Como habréis ido comprobando los que seguís esta sección, los artículos de Emociones baratas van en consonancia con mis hábitos de lector compulsivo. Vamos, que no tienen ni orden ni concierto. En una era en la que gracias a los libros digitales y a las tiendas de internet de libros de segunda mano uno puede hacerse con casi todo, es fácil caer por agujero de la obsesión. Efectivamente, tras agenciarme varios Omnibus de la obra del escocés Graham Masterton he continuado con mi buceo por su asqueroso y purulento mundo, haciendo dos paradas en sendas historias en las que niños y adolescentes son una parte fundamental, ya sea para causar miedo o para ser destripados sin compasión. Ya no hay respeto por nada. Y de momento, frenaré aquí, que ya he perdido muchos puntos de cordura. El próximo capítulo irá de otra cosa. Palabrita de niño Jesús. Y ahora, al jaleo.

Ritual (A.K.A Feast, Time Warner Paperbacks 1988)

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La expresión “pasarse varios pueblos” no va con la manera de entender el terror y el sentido de la amenaza de Graham Masterton, especialmente en esta novela. Masterton no solo se pasa los pueblos, sino que los bombardea con napalm y luego echa sal sobre su tierra chamuscada, y en ese proceso parece estar pasándoselo de puta madre. Eso es al menos la sensación que produce la lectura de Ritual, una historia que nos pone en la piel del crítico de restaurantes y capullo a tiempo parcial Charlie McLean, que está viajando por Nueva Inglaterra junto a su hijo de quince años Martin, con el que quiere reconciliarse después de su divorcio. Charlie no es especialmente habilidoso en situaciones sociales y ésta no es una excepción, ya que el chaval no le da ninguna tregua.

La cosa se empieza a poner rara cuando nuestro protagonista cree ver una pequeña y extraña figura encapuchada que parece estar siguiendo a su hijo e incluso dándole conversación cuando no están juntos y éste no lo puede ver. A todo esto se une el descubrimiento por parte de Charlie de un super exclusivo restaurante llamado Le Reposoir que está a las afueras del pueblo en donde se hospedan y que sólo acepta comensales por recomendaciones de miembros. Y él quiere comer ahí, ¡maldita sea! Esa obsesión se convierte en horror cuando Martin desaparece una noche y las pistas apuntan a que los responsable son la gente que regenta Le Reposoir, el estirado matrimonio Musette, cuya afición es el canibalismo.

Es aquí cuando la novela da un genial giro al thriller de conspiraciones, ya que la gente de ese club de gourmets forma parte de una secta católica llamada los céléstines, que básicamente entienden el tema de la comunión con Jesucristo -ya sabéis, el “comed mi carne y bebed mi sangre”- como algo literal. El asunto es que Martin ha entrado en la secta de manera totalmente voluntaria y está dispuesto, como todos sus iniciados, a irse comiendo su cuerpo poco a poco hasta alcanzar el éxtasis santo para reunirse con Jesús. Toma ya. Y cuando Charlie ve que a las bravas no lo va a sacar de allí (“comerse a uno mismo u ofrecer tu carne voluntariamente a otros no es un delito, por eso no podemos pillarlos” le dice el sheriff del lugar) inicia un viaje acompañado por una reportera en pos de los orígenes de la secta e intenta infiltrarse en esta. ¿El resultado? Le hacen que se corte y se coma cocinado su propio dedo anular para probar su fe en una de las escenas más chungas del libro. Y encima ya sabían quién era y lo echan a la calle mutilado y con un cabreo importante.

El nivel de locura va aumentando cuando descubrimos que los céléstines llevan años captando a jóvenes, entre los que se encuentran algunos hijos de presidentes de los Estados Unidos, y que muchos políticos importantes también están en el ajo, ya que su plan de provocar la Segunda Venida de Jesucristo en suelo estadounidense les parece un movimiento patriótico de primera. Y el hijo de Charlie, Martin, va a ser el plato final de esa “última cena” que traerá de nuevo a nuestro señor al mundo de los vivos. Como siempre digo, Masterton hace una labor encomiable en momentos tan locos como éste; su implicación con su material es 100% sincera y eso hace que sea fácil seguirle la corriente y olvidar las incongruencias que este pueda generar. Y en el tema de la reencarnación de Jesucristo el autor llega hasta las últimas (y épicas) consecuencias. El único problema es el epílogo; sabe a poco tras un clímax tan bruto.

Ritual es un ejercicio de pulp de terror ejemplar; combina perfectamente humor cínico, acción y viajes, mitología tanto cristiana como del vudú clásico y terror estomagante de primera. Aunque hay que dar mérito al gusto de estos caníbales; no son los clásicos salvajes sacados de un mondo cualquiera, sino más bien unos elegantísimos connossieurs que, dado el caso, no me importaría que me empanaran al cordon bleu. Las escenas de automutilación y fanatismo religioso dan repelús y el modus operandi de los céléstines respecto al hijo del protagonista reflejan muy bien todo ese miedo colectivo americano de finales de los 80 a las sectas, los cultos y el satanismo que llenaba especiales de televisión en donde le advertían a uno que su hijo… ¡podría ser el siguiente!

Mirror (Time Warner Paperbacks, 1988)

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1988 parece haber sido el año en que Masterton casi se cambió su apellido por “Mataniños” ya que Mirror también tiene como uno de sus componentes principales el poner en juego la vida de un chaval. Pero para compensar, la amenaza principal de esta historia es también un niño, uno capaz de traer el Apocalipsis al estilo de un Damien solo que con… ¿canciones y bailes azucarados?

Tranquilos, esto se merece una buena explicación; Martin es un guionista televisivo que vive en Hollywood y como todo el mundo en la industria del cine espera crear su gran obra maestra.  El problema es que el proyecto que él cree que lo va a petar lleva tras de sí una leyenda negra de lo más violenta. Martin está obsesionado con Boofuls, una estrella infantil de los años 30 y quiere hacer biopic musical contando su vida, pero el hecho de que ese adorable querubín de cabellos dorados fuera troceado en mil pedazos por un hacha sostenida por su abuela no ayuda mucho. Pese a que en la meca del cine la mierda y lo morboso vende, Boofuls lleva siendo anatema para todos los estudios desde siempre, nadie quiere hablar de ello.

Para mitigar su frustración, Martin recibe un chivatazo de su amigo anticuario Ramone -un latino que es un simpático estereotipo con patas- de que varios objetos de Boofuls han aparecido en el sótano de una viejecita de Bel Air que ésta quiere venderlos. De entre todo el mobiliario, Martin se queda con lo único que se puede permitir, un enorme espejo enmarcado en bronce que estaba en la sala de estar donde encontraron el cadáver del niño cantor en cuestión. Martin, que sobrevive haciendo reescrituras de capítulos de El equipo A y El coche fantástico (referencias que en su época sonarían chorras pero que ahora le encantarían a los pesados del “rollo ochentero”) vive al lado de sus caseros, el matrimonio Capelli, dos viejecitos italoamericanos y su nieto Emilio. Cuando el niño empieza a colarse en casa de Martin a jugar con “un nuevo amigo que sólo aparece en el espejo”, el guionista -y por extensión yo- empieza a cagarse un poco encima.

Lo que empieza como una sutil y efectiva novela de apariciones fantasmales con Boofuls lanzando tímidamente al suelo del espejo juguetes que no se reflejan en nuestro mundo real escala poco a poco a una sucesión de escenas cada vez más dementes. El gato de Ramone es absorbido por el espejo y vuelve en forma de bestia terrorífica con muy mala leche; con esto acabamos adivinando que por cada cosa que entra en ese extraño mundo reverso, algo similar debe salir. Y cuando Emilio es arrastrado dentro de él, Boofuls aparece en los ochenta como si no hubiera pasado nada. El giro al subgénero de niño malrollero pilla un poco por sorpresa, pero Masterton consigue salvar la papeleta y arremete con más elementos como reliquias satánicas, psíquicos y curas asesinados por reflejos de Boofuls al estilo de La profecía (1976) pero con muchísima más crueldad y una trama que enlaza las creencias de la llegada del Anticristo con, agarraos, los escritos de Lewis Carroll y que da lugar a imágenes impagables cuando los protagonistas viajan al otro lado del espejo para rescatar a Emilio, ya que la presencia de Boofuls en nuestro mundo puede acarrear consecuencias catastróficas. Con un bodycount que asciende a las miles de personas, Mirror es un interesante cóctel de terror sutil, ensañamiento Mastertoniano marca de la casa y un especial sentido del humor y de la sátira sobre el Hollywood de la época, en el que una de las personas clave para salvar el mundo resulta ser la joven esposa de enormes tetas del agente de Martin, ahí es nada. Sólo Masterton es capaz de convertir a Mickey Rooney o a Shirley Temple en los heraldos de la destrucción mediante cuentos victorianos y por eso es ya uno de mis autores favoritos. Dejad que los niños se acerquen a él.

Víctor Castillo

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