Emociones baratas #18- Suspense, sexo chungo y pelotazos de whisky- Los thrillers de Graham Masterton

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Parece mentira, pero en mi inacabable aventura por la bibliografía de uno de los autores favoritos de ésta sección, el peculiar Graham Masterton, sólo hasta hace poco me he percatado de lo que llegan a beber sus personajes. Dejando de lado todos los chistes sobre escoceses que se os ocurran, es algo que sucede con frecuencia en sus novelas de terror, en donde el protagonista suele necesitar un trago después de enfrentarse a una situación, cosa que me parece comprensible y adecuada para esa ficción. Pero entonces decidí echar un vistazo a sus thrillers “puros”, sin elemento sobrenatural alguno, y mamma mia, que manera de empinar el codo; la frase “Fulano se fue al minibar y se preparó tres dedos de scotch sin hielo, que bebió ansiosamente en pocos sorbos” es bastante recurrente. Y por si os lo preguntáis; el sexo y la violencia desatada siguen ahí, inasequibles al desaliento. Como muestra he aquí doble programa habitual.

The Sweetman Curve (Ace Books, 1979)

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Estoy empezando a pensar que en su juventud Masterton llegó a ser el toy boy de alguna señora mayor con pasta, ya que muchos de sus protagonistas -entre los que se incluye Harry Erskine, de Manitú– suelen tener algún tipo de relación con mujeres de más edad que los tienen como empleados y que secretamente se los quieren beneficiar. Tal es el caso del protagonista de esta novela, John Cullen, un inocentón asistente y paseador de perros de Los Ángeles, que levanta suspiros en las viejecitas mientras encera sus coches esperando a que le salga un trabajo mejor. En solo 24 horas la vida de John da un vuelco cuando, al ir junto a su novia al aeropuerto a recoger a su padre, éste es asesinado por un tipo que le dispara desde un coche en marcha y desaparece sin dejar rastro. Este crimen aparentemente aleatorio se lleva repitiendo meses a lo largo de los Estados Unidos, pero con el nivel habitual de tiroteos sin explicación -recordemos que estamos en la época del cinismo post-Watergate en dónde parecía que las grandes ciudades americanas estaban llenas de chalados como Travis Bickle- la policía no ve nada más allá que una serie de coincidencias. Es entonces cuando, con una capacidad de deducción que se mea en la de Sherlock Holmes, John y su novia, junto a un amigo común, descubren que hay algo en común entre muchas de las víctimas; son gente con un posicionamiento político intermedio pero tendiendo a la izquierda demócrata y con mucha influencia en sus comunidades. En definitiva, gente que si te dicen que “van a votar a Fulano”, tú les harás caso y votarás a Fulano.

Lo peor de toda esta conspiranoia cogida por las pinzas… es que todo es verdad. Veréis, resulta que hace unos años, el senador ultra republicano Carl X. Chapman descubrió un método estadístico ideado por un tal profesor Sweetman que mediante complejos cálculos matemáticos y demográficos -Masterton nunca entra en detalles ni tampoco importa ya que esto es un mero Macguffin sobre el que construir la trama- permite predecir cualquier cosa con muy poco margen de error: tendencias económicas, probabilidades de enfermedad, migración… y decisión de voto. Chapman ha contratado los servicios de Sweetman y su equipo para usar su curva de probabilidad en un complot que incluye un minucioso análisis por ordenador de potenciales votantes indecisos que puedan arrastrar a otros en su contra en las futuras elecciones de 1980, que son eliminados por los asesinos contratados por Chapman, entre los que se encuentra el desagradable T. F., el tipo de gafas de espejo que mató al padre de John y cuyos pasajes en el libro tienen un rollo a lo Taxi Driver que tiran de espaldas.

En definitiva; si tu nombre aparece en el cálculo de la curva de Sweetman, te quedan pocas horas de vida. Y si tus amigos y/o familiares intentan tirar de la manta, como pasa con John, prepárate para “casuales” accidentes de tráfico o incendios. Pero no os penséis por un momento que John es el protagonista absoluto de la historia, Masterton llena la acción con montones de secundarios que llegan a tener casi el mismo espacio que él: Adele Corliss, una actriz retirada sesentona pero con suficientes operaciones estéticas que la hacen parecer muchos años más joven y que recoge a un misterioso autoestopista, Ken, al que pone de mantenido en casa a cambio de que le dé mandanga en la cama (¿otra vez lo mismo, Graham?), el propio Carl X. Chapman, cuya mujer está harta de que le pongan tantos cuernos y de los misteriosos asuntos de su marido con Sweetman, Anthony Seiden, un director de cine izquierdoso que molesta a los poderosos o Hillary Hunter, una violenta líder feminista amiga -con derecho a roce- del propio Chapman que siempre está rodeada de un séquito de señoritas sexys.

Como habréis podido inferir por todo esto, pocos de los personajes de The Sweetman Curve son gente agradable. La novela rezuma mal rollo y bordería por los cuatro costados; todo el mundo tiene algo que ocultar, hay chantajes de todo tipo, asesinatos y violencia sexual a go-gó. Los que seguís esta sección ya sabéis que Masterton no se corta con el sexo, pero es que el 90% de las interacciones sexuales de esta historia son amenazas de violación o directamente el acto en sí mismo. ¿Y recordáis lo que he dicho de la bebida al inicio del artículo? Pues tenemos una incómoda -hasta para mí- escena en la que el senador acalla las amenazas de su mujer introduciendo al fuerza en una de sus, ejem, cavidades corporales una botella de vodka.

Quizá su inicio sea algo flojo, pero a partir de su segundo acto, The Sweetman Curve te agarra por el cuello -seguramente para violarte- y no te deja ir, en gran parte por su estructura de capítulos cortos y dinámicos con muchos cambios de escenario, que confluyen en un final caótico en la mansión de Adele, en donde todos los implicados se verán envueltos en el violento plan de Chapman para eliminar a Anthony Seiden. Como siempre, puede que el autor pierda algo de fuelle aquí, pero el último capítulo tiene el encanto de ser una recopilación de “qué fue de…” los personajes principales y a mí eso siempre me gana, como en Desmadre a la americana.

Condor (TOR, 1983)

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Cuatro años después Masterton retomó al arquetipo del senador corrupto listo para entrar en el despacho oval en este sorprendentemente contenido thriller que mezcla secretos nazis, una amenaza vírica y los esfuerzos de dicho senador para tapar todo el asunto. Y es que el día en que el joven Michael está aburrido jugando cerca de un frondoso bosque de Nueva Inglaterra -propiedad de la finca del senador demócrata Reynard Kelly- y encuentra por error los restos de un avión alemán oculto bajo un desnivel de tierra, la tragedia se desata. Dentro del avión el niño encuentra unos viales con líquido transparente que procede a probar -si, Michael no se ve muy listo, la verdad- y unas horas después sus padres lo encuentran muerto de lo que parecen unos síntomas extremos de la polio.

Mientras un par de doctores locales, Oscar y Edmond, se dedican a investigar el origen de ese virus mutado, el senador inicia una “campaña de limpieza” antes de las elecciones, sobornando a su mujer -de la que lleva tiempo separado- para que vuelva a casa a hacer el paripé electoral y haciendo que alguien se “encargue” de su amante, la actriz Chiffon Trent (¡gran nombre!) para silenciarla de una vez por todas. Al mismo tiempo en Estocolmo, un turista inglés, Humphrey, cree haber visto a un muy buscado criminal de guerra alemán, el virólogo Klaus Hermann, pero su investigación se vuelve una locura cuando Bill Bennett, un impetuoso espía americano con el gatillo demasiado fácil se cruza en su camino con la intención de que Humphrey identifique a Hermann para disparar primero y preguntar después.

Es interesante ver cómo todas estas tramas se van hilando en unos capítulos más densos y largos que los de la anterior novela y aunque al principio parece que a lo mejor Masterton se va a dejar algún cabo suelto -no sería la primera vez- consigue que todo cuadre y acabe llegando a buen puerto. El trasfondo conspiranoico, eso sí, es de traca. Por lo visto, el joven Reynard era muy amigo de una gran cantidad de empresarios alemanes y estaba dentro de ese grupo de magnates americanos que veían con buenos ojos a Adolf Hitler, al que creían capaz de establecer el orden en Europa al contrario que el Reino Unido. El futuro senador se vio envuelto en un complot para sobornar al presidente Roosevelt y tomar el control de los Estados Unidos; un avión Condor alemán atravesó todo el atlántico hasta Nueva Inglaterra con seis muestras del virus experimental nazi y debía aterrizar cerca de las tierras de Kelly, pero una tormenta lo hizo desaparecer. Y claro, el resurgimiento del virus y la muerte de miles de personas por su culpa -Masterton, como siempre, no se corta en materia de catástrofes como vimos en Plague– hace que el senador intente silenciar el asunto por todos los medios posibles, violencia incluida.

Masterton utiliza aquí las acciones paralelas para mantener el interés del lector, ya que si la cosa fuera lineal intuyo que no engancharía tanto; vamos saltando del senador a los médicos, luego a Humphrey y Bill en Noruega y luego con Chiffon y su noviete Piotr, un actor de teatro ruso que ha desertado de la Unión Soviética y que tiene a media KGB detrás. Hay tramas más o menos accesorias -los cuernos de uno de los doctores, las escenas de culpa del amigo de Michael, Bernie, que recupera los viales ocultos por él y los regala inocentemente a sus compañeros de clase, provocando decenas de muertes- pero ninguna supera la de Chiffon, cuyo supuesto “asesino” falsea su muerte y la rapta para que sea la protagonista obligatoria de una de sus películas porno snuff.

Pese a que esa última frase no os sorprenderá nada en esta sección, hay que decir que Condor no entra excesivamente en territorio escabroso; la violencia es la justa que se podría esperar de escenas de tiroteos normales y aunque en lo referente al sexo hay alguna que otra barrabasada, todo es muy sutil para los estándares de Masterton. ¿Estaría mi escocés favorito -después de Robert Carlyle- rebajando su tono para entrar más en el mainstream literario? Podría ser. Aunque eso no le quita fuerza a nada de lo narrado, es curioso ver cómo se maneja bien dentro de un argumento digno de un Ken Follett cualquiera sin salirse de los márgenes. Con todo, si los niveles de alcohol estaban altos en The Sweetman Curve, Condor llega a la dipsomanía más absoluta. No hay casi ninguna escena en la que los personajes principales no se estén sirviendo un copazo, se les ofrezca una bebida o se la lanzen a alguien cuando están cabreados. Las discusiones maritales en las altas esferas siempre son más dramáticas con un vino blanco a punto de duchar la cara de alguien, como bien sabía Victoria Principal.

Después de ésta inmersión en el mundo de políticos corruptos, vasos con tres dedos de whisky sin hielo, amantes sexys y asesinos a sueldo puedo concluir que aunque a Masterton se le dan bien los asuntos político-conspiratorios su fuerte está en la fusión de géneros que hace que novelas como Tengu, The Devils of D-Day o La pesadilla sean únicas en su especie. Aunque se supone que lo mejor está por llegar; el propio autor comentó en su página de facebook que dentro de poco se va a reeditar una de sus novelas más inencontrables, The Hell Candidate, de 1980, que tiene como protagonista a un candidato de partido republicano que ha vendido su alma al príncipe de los avernos. No ha podido escoger mejor época para hacerlo.

Víctor Castillo

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