Emociones baratas #16- La temible venganza del átomo

czhzs7s

“Los Estados Unidos deben reforzar y expandir enormemente su capacidad nuclear hasta que el mundo entre en razón respecto a las armas nucleares”  -Donald Trump

Dentro de dos semanas esta sección cumplirá un año de vida. Y pocos días después, el señor que ha soltado la perla que leéis más arriba tendrá en su poder -literalmente- los códigos del armamento nuclear de uno de los países más poderosos del mundo. Creo que ha llegado el momento de reflexionar sobre ello… leyendo novelas que mezclan el terror sobrenatural con el atómico. Quizá ahora el subgénero empiece a experimentar un repentino revival, ya que vivimos tiempos calentitos. He aquí dos ejemplos de los respectivos maestros del pulp terrorífico inglés.

The Pluto Pact (Guy N. Smith, Littlehampton Book Services, 1982)

01111-10

Sinceramente, me he llevado una buena sorpresa al leer esta novela del maestro de la literatura de derribo de las islas e inspiración directa del gran Garth Marenghi, el prolífico Guy N. Smith. Aunque su estilo sigue siendo inconfundiblemente camp -el subtítulo de la portada, mostrado arriba, deja las cosas bien claras- Smith crea aquí un entretenido thriller catastrófico que acaba derivando hacia el drama de una soap con cuernos, violencia familiar y falta de entendimiento entre padres e hijos.

Y nadie lo diría, ya que el prólogo de The Pluto Pact parece sacado de una película de la Hammer; en el vemos la llegada de un cazador de brujas del siglo XVI a la pequeña localidad escocesa de Craiglowrie, donde el cruel brujo Balzur domina con mano de hierro a los aterrorizados lugareños. Balzur es capturado y tras un juicio exprés al estilo inquisidor es atado a un tronco y quemado vivo al estilo clásico. Pero antes de morir, Balzur invoca al señor de los avernos, Pluto (con ninguna relación con el simpático perrete animado) y lanza una maldición en Craiglowrie que deja frito al cazador y convierte el lugar de su muerte en un erial en el que jamás vuelve a crecer la hierba.

Más de cuatrocientos años después, Craiglowrie es escogido por la compañía de Wilson Dyne, Oxide Reprocessings, como el lugar idóneo en donde construir una avanzada planta de reciclaje y almacenamiento de residuos nucleares. Justo en la colina en la que palmó Balzur. Este gran acierto de planificación tiene a nuestro protagonista, el reportero local Bob Coyle, totalmente alterado. Es más, sus dos hijos adolescentes (y por consiguiente rebeldes) están trabajando en la planta y encima tiene que ocultarle a su mujer la aventura que está teniendo con su sexy secretaria. Uno creería que el tema de la maldición sería más explícito, con Balzur apareciéndose ante los locales y liándola parda con la energía nuclear, pero Smith decide llevar el tema de una manera tan sutil que hasta nos hace dudar de si el brujo existió de verdad o es una excusa de Bob para justificar que las cosas van mal en su pueblo. Obviamente, y pese a que Dyne jura y perjura que la seguridad de la planta es excelente, Oxide Reprocessings sufre de una fuga que pondrá a todo el mundo alerta y que requerirá de una peligrosa operación de contención que puede hacer que las islas británicas vuelen por los aires en diez días.

La crisis posterior llega a límites de casi una Tercera Guerra Mundial y Smith se recrea sin miramientos en el caos que ha generado; especialmente memorable es un capítulo que narra un sábado en el que un partido de fútbol se va calentando de tal manera que el estadio acaba convertido en una zona de guerra en la que vemos aplastamientos, disparos indiscriminados e incluso hinchas decapitando a otros a hachazos, cosa que conecta bastante con nuestra visión patria del deporte en cuestión.

Aún así, Smith no se pasa con el gore ni el sexo, lo cual sorprende por la cantidad de oportunidades que se le presentan; apenas vemos algún que otro polvo entre Bob y su secretaria y algunos asesinatos entre los habitantes del pueblo, que ya se tenían ganas por infidelidades, envidias y demás rencillas. Parece que el autor incluso se olvida de Balzur excepto en un par de voces que oyen algunos de los asesinos, que perfectamente podrían estar en su cabeza, hasta el apocalíptico final en el que Bob y otro reportero amigo suyo, Ken, se encuentran cara a cara con la proyección astral del hechicero…. y solucionan la trama con dos rezos en un pis pas. Menudo bajón.

En definitiva, The Pluto Pact es como un sandwich de contenido radiactivo entre dos finísimas rebanadas de tono sobrenatural. Smith podría haber escrito esto perfectamente sin Balzur, pero imagino que el mercado mandaba y tuvo que incluir a esa amenaza del más allá. Con lo fácil que es comerse la mortadela y pasar del pan Bimbo…

Tengu (Graham Masterton, Tor Books, 1983)

tengu3_cover-e1302574246536

El subtítulo de la portada de Tengu, A Novel of Demonic Nuclear Revenge, ya deja las cosas bien claras. Si habéis leído anteriormente a Masterton y en especial Manitú, ya sabéis lo que os vais a encontrar aquí. Solo que, en las inmortales palabras de Nigel Tufnel de Spinal Tap, todo está “subido al 11”. La venganza sobrenatural no llega aquí de parte de los nativos americanos, sino de los japoneses, en concreto de un grupo de supervivientes de Hiroshima terriblemente deformados; el Círculo de las Palomas Quemadas. Lideradas por el horrendo Kappa, el grupo ha iniciado una enorme operación de infiltración en California. Sus soldados más fanáticos son poseídos por manifestaciones del Tengu, el temible demonio-cuervo de la mitología sintoísta, lo que les proporciona una fuerza y velocidad sobrehumanas, con la que pueden hacer pedazos a sus víctimas (en escenas de acción en las que el autor no escatima en higadillos, como es habitual) presas de una incontrolable furia berserker.

Después de que uno de estos fanáticos destroce por error a una joven actriz de culebrón, su vecino, el arquitecto y veterano del pacífico Jerry Sennett, inicia una investigación ayudado por el ex-novio de la chica y dos policías. Mientras, Kappa contrata los servicios de un elegante “empresario” colombiano, el Sr. Esmeralda (que recuerda muchísimo a mi admirado Ricardo Montalbán) para montar todo un entramado de espionaje que le permita localizar a las pocas personas que recuerdan la primera aparición de los Tengu durante la II Guerra Mundial -obviamente, Jerry lo sabía- cuando fueron creados como una especie de súper soldados destinados a destruir a los demonios extranjeros y que tenían su centro de entrenamiento en… Hiroshima. En uno de los giros de “historia secreta” típicos del autor se nos llega a decir que la bomba se usó para aniquilarlos y así ahorrar años y años de guerra de desgaste. Es por eso por lo que Kappa quiere vengarse de los americanos, usando a sus soldados sobrenaturales para sabotear una central nuclear y borrar del mapa toda la costa oeste.

Cuando acabé de leer ésta novela tenía la cabeza hecha un bombo, pero en el buen sentido; su historia tiene montones de tramas paralelas, es tremendamente cruel, no solo por su final malrollero, sino por la capacidad del autor de crear personajes con trasfondos interesantes que son despachados de la manera más violenta poco después, o en el mismo capítulo en el que son presentados. Masterton considera esta su obra de terror “de transición”, ya que es considerablemente más larga que sus anteriores incursiones en el género e incluye elementos históricos y de thriller de acción y espionaje, un género que le gustaba y que poco después desarrollaría en posteriores novelas como Ikon (del mismo año) o Condor, de 1984.

Y si, la novela es absolutamente inclasificable. Es como si el autor hubiera querido utilizar la moda de la cultura japonesa en occidente de principios de los 80 para acabar juntando montones de elementos y obsesiones particulares. Es decir, que a parte del tema sobrenatural -los villanos dan bastante miedo, ya que si uno te pilla literalmente te revienta- tenemos ingentes cantidades de conspiración, sexo explícito -totalmente injustificado, pero que leches, lo escribe muy bien- violencia muy bien colocada, misticismo oriental… ¡e incluso ninjas! ¡Chúpate esa, Van Lustbader! No todo en el monte Fuji es orégano, claro, ya que Tengu presenta el clásico problema Mastertoniano con los terceros actos, en los que tras unos capítulos de ritmo más pausado Graham pisa el acelerador de manera atropellada para llevarnos a un final en el que al menos demuestra su talento para dar carpetazo a todo lo anterior con uno de los capítulos finales más nihilistas que he leído en un libro de terror. A mí me ha dejado hasta un poco vacío y de mal rollo. Acabemos, pues, con un dato alegre; ¿Sabíais que el abuelo de Graham Masterton fue Thomas Thorne Baker, el inventor de la pintura fluorescente, o Day-Glo? Otro dato inútil más con el que irse a la cama y no pensar en el pazguato que tiene el dedo sobre el botón rojo. Felices sueños nucleares.

Víctor Castillo

 

Esta entrada fue publicada en Especiales y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.