Emociones baratas # 10- Misquamacus Superstar

revenge_manitou4_coverYa sabéis lo que se dice; mala hierba nunca muere. Al igual que las viejas estrellas del rock con un poco de sentido de la decencia, Graham Masterton ha logrado reinventarse con éxito dentro del género del thriller detectivesco con sus últimas novelas. Pero al igual que esos dinosaurios musicales, tiene un greatest hit que pese a toda su producción, se niega a morir y va resurgiendo de vez en cuando. Obviamente, estoy hablando de Misquamacus, el malvado hombre-medicina indio que intenta erradicar al hombre blanco y su némesis, el místico charlatán de Nueva York Harry Erskine. En el pasado 2015 apareció Plague of The Manitou, la séptima novela de Erskine y sexta en la que se enfrenta a los terrores indios del pasado. Es posible que Masterton nunca vuelva a recapturar la fama efímera que logró con El manitú, pero como comenta en muchas de sus entrevistas, Harry es el personaje que más tiene de él mismo en toda su bibliografía y siempre tendrá un lugar en su corazón. Y, por extensión, en el mío. He aquí las dos aventuras que sucedieron a la original.

Revenge of the Manitou (Pinnacle Books, 1979)

revenge_of_the_manitou2_coverHay varias cosas que me intrigan sobre esta novela: en un primer vistazo es la vuelta a la fórmula “Erskine vs Misquamacus” de El manitú, pero Harry y su compañero indio Singing Rock no aparecen hasta la mitad de ésta. Debido a eso, no está narrada en primera persona desde su punto de vista; el protagonista aquí es Neil Fenner, un restaurador de barcos de California cuyo hijo Toby empieza a tener terrores nocturnos con un ser que parece que habita en su armario y con un hombre vestido con ropas de pionero que se le aparece en el patio del colegio. Neil empieza a tirar del hilo y descubre que uno de sus antepasados engañó a un grupo de pioneros para que fueran masacrados por unos indios en una cruenta batalla. Esos indios conocían, oh sorpresa, al hechicero Misquamacus, que se reencarnó por aquella época y que ha aprovechado el dolor causado por esas muertes para invocar desde el mundo espiritual (los llamados “terrenos de caza”) a veinte hombres-medicina de varias épocas del pasado con los que formar un dream team (casi más bien un nightmare team) con el que invocar a una sucesión de demonios cuya ayuda necesita para llamar a este mundo al temible Ka-tua-la-hu (ejem), un ser que lleva milenios durmiendo bajo el mar.

Revenge… tiene todos los elementos de una novela temprana de Masterton; ritmo rápido, poca extensión y alguna que otra incongruencia que tampoco arruina la trama. Parece como si el autor hubiera reaccionado aquí a algunas posibles críticas sobre la rapidez en la que profesionales y autoridades se creen las explicaciones sobrenaturales de Erskine en la primera novela, ya que a Neil no le cree ni el Tato cuando va por ahí contando que su hijo y sus amigos están poseídos por indios del año de la tos haciendo rituales en los que mutilan lagartijas a mordiscos (¡bravo, Graham!). Pero cuando las cosas se ponen difíciles tampoco hay mejora alguna; los manitús secuestran el autobús escolar de los críos y asesinan a decenas de miembros de la Guardia Nacional y ni con esas. Erskine y Singing Rock acaban usando todas sus tretas en un apocalíptico clímax final que, aunque está “subido al 11” respecto al de El manitú, nunca llega a las grotescas cotas de aquel. Pero lo intenta bastante y casi lo consigue en materia de violencia: la profesora de los niños es ofrecida por Misquamacus como trofeo sexual a un demonio helado y digamos que de cintura para abajo acaba muy fría. Singing Rock no sale vivo del conflicto, siendo decapitado por un tomahawk. Incluso la mujer de Neil es ultrajada por el brujo indio cuando éste anima las sábanas de su cama para que se den una alegría con ella sin su consentimiento. Aunque como veis de sexo y violencia la cosa va bien, gracias,  la impresión global es que todo suena un poco a repetición, pero la novela sale airosa de manera bastante digna.

Burial (Mandarin, 1991)

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Las 508 páginas de Burial ya son todo un aviso sobre su contenido; esto va a ser un viaje épico y con montones de personajes y tramas. Y más o menos es así, pero también es un regreso a la vieja fórmula de Erskine como protagonista casi absoluto y narrador en primera persona. Vayamos por partes, ya que esta novela intenta abarcar mucho y sale más o menos airosa pero con algunos errores garrafales. Para empezar, Misquamacus ha vuelto, sí, pero su influencia solo “se siente” durante gran parte de la acción. Estando atrapado en el Gran Más Allá, el hombre-medicina tiene un avieso plan para acabar con el hombre blanco que se nos va revelando poco a poco. La cosa empieza con una especie de fuerza magnética que arrastra los muebles de un matrimonio judío, los Greenberg, en Nueva York y Harry va a investigar lo que pasa a petición de Karen Tandy, la víctima de Misquamacus en la primera novela. A ellos se une la amiga vidente de Harry, Amelia. Detengámonos un momento aquí, ya que yo no advertí el problema hasta acabar su lectura: ¿Amelia no murió off-camera en un incendio provocado por Misquamacus en Manitú? Efectivamente, pero por lo visto, según ha contado Masterton en entrevistas posteriores, mezcló sus recuerdos del personaje con los de la película que adapta el relato, en donde ella no muere. Menuda vagancia, Graham, ya podrías haber releído tu novela, ¿no? Con otro autor esto me pondría furioso, pero siendo él le perdono por las decenas de horas de entretenimiento.

Sigamos: el asunto de los muebles es solo la punta de un iceberg catastrófico. Vamos viendo escenas en Phoenix y Chicago en que objetos, vehículos, casas y personas son arrastrados por esa fuerza irresistible y absorbidas por extraños agujeros sin fondo. Estos son los únicos capítulos no narrados por Harry y la verdad es que son un perfecto contrapunto que le da a la novela ese aire de película de catástrofes global. Mientras, en NY, Harry contacta con Martin, un psíquico muy poderoso, para exorcizar la habitación de los Greenberg pero la cosa acaba muy mal, con el médium poseído por un ser terrible y volviendo del revés a la señora Greenberg tras meter el brazo en su garganta en una de las clásicas explosiones gore del autor. Martin es ingresado en prisión y Harry tiene que vérselas solo con todo este follón sobrenatural, ya que tras una noche de sexo explícito con Karen (que por lo visto ya le tenía ganas a Harry desde 1975), ésta es raptada por nuestro indio malo favorito, que la posee y la convierte en su heraldo en la tierra, ya que necesita alguien físico para tocar los cuerpos de sus víctimas y con ello “anotarse un punto” para que los dioses indios lo tengan en cuenta para futuras invocaciones.

Por lo visto el hombre-medicina ha conseguido invocar al señor del inframundo indio, el temible Aktunowihio (uf!) y éste está “arrastrando” hacia el averno toda la obra del hombre blanco, ya sean edificios, vehículos o personas, para que los Estados Unidos vuelvan a su prístino pasado y los nativos vivan en ellos en paz.  Coño lavao, coño estrenao, como diría mi abuela. Todo esto se traduce en tremendas escenas de destrucción urbana dignas de cualquier sueño húmedo de Roland Emmerich y en las que, sí, se cargan el World Trade Center, aunque se menciona muy de pasada. En su viaje épico por los Estados Unidos, Harry se reencuentra con muchos secundarios de Manitú como el Dr. Snow o el Dr. Hughes y hace buenas migas con nuevos aliados como el hombre-medicina (y vendedor de coches de segunda mano) Papago Joe y su ayudante E.C. Dude (un estereotipo de teenager noventero de aúpa). Y, claro está, Singing Rock vuelve de entre los muertos como un manitú bueno dispuesto a ayudar a nuestros protagonistas.

Burial es el “Erskine ambicioso” y tiene un tufo muy fuerte a “fin de fiesta” de las aventuras del psíquico charlatán, pero no está exenta de algunos problemas, a saber: hay algunas tramas de personajes secundarios que no son presentados en los capítulos “sin Harry” que no llegan a un final muy satisfactorio, tiene una parte intermedia que se arrastra un poco, con personajes que van y vuelven de lugares donde han tenido lugar eventos sobrenaturales sin un objetivo muy claro ya que ni ellos saben que hacer para evitarlos, muchas confrontaciones místicas se resuelven por la patilla a favor de Harry (normal, es el protagonista, pero tanta potra ya huele) y hay una trama en la que Misquamacus ha negociado con un brujo de vudú la “cesión” de miles de almas negras para darle poder a Aktunowihio que, pese a ser ingeniosa y tener una interesante justificación, no puedo evitar pensar que está ahí de pegote para llenar páginas. Al menos tenemos uno de los mejores encuentros de Harry y Misquamacus que he leído, en el que el indio acaba literalmente violando al médium (en el cuerpo de Karen, vale, pero es el quien “va al volante”) ya que necesita su “semilla” para traer un heredero al mundo físico. No sin antes haberle hecho una mamada giratoria a lo poltergeist que solo se le podría ocurrir a Masterton.

Es fallida, ampulosa y quizá tiene demasiadas páginas para su bien, pero desde que empecé Burial no la pude soltar, alucinado por lo que estaba pasando. Parece ser una constante con éste autor; no suelen beneficiarle una gran cantidad de páginas, siendo más satisfactorias las novelas que se mantienen en las 200 y pico (como muchas de sus primeras obras) y advirtiendo desgaste al llegar a más de 300. Casi parece una ciencia exacta, pero en este caso me puede el corazón por encima de la cabeza. Veremos qué pasa cuando tras éste aparente “capítulo final” (con truco, ya que el final deja cabos sueltos) me lea las posteriores aventuras de Harry y su némesis, pero sospecho que va a ir pasando como con Freddy Krueger; mucho miedo al principio pero luego solo quedaron las risas.

Víctor Castillo

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